Debate en la ciudad: ¿Borges o
Arlt? Decían que de la complementariedad resultaría el perfecto escritor. Pero
era sábado y la gente que frecuentaba la Plaza del Lector parecía no prestar su atención a los críticos literarios que asesinaban o
revivían libros en hojas de periódicos que luego serían envoltorios de docenas
de huevos.
Cuatro bancos sobre el
perímetro circular de la plaza, en uno
de ellos, una mujer: Tez blanca, cabellos castaños, traje rojo, zapatos negros,
anteojos de sol y cartera rosada. Sólo ella estaba sentada. Los demás transeúntes
paseaban en diversos caminos, algunos para la biblioteca, otros para la Av. Las
Heras, otros para la confitería.
En diagonal a ella, un hombre
se sentó.
Una mirada, primero de él hacia
ella, luego en viceversa sin que nadie lo percibiera. Él abrió su
maletín, quitó su libreta y lapicera, contempló el espacio y se puso a escribir. Ella se sacó sus lentes y comenzó
a obsérvalo de punta a punta. Él levantó la vista y dio cuenta del duelo que
ella le había propuesto con sus ojos.
Él no pudo resistir ante ella. Lo consumió ,poco a poco, hasta que desapareció.
2 comentarios:
Me gusta la utilización del fantástico en un micro- relato,la condensación que se produce le da intensidad.
Laura
Genial!!!! qué síntesis!!!
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