Estaba por
cerrar, el pibe ya se había ido, quedaba el alboroto de la tardecita. Había
pensado dar una vuelta antes de volver a casa. En eso entró un hombre, con cara
de perdido, peinado hacia el costado y de lentes.
–
¿Abren cajas fuertes? – dijo con voz de extranjero. Respondí que sí. Pensé en
cerrar y hacer ese trabajito de últimas; el domicilio, además, quedaba a la
vuelta de la cerrajería.
Mientras
ordené y bajé la persiana del local el otro esperó fumando, después me propuso ir
a pie.
En la
cerrajería hacemos de todo, aunque raramente se trate de cajas fuertes.
Preguntar qué hay dentro de la caja fuerte sería una indiscreción, sin embargo,
es en parte la misma que comenten aquellos que nos contratan. ¿Qué quería ese
franchute con una caja bloqueada? Enseguida le saqué el acento francés, pero el
gesto de los ojos y la forma de sonreír no me daban con un país europeo, que,
al fin y al cabo, tanto que decimos de los chinos, los extranjeros para
nosotros son todos extranjeros y más o menos iguales. Éste no entraba
directamente en ese casillero. En el ascensor me dijo que había nacido en Buenos
Aires y tras la muerte de su padre, él y su madre se habían ido a Francia; el
departamento al que entrábamos era su casa, aunque era la primera vez que regresaba.
Al parecer,
todo lo que había contado el franchute era cierto. En el living había un olor a
encierro que espantaba, podrían haber pasado por ahí diez, quince, veinte años,
no sé, y si no fuera porque me hacía que el tipo andaba por los treinta y pico,
podrían haber pasado cuarenta también, porque ante el primer descuido
simplemente se pasan y andá a contarlos después.
Un complejo de
cortinas gruesas, doble, negra y bordó, cubría las ventanas y dejaba fuera la
luz y el barullo de la calle Tacuarí. Me dijo que lo siguiera y avanzó con un
paso familiarizado con el lugar. A lo largo de un pasillo, con tono de
disculpas, recordó que no había vivido nadie allí desde que él era niño, por
eso la humedad y el polvillo.
– No se
preocupe, si hubiera vivido gente aquí cada día, igual tendría polvillo; es una
constante – le dije
Había visto
que el empapelado de la cocina tenía panzas, brotes de humedad y bordes
despegados, como si con ello las paredes se esforzaran por persuadir, por
quebrar alguna curiosidad. En el dormitorio esta sensación era todavía más
precisa. La alfombra y el empapelado de las paredes también estaban algo
deformes. La frazada se me hacía que era de tiza colorada, moldeada como
frazada. Adentro de un armario, empotrada en la pared, de treinta por treinta,
esperaba con su oído atento y desconfiado, y a la vez como el sabio, que si a
pesar de la humedad y del polvillo todavía guarda un secreto, uno que desde el
comienzo supo saldría a la luz, no puede, en el momento del don, evitar dar la lucha:
estaba la caja vieja y fuerte, y una robusta cerradura. Me gustan esas viejas,
pero ya no sirven.
– No sé qué
puede haber adentro.
– Espero que
no la cuide más que esta cerradura – dije, y el franchute entendió y se rió, y
ahí confirmé que la risa era de por acá nomás.
Abrí mi caja
de herramientas y busqué una ganzúa para cerraduras de gorjas que había
comprado recientemente, de última tecnología, que me ahorraba andar forcejeando.
– ¿Desde
cuándo tiene la cerrajería?
– Desde hace
mucho.
– Si siempre
fue del barrio, tal vez conoció a mi padre o a mi madre.
– Me acordaría
si tuviera la capacidad de ésta – dije, y golpeé el metal de la caja fuerte. El
franchute quería que yo trajera cosas de treinta años atrás, para eso está el
pequeño Larousse; pero como al entrar había visto una mesita ratona con un par
de botellas, y ya que había cerrado el local, estando a un pelo de hacer pasar
la última parte de las correderas, le pregunté, por las dudas, el apellido.
– Ilara.
Otro clic y la puerta se abrió.
– No hay nube
de abejas ni momias – dijo el franchute, alegremente.
– Así parece –
dije.
– Qué fácil lo
hizo – dijo.
– Se trata de
una llave falsa.
Le dí lugar
para que abriera del todo la puerta y revisara el interior. Me puse a un lado a
ordenar nuevamente la caja de herramientas.
Sacó un manojo
de cartas atadas con una cinta rosa. Estaban escritas con tinta negra y una
letra chiquita, que se había mantenido durante años formando esas cartas casi
salvajes, aún cuando la mano que las escribiera prefiriese, hoy, un teclado
ligero. Me abstuve de seguir mirando, dije que me iba.
– Tal vez me
puede contar algo sobre este lugar, y sobre mis padres, tal vez. Mi apellido es
Ilara. ¿Conoce?
– Me lo dijo –
le recordé.
– Deber haber
algo para tomar, mi madre, por lo menos, tenía cierta inclinación…
– Tal vez
quiera leer esas cartas.
– No ahora,
puedo hacerlo más tarde – dijo y salió de la pieza. Enseguida volvió con un
Ballantines. Miró la etiqueta. – … del ’70.
Fuimos al
living. El chico buscó un par de vasos y sirvió.
– No hay
hielo, pero hay quienes dicen que el whisky añejo se toma sin hielo.
– No nos queda
otra.
Los sillones
eran mullidos pero al sentarnos en ellos se desprendió un olor a lana
enmohecida, a polilla podrida; el living, de pronto, se volvió una caverna.
– ¿Siempre
tuvo una cerrajería? – dijo con sus erres echas de gárgaras; estos franceses…
– Si. Mi padre
era cerrajero, armó el local y finalmente, después de un período como docente
de filosofía en una escuela secundaria, yo terminé trabajando ahí, porque
trascendía mis idas y vueltas de joven – dije, pero el chico escuchaba a
medias, y otro tanto leía las cartas. No me proponía llamarle la atención
porque no quería que dejara las cartas.
– ¿Fue
profesor de filosofía? – dijo después de un silencio, sonrió, y volvió a una hoja
que tenía desplegada.
– Un tiempo…
– …a tu lado – empezó a leer – hay una simpleza que me avergüenza, una
especie de pampero que me deja desnuda, flacucha, y risueña. Pero no tonta,
querido, no sola. Es como una propuesta que aparece al rondarte: amar desde varios
ángulos, todos a la vez, volver como viento norte. – leyó y sonrió con
gestos nuestros, y dijo que se trataba de una carta a su padre, que le había
enviado su madre, aunque firmaba como Melinda.
– No sabía que
la llamaban Melinda. Tampoco sabía
cómo ella amaba a mi padre, ni qué le proponía a una mujer.
Siguió:
– Al quererte así, desplegada, me siento menos
mezquina, y todo lo que nos rodea me parece igualmente particular y erótico.
Avanzó algunas
hojas. Terminé el vaso. Y el chico estaba ahí, buscando en la caja fuerte algo
así como su origen, las causalidades que lo trajeron al mundo, y a cada rato
decía “je, je”, o echaba unas risistas como la correntada cuando pasa bajo la
puerta, “psss”, “je, je, je”.
– Mi español
no es bueno. Una vez que llegamos a Reims dejamos, sabe, lentamente, de hablar
español.
– Entiendo –
iba a decir algo sobre las palabras y el sentimiento que provocan, pero me
serví otra medida y recargué el del chico. Entonces él me alcanzó una de las
cartas.
– Su español
es mejor. ¿Le molestaría?
Ahora quería
le leyera cómo habían sido las cosas. Agarré la hoja y pensé en el empapelado
de la pared de la cocina, en la alfombra del cuarto. Iba a buscar los lentes en
la caja de herramientas, pero me acerqué la página a la cara y con un tono como
para que escuchara el chico o toda una reunión en el living, dije:
– Al mediodía plaza Lezama tiene una
predominancia de verdes frescos, como las hojas jóvenes y casi transparentes de
los lapachos; a la tarde todo es falso, lo que se ve y lo sugerido, son un
engaño; diría que la cosa empieza con la retirada, a la tardecita, cuando yo
digo que el cielo es rosa, y vos que anaranjado, y en esa mezcla incierta
aparece como una clave para dudar de Lezama, y abrir nuestro propio parque, que
tiene siempre colores nuevos e inventados.
Adelanto… pero tal vez no sea el momento
de abrirnos, tengo miedo de que todo se complique, que nos queme el sol de
Lezama.
Cuidate, te quiero
Melinda.
– No conocía
este costado literario de mi madre.
– Bueno, tengo
que irme.
Le agradecí el
whisky, me dijo que se iba a Francia en dos días pero que quizás pasaría por la
cerrajería a saludar. Ya en la calle, entre el traqueteo de la caja de
herramientas que me golpeaba la pierna, pensé en Melinda, en esa letra difícil de descifrar pero inconfundible de mi
difunta esposa. Pensé también en el pibe que andaría por ahí, y a quien le
esperaba, tal vez, un horario de cerrajero, una caja de cerrajero, pero, en
rigor, ninguna llave. Había esa bruma de polvillo que se levanta en noviembre,
sólo que era julio, o agosto.
Javier Yanantuoni
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