domingo, 14 de noviembre de 2010

Como la otra vez (fragmento de Chejov)

La lluvia caía con ganas mojándole las zapatillas de tela gastada, pero eso a el no le importaba porque tenía su paraguas con lunares de colores. El mismo de la otra vez. Apretaba con fuerza el mango de madera y de tanto en tanto lo agarraba con las dos manos para que el viento no se lo lleve. 
Las gotas de agua se colaban por los agujeros de la lona y caían divertidas en los rulos de Lucas que mantenía el equilibrio mientras sostenía el paraguas con una mano y se quitaba un mechón de pelo con la otra. Tenía que apurarse, tenia que llegar antes que la aguja corta se choque con el número seis. Se concentro mirando el semáforo y solo cruzó la calle cuando apareció el rojo y se prendió el hombrecito de luz blanca. Así le había enseñado el padre Daniel. 
Tanteo tres veces el bolsillo izquierdo de su pantalón de corderoy marrón para controlar que los caramelos de menta que no se había comido en el recreo estuvieran todavía ahí. Llegó al cordón de la vereda y reconoció el bar viejo pintado de rojo. Ahí tenia que doblar y caminar tres cuadras. Al rato ya estaba en la plaza y el agua le empapaba la frente, la nariz y los cachetes pálidos por el frío. 
Por suerte su banco favorito estaba vacío. Se acerco despacito y sin importar lo mojado que estaba se sentó como indio sosteniendo el paraguas como si fuera la bandera del colegio. Lucas sacó un caramelo del bolsillo y pensó que ella no se enojaría si el se comía uno, solo uno. Sus dientes castañeaban como la otra vez. 
Los autos pasaban como rayos, tocando bocina y salpicando gente. Lucas se entretenía mirando la fuente de la plaza que rebalsaba agua. A su mamá también le gustaba esa fuente. De pronto recordó como si fuese el domingo pasado la última vez que fueron juntos a esa plaza. Habían pasado toda la tarde paseando bajo el paraguas. Ella estaba rara. Nerviosa porque llovía, enojada porque un tal Juan no le traía la plata para seguir paseando. Recordó lo mucho que se divirtió ese día: los truenos habían sido tambores, y la lluvia un carnaval en pleno julio, y los monumentos de la plaza soldaditos de plomo y las nubes caras grises. 
Lucas escucho las campanadas de la iglesia y recordó cuando su mamá le dio el paraguas con lunares de colores mientras le decía que se iba a comprar caramelos, los de menta que a ella le gustaban tanto. También recordó que le hizo mirar el reloj de la catedral prometiéndole que cuando la aguja cortita se choque con el numero seis y la larga con el doce ella iba a volver. Los minutos pasaron y las seis se hicieron las siete y las siete luego las ocho. Y después vinieron los días en la casa de los abuelos, y después el hogar con los nenes que nunca lo dejaban tranquilo y las horas de matemática con la maestra que le gritaba si no llevaba la tarea y los cumpleaños con la torta, pero sin deseos. El viento se calmo y Lucas estornudó dos veces. La aguja del reloj ya se había juntado con el seis, y ahora se estaba por juntar con el siete. Y ella que no aparecía. El respiro profundo, como cada domingo a esa hora. Las caras grises del cielo se rompían y se soltaban dejando manchitas de cielo celeste. De pronto dejó de llover y salió no más el sol. Lucas se comió los caramelos de un tirón y emprendió su camino de regreso, pero sin cerrar el paraguas. No importaba que en la calle lo miren raro. 
Por ahí ella reconocía los lunares de colores.

Calvo Noelia Gisele

No hay comentarios: