Hoy mamá estuvo repitiéndome todo el día que mañana vamos a festejar un cumpleaños muy importante. Un cumpleaños raro, porque no es de una persona como siempre recuerdo haber festejado un cumpleaños, sino de nuestro país, “de nuestra patria”, dijo mamá. Todavía no sé como se puede festejar un cumpleaños de un país, ¿quién sopla las velitas? ¿A quién se le hacen regalos? Y si le hacen regalos, ¿cómo es que los usa la patria? Yo realmente no sabía con qué festejo me iba a encontrar al día siguiente, porque, además, mamá había contado en la cena que la patria iba a cumplir muchísimos años, y que era todo un suceso que nosotros lo presenciemos. Yo sabía que la patria era mi país, Argentina o Buenos Aires (siempre me confundía, cuando me preguntaban en qué país vivo, yo decía Buenos Aires y cuando me preguntaban de que provincia soy, decía Argentina), pero me la imaginaba como una señora muy grande que se mecía en su silla y tejía sin parar y lo que iba tejiendo iba llenando cada espacio vacío de su casa y que la lana brotaba de las ventanas, debajo de la puerta y se esparcía por el jardín. Y yo tenía ganas de regalarle una bufanda para que dejara de tejer y pueda hacer lo que quiera, como ir al parque o tomar el té con sus amigas mayores.
Finalmente, llegó el día. Nos vestimos y salimos, sorprendentemente, no tan elegantes como me esperaba. Mamá me puso un pantalón de esos de los que me gustan, los cómodos- y no, menos mal, algunos de esos vestiditos con medias largas que yo odiaba ponerme en los cumpleaños de mis compañeros del colegio-. Mamá se vistió como todos los días y salimos. Pero ya en la calle, se paró de golpe y dijo: “¡Me olvidaba! Ahora nos ponemos la escarapela.” Dicho esto, pinchó mi campera y la suya con esas escarapelas que teníamos desde antes que yo naciera y que siempre me ponía cuando había un acto patrio en el colegio.
Mamá se agarró de la cabeza cuando llegamos al subte, se ve que mucha gente quería saludar a la señora Patria, y no nos podíamos ni mover. Muchos la dejaban pasar porque me veían a mí, me sonreían con cara de tontos –como cuando ven un bebé lindo o a un nene que no pasa de los 4 años, en mi caso justo estaba al límite- y nosotras pasábamos aprovechando esa situación desdichada para mí. Era como tomar provecho de mi desgracia infantil, quería ser grande e ir al secundario, y de esto me daría cuenta un par de años después.
Mamá exclamaba de a ratos: “¡quién me mandó a venir acá con esta criatura!” y cosas así y yo notaba su disgusto, se ve que no contaban con tantos invitados cuando armaron la fiestita. Cuando tratamos de bajar del subte era lo mismo, invitados por acá, invitados por allá. Yo me preguntaba cómo hicieron para mandar tantas invitaciones, me pareció que la viejita que se mece tiene mucha plata y mucho tiempo para organizar algo tan grande.
Cuando salimos, finalmente, de la boca del subte había todavía más gente, yo no lo podía creer y mamá creo que tampoco, por la cara que puso. Había vallas por todos lados y la gente se amuchaba, yo no veía nada y mamá en un momento me dijo: “olvidáte que te suba a los hombros, ya estás pesada y grande para eso”. Así que me tenía que olvidar también de poder lograr ver lo que estaba del otro lado de las vallas.
Yo ya estaba aburrida de ese cumpleaños y quería volver a casa, y cuando le quise agarrar la mano a mamá, en vez de encontrarme con la mano conocida me topé con una mano grande y áspera de un señor bigotudo. “No vez que yo no soy tu mamá, nena”, me dijo medio malhumorado. Yo no sabía si largarme a llorar o gritarle que no soy estúpida y que me doy cuenta que ese señor feo de bigotes no es mi mamá. Pero me quedé callada, creo que por la angustia de la situación en la que me encontraba y por eso no podía sacar palabra alguna de la garganta. Se me acercó una viejita con cuatro escarapelas puestas en su saco de florcitas y me preguntó si me había perdido. Yo sólo afirmé con la cabeza. Ella entonces me dijo que me quede quietecita al lado de ella, así no nos movemos y logran ubicarme más rápido. Después de cinco minutos eternos veo la cabeza de mamá agitándose y casi con lágrimas en la cara, me agarró fuerte y me abrazó más fuerte aún, tan fuerte que yo tenía miedo que se pinche con el alfiler de mi escarapela y de la suya. “Viste querida, no nos teníamos que mover”, me dijo la abuelita. Mamá le agradeció que me haya cuidado y hasta le dio un beso en la mejilla arrugada. Y yo también, claro, todo lo que hacía mamá tenía que hacerlo yo. Y si no lo hacía seguro me iba a decir: “¿No le vas a dar un beso a la señora que te cuidó?...ya la conocía.
No nos quedamos mucho más en el cumpleaños, nos fuimos enseguida después de saludar a la señora y claro que en colectivo. “Aprovechamos que no viaja nadie ahora” me dijo mamá. En el viaje me quedé dormida y soñé con la viejita, me la imagine tejiendo sin parar y cuando entramos a casa le dije a mamá: “por lo menos conocimos a la señora Patria.”
Elena Hasapov Aragonés
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