Una menos veinte
Me
llamo Rodolfo Oro. Eso de por sí ya es ridículo, pero es coherente con la
omnipresencia que ha tenido siempre el círculo en mi vida. Mi madre quiso que
llevara el nombre de mi padre, ya que no me dio su apellido. Yo me he
preguntado toda la vida para qué quiero el nombre de un tipo que se cogió a mi
madre en la previa de la Revolución
Libertadora, el día del bombardeo a Plaza de Mayo en el 55´, cuando
los militares intentaron acertarle a Perón bombardeando toda la ciudad (y lo
peor es que ni aún así le acertaron).
Sé que me
concibieron ese día porque mi madre se encargó de contármelo. Perturbador. Bastante
horrible debe ser imaginar a los padres haciendo el amor; pero es peor tener
que imaginar a mi madre cogiendo, jadeante y procaz, con un compañero de
trabajo, casi un extraño, en el baño de un edificio de oficinas, lo
suficientemente cerca de la Plaza
como para justificar su calentura con el pánico de morir en el bombardeo.
Irónicamente,
yo terminé trabajando justo enfrente del edificio donde fui concebido. Trabajo en
el Ministerio de Economía. Subo todas las mañanas por el ascensor de espejos
viejos y luz amarillenta, que comparte la gente que no se mira con las treintañeras ruidosas que comen yogurt
como almuerzo y se ríen del sexo. Ellas todavía se ríen; uno deja de reírse del
sexo cuando se le empieza a dificultar conseguirlo. Todos los días subo hasta
el piso trece, y entro a trabajar en la oficina del fondo del pasillo a la
izquierda, la enorme oficina llena de boxes a lo largo y a lo ancho. A veces me
escapo por una puertita que está justo al lado de la entrada, que da a una
escalerita estrecha donde no suele haber mucha gente. Hay dos aulitas en la que
los pichis de todos los ministerios van a aprender a usar la intranet. Yo me
escapo ahí para fumarme un pucho de vez en cuando para calmarme. Pero trabajo
perdido en uno de los boxes chotos de la oficina del piso trece, con los ruidos
de las impresoras, los teléfonos y las minas cagándose de risa, mirando
folletos de ropa interior y escapándose al baño a probarse remeras que vende
una rubia.
Hago trabajo
administrativo y no hablo demasiado con nadie. La gente no me da mucha bola, me
evita, se ríe a mis espaldas. Supongo que tiene que ver con mis modos torpes,
la pinta de huevón que tengo, y un pasado de tipo bastante garca, que reconozco
que lo he sido. Mucho no me importa, si no fuera que las pibas de la entrada
siempre se hacen las boludas cuando me olvido el tag para pasar por el molinete
y se hacen las que no me conocen. Y como aparte de la pinta soy bastante huevón
en serio, encima me olvido el tag muy seguido, así que por lo menos dos veces
al mes tengo que pasar por el ritual de “Disculpe, señor, yo no lo conozco,
tengo que pedir autorización en la oficina” y presentar el DNI y esperar a que
alguno de los boluditos de veintipico de mi oficina, que todavía toman la teta,
se haga el langa con la recepcionista por teléfono mientras yo sigo esperando abajo.
A las pibas de la entrada yo nunca les hice nada, así que que me traten mal
ellas no se justifica.
Cuando
me olvido el tag, o si llueve, como en el comedor del Ministerio, que es bueno,
bonito no, y barato. Pero si puedo salir y volver a entrar sin problema, la
verdad que prefiero venirme a la plaza a comerme un sánguche, aunque más no sea
para sentir un poco de libertad, o el calor del sol sobre la cabeza, que en un
día de frío como éste viene precioso. Aunque por casi el mismo precio me coma
la mierda que estoy comiendo ahora, un sánguche, en lugar del plato principal y
postre del comedor, puedo alejarme de los pelotudos de mi oficina, de las
chupadas de medias obligatorias del edificio público, de los saludos de
compromiso y del arte berreta que hay arriba de la puerta del comedor. Y sobre
todo del seguir adentro, del ir a comer pero seguir en el trabajo, que es
agotador. Prefiero venir a comer acá un sanguchito de pan árabe.
El
pan árabe es redondo, claro. A ver… Círculo en el pan árabe. Círculos en la pared
de la Catedral,
círculo en la ventana del edificio blanco –hermoso edificio - de la esquina de Rivadavia y Diagonal Norte.
Hay
círculos en todos lados, desde ya, pero yo siempre tuve una relación especial
con el círculo. Bah, no sé si siempre, no sé si siempre lo supe. No, no siempre
lo supe… Qué sé yo, un día me di cuenta de que mi vida estaba regida por el
círculo, y fue como una revelación. Mi primer beso fue en el Twister –giratorio
- del Italpark, y ese mismo día me rompí un brazo en el samba (es otro círculo).
A los diez, mi madre me obligó a conocer al tipo que se la cogió en el
bombardeo (digamos que mi padre); a los veinte choqué en una rotonda y estuve
como siete meses enyesado; a los treinta, me asaltaron en el Parque Centenario,
que es redondo, y me clavaron un cuchillo que casi me desangro; a los cuarenta,
me divorcié de mi mujer; a los cincuenta, perdí el departamento y tuve que
volver a vivir con mi madre. Todos los años terminados en cero son fatídicos
para mí.
Estos son
ejemplos, nada más. Ha habido círculos en todos los momentos importantes de mi
vida, con un protagonismo casi pasmoso. Conocí a Silvia, la que sería la
mojigata de mi esposa en un círculo de oración, nos casamos en la iglesia
redonda de Belgrano y nos mudamos al edificio redondo que está sobre Dorrego. El
día que nació mi hijo, le habían puesto mal el apellido. Lo identifiqué porque
un círculo en el piso, debajo de su cuna, me llamó la atención y me di cuenta
de que era igual a Silvia. A los veinte se fue a vivir a España, a la ciudad de
Ronda. Ronda. Silvia también se fue para allá después del divorcio…. Hay más,
hay muchos más. Un día me di cuenta de la relación y empecé a buscarlos, y
descubrí círculos en todas partes, en cada momento importante de mi vida. Y,
claro, en mi nombre, Rodolfo Oro... Cuando estoy al pedo me entretengo buscando
círculos.
Bueno,
es una característica mía. Algunos me dicen que hablo pavadas, pero yo sé que
hay algo. Incluso mi vida se puede leer como un gran círculo. Empecé en un
departamentucho de mierda con mi madre, estudié, me consiguieron un trabajo de
administrativo en el Círculo Militar (el círculo, militar), empecé una carrera,
conseguí un mejor trabajo, conocí a la mojigata de Silvia, tuve a Juaco, mi
hijo, conseguí un trabajo mucho mejor. Y ahí conocí a Olivia, la mujer con la
que cagué a Silvia. Mi hijo Juaco y yo nos peleamos, él se fue; Silvia se
enteró de lo que había pasado con Olivia, Silvia también se fue. Perdí el
trabajo, y ahora estoy en un laburo administrativo de mierda que me consiguió
un conocido, viviendo de nuevo el del departamentucho este choto con mi madre.
La psicóloga me dijo que quizás esa circularidad es una nueva posibilidad de
hacer las cosas mejor. Es una pelotuda, la psicóloga. El círculo es siempre
igual.
Por
lo menos me puedo comer un sánguche en Plaza de Mayo al mediodía. Hoy es un día
más bien nublado, pero igual está lindo. Están ahí los tipos vendiéndole
banderitas a los turistas (y escarapelas y pines, que son redondos), el
fueguito prendido allá en la
Catedral, la ventana redonda del Cabildo. Y el jamón y el
queso que siempre cumplen. No serán una delicia, pero cumplen. No está mal.
Estaría mejor con mayonesa, tal vez, pero no está mal. Estoy pensando que me
hubiera comprado una Coca pero… ¡La puta madre! ¡¿Qué fue eso?!
De pronto
escuché como un disparo, no puede ser. Estoy todo encogido en el banco, y miro
para todos lados, pero nadie más parece haberlo escuchado.
Ah, no, no sé,
no pasa nada… Están ahí los gendarmes… No pasa nada, la gente sigue caminando. Qué
pelotudo. Debe haber sido el escape de un auto, o una goma, o algo así. Qué
pelotudo, como si no estuviera rodeado de autos y colectivos por todos lados…
¡Puf!,
qué cagazo que me pegué al pedo. Bueno, carraspeo y me acomodo en el banco. Una
mina me mira como si estuviera loco y le sonrío, como disculpándome. Ella me
sigue mirando como a un loco pero vuelve al libro que estaba leyendo. Agreta...
Vuelvo a mi sánguche, bah, a lo que queda de mi sánguche. Está linda la Plaza, está tranquila. Está
como siempre llena de palomas y de turistas. Círculo de palomas alrededor de la
vieja loca, círculo de las madres de Plaza de Mayo… ¡Uh! Cartera circular, eso
no vi nunca…
Vuelvo
a mirar a los gendarmes. Ahí están los gendarmes tan panchos… Se supone que
protegen a la presidenta… ¿Quién va a hacerle algo a la mina esta, si es
peronacha? No le hacen nada a los peronistas… Yo soy gorila, me lo banco. Soy
gorila y a mucha honra. No sé si será porque Perón tiene un poco la culpa de
que me hayan concebido. Forro. No, es un chiste. Soy gorila porque me revientan
los populachismos y la demagogia. Caramelos para el pueblo, la verdad que me
revienta. Prefiero los presidentes que no los dejan terminar su mandato y se
van en helicóptero –hablando de círculos - pero al menos son elegidos con un
poco más de sensatez. Eso pienso yo.
Bueno,
me terminé el sánguche, pero no voy a volver todavía. Es la una menos veinte
nomás, ni en pedo vuelvo. Hasta la una me quedo acá, cómodo, debajo de una
palmera como un bacán. Me pongo a mirar alrededor. La verdad, qué lugar la Plaza de Mayo… Las tres
cuartas partes de la historia argentina, si no más, pasaron por acá… La verdad
que me podrían haber gestado en la Revolución de Mayo, ¿no? Habría tenido más
gloria. Pero se ve que en el mil ochocientos las minas eran menos promiscuas
que mi madre…
Círculo en las
gomas de los autos. Círculo en el aro de la chica que tenía peor culo de lo que
parecía desde adelante… Me falta un círculo. Me agacho y empiezo a dibujar uno
con el dedo sobre el polvillo y las piedritas rojas del piso. Nunca me sale
completo de una. A ver, medio acá, y medio más…
¡¿La puta, qué carajo!?
¡Eso fue un disparo, mierda, estoy seguro!
¿Qué pasa que
nadie se da cuenta? Miro a las caras de todos, todos siguen en la suya. Los
gendarmes siguen en la suya. La agreta sigue leyendo. ¿Qué carajo pasa? ¡Yo lo
escuché, no estoy loco! Miro alrededor con suspicacia, trato de calmarme.
Estoy allí
mirando y de golpe, sin ningún aviso, siento una monstruosa explosión a mis
espaldas, un estallido rojo y un estruendo que instintivamente me tiran para
adelante. Caigo boca abajo sobre las piedras, me cubro la cabeza, y siento una
onda expansiva de calor que me quema la nuca. Los oídos se me embotan, me
quedan silbando, pero, con los ojos cerrados, ahora sí empiezo a escuchar
gritos, gritos de horror. Miro a los costados por debajo de los brazos, veo
pies que corren hacia todos lados. Levanto apenas la cabeza. La gente corre y
grita y hay un frenético revoloteo de palomas. Me apoyo sobre las piedras del
suelo, que están muy calientes, y me paro: está todo lleno de humo negro y
siento ecos de la explosión a mis espaldas.
¿Qué carajo pasó?
Todos miran hacia el mismo lugar. Y entonces me doy vuelta… Y no lo puedo
creer. Por Dios, bombardearon la Casa Rosada…
Una columna de humo y fuego se alza desde el techo, destrozado, y se mezcla con
las nubes del cielo encapotado. Un escombro gigantesco y pedazos de columna
ruedan sobre las escalinatas. Prácticamente no respiro el aire caliente lleno
de polvo negro. Helado de la impresión, no puedo creerlo y me quedo mirando el
fuego en el techo. De pronto, creo que de una la palmera que tengo encima, se
desprende un pedazo de brazo, que chapotea un golpe junto a mis pies. Lo miro,
horrorizado. En la muñeca hay un delicado reloj de mujer. Las uñas, están
pintadas de rojo. Y a la altura del codo se convierte en un estropajo rojo de
sangre y tendones.
Tengo una
arcada y una terrible sensación de vértigo, como si me hubiera enfrentado de
golpe al vacío en un piso treinta. Espantado, levanto la vista del brazo y miro
a mi alrededor. No entiendo nada, no entiendo ni dónde estoy. Tardo un rato en
darme cuenta de qué es lo que no entiendo. Me doy cuenta después de estar un
rato, duro, mirando alrededor. Después de ver pasar corriendo sacos de tres
botones, sombreros, y piernas de mujer con líneas negras detrás. Por un
instante, me olvido de la Casa Rosada
y miro alrededor, a los anteojos de pasta y las cabezas permanentadas que me
pasan corriendo al lado. ¿En qué época estoy?
La respuesta
está en mi cabeza, pero no puedo digerirla. La moda es de hace medio siglo,
pero no puede ser. Estoy en shock, me golpeé la cabeza. ¿O estoy dormido? Todo
es irreal, como si estuviera en una burbuja de sueño, en que todo pasara
alrededor mío, sin tocarme, y yo estoy acá, pero no entiendo como. Quieto, veo
pasar a la gente desesperada, vestidos todos… como en el 55´…
De pronto
recupero la lucidez cuando alguien pasa corriendo y me empuja. En un esfuerzo
por no perder el equilibrio, me afirmo en el suelo y me doy cuenta de que
realmente estoy allí. No entiendo cómo, ni qué pasó, pero realmente estoy acá.
Ahora. Los trolebuses escapan hacia todos lados, pequeñas piedritas siguen
cayendo de las palmeras. Los gritos finalmente me llegan a la mente con todo su
significado de desesperación y urgencia. Empiezo a respirar aceleradamente. Sé
que tengo que correr pero no puedo entender a dónde. No puedo seguir a nadie,
todos huyen como ratas y se van a todos lados. Las cenizas empiezan a caer
sobre todos nosotros.
Intento
acordarme de lo que leí, las fotos que vi, las clases de historia; pero mi mente
está totalmente en blanco. Totalmente en blanco. Tengo que correr. Qué hago.
Un grito
desesperado al fin me despierta. Un hombre llora y se muere, con un pedazo de
metal clavado a través del pecho. Se desangra sobre el suelo de piedritas, y el
rojo invade el rojo.
Una multitud
de gente pasa gritando junto a mí, en dirección al centro. “¡Perón! –gritan
-¡Por Dios, Perón!”. Y entonces algo se abre paso en mi mente embotada, un
recuerdo muy claro y seguro, el bombardeo en la calle Las Heras, la bomba que
le yerra a la residencia presidencial, en la calle Austria, en Recoleta. No sé
cómo ni cuando lo leí, pero lo sé. Tengo esa certeza.
Miro
alrededor, me ubico en el mapa y echo a correr en dirección al río. Si están
peinando la ciudad para acertarle a Perón, van a ir hacia el centro. Tengo que
ir para el río. Corro desesperadamente, evitando los cuerpos de los muertos y
de los heridos, hacia Hipólito Irigoyen, y cuando llego la cruzo sin mirar,
junto con un montón de otra gente, que corre desesperada igual que yo. Escucho
un par de autos dar el frenazo violentamente, pero no me detengo, y llego hasta
la otra vereda. Empiezo a correr hacia Balcarce. A mi alrededor, la gente corre
y grita, y llora. Hay muertos por todos lados. Una mujer, histérica, se para en
el medio de la calle, intentando frenar a los autos que pasan en cualquier
sentido.
― ¡Por favor! –llora a los gritos
- ¡Por favor! ¡Tengo que ir a mi casa, por favor! ¡Mi hijo, mi hijo! ¡Por
favor!
Intenta
frenar con las manos a los autos que escapan a toda velocidad, la van a matar.
Cuando paso corriendo junto a ella, jadeando, la agarro de la muñeca y la
arrastro conmigo.
― ¡Van a atacar en Austria! –le
grito, sin poder explicarle cómo lo sé -¡Al río! ¡Vamos al río!
La
mujer corre unos metros pero luego me suelta con un gesto de angustia.
― ¡No, mi hijo!
Y
echa a correr en la dirección contraria. Me detengo un segundo y la veo
alejarse, y recién entonces me doy cuenta de que a menos de diez metros,
incrustada en el asfalto, hay una enorme bomba que no estalló. Me quedo helado
mirándola. La gente huye de ella frenéticamente. Escucho mi propia respiración
en mis oídos. No puedo moverme.
Un grupo de
jóvenes pasa corriendo al lado mío en dirección al centro. Desesperadamente,
agarro a uno de ellos por los brazos.
― ¡Van a atacar en Austria! –le grito- ¡Van a
atacar la residencia, en Austria!
El
chico se me queda mirando, aterrado, mientras sus compañeros se detienen y
empiezan a tirar de él. Me mira a los ojos, no sabe si creerme.
― ¡Van a atacar en la residencia
presidencial! –le grito- ¡Hay que ir para el río!
Lo
suelto, me mira a los ojos unos instantes, y asiente. Se da vuelta hacia sus compañeros.
― ¡Al río! –les grita - ¡Hay que ir al río!
Vuelvo
a correr, alejándome de la bomba que no explotó. Los muchachos echan a correr
también hacia el río, y me olvido de ellos. Los autos chocan entre sí, producen
cadenas de accidentes. Paso rápidamente delante del edificio del Ministerio de
Economía. En medio de la confusión y el terror no puedo evitar mirar hacia
dentro, pero realmente no registro si algo es o no es distinto. Casi tropiezo
con el cuerpo de un hombre que, por Dios, todavía está moviéndose, en un charco
de sangre, pero no puedo detenerme. Hay cuerpos por todas partes. Cuerpos,
escombros y pedazos de cuerpos, rastros de sangre, polvo, piedras. Una mujer
llora desesperadamente en una esquina, con una pierna hecha jirones. Pedazos de
madera y vidrio siguen cayendo desde todas las ventanas. Se me cruza una imagen
de archivo, de una montaña de cadáveres apilada en una esquina, pero no puedo
pensar en eso ahora.
Tengo
cincuenta y cuatro años, estoy corriendo como un condenado y estoy respirando
polvo, no puedo más. Empiezo a toser, pero me obligo a seguir corriendo. Los
muertos a mi alrededor tienen zapatos. Miro eso, sus zapatos. Me impresiona que
tengan zapatos y estén muertos. Sigo corriendo.
Por
Paseo Colón los autos van y vienen enloquecidamente. Las luces del semáforo
están apagadas, no hay ningún tipo de orden. La gente cruza esquivando los
autos, los autos cruzan esquivando a la gente. Doblo la esquina a la derecha y
corro debocadamente una cuadra más ¿A dónde voy? ¿Cómo escapar? ¿Cómo llegar a
algún lugar seguro, donde pueda preguntarme cómo y por qué estoy allí? Me mando
a la calle, totalmente desorientado. La gente grita a mi alrededor y también
invade la calle. Un auto pega un frenazo para no atropellarme y a otro tengo
que frenarlo con las manos. A lo lejos veo venir un trolebús que se acerca con
las puertas abiertas. Lo miro un segundo y pienso rápido. Tengo que subirme y
escapar. Corro hacia el trolley, veo que avanza y que no va a frenar por más
que le haga señas, pero lo intento. Otra gente hace lo mismo. El conductor me
mira con desesperación y no frena.
―
¡Espere!- golpeo el costado del trolley mientras me pasa de largo, la
gente de adentro me mira con angustia y miedo, no puede ser, se me va a
escapar.
No
se me va a escapar, fuerzo las piernas y lo corro, ya no puedo más, pero hago
un esfuerzo sobrehumano y alcanzo a manotear el pasamanos en la parte de atrás.
Pego un salto, pero no llego a montarme. El trolley me arrastra unos metros
hasta que consigo agarrarme con las dos manos y subirme. Desesperadamente,
empujo a la gente para pasar. Los hombres, nerviosos, intentan impedirme el
paso un instante y después me dejan entrar. El trolley da un frenazo violento
con el que todos nos vamos para un lado. Las mujeres protegen a sus niños con su
abrazo, los hombres caen sobre ellas. Los escolares gritan con voz chillona,
agarrándose de donde pueden para evitar caer. Yo logro sostenerme de la barra
superior y no derrumbarme cuando un anciano da de espaldas contra mis piernas.
Quiero ayudarlo a levantarse, pero el trolley vuelve a arrancar tan
violentamente como se detuvo, y la gente nuevamente pierde el equilibrio.
Tomamos velocidad, y aunque el mundo parece ralentizarse, me permito por un
segundo la sensación de estar a salvo. La calle es un caos, el interior del
trolley también, pero vamos a alejarnos mucho más rápido que corriendo.
De
pronto empiezo a mirar a la gente en el interior. Se respira un clima de
histeria y de agitados jadeos. Nadie llora, pero no hay un solo par de ojos que
no revele terror e incertidumbre. Veo una mujer que protege a su bebé con todo el
cuerpo, mirando aterrada a los costados. Niños con guardapolvos blancos y
valijas, conteniendo el llanto y tratando de parecer hombres, y los hombres
adultos intentan gravemente disimular su desesperación.
Y
me miran. Una mujer me mira. Un niño me mira. Un anciano me mira. No sé si será
la ropa o qué, pero me miran. Me miran de un modo extraño. Quizás miran a todo el mundo, yo sólo veo que me miran. Con
ojos muy abiertos, con las cejas enarcadas.
Una sensación
de inquietud, de miedo que se cierne, comienza a contraer mi vientre, me
recorre en temblores por la espalda. Tengo una terrible intuición que no
entiendo, una espantosa intuición de algo inminente. ¿Por qué? ¿Qué hay en los
niños, en las mujeres? ¿El trolley? ¿La calle Paseo Colón?
De pronto me
acuerdo de algo, una imagen de archivo que vi, un auto blanco destrozado,
quemado, cubierto de cenizas.
Paseo Colón…
Un trolebús.
Una espantosa
certeza se me clava en la garganta. De pronto, entre el ruido caótico, los
frenazos y los gritos, todos en el trolley escuchamos claramente un silbido en
el aire, que se oye cada vez más cerca. Un niño me mira a los ojos.
Alcanzo a
vislumbrar apenas que en ese momento están concibiéndome, y un monstruoso
estallido rojo acaba con todo.
2 comentarios:
Como siempre, sugerencias de títulos serán bien recibidas. Anto, convidá un poco, tus títulos son fantásticos.
No se ve el video que subiste..... Me qudo con la intriga, no recuerdo si comentaste algo en el encuentro anterior...
Laura
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