* No quisiera dejar de ofrecer mi agradecimiento (eterno) a Eugenia Unger, la verdadera Nº 48.914 que sí compartió generosamente conmigo su historia de vida (cambiando así la mía), en la cual está basada una buena parte de la que aquí se narra.
La bobe
Es un día demasiado lindo de
Noviembre como para ponerme a hablar de cosas tristes, y la verdad no tengo
ganas. Hay sol, pajaritos, calorcito pero no demasiado… Tengo ganas de ir a un
parque, tomar mate con Kari, boludear, hablar de chicos… Pero si lo sigo
pateando, la semana que viene voy a estar en pelotas y la profesora me va a
matar. Así que lo haré hoy, que la tengo a la bobe a mano. Yo no sé si hago
bien, me da cosa capaz ponerla triste, pero igual ella me dijo que no tenía
problema, que cuando volvía de cobrar la jubilación me contaba.
Tengo que hacer una entrevista para la facu. Tengo
que entrevistar a alguien que haya vivido un momento histórico, y la verdad que
mi abuela debe tener un montón para contar. Aunque no suele hablar de eso. Supongo
que la pondrá mal hablar de Auschwitch,
de lo que pasó. Supongo que un poco mal la pondrá, pero bueno, me dijo que
estaba todo bien, así que le voy a preguntar igual… Ahí la oigo llegar, le
tengo listo ahí todo para hacerle el café batido como le gusta, así se pone
cómoda y habla.
Bajo hasta el comedor. La puta, qué
día de sol, y yo después me voy a tener que pasar la tarde encerrada desgrabando.
―
Hola, bobe.
―
Hola, nena.
―
Bobe, te preparé todo para esta entrevista que tengo que hacerte, hoy. Te acordás,
¿no?
―
Sí, sí, nena, mi acuerdo... Bueno, déjame
que cuelgo esto acá…
Cuelga la cartera en el perchero, y
el saco. Cosa de vieja, ponerse saco con el calor que hace. Me hace reír. Tiene
cada cosa, mi abuela… Es un personaje. Aparte habla raro, nunca se decidió si
hablar español o castellano de acá. O polaco…. Tiene esas cosas raras. No sé
por qué esa negación con el idioma. Es medio superficial, la bobe, en realidad,
y entonces habla como quiere, no le importa. Yo la quiero, pero no se puede negar
que es medio así, vive en las nubes. De pronto estamos viendo una película y si
se pone medio drama se levanta y se va. Un rato después está cantando y
limpiando la cocina. Cosas de ella.
Le muestro las cosas para hacerle el café
batido y me sonríe, entusiasmada. Pobrecita. Le gusta el café batido pero con
la tendinitis que tiene no puede ponerse a revolver y revolver, así que en
general se lo hago yo y me da ternura, sonríe cada vez como si fuera un regalo.
Nos sentamos. Yo saco el grabador y
se lo muestro. No le molesta.
―
Bueno, contame –le digo.
―
¿Qué nicesitás que te cuente?
―
No sé… -dudo – Mirá, lo que tengo que hacer para la facu es esto: la idea es
entender cómo era la vida en ese momento… Verla, digamos, desde adentro.
―
Ah, bueno. –dice, resueltamente, y sonríe al agarrar una galletita con
membrillo, que son sus favoritas y se las compré para soltarle la lengua.
―
Bobe… Vos no tenés problema en hablar de estas cosas, ¿no? –le pregunto en un
tono comprensivo - ¿No te va a hacer mal?
―
¡No, nena…! –me hace con la mano un gesto tan típicamente judío que me hace
gracia - ¡Mirá si me va a hacer molesto!
Despois de tanto tiempo, mirá si
todavía me van a sieguir… doliendo,
no, no hay un problema.
Me quedo mirándola. Ella me mira
también un rato, hasta que se da cuenta de que estoy esperando que empiece a
hablar. El grabador está funcionando. Yo me pongo a batirle el café y ella
termina la galletita. Carraspea.
―
Bueno… Yo… Primero que nada, antes en Polonia era mucha antisemitismo… Muchos se quedaron, cómo se dice, resentidos,
contra alemanes, contra… contra cristianos, incluso, que yo gracias a Dios no.
–se ríe – porque si no tu papá… Pero yo lo quiero como a un hijo, a tu papá,
vos lo sabés. Yo lo quiero tanto porque es muy
bueno... Sólo que al principio… yo por la tradición. Vos de madre judía,
tiendrías que ser judía.
―
Bobe, cortala…
―
Yo solamente digo de la tradición. Yo lo quiero a tu papá. Es un gran hombre.
La otra vez me trajo de las facturas, estas que me gustan, con la crema ésta…
cómo se llama, la amarilla.
―
Pastelera, pero nos estamos yendo un poco de tema…
―
Ah, sí, tienés razón, perdoname.
Bueno… te puedo impiezar por contar…
No sé, cómo se vivía, en Varsovia… Nosotros éramos una familia… prácticamente
grande, porque éramos cuatro hermanos, yo era la segunda. Bueno porque cada uno
en Europa tienía muchos, muchos
hermanos… era familia grande; no había televisión, no había tanto cine, así que
parece que eso... aceleraba más la familia…
Me sonríe con picardía y yo también
me río. Empiezo a darle ritmo a la cucharita, miro por última vez el sol que
sigue haciéndome burla con su cara de día lindo y me concentro en lo que me
cuenta.
―
Muy bien, éramos entonces… muy feliz. Porque éramos con plata, en esa época,
muchos vivíamos bien… Te puedés imaginar que había de todo, había pobres. Los
que venían de los… Mayormente la gente pobre vivía en pueblitos... Que
decían schtetele... Eso eran
pueblitos. Y se decía “Polonia, el segundo París”, porque era un...
rialmente un país hermoso, Polonia.
Asiento, así sigue, pero otra vez se
me está yendo de tema. Se agarra otra galletita y se la come. El casette sigue
corriendo, y ella come galletitas, y es culpa mía que se las puse, qué boluda.
Bueno, se las alejo un poquito. Como ella no sigue, trato de guiarla.
―
¿Y entonces, cuando estalla la guerra…?
― Bueno,
yo ya te digo que… Nosotros éramos muy bien en esa época, económicamente,
porque mi abbaleh ganaba bien.
Yo algo sabía de que mi abuela era
medio rica cuando vivía en Polonia, pero no sé ni qué hacía mi bisabuelo. Igual
no la interrumpo, porque si le entro a preguntar se me va de tema, yo la
conozco. Asiento. Voy a tener que cambiar lo de abbaleh por papá, en el
desgrabado, porque no se va a entender nada.
―
Y bueno, yo… Yo ya no vivía con abbaleh ni familia, porque ya estaba casada.
Me quedo boquiabierta y esta vez no
me puedo quedar callada.
―
¿Cómo casada? ¿Vos al zeide lo conociste en Polonia, ya?
―
No no no no… - menea la cabeza jugando con una galletita – No, yo… estaba
casada de antes. Al zeide lo conocí despois,
acá.
Y de pronto siento una sensación de vacío,
como cuando uno cree al bajar una escalera que ya llegó al piso y se encuentra
con un escalón más. ¿Mi abuela tuvo otro esposo, y yo nunca lo supe? De pronto
siento que mi abuela me puede llegar a contar cualquier cosa, que realmente es
poco lo que sé de ella. Me quedo callada y la miro jugar, como siempre, con el
anillo de bodas del zeide. Bato el café.
―
Y… bueno, después sí, sí nos mudamos con mi familia cuando el ghetto. Porque no
sé si sabes, hicieron un ghetto en Varsovia, donde obligan a todos, todos los
judíos al ghetto, nos dijeron, y tuvimos que ir allá. La casa de mis padres era
dentro de ghetto y nos fuimos a vivir con ellos. Nosotros vivíamos en otra
parte de Varsovia. Después achicaron el ghetto y la casa de mis padres seguía
dentro… nos quedamos.
Es todo una sorpresa, esto. No sabía
nada. Estoy enterándome de cosas muy interesantes, esto me va a servir para el
trabajo. Voy a tratar de completar con Internet.
―
Y bueno, vivimos allí, con mis padres y mis hermanos hasta que impiezaron las razzias. Yo tenía un hermano mayor y otro chiquito. Y tenía a Sara,
mi hermana, que era menor que yo. Era muy muy bonita Sara. Yo me casé muy
chica, yo tenía quince años… en esa época se acostumbraba. Y mi marido que se
llamaba Marek, era… ¡Ah…! Se parecía a Robert Taylor,
¿viste Robert
Taylor? ¿Sabés quién era?
―
Eh… sí, me suena. ¿Qué era esto de las razzias que me decías?
―
Ah, bueno, las razzias eran como unas redadas, porque entraban los nazis y
hacían lo que querían. A nosotros nos entraron una vez en la casa, que querían
la plata, que querían los documentos, y nosotros no teníamos ni qué comer,
porque en esa época había mucha… mucha hambre…
Y bueno, después nos rompieron un jarrón que había sido de mi abuela. No sé por
qué. De bronca, sería, querrían plata… Nos rompieron el jarrón. Un jarrón priecioso. Chino, creo, o ruso… en esa
razzia. Y bueno, había mucha hambre, pero los chicos del levantamiento fueron
nuestros héroes. Esos chicos sí…
―
¿Qué levantamiento?
―
Hubo un levantamiento, en Varsovia… Se levantaron contra los nazis, fue héroes.
Mi hermano Piotr, el mayor, fue, estuvo. Agarraban las armas, era… era una
gloria, porque nos devolvían la dignidad. Peleaban con armas, pero con manos,
con palos… porque no había armas buenas, de contrabando te vendían, y venían
sin balas o sin el… la cosa para poner las balas. Pero con todo esto,
los chicos impiezaron a hacer las molotov, en botellas, caseras. Impiezaron
luchar, y... Aparecían sobre techos, corrían sobre techos, y peleaban... Antes
los nazis eran dueños del ghetto; después no entraban al ghetto, tenían miedo.
Con tanques entraban, y todo.
Mi hermano Piotr peleaba con… con
furia, ¿sí? Porque a mí me quería, pero con Sara tenía locura, entonces peleaba
para vengarla.
Algo en esa frase me da un
escalofrío. Algo me suena raro. Dejo de batir.
―
¿Para vengarla?
La bobe me mira, y se refleja un
segundo de tristeza en sus ojos.
―
Ah, sí, es que… Ese día que rompían el jarrón, a mi hermanita la mataron.
Estos… nazis, entraron y la violaron seis, siete veces, la golpearon tanto... Y a la final se murió así, ahí en el piso. El día del
jarrón, fue esto, pero… Bueno, yo no te estaba hablando de eso.
Me quedo helada mirando a mi abuela.
Casi no respiro. Pero ella continúa, como si no acabara de contar lo que
acababa de contar.
―
Y hacía mucha frío en ese tiempo y le sacaban los… vistimientas a los muertos, y los cubrían con diarios… y después no
quedaron más diarios y los apilaban… -piensa apenas un instante y sacude la
cabeza – Por eso te digo, los chicos del levantamiento… nos dieron la dignidad.
Porque eran realmente… héroes. Y luchaba mi hermano, con Marek, Marek también peleaba…
El menor no, porque se había ido a trabajar, que te daban, decían, dos kilos de
pan y dos kilos de mermelada y te ibas a trabajar y él se había ido. Pero
Piotr, el mayor, sí. Y Marek. ¡Oy vei!…
vos lo vieras, nena… Era tan guapo, tan guapo, y con toda esa gloria de la
revolución…y que yo suspiraba en verlo, que parecía que éramos todavía de
novios, y él a veces viéndome de lejos me sonreía. Era, guapo guapo. Me lo
envidiaban las amigas mías, y me comentaban de lo guapo que era, en el tren,
cuando nos llevaron a Birkenau…
―
Esperá –la freno. Acá nos perdimos de algo - ¿Te llevaron a dónde?
Toca la taza en la que llevo diez
minutos batiendo el café. Me doy cuenta y agarro el termo con agua caliente.
―
Birkenau era un campo, de esta… que íbamos ahí en un tren Ahí fuimos con mi
mamá, porque del abbaleh nos habían
separado ahí cuando nos metieron en el tren y no lo vimos más.
―
¿Y tu marido?
Me mira un instante, desvía la vista.
Parpadea rápidamente y por un rato no me mira.
―
No no… -menea la cabeza – Marek… En… subterráneo, en Varsovia. Pusieron bomba,
inundaron y mataron todos. Todos… Piotr también.
Me quedo quieta, la miro, como si
fuera yo la que estuviera herida. Siento que los ojos me queman. No quiero
preguntar, pero tengo que hacerlo.
―
¿Y tu hermano que se había ido a trabajar?
―
Tú veías que la mermelada y el pan volvían, la que le daban a los que se iban a
trabajar, volvía…
Me tiemblan las manos y tengo que
apoyar la taza para que no se me rompa contra el piso. El aire parece frío, y
siento un abismo. Quiero echarme hacia atrás, no escuchar más, no enterarme… no
saber. Pero ya sé demasiado como para no saber. A la bobe le tiembla un poco el
mentón y baja la mirada. Por un segundo parece que está por llorar, pero
enseguida sonríe, como si nada.
―
Muy guapo, me decían, en el tren para Birkenau, y yo decía que sí, que era. Y
les que lo extrañaba tanto... Yo todavía tenía la ispieranza
de que el bebé iba a salir parecido a él.
―
¿Estabas embarazada? –pregunto impulsivamente.
Se le escapó. Se nota que se le escapó, porque
se pone tensa apenas lo dice y no me mira.
―
A mí me separaron del abbaleh y me
llevaron, una señora, que… Oy, me
hace gracia, porque tenía los dientes torcidos, y la doña… Pyrik, Kasienka
Pyrik, se llamaba; siempre me ayudó, me ayudó mucho, despois en Birkenau también y yo le miraba los dientes torcidos sin
parar, pobre, con lo buena que era pero mi
hacía gracias porque de algo me tienía que reír. Incluso que yo misma…
porque yo había perdido dientes, también, una kapo me los había… así, con la culata
de la carabina, pero yo le miraba los dientes a Kasienka y me reía tanto, a
veces… que me daba tos. Porque había mucho tos en esos días.
La imagen de la kapo bajándole los
dientes a mi abuela me violenta. Para no ponerme a llorar, agarro el termo y
empiezo a echar agua caliente en el café batido por demás.
―
Sí. Era… Mucha tos. Mucha frío. Y si hacías auschus,
que decían sabotaje, cuando te salía mal el trabajo, te tiraban balde de agua
helada y que te mueras. Y entonces había mucha tos. A una chica la mataron,
porque chumbaba, chumbaba sin parar toda la noche, y no dejaba dormir a nadie.
―
¿Y la mataron? ¿Quiénes?
―
Nena, vos... Entendé que estaba toda la noche… y no nos dejaba dormir, y al día siguiente había que trabajar,
doce, catorce horas sin parar, sin comer, porque comíamos… Era
agua, con cáscaras de papa, con harina, arena, llena de arena. Ésta fue la
comida. Y
había mucha diarrea y éramos débiles, ya… y sobre todo se trabajaba mucho, y no
podías no dormir porque si no, no trabajabas bien y era auschus, te mataban, y ya habían matado a dos… No podías no dormir…
Me quedo mirándola fijamente, con un
nudo en la garganta. Estoy intentando no pensar lo que la bobe no está
diciéndome. Lo que deliberadamente no está diciéndome. No puedo imaginarlo. Realmente
no puedo. La veo bajo la luz de una terrible desesperación. Un frío helado me
congela la nuca.
Termino
de revolver el café y se lo dejo delante, pero las manos me tiemblan sin parar.
La bobe no me mira. Inconscientemente se agarra los brazos y se los frota. Y de
pronto entiendo por qué siempre tiene frío. Me quedo con la vista fija en el
número que tiene tatuado en el brazo. Cuarenta y ocho mil novecientos catorce,
y una estrella de David. Y me pregunto cómo pude mirar ese maldito número toda
la vida y no entender. No entender que hubo cuarenta y ocho mil novecientas
trece mujeres antes. Y quién sabe cuántas después.
Agarra el café y sorbe un par de
tragos. Come una galletita. Yo también tengo frío, pero me hago un café así
nomás. Solamente necesito con urgencia algo caliente. Y yo también agarro una
galletita. Pero el dulce de membrillo me recuerda la mermelada. Los dos kilos
de mermelada que volvieron, y el hermano que no. La galletita no pasa. Dejo la
mitad. Mi abuela sigue, sin que yo le insista, porque ya no me animo a
preguntar. La cinta corrió en silencio un minuto, y ella sigue porque quiere
terminar con esto. Me doy cuenta de que hay demasiado de lo que no quiere
hablar.
―
Willy Goldstein fue mi ángel de la guarda, porque él me dio el nombre
de sus hermanas que estaban en Auschwitch, cuando
me llevaron. Él mi había visto en Birkenau, y me había
dicho “ti van a mandar a Auschwitch,
buscalas a mis hermanas, Edithka y Share”, que me ayudaron mucho... Y las gitanas, que cuando yo veo gitanas… las
quiero. Me paro y les hablo siempre. Allá ellas mi hacían abrigo, con papelitos. Porque allá éramos
constantemente desnudas, no teníamos ropa puesta. Que en esa época no se
acostumbraba, ¿no? –sonríe - Ahora son desnudas todos lados, vos abrís la televisión
y está esto… todas desnudas.
La bobe
se ríe y me mira. Jamás en mi vida me costó tanto responder una sonrisa como
ahora, pero me obligo a hacerlo.
―
Bueno, y con el frío que hacía,
y a mí las gitanas me hacían abrigo porque me quierían… Las mataron a todas.
Toma un sorbo de café y me mira.
―
Bueno, nena, ¿qué más querés saber? – me dice de pronto.
Miles de preguntas se me agolpan en
la garganta, seca. Tomo un poco de café para hacer tiempo. Tengo que
preguntarle cosas generales, del contexto, del entorno. No me está diciendo
nada, es un quilombo lo que me está contando, todo mezclado y con montones de huecos…
Pero lo que realmente quiero saber -y no me animo a preguntar-, es si a ella
también la violaron, si vivió su madre y las chicas Goldstein. Si supo qué pasó
con su padre. Me avergüenza nunca haberle preguntado por su madre, mi
bisabuela… El vacío que se insinuaba, ahora me invade. Tengo el frío metido en
los huesos, y miro a mi abuela, que se ve como siempre, como si hablara de la
jubilación y la crema pastelera, como si me contara anécdotas, como siempre. Y
pienso la cantidad de veces que le dije a mis amigas que mi abuela era
superficial. No mi bobe, a mis amigas les decía mi abuela. Superficial…
Me decido por ella, el trabajo para la facultad
no me importa más.
―
¿Qué pasó después, bobe? ¿Tu mamá? ¿Sobrevivió?
―
Bueno... Era... complicado, porque te dividían por edad.
Entonces, eres mayor, vas acá, en esta fila. Eres más joven, vas en esta otra
fila. Y yo me sentía enferma , porque había perdido mucha sangre con... bueno, con bebé, y cuando llegamos a Birkenau entonces mi mamá
quería cuidarme, y se pasó de fila… No estaba permitido pasarse de fila.
Trago con dificultad y no parpadeo.
Ella vuelve a cambiar de tema.
―
Yo despois me mejoré y eso me salvó,
porque un día vino un alemán… no me acuerdo quién era, Eichman
o Hessler o quiénes, y dijo, en alemán, que todas éstas mañana se van al
crematorio. Y yo le dije que yo era fuerte para trabajar y que quería trabajar. Y este alemán a
la final… La kapo me pateó, que yo me caí sobre un, cómo se dice, niguelstich,
y me lastimé, pero a la final el alemán me anotó el número, y yo al día
siguiente me fui a trabajar, y no fui a crematorio. Así que ya ves, tuve
suerte. Y trabajé mucho hasta que nos fuimos de ahí.
No
va a volver a hablar de su madre. Me queda en claro, y no hace falta, porque ya
entendí. Tengo la imagen clara de mi bisabuela recibiendo un disparo, cayendo como una bolsa a los
pies de la bobe por querer protegerla, desangrándose sin que a nadie le
importe.
La bobe empieza a mirarme con algo de
aprensión. Quiere que le diga que ya está, que no necesito saber más. Se
termina el café y empieza a ponerse inquieta. Yo no puedo dejarla ir, necesito
saber. Ahora necesito saber.
―
¿Y tus amigas? Las hermanas de este Willy… ¿Estaban cuando te fuiste de
Auschwitch?
―
Yo no es que me fui de Auschwitch. Cuando se terminó la guerra nos hicieron
caminar mucho mucho… Y yo me escapé con Anitkeleh, que era una chica, era la
hermanita de Marek, y nos escondimos en un bosque… Hicieron mucho muerte en ese bosque, y Anitkeleh… A la final en Polonia no
encontré a nadie y me vine para acá, a la Argentina, y con eso ya está, porque ya estoy acá
en Argentina… Y cuando lo conocí al zeide
nos casamos y tuvimos los hijos, y tuvimos a tu mamá… Es la mejor hija que
alguien pueda pedir –me mira, me sonríe con ternura -. Y vos sos la mejor
nieta. Nieta, digo, porque Dani es nieto –se ríe - Yo no hago diferencias entre
ustedes. Bueno…
Entiendo la indirecta. Hace rato
entendí la indirecta. Ahora entiendo que ya no va a hablar más. Probablemente
nunca más. La grabación es lo que queda de esa historia que mi bobe quiere
olvidar. Actúa con naturalidad, me sonríe y alaba las galletitas y el café que le
hice. Yo escucho todo como si ella estuviera en otro mundo. O quizás la que no
está en este mundo soy yo. Creo que, de hecho, ya no soy yo.
Agarro el grabador y lo apago. Sé
que voy a escuchar la grabación cientos de veces después de esto, aunque no la
desgrabe, aunque vaya a hacer otra cosa para la facultad, porque esto no puedo
hacerlo. Miro a mi abuela a través de las lágrimas y finjo terminar el café,
que ya había terminado, para secármelas con disimulo. El sol sigue brillando
afuera pero parece más pálido.
―
Gracias, bobe. –digo, finalmente, con la voz quebrada.
Ella me sonríe con naturalidad. Ya
se irguió en la silla, agarró otra galletita. La veo gorda, le veo los brazos fláccidos
y arrugados. Nunca me dio ternura que fuera gorda, hasta ahora. Nunca entendí
su obsesión de engordar a todo el mundo, hasta ahora.
―
Bobe… Perdona si te hice revivir todo esto.
―
¡Oy, nena! – hace el gesto con la
mano – Despois de tanto tiempo esto
ya no… ¿Cómo si dice?
“Duele”. “Duele”, quiero gritarle la
palabra llorando, “duele”, se dice. Pero su español torpe le hace encontrar las
palabras justas.
―
Ya no… corta por dentro, ¿sí?
Me quedo mirándola fijamente. Lenta,
imperceptiblemente, otra bobe se forma sobre la que siempre conocí. Creo que,
de hecho, no la conocí hasta hoy. Ella se levanta, sacude las manos y
carraspea. Es su manera de decir que va a poner manos a la obra, hacer algo
útil, dejar de conversar. Me pongo de pie junto a ella y la abrazo. Apoyo la
cabeza sobre su hombro, que me queda muy abajo, porque la bobe es bajita. Creo
que ella entiende, porque no dice nada pero también me abraza. Se separa de mí
y me mira a los ojos.
― Bueno, ¿te sirvió lo que te conté, para la facultad?
No voy a usarlo, sé que no. No voy a
poder. Pero le miento.
― Sí, bobe. –me seco
las lágrimas con la mano.
Ella me sonríe, me pellizca la
mejilla. En sus ojos hay una tristeza inmensa, que nunca va a confesar. En los
míos, supongo, también, porque la bobe me da un beso y me pone una galletita en
la mano. Es su manera de decirme lo que dice siempre: comé. Yo como mientras
ella se va a la cocina con las tazas en la mano. La galletita tiene el sabor
agridulce de una nueva bobe que acabo de conocer. Tiene el sabor de la hiel y
la amargura del pésaj.
2 comentarios:
Por un momento me imaginé que iba a surgir el amor entre ambas. Me gustó el devenir de Esther, su esfuerzo por bajar hasta Pupé y el desenlace. ¿Esa foto?...no vemos mañana, Pao
Nora me equivoqué, te pido disculpas che! El comentario era para el cuento de Francisco! Ahorita me leo el tuyo mujer! Hasta mañana!! Pao
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