Afuera, bajo el cielo se alzaban las copas de los árboles de color
verde bien verde. Él, sereno como siempre. Como un animal salvaje al acecho,
como un pájaro en vuelo calmo. Tan sereno que daba envidia. Hasta que ahí
estabas ángel mío, pensó. Se le había vuelto de golpe casi como un ángel esa
mujer. Había venido a darle de los mejores besos.
El ruido de la lluvia golpeaba todas las chapas. Casi casi era la hora
en que ella llegaba. “Parece que llueve mucho pero es el techo este que hace
más ruido del que debería” decía ella. Él, seguía sereno. Miró para arriba, la
posición horizontal lo descansaba. Sobre el techo escaló, siguió parte por
parte los circulitos. La humedad había dejado todas las marcas posibles del
mundo sobre ese techo. Ella estaba ahí. En todos lados estaba ella. Una de las
manchas casi formaba su cuerpo. Casi casi que buscó tocar el techo alto frío de
agua, casi para tocarle los ojos mecerla como a un niño guardarla en un bolsillo.
Ella llegaría con la espalda chorreando agua, sin paraguas, decía que
le gustaba mojarse, sentir la fuerza del agua sobre su piel. En fin, él le dejaría
como todos los días de tormenta, una alfombrita en la entrada y una toalla para
que se le seque tanto pelo mojado.
Llegaba cantando. Se sacaba los zapatos. Revoleaba las medias. Lo
miraba fijo a los ojos y le decía: “te traje un regalo”. Siempre un regalo. Una
piedrita, un libro, una flor, un alfajor, un collage, una vez una virgencita
que encontró a la vuelta, tirada casi sobre el cordón.
Cada vez que llega es como la primera vez. Su mano tiembla y él podría
decir tantas cosas pero calla. Calla porque la lluvia viene y entonces prefiere
mirarla a ella venir mojada.
Como la primera vez. Ella lo cito a las 10 en ese bar, él llegó
puntual, de campera de abrigo. Ella le había mandado el mensaje en un papelito
doblado en mil partes. Se lo había dado a Teresa para que se lo dé cuando lo
vea pasar por el local.
Él siempre de bufanda al cuello. De mirada calma. Podrían haberse
besado en ese instante en ese saludo inicial, pero prolongar el deseo lo vuelve
mágico, o eso dicen. Cuál era el motivo después de todo, si en realidad aún no
sabían nada. Quién era el otro. Sólo eso. Sólo el cuerpo. Sólo haberse
estudiado minuciosamente los cuerpos. Y saberlo. Y palpar un poco algo el aire
del otro. Nada más.
Él había pensado miles de veces en todo lo que diría. Había pensado tanto
en la vez en que finalmente podría. Meditaba todas las mañanas. Eso le dijo.
También le dijo que leyera algunos libros al respecto. Él era intenso. Parecía
traer pájaros bajo los hombros, o escondidos en la remera, pensaba ella, en realidad lo sabía. Ella lento
miraba los ojos abiertísimos de él. Buscaba el cuerpo. Qué haces a qué te
dedicas cómo te llamas. Qué haces en tus ratos libres te gusta el helado de qué
gusto qué música escuchas, te gusta el vino, de qué color vestís en verano…
tantas preguntas había pensado él. Ahora ahí estaba frente a ella. La mujer que
no usaría paraguas, que le daría la mano por la calle en los días violentos. Ahí
sobre él, casi sentada sobre sus hombros, rascándole el cuello. Casi diciéndolo
todo.
De repente. Algo ahí que se siente y es eso. Desde cuándo el mundo se
habría delante tan rotundo, eso pensó él. Desde cuándo las hojas flameaban por
ahí. Entonces casi que redactó una carta una carta de amor soñado de fantasía
de sueños cumplidos. Total, la vida es una. Y además uno siempre espera. La miró
y supo que ahí podía hablarse. Ahí. Bajo el paraguas que abriría él cuando
salieran del bar. Bajo el agua de gotas gordas que caía sobre ellos.
Con una mano sostenía el paraguas, con la otra abrazó fuerte la
cintura de ella. Se pegaron los pechos. Se escucharon latiendo.
1 comentario:
Esto es hermoso; y, para mí, una cachetada tremenda (yo me hubiera gastado en decir por qué el tipo no había sido feliz en su vida más que esa vez, bajo el paraguas..). Pero también es un aprendizaje.
Publicar un comentario