Todo gracias a papá, hasta el fuego era
gracias a papá. Cada mañana que mamá prendía la hornalla para hacer el café con
leche, ella me lo recordaba “Papá esta trabajando para que por esta hornalla
salga fuego”. Papa trabajaba para que las hornallas, las estufas y los
calefones de cada casa pudieran seguir llevando calor a las familias
argentinas. Así me lo había contado papá
y él no mentía, salvo por aquella vez que me apuró a comer con la
promesa de postre cuando solo había fruta. No solo era una tarea importante
sino que papá trabajaba para el estado, era parte de la nación, como el solcito
de la bandera o los versos del himno. Yo estaba muy contento de que papá fuera
mi papá. El era mi mejor amigo, más aun que Juan, del cole. Por eso me extrañó
mucho aquella noche…
Papá llegó callado, sin sonrisas, sin
preguntas sobre mi día. Saludó con un
beso mudo y después se fue con mamá a su pieza, yo quería contarle sobrel
el gordo Tomasino que me estaba molestando en los recreos y de Julieta que estaba cada
día mas linda y yo con mas ganas de decirle lo que me gustaba. Pero…”Mamá y
Papá tienen que hablar”.
Después de un rato salieron, mamá sonreía,
papá se acerco a mi, puso su mano sobre mi cabeza y me sonrió cansadamente.
“¿Qué tal tu día campeón?” me preguntó, mientras se sentaba a la mesa dejándose
caer en la silla, a lo que empecé a contarle todo. Papá siempre escuchaba con
atención pero no ese día, intente inflar la historia con Julieta diciéndole que
tenía pensado decírselo pero ni siquiera eso llamo su atención. Cenamos en
silencio mirando la tele. Fue solo recién a la noche cuando me acosté que sentí
ese silencio quebrarse, lentamente, como se siente la bocina de un tren que se
acerca.
Nuestra casa no era grande como la de Juan
que tenía tres cuartos pero al menos tenía un cuarto para mí solo, cuando Juan
tenía que compartir el suyo con uno de sus hermanos. Según me dijo Papá y a mis
ojos también, yo era un privilegiado. Él lo decía por tener yo un cuarto para mí solo, cuando él no había
podido tener nada de él, “todo para compartir” me contaba. Pero yo sabía que
era afortunado, más que nada porque el cuarto de papá y mamá estaba pegadito al
mío. Así cuando yo soñaba con cosas feas podía llamar a mamá sin moverme de mi
cama, y ella venía a contarme un cuento para que volviera a soñar con cosas
lindas.
Esa
noche sentí susurros .Era papá hablando con mamá al otro lado de la pared, no
entendí muy bien, pero era algo sobre un tal “hijo de puta” y muchas preguntas
con “Y si…” y otras con “cómo”, después de un tiempo los interrogantes callaron
y pude contar ovejitas a lo que llego el sueño.
Al otro día mientras tomaba el café con
leche, mamá me contó. Parecía que papá ya no trabajaba para la nación. El
presidente, quien no era un buen peronista, lo cual supongo que será ser mala
persona, había vendido el lugar donde papá trabajaba a “gente ajena”. Me puse
triste en aquel momento pero no terminaba de entender por qué…
Mas días pasaron
y papá ya no era el mismo, era como si en vez de vender el lugar donde
trabajaba hubieran vendido su sonrisa. Preguntaba poco y escuchaba menos aún.
No solo las preguntas se perdían sino también su mirada, se iba para los
rincones de la casa, a veces del techo
otras del piso.
Era un viernes a la noche. Yo hacía tiempo no tenía muchas historias para
contar, pensaba en como ayudar a papá. Pensaba en ser presidente y volver a
hacer de papá tan nacional como la escarapela, por eso últimamente prestaba
mucha atención en el cole y estudiaba todo lo que podía. Papá llegó y de una al cuarto, ni hola, ni beso, mamá lo siguió cerrando la puerta. Al rato papá y mamá
salieron. Los dos tenían la cara hinchada y los ojos algo colorados. Papá me
abrazó, me deseó buenas noches y se fué a dormir. Cené con Mamá y la tele a
la cual mamá no prestaba la más mínima atención, yo tampoco miré ni comí mucho,
intenté averiguar que pasaba pero mamá me mentía y decía que nada. Después a la
cama. Esa noche se escuchó una enumeración interminable de “Y ahora…”, no pude dormir, intenté contar ovejitas pero eran pocas al lado de la cantidad de preguntas.
David Pérez
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