jueves, 4 de noviembre de 2010

La pocion

La miraba desde la baranda de la escalera, siempre desde la baranda. No nos queríamos, de mutuo acuerdo nomás. Se ajustaba el listón rojo del pelo y con esa sonrisita de tonta que siempre le gustaba a papá me invitaba a cocinar. Yo inventaba que tenía tarea, o que me iba a jugar con Duque, mi perro salchicha, mientras papá la miraba con ojos hechizados y volvía concentradamente al diario. 
Ella se quitaba los anillos de los finos y huesudos dedos, se frotaba su nariz puntiaguda, y me miraba triunfante con sus ojos de dragón antes de irse a la cocina canturreando. Sabía que conmigo no podía, pero con papá le alcanzaba. Nunca le permití a mis amigos que le aceptaran un caramelo y durante las eternas cenas me hacía la dormida o inventaba algún dolor de panza para comer lo menos posible. 
Yo sabía de sus andanzas a oscuras y de sus reuniones secretas. Sabía que las mujeres gordas que la visitaban seguido (todas con verrugas en la nariz) no eran damas de caridad y que su tío Edgardo no era su tío Edgardo. Y sabía del líquido azul que tomaba todas las madrugadas a escondidas de papá y de las canciones macabras que cantaba de noche cerquita de mi cuarto cuando el no estaba en casa. Pero a los 10 años una no tiene la credibilidad suficientemente estampada en la voz como para que le crean. O tal vez es al revés y cada vez que los grandes crecen pierden poco a poco la intuición, y las ganas de darse cuenta. 
Yo me limitaba a dejar debajo de la cama de papá, el relicario que la abuela Cata me había regalado para mi bautismo y que se suponía que tenía que estar guardado con las fotos y los recuerdos de mamá. 
Esa semana estuvo más rara que de costumbre. Usaba sus vestidos viejos con mayor frecuencia, no dejaba salir a Clemente, su gato negro, y se la pasaba en su cuarto con su manual de instrucciones. Obviamente que ese manual no era de cocina, que había algo más, pero nunca me acercaba a ella, y menos con luna llena.
Una noche de octubre, mientras papá limpiaba con cuidado sus medallas de bronce y ella cantaba en la cocina, la espié por la ventana que daba al patio. Disfrutaba cortar el pollo con el cuchillo carnicero, y se chupaba uno por uno los dedos mojados con sangre. Sacó de una bolsa algo que parecía ser un perro muerto y lo metió en la olla más grande. Olía todas las bolsas que tenia y sacaba sus frascos con polvitos de colores. Eso era lo que le quería dar de comer a papa. 
El tiempo pasaba y el relicario cada vez servía menos. Yo no quería que llegara la luna llena. Y ella cada vez estaba más contenta. Revolvía sin cesar las ollas y probaba un poco ahí y otro poco allá. Yo la miraba mordiéndome los labios, porque nadie se daba cuenta. Todos entusiasmados por la fiesta, y que el vestido, y que el viaje. 
Miré para un costado y me di cuenta que Duque no estaba más al lado mío. De pronto lo vi en las manos de huesos finos cerquita de las ollas. Salí como un rayo llamando a papá. Y se armó Troya. Ella se defendía que Duque estaba sucio y que había que bañarlo, y que eran los celos típicos de esa situación y que no se qué. 
A la noche la vi bajar rápido las escaleras con el frasquito del líquido azul. Yo sabía bien a donde iba. Lo desperté a papá y le dije que estaba por largarse a llover y que las ventanas del cuartito del patio estaban todas abiertas y se le iban a mojar las herramientas. Se asombró de no verla por ningún lado y yo me hice la asombrada también. Nos acercamos al cuartito y vimos la puerta medio abierta. Entramos y Duque empezó a ladrar mientras papá se quedó paralizado. Sus herramientas ya no estaban y en su lugar había una gran mesa ovalada en la que se encontraban sentadas las señoras gordas y el tío Edgardo que no era el tío Edgardo. Conejos colgados por todas partes, cartas de Tarot, capas negras y olor a gatos, mucho olor a gatos. Cuando se dieron cuenta que estábamos ahí todas empezaron a moverse rápido. Algunas desaparecían en cortinas de humo, otras se metían dentro de sus sombreros o se cubrían con sus capas. El tal Edgardo salió por la puerta con su escoba en mano y se fue volando. 
Ella estaba por tomarse su líquido azul en el momento que nos vio. Duque se le abalanzó y el frasquito se cayó al suelo. Papá no se movía. Nos quedamos viendo como las ronchas verdes le cubrían en cuerpo y la nariz se le hacía más grande y más curva. El cuerpo se le iba encogiendo y la ropa se le hacia grande hasta que quedó chiquita y verde. Corrí hasta un rincón tomé un frasco viejo, la metí ahí adentro y cerré la tapa. Bien fuerte para que no salga. 
Papá desde ese día casi no habla. Pero no importa porque yo lo cuido bien. 
Ahora la tenemos encerrada en el cajón del mueble que esta en el pasillo de arriba. Yo la miro desde la baranda de la escalera, siempre desde la baranda. 

Gisele Calvo

1 comentario:

Anónimo dijo...

Se nota que no me llevo bien con la Real Academia Españla no? Pocion con SSSSS no aprendo massssss!!!

GI