jueves, 25 de noviembre de 2010

Lo falseado (consigna: trabajar la temporalidad a partir "Ruin", de Molloy)


Estaba por cerrar, el pibe ya se había ido, quedaba el alboroto de la tardecita. Había pensado dar una vuelta antes de volver a casa. En eso entró un hombre, con cara de perdido, peinado hacia el costado y de lentes.
            – ¿Abren cajas fuertes? – dijo con voz de extranjero. Respondí que sí. Pensé en cerrar y hacer ese trabajito de últimas; el domicilio, además, quedaba a la vuelta de la cerrajería.
            Mientras ordené y bajé la persiana del local el otro esperó fumando, después me propuso ir a pie.
En la cerrajería hacemos de todo, aunque raramente se trate de cajas fuertes. Preguntar qué hay dentro de la caja fuerte sería una indiscreción, sin embargo, es en parte la misma que comenten aquellos que nos contratan. ¿Qué quería ese franchute con una caja bloqueada? Enseguida le saqué el acento francés, pero el gesto de los ojos y la forma de sonreír no me daban con un país europeo, que, al fin y al cabo, tanto que decimos de los chinos, los extranjeros para nosotros son todos extranjeros y más o menos iguales. Éste no entraba directamente en ese casillero. En el ascensor me dijo que había nacido en Buenos Aires y tras la muerte de su padre, él y su madre se habían ido a Francia; el departamento al que entrábamos era su casa, aunque era la primera vez que regresaba.
Al parecer, todo lo que había contado el franchute era cierto. En el living había un olor a encierro que espantaba, podrían haber pasado por ahí diez, quince, veinte años, no sé, y si no fuera porque me hacía que el tipo andaba por los treinta y pico, podrían haber pasado cuarenta también, porque ante el primer descuido simplemente se pasan y andá a contarlos después.
Un complejo de cortinas gruesas, doble, negra y bordó, cubría las ventanas y dejaba fuera la luz y el barullo de la calle Tacuarí. Me dijo que lo siguiera y avanzó con un paso familiarizado con el lugar. A lo largo de un pasillo, con tono de disculpas, recordó que no había vivido nadie allí desde que él era niño, por eso la humedad y el polvillo.
– No se preocupe, si hubiera vivido gente aquí cada día, igual tendría polvillo; es una constante – le dije
Había visto que el empapelado de la cocina tenía panzas, brotes de humedad y bordes despegados, como si con ello las paredes se esforzaran por persuadir, por quebrar alguna curiosidad. En el dormitorio esta sensación era todavía más precisa. La alfombra y el empapelado de las paredes también estaban algo deformes. La frazada se me hacía que era de tiza colorada, moldeada como frazada. Adentro de un armario, empotrada en la pared, de treinta por treinta, esperaba con su oído atento y desconfiado, y a la vez como el sabio, que si a pesar de la humedad y del polvillo todavía guarda un secreto, uno que desde el comienzo supo saldría a la luz, no puede, en el momento del don, evitar dar la lucha: estaba la caja vieja y fuerte, y una robusta cerradura. Me gustan esas viejas, pero ya no sirven.
– No sé qué puede haber adentro.
– Espero que no la cuide más que esta cerradura – dije, y el franchute entendió y se rió, y ahí confirmé que la risa era de por acá nomás.
Abrí mi caja de herramientas y busqué una ganzúa para cerraduras de gorjas que había comprado recientemente, de última tecnología, que me ahorraba andar forcejeando.
– ¿Desde cuándo tiene la cerrajería?
– Desde hace mucho.
– Si siempre fue del barrio, tal vez conoció a mi padre o a mi madre.
– Me acordaría si tuviera la capacidad de ésta – dije, y golpeé el metal de la caja fuerte. El franchute quería que yo trajera cosas de treinta años atrás, para eso está el pequeño Larousse; pero como al entrar había visto una mesita ratona con un par de botellas, y ya que había cerrado el local, estando a un pelo de hacer pasar la última parte de las correderas, le pregunté, por las dudas, el apellido.
– Ilara.
Otro clic y la puerta se abrió.
– No hay nube de abejas ni momias – dijo el franchute, alegremente.
– Así parece – dije.
– Qué fácil lo hizo – dijo.
– Se trata de una llave falsa.
Le dí lugar para que abriera del todo la puerta y revisara el interior. Me puse a un lado a ordenar nuevamente la caja de herramientas.
Sacó un manojo de cartas atadas con una cinta rosa. Estaban escritas con tinta negra y una letra chiquita, que se había mantenido durante años formando esas cartas casi salvajes, aún cuando la mano que las escribiera prefiriese, hoy, un teclado ligero. Me abstuve de seguir mirando, dije que me iba.
– Tal vez me puede contar algo sobre este lugar, y sobre mis padres, tal vez. Mi apellido es Ilara. ¿Conoce?
– Me lo dijo – le recordé.
– Deber haber algo para tomar, mi madre, por lo menos, tenía cierta inclinación…
– Tal vez quiera leer esas cartas.
– No ahora, puedo hacerlo más tarde – dijo y salió de la pieza. Enseguida volvió con un Ballantines. Miró la etiqueta. – … del ’70.
Fuimos al living. El chico buscó un par de vasos y sirvió.
– No hay hielo, pero hay quienes dicen que el whisky añejo se toma sin hielo.
– No nos queda otra.
Los sillones eran mullidos pero al sentarnos en ellos se desprendió un olor a lana enmohecida, a polilla podrida; el living, de pronto, se volvió una caverna.
– ¿Siempre tuvo una cerrajería? – dijo con sus erres echas de gárgaras; estos franceses…
– Si. Mi padre era cerrajero, armó el local y finalmente, después de un período como docente de filosofía en una escuela secundaria, yo terminé trabajando ahí, porque trascendía mis idas y vueltas de joven – dije, pero el chico escuchaba a medias, y otro tanto leía las cartas. No me proponía llamarle la atención porque no quería que dejara las cartas.
– ¿Fue profesor de filosofía? – dijo después de un silencio, sonrió, y volvió a una hoja que tenía desplegada.
– Un tiempo…
– …a tu lado – empezó a leer – hay una simpleza que me avergüenza, una especie de pampero que me deja desnuda, flacucha, y risueña. Pero no tonta, querido, no sola. Es como una propuesta que aparece al rondarte: amar desde varios ángulos, todos a la vez, volver como viento norte. – leyó y sonrió con gestos nuestros, y dijo que se trataba de una carta a su padre, que le había enviado su madre, aunque firmaba como Melinda.
– No sabía que la llamaban Melinda. Tampoco sabía cómo ella amaba a mi padre, ni qué le proponía a una mujer.
Siguió:
Al quererte así, desplegada, me siento menos mezquina, y todo lo que nos rodea me parece igualmente particular y erótico.
Avanzó algunas hojas. Terminé el vaso. Y el chico estaba ahí, buscando en la caja fuerte algo así como su origen, las causalidades que lo trajeron al mundo, y a cada rato decía “je, je”, o echaba unas risistas como la correntada cuando pasa bajo la puerta, “psss”, “je, je, je”.
– Mi español no es bueno. Una vez que llegamos a Reims dejamos, sabe, lentamente, de hablar español.
– Entiendo – iba a decir algo sobre las palabras y el sentimiento que provocan, pero me serví otra medida y recargué el del chico. Entonces él me alcanzó una de las cartas.
– Su español es mejor. ¿Le molestaría?
Ahora quería le leyera cómo habían sido las cosas. Agarré la hoja y pensé en el empapelado de la pared de la cocina, en la alfombra del cuarto. Iba a buscar los lentes en la caja de herramientas, pero me acerqué la página a la cara y con un tono como para que escuchara el chico o toda una reunión en el living, dije:
Al mediodía plaza Lezama tiene una predominancia de verdes frescos, como las hojas jóvenes y casi transparentes de los lapachos; a la tarde todo es falso, lo que se ve y lo sugerido, son un engaño; diría que la cosa empieza con la retirada, a la tardecita, cuando yo digo que el cielo es rosa, y vos que anaranjado, y en esa mezcla incierta aparece como una clave para dudar de Lezama, y abrir nuestro propio parque, que tiene siempre colores nuevos e  inventados. Adelanto… pero tal vez no sea el momento de abrirnos, tengo miedo de que todo se complique, que nos queme el sol de Lezama.
Cuidate, te quiero
Melinda.
– No conocía este costado literario de mi madre.
– Bueno, tengo que irme.

Le agradecí el whisky, me dijo que se iba a Francia en dos días pero que quizás pasaría por la cerrajería a saludar. Ya en la calle, entre el traqueteo de la caja de herramientas que me golpeaba la pierna, pensé en Melinda, en esa letra difícil de descifrar pero inconfundible de mi difunta esposa. Pensé también en el pibe que andaría por ahí, y a quien le esperaba, tal vez, un horario de cerrajero, una caja de cerrajero, pero, en rigor, ninguna llave. Había esa bruma de polvillo que se levanta en noviembre, sólo que era julio, o agosto.

Javier Yanantuoni

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