domingo, 14 de noviembre de 2010

La felicidad de Z

por Agustín Saavedra

Conocemos un solo día en la vida de Z. Sabemos que trabajaba en su casa, aunque no sabemos de qué, si trabajaba en la computadora o tenía un taller, si tenía empleados, si trabajaba de noche, si había estudiado; no, mejor no entremos por ahí, eso ya no lo sabemos, pero en definitiva no importa. Z salía a caminar después del trabajo, eso sí hace a la historia.
Era el segundo día más frío del año, según habían dicho en la radio y en la televisión. Z había encontrado de casualidad unos guantes mientras revisaba un cajón en busca de pañuelos descartables. Luego, el abrigo y la bufanda para salir a la calle. Z salió a caminar, dije, y en la primera cuadra ya pudo escuchar el ruido.
Sabemos del ruido porque Z lo escuchaba, pero no sabemos de dónde venía, es decir que podía venir tanto de un equipo de música de una casa cualquiera, como de un semáforo roto o de dónde se nos ocurra. Era, eso sí, una única nota que permanecía y, con los minutos que avanzaban, empezó a crecer.
Z miró a su alrededor y descubrió que el ruido venía del cielo, o de los techos, desde arriba, digamos. Desde luego que no sabemos cómo ocurría eso, pero ni siquiera Z se lo preguntaba, porque ya se ocupaba en caminar más rápido para llegar a su casa lo antes posible. Todos hacían lo mismo: caminaban, cruzaban avenidas sin mirar a los costados, algunos se tapaban los oídos porque el ruido se hacía de verdad insoportable.
Ahora empezaban a chocarse entre sí, a correr, a gritar, a golpearse contra las paredes, contra los blancos autos estacionados. Z no era lo excepción, eso lo sabemos porque podemos verlo discutir con un gordo viejo de barba, podemos verlo agarrarse a un poste para no perder el equilibrio.
Pero hay que reconocer una cosa: en ese caos, en ese abismo ruidoso, Z al fin pudo reconocerse y compactarse con el otro. Influyó, suponemos, la posición del día. Pero aclaremos otra cosa, los días no importan, los números no hacen a esta historia, cualquier día es hoy, digamos, porque en Z no volvió a asomar lo que aquella vez pasó.
Sabemos, aunque no podemos comprobarlo, que Z visitó otras calles, negocios de otros, que se compactó con gente lúcida, que iguales trabajos señalaron su cuerpo; y no, nunca, eso ya no pasó, ya no volvió sentir esa unión en la calle. Porque sentir algo en unión, aunque fuera, y lo fue, un ruido azul, frío, insoportable, significó para Z un posible abrazo voluptuoso.
Pero sucedió una cosa más, y de eso sí fuimos testigos, aunque, como sabemos, es muy difícil de contar. Porque ¿quién le desea a quién un trabalenguas? ¿Quién le desea a quién un maldito momento hermoso? Entonces claro, Z quedó trabado, clavado, y cómo no vamos a quedar así, nosotros, que también vimos lo pasó.
Dije, la gente se agolpaba como en un tornado pero sin viento, con ruido azul. Eso mismo quiero contar, cuando Z quedó girando sin saber qué hacer. Entonces vio a una mujer que, por qué no, bien podríamos llamarla M.
Decía: la calle, la gente y Z eran una misma cosa que vibraba con el sonido. M, en cambio, con un paraguas, se disponía a cruzar la calle. No llovía, hacía frío, eso lo sabemos desde un principio, era el segundo día más frío del año.
M de todos modos tenía un paraguas y no parecía alterada por el ruido. Era más joven que Z, pero la manera en que llevaba el paraguas expresaba una madurez vital. Los autos, encapsulados, pasaban a toda velocidad, por eso M no podía cruzar la calle. Entonces Z se acercó, M lo vio llegar y se hizo a un lado para que Z pudiera entrar. Y ahora lo sabemos: bajo el paraguas no había ruido.
Allí abajo y junto a M todo estaba bien: un verdadero momento de felicidad, un mundo propio en donde nada era hostil. Es decir que Z y M se separaban de la calle y del ruido para caminar juntos en el abrazo del paraguas.
M propuso acompañar a Z a su casa, y eso hicieron, caminaron hasta llegar a la casa de Z. Sabemos que en el camino no hubo conversación y, tristemente, ya no sabemos mucho más. Conocemos la forma en que se despidieron y podemos, si se quiere, intuir algo por la cara de Z durante aquella noche: una firme confusión.
El ruido, la calle, la gente, el paraguas, M, no sabemos qué estuvo de más, qué representa qué, si algo fue sincero o todo una triste manipulación nuestra. Por lo demás, sabemos que Z tampoco lo sabe, y que M, por su parte, no se enteró ni siquiera que hubo, para Z, un ruido azul, un maldito momento hermoso.

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