Seminario: La Narrativa de Ficción. Cátedra Klein.
Docente: Di Marzo, Laura
Alumno: Gelmini Juri, Nicolás
Consigna 6: Escribir un relato con final fantástico
Original
-…es que nunca se sabe qué puede pasar. Vos no sabés qué te va a pasar cuando salgas de acá. Te puede pisar un auto o se te puede caer un balcón encima.
-Eso es un invento, no es así. Yo sé lo que me va a pasar mañana y pasado y la semana que viene. ¿Sabés qué me va a pasar? Nada. Me voy a seguir teniendo que levantar a trabajar. No me va a pisar ningún auto ni me va a aplastar ningún balcón, no me va a pasar nada raro.
Entraban los primeros clientes a la parrilla y la charla entre Julio y Lucho pasaba desapercibida entre el ruido de puertas, zapatos, autos y pedidos. El televisor molestaba con imágenes innecesarias. Esperaron sus menús 2 (milanesa con huevo frito y papas fritas) sentados contra la ventana que daba a la ochava de la esquina de Independencia y Perú.
-Vos no sabés el futuro. No podés saber si mañana te caés de la escalera y quedás parapléjico. No es que yo tenga miedo, sino que quiero vivir el hoy porque no se si mañana voy a poder.
-Eso es un típico discurso posmo. No te preocupes del mañana, viví el hoy y que todo se vaya al carajo. No planifiques nada, no construyas nada si total te vas a morir. Que no te importen las generaciones futuras, viví y disfrutá vos y el resto que se caguen.
-Pará, yo no digo eso. Yo lo que digo es que no sabés lo que te puede pasar, nada más.
La moto, que avanzaba por San Juan, se detuvo a mitad de cuadra, entre Tacuarí y Piedras. Pato, que viajaba de acompañante, descendió, se despidió de Maxi, que manejaba, y caminó avenida abajo, hablando por celular. Se paró en la esquina de Piedras y miró a su alrededor; el día era hábil y estaba agitado. Observó el bullicio a lo largo de la calle: midió distancias, tamaños de bolsos, personas, vio pasar a Maxi con la moto y supo que debía decidir rápido. Maxi se detuvo al otro lado de la calle y miró hacia atrás con suavidad. Sin dejar de hablar por el celular (o de simular que hablaba), Pato esperó dos rojos del semáforo hasta que encontró un blanco, una mujer joven y distraída, la cartera de cuero colgada en un solo brazo. Con disimulo atendió a la gente a su alrededor, la que se acercaba y la que se alejaba; calculó sus movimientos y el tiempo que le daría el cambio de luz para correr hasta la moto: nada podía salir mal. Guardó el teléfono, que era la señal para Maxi, hizo una última recorrida visual y su tensión muscular aumentó de repente. La mujer de la cartera se acercaba sin cuidado.
-How much for this one? –preguntó el turista con acento inglés señalando una figura en bronce de Carlos Gardel al lado de un farol, que esperaba un comprador en medio de postales, recuerdos, souvenirs, banderines, pins y prendas de vestir con alusiones a la Argentina, a su capital y a sus mitos y emblemas.
-Fifty pesos ¬–respondió el aburrido empleado con acento provinciano.
-I’ll take it.
El muchacho envolvió la pequeña escultura del ícono tanguero con varios papeles. Luego hizo un paquete más prolijo y finalmente lo metió en una bolsa de nylon. Recibió del inglés el billete de cincuenta y lo despidió con un poco amable Thank you, good bye.
El inglés y su mujer salieron del negocio con la bolsa conteniendo lo que luego sería la prueba material de su paso por Buenos Aires. Mitad por aburrimiento y mitad por cansancio, decidieron ir a comer. Habían dado vueltas por San Telmo toda la mañana y ya era mediodía. Caminaron por Independencia sin encontrar ningún restaurante, hasta que desde Bolívar divisaron la parrilla en la esquina siguiente. Mientras esperaban para cruzar, el inglés tomó una profunda bocanada de aire y levantó la mirada hacia los edificios que los rodeaban.
-I don’t like this city –reflexionó.
La acción fue perfecta. En menos de veinte segundos estaban los dos sobre la moto cruzando Chacabuco botín en mano. Había sido fácil: la joven mujer no tuvo tiempo de reaccionar al arrebato y al empujón, apenas si pudo gritar, y cuando lo hizo ya nadie podía ayudarla. Velocidad y decisión habían dado resultado una vez más. La metodología consistía en guardar la cartera en una mochila y no detenerse en ningún semáforo hasta estar a doce cuadras o más del lugar del hecho. Al llegar a Perú doblaron hacia el centro como si nada. Después de muchos robos ya estaban entrenados para disimular, se conocían y sabían qué hacer y cómo. Antes de llegar a Carlos Calvo, un policía los vio: en realidad lo que vio fueron dos hombres en moto con una mochila, en todo caso sospechosos. Maxi lo notó y tuvo que detenerse a esperar el semáforo, intentaba que pasaran desapercibidos. Pero el sagaz agente, lentamente, comenzó a acercarse. Perspicaz, apenas notó que se aproximaba, Pato advirtió a Maxi y éste arrancó lo más rápido que pudo, justo cuando la luz se ponía verde y el policía les ordenaba que se detuviesen.
-¡Dos menú dos, cincuenta y nueve! –se oyó desde el mostrador. Con gestos de hastío y hambre Julio y Lucho se levantaron a buscar los pedidos y condimentar las milanesas.
-Son los discursos del sistema –djio Lucho mientras abría un paquetito de mostaza-. Te los dicen para que consumas y gastes todo hoy, ya mismo, porque si no es ahora puede no ser nunca. Después te das cuenta que tu vida es una mierda y que estás lleno de deudas y no tenés futuro.
-Tampoco es tan así, no es que no planificás nada. Solamente es darse los gustos que uno quiere, no preocuparse tanto por lo que viene después, porque puede ser que no tengas un después –la ketchup caía espesa sobre el aceite que cubría las papas fritas.
Tomaron los cubiertos de plástico y volvieron a la mesa. Estaban mojando las papas en la yema de sus respectivos huevos fritos cuando inesperadamente entraron el inglés y su mujer. Sus caras de gringos, su ropa blanca y limpia y los lentes de sol marcaron un contraste violento con el resto de los clientes de la parrilla, todos trabajadores que no tardaron en dirigirles miradas de burla y desprecio. A pesar de ello los dos ingleses enfilaron para el mostrador con confianza y examinaron los menús que se ofrecían. Discutieron un momento y luego, en un castellano defectuoso, hicieron sus pedidos.
Maxi actuó por impulso y maniobró entre los autos como pudo. Avanzó por la cuadra y logró dejar atrás al policía que había intentado perseguirlos a pie. Atravesaron Estados Unidos: si lograban cruzar Independencia el policía ya no podría ver el rumbo que tomaran y, si tenían suerte, estarían seguros. Maxi aceleró y desde la mitad de la cuadra vio la luz verde cambiar hacia la amarilla; por la velocidad que llevaba la moto le sería muy difícil doblar a la izquierda sin peligro. Se jugó a cruzar la avenida entera a riesgo de chocar contra algún conductor ansioso. La luz cambió a rojo cuando empezaba a cruzar; los autos que esperaban amagaron a avanzar y tocaron furiosos bocinazos. Iban por el tercer carril cuando desde atrás del último auto se adelantó un ciclista. Maxi clavó los frenos e intentó un volantazo fatal.
El inglés y su mujer esperaron la comida con paciencia. Julio y Lucho los señalaban con la cabeza y los ojos y se sonreían. Los turistas, con su pedido (también un doble menú 2) en las manos, buscaron una mesa vacía y eligieron una próxima a la de Julio y Lucho; éstos se sintieron incómodos con esa elección. Los ingleses comieron velozmente. Julio y Lucho los miraban de reojo pero ya no se sonreían. Hubieran querido que se fueran tan rápido como comieron. Aún masticando el último bocado, el inglés abrió el paquete que contenía la figura en bronce de Gardel. La examinó un rato y luego la dejó sobre la mesa; el pequeño Carlitos estaba en pose de entonar algún tango de tono humorístico. El inglés miró a su mujer satisfecho.
-Bad food –dijo con tono quejoso. En ese momento se oyó en toda la parrilla una acelerada furiosa seguida de bocinazos, de una frenada y de un golpe de fierros contra fierros al mismo tiempo que gritos de terror. Antes de que nadie pudiera mirar, el cuerpo de Pato entró por la ventana que daba a la ochava, rompiendo el vidrio y cayendo sobre la mesa del inglés y su mujer; ésta se levantó gritando de modo histérico.
-A la mierda. Pero qué gringos mufa. ¿Así que no nos iba a pasar nada, eh? –dijo Julio irónico, mirando el cuerpo tirado sobre la mesa. Luego miró a Lucho: la sangre salía de su cara herida por las astillas del vidrio.
El inglés se levantó tranquilo de la mesa, como si entendiera todo lo que pasaba. Pato respiraba agitado. El inglés lo tocó con cuidado; apenas se sintió tocado, Pato levantó la cabeza y todos vieron su cara llena de sangre. Se levantó con dificultad y cayó al piso. Quedó sentado y luego se reclinó hasta quedar completamente horizontal. Sobresalía del medio de su pecho la mitad de la estatuilla de bronce.
-I said I didn’t like this city –dijo el inglés con voz cansada.
1 comentario:
Hola Nicolás, el texto está muy bien construido,la simultaneidad de los hechos va geenrando la tensión narrativa, y el final ingresa sutilmente a la otra realidad. Mañana lo conversaremos .... si se puede, no. Pero título! Le falta un título!!! quizás puedas ponérselo antes del ecuentro .
Laura
Publicar un comentario