La estación Mitre del ramal Mitre – Retiro es
cabecera y se encuentra en Olivos entre algunos edificios vistosos y casitas
bajas con techos de tejas que decoran los primeros metros de vías rumbo a
Capital Federal. Su andén está forjado por grandes placas de hormigón que se
inclinan sobre sí mismas cuando los pasajeros circulan sobre ellas. Hay algunos
árboles. Algunos asientos.
Sobre una escalera de seis escalones, que une el
andén con una plaza, se halla una pareja que parece discutir entre murmullos y
caras de amargura.
- Esa es mi realidad – decía ella con algo de
resignación y continuaba-, durante estos meses quise plantear esto que me
sucede, o nos sucede, pero me ganaba el miedo, me paralizaba la idea de
perderlo todo.
- Debiste contármelo antes porque yo también tengo el
derecho a elegir – sentenciaba él con algo de enojo en su mirada aunque la
escondía entre algunos papeles que estaban abandonados en el piso de tierra de
la plaza.
Previamente, María Laura y
Gustavo habían tomado un café en el abandonado bar de la estación. Él había
comido tres medialunas y ella apenas había bebido el café de a sorbos pequeños
pero seguidos. Él había comenzado su lunes como todos los días de la semana:
tomaba el tren en Retiro y durante algunas horas se paseaba por los vagones
para ganarse la vida en base a dádivas, mientras tocaba alguna canción pegadiza
y que apuntara a los sentimientos de los pasajeros. Tenía 36 años y pasaba sus
días en la casa de sus padres, en el barrio de Glew, en la zona sur del
conurbano bonaerense. Su trabajo era cantar en el tren entre las estaciones de
Retiro y Mitre, durante gran parte del día, y pocas veces cambiaba de
recorrido. Ese lunes había quedado en encontrarse con María Laura en Olivos a
las 11 de la mañana.
Ella tenía 24 años, vivía en San
Fernando y era estudiante de Bellas Artes. Esa mañana no había ido al trabajo
para encontrarse con Gustavo. Su objetivo era contarle todo lo que a ella le
afligía aunque eso trajera cambios en la vida de ambos, incluso de la relación.
Era un todo o nada.
- No, no fui a trabajar porque no me sentía bien. Ahora
estoy mejor; o no, no sé – eran las palabras que María Laura esgrimía con
nerviosismo.
- Bueno, pero ¿qué pasa? Desde anoche que estás rara, que
no hablás, que estás evadiendo no sé qué. Me citaste acá, bueno, contame qué
pasa.
En ese momento, María Laura supo
que iba a contarle lo que tan preocupada la tenía. Era un secreto que podría
destrozar la relación o fortalecerla, aunque ella estaba convencida que esto
último no ocurriría.
De golpe, y sin premeditarlo más, abrió su boca y no
paró de hablar durante siete minutos. Gustavo se acercaba y luego se alejaba.
Jugaba con el estuche de su guitarra y fumaba contagiosamente mientras se
sentaba en la escalera de chapones verdes y se paraba para apoyarse en la
baranda del mismo color. Esta vez a María Laura no le molestaba el humo del
cigarrillo.
- Pero estoy bien – pareció culminar María Laura y
siguió- me hice los estudios en su momento y ya pasaron tres años. Al
principio fue muy difícil porque más allá de tantas pastillas, la cabeza estaba
en cualquier lado y pensás lo peor.
- ¿Y por qué tardaste tanto tiempo en decírmelo?
–preguntó Gustavo con algo de descuido.
- Porque me daba vergüenza, porque no encontraba el
momento, porque mi sexualidad desde ese momento es distinta y vos ahora me
pedís otro tipo de compromiso para el cual vos...- y fue interrumpida por
Gustavo.
- Nada de compromisos; yo pensé que como somos una pareja
constituida que pretende algo más que un simple noviazgo, estaría bueno
disfrutar del sexo en todos sus aspectos.
- Por eso mismo es que yo ahora tengo la necesidad y
obligación de contarte qué es lo que sucede en mi cuerpo. Si bien yo ya lo
acepté, entiendo si vos no podés, si vos no querés.
Mientras ellos conversaban y evaluaban
las posibilidades de ahí en mas, una docena de trenes llegaron a la estación,
permanecieron un instante y volvieron a partir. Por la plaza caminaron niños
con guardapolvos, madres cargando mochilas y varios jóvenes que aprovechaban
algún rincón con sol para almorzar y regresar a sus trabajos.
Luego de
varios minutos de silencio, María Laura y Gustavo abandonaron la escalera y
treparon al andén. Esperaron al tren mientras él fumaba el último cigarrillo de
su atado –que solía durarle el día entero- y ella manoseaba una flor un tanto
ajada. Cuando llegó el momento de partir, entraron al furgón, se acomodaron en
un asiento un poco maltratado por los años y viajaron en silencio durante más
de 20 minutos. Antes de descender del tren, Gustavo dijo:
- Tengo miedo.
- Yo también – acompañó María Laura junto con la
mirada repleta de lágrimas.
1 comentario:
Daniel, me gusta cómo se arma la escena a partir de indicios y como, sin nombrr el problema, se puede "leer".
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