miércoles, 25 de agosto de 2010

Comedieta del poli

Las de cuatro quesos arriba de todo, pensó Bruno, después las de panceta y últimas las papas saborizadas con cebolla; de ciboullete, se corrigió. Dejaba andar sus manos de repositor como un especialista en bombas, pensó. Cada estante del expositor contuvo, entonces, productos del mismo tipo, envases idénticos, unos contra otros formando grupos puros: cuatro quesos, panceta, ciboullete. El exhibidor de los snacks de Lay’s era de una combinación perfecta. Los amarillos de cada envase se diferenciaban entre sí e iluminaban conjuntamente la serigrafía del display que continuaban, como si una catatara o un desprendimiento general de colores se hubiera detenido allí, y depositado allí, contenida dentro de los reflejos acumulados en las ondulaciones de los paquetes y que la luz azul del tubo fluorescente barnizaba. Bruno miró las estanterías de metal y se dijo que ya estaban ordenadas, y examinó el piso que brillaba debajo de las heladeras con las cocas, las seven, las sprites, las crush, y ellas, flotando en un país extranjero, de sangre fría, pensó, también brillaban, y finalmente todo estaba tan perfecto que volvió a la caja del ServiClub.
─ Muy bien, brunito ─ le dijo Mario mientras contaba unos billetes. ¿Bien? ─ Se ve que en tu casa ayudas a tu mamá… ─ insistió, separando el único billete de cien que encontró en el fajo, ocultándolo en el fondo de la caja, donde van los billetes grandes.
─ Estoy ayudando, últimamente. ─ respondió Bruno. El perfume dulzón de Mario se imponía a la fragancia cítrica de la estación; pero no fue su homosexualidad, que ni la camisa celeste de YPF, ni el pantalón negro podían desdibujar, no era una molestia para él que fuera gay, pero ese perfume contaminando el ambiente… prefería el humo de cigarrillo que venía de la dos, ¿seguiría fumando?, ¿seguirían fumando sus amigos?, si él estuviera sentado con los de la dos, fumaría, y se dejaría la barba como el más robusto de los tres, una barba negra y compacta, de una edad incalculable.
─ Esto va a ser unos días nomás, creo. Es decir, no creo que el despido de Malu sea definitivo; más bien aprovecharon que estaba embarazada ─ dijo Mario, siempre sonriente, acomodando los vasos junto a la cafetera. ─ Vos vieras la panza que ya tenía, y le faltaban como cinco meses.
─ Va a nacer en mayo ─ dijo Bruno después de un breve conteo.
─ Hay tantos que nacen en mayo… es que la primavera fecunda; es decir, la gente sale del invierno, deja un poco de su casa, respira otro aire, se siente mejor ─ decía Mario como en cantitos ─ el verde, hay mucho verde, sí, la primavera... vos ya me entendés, y por eso nacen muchos bebés en abril y mayo… como el de la Malu, si Dios quiere ─ dijo Mario bajando la vista para levantarla instintivamente y encontrar al viejo de la uno que lo llamaba con un gesto para pedirle otra agua tónica. El viejo no se levantó de la mesa. No se había movido desde las doce, cuando ya estaba dentro del bar de la estación y se sentó frente al televisor que colgaba a unos dos metros del suelo. Se había servido los dos vasos que pueden llenar una sola gaseosa de 500 y se los había bebido solitariamente, sin dejar de mirar la tele. Mario le alcanzó otra Cunnington y los muchachos de la dos aprovecharon para pedirle una Quilmes.
─ Esta es la fácil ─ dijo el de barba mirando al que llamaban Galgo, y que había pedido la cerveza ─ tomando birra y mirando la tele ─ y los tres se rieron.
─ Que no te picotee la culpa ─ dijo el Galgo y rieron ─ toc, toc, toc, toc, toc ─ dijo golpeteándole la cabeza ─ hoy nos toca esta cancha, ya estuvimos en la calle, así que no vengas con esa; toc, toc, toc ─ y rieron de nuevo.
─ ¡Y no te pierdas el otro que vino con el pico caliente! ─ dijo con voz asordinada el que tenía la camiseta de Huracán, mirando de reojo al viejo, y el Galgo pegó una carcajada que se extendió hasta que la Quilmes apareció en la mesa y Mario la destapó. El viejo giró por el ruido seco de la botella y al volver tomó una imagen de la mesa de los muchachos, como si hubiera hecho una litografía con sus ojillos vidriosos, que se movían mil veces más rápido que la carnaza morena y arrugada, con algunos lunares y pecas, pálida sólo en las zonas afeitadas que llegaban hasta el cuello, donde empezaba prematuramente el bello del pecho, hacía donde parecía haber corrido una multitud que hasta esa mañana tenía allí su campamento, olvidándose desperdicios y un fueguito encendido. Pero ya ni los miraba, al menos directamente, cuando el empleado de la estación inclinó la Quilmes sobre uno de los vasos, adoptando una pose de mozo, como si también lo fuera, pensó Bruno.
─ ¿De qué equipo sos? ─ preguntó el de Huracán, pero Mario se demoró cuatro segundos, más de lo que había tardado él en calcular el embarazo, y lo suficiente para delatarse.
─ De Huracán ─ respondió exagerando el riesgo de que se volcara uno de los vasos.
─ Del globo ─ dijo el de Huracán mirándolo y echándose hacia atrás y balanceándose en la silla ─. Vieron, tenemos la hinchada más divina ─ y los otros dos sonrieron ─ hasta los putos son del globo ─ Mario, que estaba sirviéndole cerveza, paró la Quilmes y regresó a la barra sin voltearse.


Afuera, en los surtidores, un auto frenaba cada tanto a cargar nafta, entonces salía Mario para atenderlo y Bruno se quedaba como encargado del ServiClub. Pero hacía más de una hora que no se rompía la quietud en la playa. Mario le hablaba de sus planes para las vacaciones, si conseguía que le dieran finalmente los días que le correspondían, y repetía que era su derecho y que a los derechos hay que respetarlos ante todo y en cualquier circunstancia y por eso lo de la Malu era temporal, le correspondía la licencia por estar embarazada, aún cuando estuvieran en negro, pero eso complicaba las cosas, porque si uno está en negro ─ oía a Mario con voz de profesor ─ no puede reclamar nada, o no puede reclamar nada a menos que vaya como a pedir un favor, con la cabeza baja, más bien, si uno no va con las manitos juntas y le dice mire que yo vengo trabajando hace más de un año y le da vueltas y le hace toda una escena para que el otro se compadezca, nadie te da permiso para irte tres días a Mar del Plata, decía Mario con voz cansada, mientras entraba una brisa desde la playa de estacionamiento ventilando el humo de los cigarrillos con el olor dulce de la nafta.
El no tenía camisa, como Mario, pero le habían dado una gorra que decía YPF ServiClub en cursiva, bordado en celeste sobre blanco, que le daba un aire de alegre novato, de chupamedias y envidioso. Pero él se la dejaba porque tenía catorce años. Su compañero se había callado y para aprovechar el tiempo se le ocurrió mudar de lugar los accesorios y repuestos de autos, ubicados en la estantería más alta, a la más baja, en lugar de los paquetes de yerba, los fideos, las galletitas surtidas. Supuso que esos productos se venderían más rápido si estaban a la vista porque la gente los compraría de pasada, porque al verlos sentiría que los quiere o que se les prenden camino a la caja, mientras que los accesorios de auto, las balizas, las siliconas y los mapas son de una búsqueda más específica; eso pensó. Así que dejó la caja y entró nuevamente en la zona de las estanterías de metal; los brazos relajados, atento a los productos, vigilándolos y sin perder esa presencia de sus rabillos. Antes de tocar algo, frente a los dos expositores que tenía que reorganizar, programó los movimientos que eran necesarios para no hacer mucho ruido y evitar caídas y pérdidas. Desalojó el estante superior. Desde allí vio imágenes de un noticiero en el televisor y a los tertulianos de la dos, al viejo de la uno y a Mario acodado en el mostrador, mirando la tele y a los muchachos. Sacó los cubrevolantes, los tres aerosoles de siliconas, cuatro blister con porta-anteojos, dos cepillos para lavar autos que tenían las cerdas largas y flexibles, otros blister con cargadores para celulares, dos linternas negras con baliza que olían a goma nueva, unos envases transparentes con una bombilla de mate cada uno, made in China, tres sombreros de fieltro negros, con alas tipo cowboy, made in India, sacó todo eso del estante que tenía a la altura del cuello, y todavía unos largavistas y los vasos térmicos de aluminio en los que estaba su reflejo deformado. Una voz venía de la televisión y comentaba la temperatura y las noticias del día. Vio a Mario abrir una de las heladeras y luego, con una Cunnington que ni bien estuvo afuera se cubrió de escarcha, ir hacia la mesa del viejo. La destapó sobre la uno y el viejo lo miró mecánicamente, con casi todo el pelo negro, lo miró y habló en voz baja.
─ No ─ dijo Mario sonriendo ─ no es que yo sea fanático de Huracán; mi amiga, que normalmente trabaja acá, ella sí que va todos los domingos a la cancha.
─ Ya entiendo ─ repuso el viejo con una voz clara y grave.
─ ¿Cómo que no sos del globo? ─ dijo el Galgo socarronamente, que había escuchado la conversación ─ ¿Cómo que no? ¿No nos dijiste hace un rato que eras del globo y que ibas a la cancha con una bandera tuya, esa misma bandera que colgás en tu pieza y que tocas antes de irte a dormir pensando en que este año ascendemos y con la que a veces te secás cuando salís del baño ─ hizo una berrido corto y agudo ─ para que la piel que se queda prendida en la tela vuele y vuele el domingo cuando la agitás en la cancha? ─ los otros dos se rieron y apoyaban a su amigo ─ Sabés qué, el campeonato que viene vamos a ir a la cancha juntos porque este año ascendemos. Te lo aseguro. Y no vas a dudar más del globo. Y vamos a ir la bombonera…
─ Pero todavía estamos en la B… ─ agregó el de barba.
─ Te digo que vamos a ascender porque todos los grandes se están yendo a la mierda, así que vamos a entrar en la bombonera y le vamos a ganar a los perros que seguramente jueguen para Boca, porque no va a quedar nadie, nadie más que los perros y los caballos de la policía pastando en el área chica ─ el de barba y el de Huracán sonreían pensativos.
─ Traenos una Quilmes que vamos a festejar por el globo ─ dijo el de Huracán ─ y por sus nuevos socios.
─ ¡Si, traete otra birra lindo! ─ y el Galgo pegó otra carcajada que tapó el audio de la televisión, donde se veía una mujer mostrando a la cámara su sartén abollada.
Bruno vio que su compañero volvía a la heladera seguido por la mirada del viejo. Le pareció que era más bien petiso pero después se corrigió, no lo había visto parado. Agarró una pila de mapas y los puso a un costado. Tampoco sabía si había llegado en auto ni lo había visto entrar en el bar; tal vez era uno de esos viajantes solitarios que hacen mil quilómetros en un día y frenan de a ratos para descansar la vista. Pero ésta era una estación en el medio de Capital Federal y no iban más que autos de la ciudad. Empezó a subir los fideos, los seis paquetes de yerba, tres de Nobleza Gaucha y tres de Unión, subió otros tres paquetes de galletitas surtidas Bagley, a su lado puso dos Panchitas, se le cayó una, la juntó del piso, subió dos paquetes de azúcar Ledesma y las Panchitas que se habían caído volvieron al suelo porque en su interior se habían quebrado algunas, ahuecándose el cilindro perfecto que formaban cuando estaban sanas, pero volvió a subirlas y de paso llevó una Vitina. Un periodista hablaba desde una manifestación en Plaza de Mayo. Siguió cargando los productos y alineándolos perfectamente para que la gente los viera y los comprara, aún cuando sólo los empujara la idea de romper una de esas hileras rectas y estáticas como fotografías extrayendo de su lugar un envase. Y para probar qué se sentía Bruno levantó la indócil Panchita desde el extremo que parecía haber recibido un piedrazo, la elevó y su lugar quedó vacío, provocándose en su cuerpo delgado una sonrisa inconfesable. En ese hueco encontró a los tres muchachos que fumaban y repartían la tercera cerveza, y el de barba hablaba mirando el noticiero:
─ Nunca fui a una de esas. Siempre son los policías los que pegan cuando voy ─ dijo secamente. En la televisión se veía que unos manifestantes habían atrapado a un policía y lo pateaban sin dejar que se levantara de la calle. Todos miraban ahora esas imágenes. El viejo estaba como hipnotizado con los ojos pegados a la pantalla y como si el magnetismo de las imágenes atrajera y le erizara el bello gris del pecho. El casco del policía había quedado a unos metros y la nariz le sangraba.
─ Vos porque no vas con la hinchada del globo ─ dijo el de Huracán ─. Se llenan las calles de gente cantando “¡dale globo qué tenés que ganar!”, no entra la columna en los pasajes angostos y tenemos que ir por las avenidas con el sol que abriéndote la cabeza pero eso es lo último que importa porque la birra está todo el tiempo empinada y bajando y ni siquiera vemos la calle de tantos que somos y vamos pateando todo sin parar de cantar ¡“ponga huevo, la vuelta vamo’ a dar”! con las banderas rojas y blancas y los gorros rojos y blancos y las camisetas del globo o en cuero nomás, todos nosotros y las minas también y los putos también, ¡entendés! ─ dijo entusiasmado y se levantó ─ por eso el puto tiene que ir a la cancha con nosotros, es una caravana multitudinaria avanzando como una avalancha sin freno hasta el estadio que es suyo, y la policía a un costado, que no hace nada. Que no puede hacerlo.
─ Que los caguen a patadas a esos canas… ─ dijo el Galgo, como podría haber dicho traenos otra birra lindo y un vaso para vos. El periodista hablaba sobre las imágenes de la golpiza. Había pasado una brisa de aire caliente dejando en su retirada un penetrante y dulce olor a nafta dentro de un vacío que colmó el bar y lo secó. ─ Sólo van a quedar perros y caballos y putos ─ sentenció con el mismo desdén, y eso bastó para que el viejo rompiera su mutismo tumbando la silla al pararse con una agilidad insospechada y, ya con el arma empuñada, comenzara a disparar a quemarropa contra el primero que vio. Le dio y se quebró el cristal que tenía detrás esparciéndose hasta la calle, y luego tiró contra el segundo y ni siquiera pudo escapar el Galgo, mordido por las dos últimas balas antes de alcanzar la playa de estacionamiento. Bruno se tumbó contra la estantería y oyó los gritos desesperados de Mario y los gemidos del Galgo.
─ Vos quedate tranquilo, querido ─ dijo el viejo, pero Mario no paraba de gritar ─ tranquilizate, y fijate lo que vamos a hacer. ─ Bruno no atinó a moverse. Escuchaba que se movían las mesas y se tumbaban las sillas. Mario ahora lloraba y gemía. Del Galgo ni de los otros dos muchachos oía nada. Lo único que veía eran góndolas y las estanterías repletos de productos paralizados que se estremecían con cada rugido del viejo. Se invisibilizó acostándose sobre el estante que había desocupado, con las rodillas flexionadas para no dejar colgando las piernas; notó que aún sostenía el paquete de panchitas estalladas entre su puño y lo relajó. Entraba de costado, plegado como una tijera china. Cabía justo. Los gritos se habían apagado y hubo un silencio; luego sonó la voz del viejo:
─ ¿Hablo con la Comisaría Quince? Soy el ex-teniente Víctor Flores, hubo un intento de saqueo en la YPF de Independencia y Colombres ─ siguió hablando pero ya no le oía claramente. En frente suyo tenía una mesada sobre la que había una máquina expendedora de café, junto a otra gran y vieja máquina para atrapar regalos como muñecos, ositos, cartucheras, todas cosas que ya no tenían importancia para él porque estaba enterado que las probabilidades daban como ganador al dueño de la máquina, pero ya lo sabía desde antes de dejar la escuela, y además era evidente, ositos rosados, descoloridos, sucios, elevándose y cayendo sobre un batimóvil de plástico pintado con amarillo y gris mugriento, y un amarillo que no era el de Batman y empezaba a despintarse detrás de una cartuchera de doble piso con la cara de Kurt Cobain, mirándolo a los ojos pero cabeza arriba, como si recién hubiera caído producto de la torpeza de unas manos demasiado grandes para controlar con precisión las garras de la máquina; no podía dejar de perderse en el cubo de cristal que contenía una montaña de estupideces y sólo algunos objetos útiles como relojes y linternas, parecidos a los que había sacado del expositor, aunque fuera cosa de estúpidos gastar monedas intentando salvar algo de allí. De repente sintió unos pasos lentos y sonoros que se acercaban y volvió a estrujar, sin querer, las panchitas que aún sostenía, y no quiso llorar pero lloró plegado contra sus rodillas, humedeciéndolas, buscando contener la avalancha que huía dentro de su pecho, y las lágrimas que, como si el piso de la montaña de objetos de pronto se hubiera abierto, caían por su propio peso muerto.
─ ¿Vos ya sos mayor, no? ─ le preguntó una voz cansada, neutra, en la que creía, con dudas, reconocer a Mario, y que era efectivamente suya, con la cara ancha y húmeda y enrojecida como si hubiera estado llorando y gritando durante horas, los ojos desechos y el pelo pegado en la frente, iluminado por la luz blanca de los fluorescentes de quirófano. ─ Vamos; nos piden que declaremos qué pasó.

Javier Yanantuoni

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