Por Daniel Francisco
La juventud de Esther no había sido la mejor. Ella había
llegado a Buenos Aires una mañana fría y con un cielo oscuro de invierno. Había
dejado su provincia, Corrientes, para venir a trabajar a la gran ciudad de lo
que fuera; no importaba qué. Sus primeras ocupaciones fueron siempre las de
limpiar casas o cuidar niños; años haciendo lo mismo para juntar unos pocos
pesos de los cuales una parte enviaba a su familia en Curuzú Cuatiá, y con el
resto intentaba sobrevivir en algún conventillo de La Boca. Con el tiempo se
casó con su primer y único novio;
juntos crearon una familia numerosa, siempre con los estándares de trabajo y
esfuerzo como si fuera el slogan familiar que cada miembro llevaba grabado en
la frente.
Esther enviudó joven. A los 45 años ya se debatía entre
criar a sus últimos hijos o permitir que entre los hermanos se enseñen la forma
de vivir mientras ella seguía limpiando pisos ajenos. La adultez de esta mujer
tampoco había sido la mejor. Lejos de pasar la tercera edad aburguesándose bajo
los placeres terrenales, Esther estaba en un geriátrico desde los 70 años.
Ahora tenía 83.
Sus últimos 13 años los transitó encerrada en una gran
habitación con vista a un enorme jardín. En el invierno, se regocijaba con el
olor de los limoneros que durante todo el día trepaba hasta su ventana e
irrumpía en el dormitorio con esa mezcla de olores ácidos y dulces que le
recordaban a su niñez. En el verano, era feliz cuando el jazmín chino se colaba
entre las perforaciones oxidadadas del mosquitero y se aferraba con uñas
imperceptibles sobre el mallado corroído. Podríamos creer que no es una buena
vida estar llamada al ostracismo dentro de lo que es vivir en un geriátrico,
pero Esther estaba convencida que allí lo pasaba realmente bien mientras se
mantenía ausente y desinteresada del resto de los habitantes del condominio.
Una vez al mes, y de manera sistemática, el mayor de sus
hijos, Roberto, venía a la casona a buscarla y la llevaba a pasear. Nunca se
supo donde iba porque ella no contaba nada; así como se iba, volvía por la
noche sigilosamente y se encerraba nuevamente en su cuarto.
Esta no es una historia más. No es la vida de una vieja que
muere en un geriátrico olvidada o que pasa los últimos días de su vida odiando
al resto del mundo sólo porque ella no puede estar afuera, donde el resto se
piensa que vive en libertad. La historia de Esther es diferente porque en el
geriátrico, sin pensarlo, conoce a Pupé.
Pupé residía en la casona desde hacía tres años. Siempre
estaba bien vestida y su perfume subía desde la planta baja hasta el tercer
piso del geriátrico, donde viven dos enfermeras. Pupé todas las mañanas
seleccionaba su ropa meticulosamente y cuidaba que los colores estuvieran
finamente combinados. Calzaba unos zapatos delicados, un pantalón de lino y
encima una blusa floreada con un moño de raso en su cintura. A veces estaba más
de entre casa y desfilaba entre los pasillos con unas sandalias blancas, un
pollerón de tela de jean y una musculosa blanca de algodón, entre otros modelos.
Además de expresar alegría a través de su manera de vestir, a Pupé se la oía
cantar suavemente durante las tardes cuando tomaba un baño; su canto algo
desprolijo pero afinado se desparramaba desde la tina por una ventana pequeña
incrustada en la pared y se volcaba sobre uno de los lados del jardín donde
otros viejos se abanicaban por el calor o caminaban lentamente entre los
cerezos.
En invierno, Pupé pasaba las tardes al sol siempre orientada
hacia la puerta de salida, pero claro, eran pocas las horas que esto ocurría ya
que el sol a las cuatro comenzaba a desaparecer y el frío se hacía sentir hasta
en los huesos. En el verano, sin embargo, la tarde era más provechosa y se
paseaba durante horas entre los caminos con azulejos que el jardín del geriátrico
tenía, o se sentaba largos ratos a leer bajo la sombra de algún sauce. Siempre
mirando hacia la puerta de entrada.
Todos hablaban de Pupé y de su energía optimista. Todos
querían pasar ratos con ella, compartir el té, la cena o lo que fuera. Todos
creían que Pupé tenía tantas ganas de vivir que contagiaba.
Durante años Esther supo de la existencia de Pupé pero nunca
cruzaron palabras, sólo algunas miradas desencontradas. Por las tardes, que era
cuando Pupé descansaba en el jardín, Esther la observaba con intriga desde su
habitación. En silencio se ocultaba tras un cortinado blanco que cubría su
ventana y clavaba la miraba desde el segundo piso de la casona hasta la bajeza
donde estaba Pupé conversando con otros viejos, limándose las uñas para luego
pintarlas siempre del mismo color rojo o leyendo alguna añeja revista que antes
había pasado por las manos de decenas de ancianos antes de llegar a las suyas.
Una tarde, embebida en misterio, Esther salió de su
habitación decidida a entablar una única charla y con Pupé, con nadie más.
Cruzó un pasillo pintado de blanco con dos ventanas que daban a una calle
empedrada. Bajó las escaleras lentamente mientras se aferraba con fuerza de un
pasamanos de madera pintada también de blanco y un poco astillada en algunas partes.
Luego, se dirigió sin cavilaciones hacia el patio ante la mirada absorta de
otros veteranos que la observaban como si fuera una nueva paciente o como si un
milagro hubiera ocurrido y Esther hubiera sanado completamente tras una
enfermedad que la tenía postrada en una cama de por vida.
Caminó hacia el banco, donde Pupé se encontraba, arrastrando
unas pantuflas viejas ya sin color y con poca suela. Se sentó mientras
suspiraba con molestias y finalmente apoyó sus dos manos agarradas sobre la
falda de sus piernas. Pupé la miró algo extrañada y Esther le dijo con
exageración:
- ¡Pero qué calor que hace hoy!
- Sí, señora, un poco, ya está llegando el verano y se
nota – respondió Pupé con amabilidad.
- ¡Pero no se puede creer! Estar acá encerradas y
sufriendo este calor insostenible. Yo no sé usted, pero a mí el calor me quita
las ganas de vivir; estaba mejor en mi habitación mirando la tele, que
casualmente están enseñando a hacer manualidades de navidad.
- Sí comprendo, pero acá corre algo de aire, uno puede conversar
con los demás. ¿Quiere que la ayude a volver a su cuarto? No me cuesta nada –
esgrimió Pupé sólo pensando en ayudar.
- No, bastante me costó llegar a este asiento de
morondanga como para ahora subir con prisa cuando ni siquiera sentí el olor del
jazmín de cerca. Además para la navidad falta más de dos meses.
- Bueno, entonces hagamos de este rato algo que nos
distraiga, ¿le parece?
Esther resopló dos veces y respondió:
- Sí claro, si a eso vine.
Mientras un cálido viento jugaba entre los rulos suaves y
soleados de Pupé e intentaba penetrar en el pelo corto y áspero de Esther, esta
última miraba con devoción las manos de Pupé con las uñas tan arregladas, los
brazos decorados con un reloj moderno y una pulsera con su nombre. Además no
podía creer que esta mujer se vistiera de ese modo sólo para salir unos minutos
a pasear por un terreno lleno de flores descuidadas, una piscina cerrada y ante
el peligro de que los árboles se desplomaran sobre ellas.
- Todos hablan bien de usted. Dicen que es conversadora,
muy simpática y siempre tiene buen aliento – dijo Esther mientras miraba a
unos viejos que desde el jardín de invierno las miraban a ellas.
- Gracias por lo del aliento, debe ser que... – dijo
mientras se acercaba las manos a la boca.
- No, no ese aliento, quiero decir que siempre tiene
cosas lindas y positivas para decir – interrumpió Esther.
- Ah. Bueno, puede ser. Es que a lo largo de los años
aprendí que aquí estoy verdaderamente cómoda, en compañía de buena gente que se
acerca todo el tiempo para contar sus problemas y buscar soluciones, o incluso
para pasar el rato. Esto es lo que nos toca, ¿vio?
- Así dicen – respondió Esther con pocas ganas de
hablar – Igualmente no creo que sea tan así. Yo acá estoy encerrada. Mis
hijos no me visitan y creo que todos me tienen olvidada, aunque realmente poco
me importa.
Pupé miraba a Esther con algo de estupor, no podía creer que
esa mujer con la que nunca había cruzado palabras tuviera tantas quejas para
decir.
- Encima acá la comida es horrible, el agua siempre sale
fría y ni hablar de los colchones de las habitaciones que son de cartón ¿Sabe
usted como tengo ya la espalda de dormir en esas mierdas tan delgadas? No, acá
no se puede vivir; si usted pensó que sí, le cuento que está muy equivocada.
- Me deja sin palabras, yo acá estoy tan cómoda, no me
iría por nada del mundo.
- Lo sé, la veo desde hace tres años disfrutar de cada
espacio del jardín, de cada flor marchita, de cada canto de jilguero, del agua
tibia que sale en su baño. Realmente envidio su forma de vivir en este retiro,
de jugar con sus últimos años de vida mientras algún familiar paga
fortunas para que usted esté acá presa – Esther estaba largando toda la
agonía verbal que hacía años tenía contenida en su boca.
- No se crea, yo soy feliz, ¿qué más puedo pedir? Lo que
me queda de vida lo comparto con gente agradable y en un lugar tan tranquilo...
¡tan buena atención!
Esther se levantó del banco, ofuscada como nunca antes había
estado en 13 años. Mientras se acomodaba un saquito de lana amarilla, pisó con
fuerza un hormiguero concurrido de insectos que al lado de su pie se encontraba
y dijo:
- Tiene razón, aproveche todo esto que tan lindo es –
y se fue alejando lentamente mientras se quejaba de los últimos rayos de sol
que sobre sus ojos pegaban.
Pupé se quedó mirándola, con algo de impaciencia en la
mirada y cuando Esther estuvo lo suficientemente lejos pero lo necesariamente
cerca para oír las últimas palabras de ella, le dijo:
- Desde hace tres años que vivo esperando que alguna tarde
esa puerta se abra y algún familiar me venga a visitar con la decisión de
llevarme a vivir fuera de este hogar.

2 comentarios:
Por un momento me imaginé que iba a surgir el amor entre ambas. Me gustó el devenir de Esther, su esfuerzo por bajar hasta Pupé y el desenlace. ¿Esa foto?...no vemos mañana, Pao
Lo releo y me complica el verosímil ( se ve que hoy es el tema) . Me parece que en determinados sectores sociales- los más carenciados como parece ser esta mujer- no se interna en un geriátrico a la abuela, por el contrario, se la mantiene en la casa hasta último momento, y no solo por cuestiones económicas. Revisalo.
Laura
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