jueves, 11 de noviembre de 2010

El sueño de Antonio (Consigna 7: transformación de "El robo del tesoro soñado")

por Katelyn Duncan


    – No es cierto.
    – ¿Qué no es cierto?
    – El “y vivió feliz el resto de sus días” al final de mi cuento.
    Ella suspiró, se puso de pie, y tomó el vaso de bourbon de la mano de su padre. – Estás cansado y probablemente más que un poquito borracho, papá. Deberías ir a la cama. – Le tiró el brazo, pero el hombre se quedó colocado con firmeza en su silla burdeos de cuero y le dio una mirada -- esa que decía que no iba a cambiar su postura. Viejo terco, pensó ella.
    – Estoy perfecto, querida – dijo. – Entonces sentate. – Y en efecto, ese era el tono de la voz que solía acompañar esa mirada.
    Ella suspiró otra vez, pero regresó obedientemente a su propia silla. – Bueno, ¿por qué no viviste feliz el resto de tus días, papá?
    – No es lo mismo –, dijo muy seriamente – comprar el sueño de otro. No es como soñar tu propio sueño. Cuando soñás por vos mismo, el resultado es algo que viene naturalmente del espíritu, de la personalidad de cada persona, de los deseos y esperanzas inconscientes. Yo ya no tengo eso.
    Su hija parpadeó; era una parte de la historia que nunca había escuchado antes. – En todos estos años, ¿nunca has soñado?
    – Ni una vez.
    – ¿Estás seguro? Tal vez sólo no lo recordás.
    – A veces cuando me despierto veo el tábano, o la camelia de las flores blancas, o el oro que descubrí, como si soñara el sueño de Antonio otra vez más. Pero nunca hay nada nuevo.
    Le dolía la cabeza. Ella se dio cuenta que el vaso de bourbon de su papá todavía estaba en su mano, y tomó un sorbo. – Aun así, no es tan terrible. Supongo que yo sí sueño, pero es muy infrecuente que me acuerdo de algo.
    – Pero soñás – dijo. – Tu imaginación todavía corre libremente cuando estás acostada. Creás todavía cosas imposibles, pensás en fantasías sobre qué pasará en el futuro.
    Se quedaron sentados en silencio por un momento, y la hija se preguntó qué habría dicho la madre si hubiera visto esta conversación. Su papá se había ido cuesta abajo muy rápido, después de la muerte de su mujer, y todas las recomendaciones de los doctores carísimos que la hija había contratado no habían podido ayudar ni a su depresión ni a su debilidad general. Ella estaba demasiado ocupada con el trabajo la mayoría del tiempo, no podía estar con él en todo momento ni cuánto quisiera, y él siempre insistía que no necesitaba la ayuda. La hija sabía que no era así, pero ¿qué debería hacer? Por lo menos vino a visitarlo cuando podía, para cenar o sólo para charlar, para que no estuviera completamente sin compañía.
    – ¿Por qué no me contás la historia otra vez? – sugirió.
    El padre arqueó una ceja blanca y poblada. – Pensé que estabas harta de escucharlo.
    – A veces me gusta. – No quería admitirlo, después de todas las veces cuando era niña y se quejaba tanto, pero el cuento siempre lo sentía afectuoso y familiar; había escuchado la voz de su padre narrándolo desde hace tantos años que en algún punto se hizo una tradición, una parte cómoda y esencial de visitar la casa de su niñez.
    – Si vas a insistir – dijo. – Pero que no te quejes después.
    – No voy a quejarme – prometió la hija, y el hombre carraspeó, preparándose para narrar el cuento del sueño de Antonio otra vez más.
    – Venimos a Buenos Aires en busca de oportunidades, igual que todos – empezó. – Antonio era mi primo, José Antonio Moreno, un par de años más grande que yo y con todo tipo de ideas sobre cómo ganar plata y cambiar el mundo. Nos convencimos a nosotros mismos de que sería fácil hacernos ricos vendiendo allá las artesanías hechas por las mujeres del pueblo, entonces hicimos las valijas y fuimos a la ciudad. No sé qué esperábamos, de verdad; teníamos la idea de recibir más mercancías de las mujeres después de venderlas todas, y yo tenía mucha plata guardada después de haber trabajado tres veranos en el campo, así que pensé en comprar un kiosco, pero no teníamos ningún plan sólido, en realidad.
    – Esa noche, después de llegar a Buenos Aires cansados y sin saber qué hacer, pasamos la noche acampando en uno de los parques. No pude dormir, porque era tan joven y tan entusiasmado por las aventuras que íbamos a vivir en la ciudad. Estaba sentado al lado de Antonio, preguntándome a mí mismo cómo podía él estar tan tranquilo cuando había tanto que hacer y escuchando sus ronquidos incesantes, cuando vi el tábano salir de su nariz. Era algo muy feo, grande y negro. Estaba tan asombrado que no pude hacer nada cuando echó a volar en dirección al Río de la Plata.
    – Me quedé allí mirando fijamente a mi amigo, sin la capacidad de entender lo que acababa de ver ni lo que había significado. Traté de despertarlo, pero no se inmutó, y aun respiraba normalmente, así que pensé que tal vez estaba sólo durmiendo muy profundamente. No sé por cuanto tiempo me quedé, sentado así, mirando y recordando con repugnancia la imagen del tábano. Traté de cerrar mis ojos y descansar, pero cada vez que empezaba a relajarme, me preocupaba otra vez por el tábano. ¿Tuve alguno dentro de mi nariz también? ¿Cómo había entrado en la nariz de Antonio, y qué había hecho allí adentro? Al final mantuve mis ojos abiertos, y esperé para estar listo cuando se despertara.
    – Y entonces de repente vi al tábano otra vez, de regreso del Río de la Plata. Sabía que era el mismo; no sé cómo. Traté de aplastarlo, de capturarlo en mis manos, pero me eludió. En un instante voló hacia la cara de Antonio y entró en su gran nariz abierta. Miré con horror y fascinación mientras Antonio se despertaba sobresaltado. Qué extraño, dijo justo cuando abría sus ojos, soñé algo muy raro. Estaba en una isla en el medio del Río de la Plata, donde vivía un hombre muy rico. Tenía un jardín grande detrás de su mansión, y en esa jardín crecía una camelia cubierta de flores blancas. Vi un tábano que llegó volando hacía la camelia y se posó al pie del árbol, y oí la voz del tábano que dijo “¡Cava en ese lugar!” Yo cavé donde me indicaba y he aquí que descubrí un jarrón lleno de oro. ¡Mira lo que he soñado! dijo.
    – La noche siguiente –, dijo el padre a su hija – precisamente lo misma ocurrió otra vez. Antonio no parecía acordarse que había soñado el sueño la noche anterior también, y cuando le dije que había visto un tábano que entró y salió de su nariz, Antonio solamente se río y me dijo que debería dormir.
    – La tercera vez que ocurrió eso, mi tercera noche sin dormir y nuestro tercer día sin éxito en Buenos Aires, decidí que quería ir a buscar esta isla en el medio del Río de la Plata. Entonces después del regreso del tábano en la nariz de Antonio y después de que Antonio despertó, le pregunté si no me vendería el sueño. Le pareció extraño, al principio, pero cuando le ofrecí toda la plata que tenía, hicimos el acuerdo. – El hombre viejo tosió, todo su cuerpo frágil tembló, y la hija le devolvió el vaso de bourbon. No le podía hacer mucho daño ahora, pensó ella, con una cara muy preocupada.
    El padre tomó un sorbo largo y terminó el vaso. – Esa noche fue la primera vez que soñé el sueño de Antonio – dijo. – El día siguiente, vendí algunas joyas y alquilé un barco pequeño para irme al río, seguí el camino que me había mostrado el tábano durante el sueño hasta encontrar la isla.
    – El hombre que vivía allí me dijo que me había estado esperando, me ofreció un trabajo cuidando el jardín y ayudando en la casa. Me dijo que tenía que quedarme allí seis meses sin importar lo que pase, pero que después de estos seis meses me permitiría volver a mi casa y hacer lo que quisiera con la plata que ganaría. En mi primera noche allí, fui al jardín detrás de la mansión y encontré la camelia de las flores blancas, y cavé hasta desenterrar el jarrón lleno de oro. Lo escondí en mi cuarto seis meses, aguardando el momento oportuno y esperando hasta poder salir de la isla.
    – Y después salí, y regresé a Buenos Aires, y compré esta casa. Hice inversiones muy buenas con el oro de la isla y en poco tiempo me convertí en uno de los hombres más ricos de la ciudad. – Sonrió. – Conocí a tu madre y nos casamos, y vivimos felices mucho tiempo. Pero para siempre, no. – Una tristeza fantasmal pasó por su cara. – Tu madre murió, y nunca vi otra vez a Antonio.
    La hija se inclinó hacia el espacio vacío entre ellos y tomó su mano en un gesto de consuelo. – Siento que no hayas sido feliz, Papá.
    – Es que me siento perdido – dijo con una expresión distante en los ojos. – Quería ser escritor cuando era niño, quería hacer cuentos fantásticos y compartirlos con el mundo. Tenía tantas ideas grandes sobre la lucha del autor para ganarse la vida en este mundo y sobre el valor de ars gratia artis. La idea de ser vendedor era algo que inventamos Antonio y yo sólo para sobrevivir, para darnos la oportunidad de trabajar en cosas más grandes. Los dos queríamos hacer algo importante, cambiar las cosas, aprender todo lo que podíamos y después compartirlo con los demás. Por eso construí esa biblioteca –, dijo y señaló hacia los estantes infinitos que cubrían el cuarto a su alrededor. – Pero desde que compré el sueño de Antonio, no he podido escribir otro cuento. Dios sabe que intenté. Tengo toda la plata que puedo necesitar, tengo una casa maravillosa, tengo una hija – y la miró con cariño – que me ama, pero he perdido mis propios sueños. Si pudiera regresar y hacerlo todo una vez más, nunca le pediría a Antonio que me regalara el suyo.
    Lágrimas se formaron en los ojos de la hija. Su padre estaba cansado, seguramente, y probablemente borracho, pero nunca lo había escuchado hablar así del evento que había definido su vida. Siempre supuso que, dado el estilo de vida cómodo y exitoso que tuvo, era feliz.
    – Me encantaría saber qué le pasó a Antonio – dijo el padre repentinamente.
    La hija se preguntó a sí misma si debía decirle o no. Unos años antes, cuando había escuchado el cuento por enésima vez en una reunión que hizo el padre, ella finalmente había decidido descubrir lo que podía sobre el hombre que había cambiado la vida de su padre y la familia entera tan irrevocablemente. Juntó la información que podía por su propia cuenta, y después recurrió a un investigador privado para averiguar lo mayor posible.
    Unos meses más tarde, el investigador la llamó y la dijo que tenía noticias. José Antonio Moreno se hizo escritor, dijo el investigador, la mayor parte de cuentos cortos y ensayos, nada que le haya dado demasiado reconocimiento en los círculos literarios pero suficiente que, a lo largo del tiempo, terminara en la lista negra de la última dictadura militar. Era uno de los desaparecidos, entre tantos miles que habían hecho el vuelo de la muerte sobre el Río de la Plata. Nunca descubrieron su cuerpo, el investigador explicó, pero testigos del centro clandestino donde había estado dijeron de haberlo visto preso, como tantos otros, y un sobreviviente que era su compañero de celda explicó como los guardias después se burlaron de él, diciendo que su amigo había aprendido a volar. La hija le había dado las gracias al investigador, había tomado de su oficina el archivo con la información, y trató de no sentirse mareada.
    Unos días antes de sentarse esa noche a visitar su padre, ella había ido en bondi al Parque de la Memoria y caminó por las paredes zigzagueantes hasta encontrar la placa de piedra gris con su nombre. José Antonio Moreno, 51 años. Una persona que trabajaba allí la vio vagando por el parque casi vacío, le preguntó si era de la familia. No, dijo ella. El hombre le dio una flor, le dijo que podía usarla para decorar la placa. No recibieron muchas visitas hasta ahora, dijo. El parque todavía estaba en construcción. Era difícil encontrar una manera de condensar y representar todo el terror y la muerte.
    Le había agradecido, y puso la pequeña flor roja al borde de la placa que contenía el nombre de Antonio, y después se fue para sentarse silenciosamente mucho tiempo mirando el río gris y moreno.
    – Es un desaparecido, papá – dijo la hija repentinamente, en una voz muy dulce. – Contraté un investigador para descubrirlo. Antonio está en el río.
    Hubo un largo momento de silencio, y entonces su padre empezó a temblar. Al principio la hija pensaba que estaba llorando, y se inclinó hacia él para agarrarle la mano otra vez, pero su respiración venía en bocanadas abundantes y sus labios formaron una sonrisa, y se dio cuenta en un estado de shock total que estaba riendo. La hija lo miró fijamente, buscando palabras. – ¿Estás bien? ¿Por qué ríes?
    Siguió riendo sin control, su cara de un rojo fuerte y sus nudillos blancos por agarrar los brazos de la silla. – Sé donde está, me imagino – dijo entre carcajadas – si lo tiraron en el Río de la Plata, tendría que haber encontrado el camino hacia la isla, y a la mansión con el jardín grande, y a la camelia de las flores blancas. Me imagino que es el viejo en la mansión ahora, esperando que llegue alguien nuevo.
    – No seas ridículo – empezó a decir la hija, sin pensar. Su mente corría; se había preocupado por la reacción de su padre cuando lo dijera que Antonio había muerto, pero nunca había esperado este tipo de respuesta. Tal vez no debería haberle dado el alcohol otra vez, pensó mientras el padre lentamente empezaba a sosegarse. – Lo siento, papá. No debería haberte dicho. Tenés que calmarte ahora, y creo que es mejor si descansás.
    Su risa siguió silenciosamente por un rato, pero después por fin se repuso. – Fijate bien en lo que digo, querida, tengo razón. No te preocupes de mi, o de Antonio. Él seguramente vive la vida de sus sueños.
    La hija negó con la cabeza. – Vamos, papá, te ayudo ir a la cama. – El viejo se puso de pie muy cuidadosamente, agarrando el brazo de la mujer.
    – Gracias por permitirme contar la historia otra vez – dijo mientras se apoyaba en su hombro.
    Caminaron juntos por el pasillo, lentamente, y por fin el padre se acomodó en la cama lujosa y grande. La hija metió bien las sábanas bajo la barbilla y le dio un beso en la mejilla. – Buenas noches, papá – suspiró, y se dijo a si misma una oración breve. Mientras andaba de puntas de pie hacia la puerta, su padre dio un ronquido grandísimo, y ella se dio vuelta asombrada de la rapidez con la que se dormía. La hija sonrió cariñosamente mientras miraba su cara pacífica.
    Era entonces que vio, en la pálida luz de la luna que entraba por la ventana abierta del cuarto de su padre, un tábano grande y negro que voló desde su nariz y hacia la noche, en dirección al Río de la Plata.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Katelyn, como dice el texto es difícil condensar el horror y la muerte de la dictadura en pocas línes. Creo que lo lograste.
Solo hay algunas cuestiones que hacen al verosímil que deberías modificar. Generacionalmente , lso personajes ( el padre y su amigo) deberían se mayores, porque no dan los tiempos para que por ejemplo, sea un escritor. Deberían tener 10 años más por lo menos . Esto también justificaría el estado del padre.
Laura