sábado, 6 de noviembre de 2010

Las valijas

Por Nayla Simeone


Luego de subir las escaleras caracol hasta el tercer piso, y atravesar el pequeño pasillo, Elena golpeó la puerta gris.

- Adelante, hoy jornada de puertas abiertas – respondió Maximiliano desde el interior.

Pisó firme sobre la cerámica blanca brillante, que se distinguía del piso de piedras del pasillo gastado y sucio. Una vez adentro, un fresco aroma de flores invadió su olfato. No se quitó sus lentes de sol. La claridad invadía el rectángulo blando desde todos los ángulos, y una fresca briza entraba en el ambiente desde las ventanas enfrentadas que generaban una corriente suave de aire. Dejó su cartera en la banqueta de la cocina, ubicada frente al desayunador, y caminó hacia el sofá rojo. Se sentó, y tras mirar el sol unos segundos, se volvió a parar y volvió a la cocina. Se paró frente a Maximiliano, lo miró a los ojos y le dio un beso. Él sonrió, y se dio vuelta para cargar agua en el mate.

- Que rico olor – dijo Elena, luego de quitarse los lentes – Que bonito que estas – agregó. Él sonrió nuevamente, y ya de frente a ella, bebió el líquido verde por la bombilla. Ambos se dirigieron juntos al sofá, y se sentaron. Maximiliano dejó el mate sobre la mesita ratona negra que tenían enfrente. Tomó el control remoto, y prendió el televisor. Elena, mientras tanto, le buscaba la mirada.

“Como me gustaría poder decirte lo que me pasa y que no salgas corriendo”, pensó. Levantó la mirada, y vio valijas, justo frente a la puerta que estaba a la derecha, y daba a la habitación. Dos de ellas eran grandes y de color rojo. Una tenía un pañuelo rojo con arabescos atado en la manija. Las otras dos eran más pequeñas, y de color negro. Él continuaba con la vista en el televisor.

Elena recordó todo lo que había sucedido en este último tiempo, y pensó que la despedida era apropiada. Ya habían pasado 6 meses, y nada se había modificado. Aún nadie lo sabía, y quienes sospechaban, no tenían oportunidad de comprobarlo porque vivían dentro de esas cuatro paredes.

Ella envidiaba rotundamente su capacidad de desapego. En los últimos 6 años él había pasado por todo tipo de sitios, y sin embargo, de vuelta en Campana estaba igual que siempre: con una sonrisa en el temple, con el seño fruncido, y con sus ojos rojos.

El pasaba de canal en canal, pero no dejaba nada. Como en su vida, recorría toda la programación sin decidir donde estacionarse. ¿Y por qué razón Elena podría ser su ancla? Algunos días sentía que juntos podrían paliar las ansiedades encontradas. Que el porcentaje de imprevisibilidad que acompañaba sus vidas era el justo, que siempre se llevarían bien y se querrían, porque no existían muchos cuestionamientos entre ambos. Ella imaginó su ropa en el armario negro de la habitación, y retornó a la misma imagen en la que se había situado minutos antes: las 4 valijas prolijamente colocadas frente a la ventana de enfrente, y sobre las cuales nada le salía decir.

- Este programa me encanta – dijo Maximiliano. Y así por fin detenía el ir y venir de imágenes. – Lo veo siempre, y cuentan historias de unos lugares increíbles.

Ella, tras mirar durante unos instantes, retornó a las valijas, y se cuestionó la injusticia que significaba estar frente a ellas con una sonrisa.

- ¿Te pasa algo? – El rostro de Elena de repente se había desdibujado, como si hubiera visto un fantasma. Y así era… el fantasma del pasado había regresado, y nuevamente había armado las valijas, que por cierto, seguían ahí, prolijamente acomodadas y Maximiliano, sonriente.

Le dolía jugar el rol de la tercera en discordia, pero nada hacía para modificar la situación. Tal vez el lugar era cómodo porque no había decisiones por tomar. Paula en España, Elena en Campana, y Maximiliano… en el sofá rojo, mirando “En el camino”, o recorriendo la programación en busca de algo mejor. Las valijas continuaban enfrente. Perfectas, acomodadas dos sobre dos, y de esa manera todo estaba en su lugar.

Elena se levantó, y caminó hacia el desayunador. Tomó la notebook, y casi sin querer, vio una foto en la pantalla.

- ¿Qué haces? – Dijo él, quien se incorporó de forma violenta, y se dirigió hacia Elena. Ella alcanzó a ver a Maximiliano, junto a Paula con el mismo pañuelo rojo que ahora se encontraba atado en las valijas.

Elena bajó la cabeza, volvió al sofá, y continuó sin decir nada.

- Eso te pasa por meterte donde no te corresponde – Dijo él, cerró la computadora y se fue al baño.

Muchas veces es mejor tener dudas que certezas, pero ese no era el estilo de Elena. No podía convivir ni un instante con aquellas incertidumbres que se vinculaban a los sentimientos.

Ella se levantó nuevamente del sillón, y se dirigió a la banqueta del desayunador para tomar sus cosas.

- Me voy – dijo.

El se acercó a la puerta gris para acompañarla, sin emitir ningún sonido.

- Que tengas buen viaje – dijo Elena, y él la miró con el ceño fruncido.

Luego de traspasar las cerámicas blancas brillantes para retomar el sucio y viejo piso de piedritas, Elena sintió un nudo en la garganta, y una lágrima cayó por su mejilla derecha. Maximiliano ya había cerrado la puerta.

Elena se preguntó cuándo el pañuelo rojo llegaría a destino. Pero esta vez, prefirió quedarse con la duda. Tras bajar las escaleras caracol, atravesó la puerta de vidrios repartidos, y comenzó a caminar por la vereda rumbo a ninguna parte. Tras dar unos pasos perdidos, conectó nuevamente, y tomó la avenida principal, rumbo a su hogar. Mientras caminaba pensaba en cuán complicada se hacía a veces su vida, en los conflictos que ella sumaba sin querer, o queriendo, no lo sabía bien. ¿Por qué una persona tras compartir 6 años de noviazgo se interesaría en ella? Era ridículo e ilógico. Y las distancias terrestres nada tenían que ver con las emocionales. El volvería a España y sería feliz. Y Elena, seguiría con su Campana querida. Tranquila. Con amigas y familia, como siempre.

Tras caminar unas cuadras, su celular sonó. Era un mensaje, y tenía miedo de verlo. Tal vez no era él y la desilusión sería enorme. Caminó dos cuadras más hasta tomar el coraje de verlo. Sacó el aparato de su cartera, y leyó la pantalla. “Te pido disculpas si te molesta que Paula venga a buscar sus cosas. Es la forma más apropiada para terminar. Perdón si te lastimé, y te espero mañana”. A veces las dudas generan historias erróneas en la mente, y la imaginación puede jugar una mala pasada.

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