Historias que no son cuentos
Mirta esperaba impaciente en la cola del supermercado, llevaba más de media hora parada ahí a su parecer. Constantemente miraba el cartel de “caja rápida” mordiéndose el labio inferior y resoplando, buscando luego algún cómplice para comenzar a criticar en voz alta, nadie parecía hacerle caso; quizás era ella la única impaciente, pero quería llegar a tiempo a la casa de su hija, su nieto le hizo prometer que antes de la cena le contaría la historia del hombre que se volvió rico.
Cada tanto se salía de la fila para contar la cantidad de personas que quedaban antes de que por fin fuera su turno. Repasaba los detalles del cuento que relataría más tarde. Los años le habían permitido moldear la misma a su parecer, dejando de lado todo lo que no era necesario contar. “Uno dos tres…” dijo casi señalando con el dedo y contando en voz baja. El muchacho parado delante de ella protegía su lugar adelantándose cada vez que ella se asomaba. Cuando llegó a la persona número cuatro interrumpió la cuenta y se quedó mirando sin el menor disimulo. Una señora, probablemente de su misma edad, escandalizó a Mirta. “Por favor, cómo pudo salir así de su casa, que aspecto terrible” pensó acomodándose el peinado, sus ojos captaban todos los detalles y hacía gestos de desaprobación.
En ese momento, el recuerdo se apoderó de ella, esta vez de una manera tan pura, sin recorte ni modificación alguna. Incluso parecía resonar en sus oídos la voz ronca del hombre que sería su primer marido.
-En la vida, uno se hace su propio camino, ¿o usted piensa que mi familia siempre tuvo la misma posición que ahora? Mi padre era un hombre muy hábil, de joven era un comerciante de mercancías, pero vivía con lo justo. Un día como cualquier otro, descansaba con su viejo compañero, mientras aquel anciano dormía, mi padre lo observaba, fue entonces cuando vio salir de la nariz de éste un tábano que echó a volar, una hora más tarde el insecto volvió a entrar a su nariz por uno de los orificios…
-Disculpe caballero, cómo pretende que crea semejante cosa, no seré muy culta, pero cualquiera acá en el campo podría decirle que es imposible, imagínese si no iba a picarle la nariz aquel tábano.
-Si me deja continuar comprenderá usted…El anciano despertó de inmediato y le dijo que había soñado con la Isla de Sado, con la casa de un hombre rico, en el sueño un tábano que llegó volando le había indicado un punto específico del jardín y le había dicho que cavara allí, en el sueño el anciano le hizo caso al insecto y encontró un jarrón lleno de oro.
El avance de la fila la devolvió súbitamente al presente. Ahí seguía aquella señora, tan distinta a ella. Estaba peinada hacia atrás, el pelo blanco pegado a la cabeza, tirante como si estuviera sujetado, pero al llegar a la nuca, se armaban unos rulos, sueltos pero estáticos. No era su peinado lo que más la espantaba, su atuendo y los productos que compraban no lograban decirle algo claro de aquella mujer. Contabilizó lo que llevaba en el chango, mirando fijo y haciendo movimientos de cabeza para llegar a ver lo que estaba más escondido. Un sobre de jugo en polvo sabor pomelo, un paquete con dos velas, servilletas de esas que vienen en rollos, dos latas de atún de las que siempre estaban de oferta, un paquete de vainillas y un pan de jabón blanco; la vio agarrar una bolsa transparente, supuso que estaría allí desde antes, pero la señora la sujeto como si le sirviera para algo productivo. Debía reconocer que aquel anillo de plata en forma de flor y con una piedra verde era muy bonito, pero ese aspecto que tenía. Era tan distinta a ella, y sin embargo, ¿podría ella haber corrido la misma suerte? Se preguntó por un segundo.
-Que sucedió luego…no me deje con la intriga.
-Suelte entonces ese trapo, déjelo ahí en la barra y sírvame otro café… Mi padre que como le dije era un hábil, ofreció comprarle aquel sueño al anciano, este accedió quedándose con poco dinero a cambio. Mi padre viajó a la isla de Sado, buscó la casa del hombre rico y esa misma noche cavó en el lugar exacto y encontró el tesoro. Fue así como se volvió rico, pero fue sabio al poder conservar su capital el resto de su vida.
-¿Y usted espera que yo crea ese cuento?
-Debería confiar más, mi padre me dejó al morir dicha fortuna, lo único que le falta a mi vida es una mujer que me cuide y se ocupe de mi, ya no soy tan joven vio…no me gustaría que dicha mujer no creyera en la historia de mi pasado.
La inspección del vestuario comenzó por la parte superior, su mirada no daba paz al cuerpo encorvado de aquella vieja. Vestía un saco azul de hombre, lleno de pelos blancos desparramados por las mangas y la espalda, abajo tenía un pedazo descocido y podía verse el forro asomando con unos cuantos hilos colgando. El pantalón era lila, de una tela barata, cerca del tobillo tenía una gran mancha, “una cosa es ser humilde pero no por eso hay que ser mugriento” pensó arrugando la nariz. Por último esas zapatillas de gimnasia negras lograron que Mirta determinara que aquello era más bien un disfraz.
La viejita se alejaba luego de haber pagado y cargando sus bolsas. Como siempre, luego de hacer dicho escaneo, Mirta sintió un poco de lastima, después de todo, no tenía la culpa de que ese fuera su destino, o quizás si porque para Mirta cada uno se hacía su propio camino en la vida, aunque costara sacrificio, de cualquier forma, le dio pena. Le dedicó una sonrisa a aquella señora, que permanecía de espaldas a ella, era la misma sonrisa que hacia cuando alguien en la calle le pedía una moneda. De golpe, la señora giro, con repulsión miró a Mirta de arriba abajo y se marchó. La sonrisa hipócrita de Mirta se convirtió en una mueca horrible.
Esa noche la historia que le contó a su nieto no fue la del hombre que se volvió rico.
1 comentario:
Me gusta que vuelva nuestra amiga Mirta, también me gusta este vaivén de sus maridos (entre un cuento y otro) y que la historia la esté editando en su cabeza durante una fila. Las filas, los bondis, los bares son espacios muy interesantes...también me resulta redonda que la historia no sea de ella sino que se la haya apropiado. Eso. un abrazo...pao
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