jueves, 26 de agosto de 2010

La gente ajena


   Todo gracias a papá, hasta el fuego era gracias a papá. Cada mañana que mamá prendía la hornalla para hacer el café con leche, ella me lo recordaba “Papá esta trabajando para que por esta hornalla salga fuego”. Papa trabajaba para que las hornallas, las estufas y los calefones de cada casa pudieran seguir llevando calor a las familias argentinas. Así me lo había contado papá  y él no mentía, salvo por aquella vez que me apuró a comer con la promesa de postre cuando solo había fruta. No solo era una tarea importante sino que papá trabajaba para el estado, era parte de la nación, como el solcito de la bandera o los versos del himno. Yo estaba muy contento de que papá fuera mi papá. El era mi mejor amigo, más aun que Juan, del cole. Por eso me extrañó mucho aquella  noche…
   Papá llegó callado, sin sonrisas, sin preguntas sobre mi día.  Saludó con un beso mudo y después se fue con mamá a su pieza, yo quería contarle sobrel el gordo Tomasino que me estaba molestando en los recreos y de Julieta que estaba cada día mas linda y yo con mas ganas de decirle lo que me gustaba. Pero…”Mamá y Papá tienen que hablar”.
  Después de un rato salieron, mamá sonreía, papá se acerco a mi, puso su mano sobre mi cabeza y me sonrió cansadamente. “¿Qué tal tu día campeón?” me preguntó, mientras se sentaba a la mesa dejándose caer en la silla, a lo que empecé a contarle todo. Papá siempre escuchaba con atención pero no ese día, intente inflar la historia con Julieta diciéndole que tenía pensado decírselo pero ni siquiera eso llamo su atención. Cenamos en silencio mirando la tele. Fue solo recién a la noche cuando me acosté que sentí ese silencio quebrarse, lentamente, como se siente la bocina de un tren que se acerca.
  Nuestra casa no era grande como la de Juan que tenía tres cuartos pero al menos tenía un cuarto para mí solo, cuando Juan tenía que compartir el suyo con uno de sus hermanos. Según me dijo Papá y a mis ojos también, yo era un privilegiado. Él lo decía por tener  yo un cuarto para mí solo, cuando él no había podido tener nada de él, “todo para compartir” me contaba. Pero yo sabía que era afortunado, más que nada porque el cuarto de papá y mamá estaba pegadito al mío. Así cuando yo soñaba con cosas feas podía llamar a mamá sin moverme de mi cama, y ella venía a contarme un cuento para que volviera a soñar con cosas lindas. 

   Esa noche sentí susurros .Era papá hablando con mamá al otro lado de la pared, no entendí muy bien, pero era algo sobre un tal “hijo de puta” y muchas preguntas con “Y si…” y otras con “cómo”, después de un tiempo los interrogantes callaron y pude contar ovejitas a lo que llego el sueño.
   Al otro día mientras tomaba el café con leche, mamá me contó. Parecía que papá ya no trabajaba para la nación. El presidente, quien no era un buen peronista, lo cual supongo que será ser mala persona, había vendido el lugar donde papá trabajaba a “gente ajena”. Me puse triste en aquel momento pero no terminaba de entender por qué…
   Mas días pasaron y papá ya no era el mismo, era como si en vez de vender el lugar donde trabajaba hubieran vendido su sonrisa. Preguntaba poco y escuchaba menos aún. No solo las preguntas se perdían sino también su mirada, se iba para los rincones de la casa, a veces  del techo otras del piso. 
   Era un viernes a la noche. Yo  hacía tiempo no tenía muchas historias para contar, pensaba en como ayudar a papá. Pensaba en ser presidente y volver a hacer de papá tan nacional como la escarapela, por eso últimamente prestaba mucha atención en el cole y estudiaba todo lo que podía. Papá llegó y de una al cuarto, ni hola, ni beso, mamá lo siguió cerrando la puerta. Al rato papá y mamá salieron. Los dos tenían la cara hinchada y los ojos algo colorados. Papá me abrazó, me deseó buenas noches y se fué a dormir. Cené con Mamá y la tele a la cual mamá no prestaba la más mínima atención, yo tampoco miré ni comí mucho, intenté averiguar que pasaba pero mamá me mentía y decía que nada. Después a la cama. Esa noche se escuchó una enumeración interminable de “Y ahora…”, no pude dormir, intenté contar ovejitas pero eran pocas al lado de la cantidad de preguntas.
 David Pérez

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