miércoles, 25 de agosto de 2010

AL RAS


Entró en la casa como si alguien lo persiguiera. Cerró la puerta y se pegó a ella tras el golpazo. No se dio cuenta que yo lo estaba observando. A mi me gusta jugar a que soy dos equipos al mismo tiempo. Hago de Suecia y de Nigeria, la pelotita es de papel y juego con los dedos de las manos sobre alguna cama. El partido se detuvo ante la llegada de Néstor, que jadeaba y no se daba cuenta de que yo lo veía. Tiró la mochila y en la cocina la vieja le preguntó “¿qué te hiciste en el pelo?”. La cabeza de Néstor estaba al ras y creo que lloraba. Balbuceaba sobre la blusa de seda. Venía el verano.
Se hizo de noche y nos sentamos todos a comer: Estofado. Papá le pidió a mamá un trapo para limpiar el vino que derramó sobre la mesa, la cabecera de la mesa. Mi hermano Néstor comía con la cabeza casi tocando el plato. Antonio y Eusebio comentaban sobre las ropas cortas de las chicas en la universidad. Siempre hablan de la universidad, yo no sé lo que es, pero se divierten mucho allí. Me quedé dormido temprano.

Al día siguiente di vueltas con la bicicleta alrededor del árbol de jazmines en el jardín de adelante, mientras mi vieja baldeaba el patio. Llegó Néstor de la calle, empujó la reja y mamá soltó la manguera. Fuimos los tres al vestíbulo a escuchar la radio. Siempre escuchábamos tango pero esta vez estábamos atentos al relator. Yo hacía que me interesaba porque me gustaba que me tomaran como adulto. Esperábamos algo. Yo no sabía qué pero esperaba con ellos. De pronto: “documentos terminados en 846, número 120” gritó el relator. “¡Qué suertudos, número bajo!” repetía Néstor “¡Qué suertudos, qué suertudos!”. La situación era tensa, yo creo que también estaba histérico. La vieja hacía gestos de despreocupada mientras se frotaba las manos sobre la falda. “¡Número medio, adentro nomás, mierda, mierda!” decía Néstor y le sangraban los labios. ¿A dónde lo llevaban? No lo sé, siempre se llevaban alguien a algún lado. Alguien se los llevaba.

Ahora sólo quedaba esperar a que creciera algún bulto, un quiste, una molestia, algo que irritara o picara para dar un paso al costado de esa hilera de jóvenes sanitos que marchaban con las vibraciones de la saturación megafónica en los pasillos de la revisación médica.

Mamá me mandó hacer mandados. Di una vuelta con la bici alrededor de la plaza. Néstor se tenía que ir de casa, eso dijeron después de la radio. A mi no me hablaban mucho. Yo jugaba con los números que repetía el relator, sumaba las tres cifras y armaba nuevos números. Al menos mis números eran todos bajos. Yo sentía una fuerza extraña que ingresaba en las casas del barrio, penetrando la rutina de la siesta, almidonando nuestro caminar holgado.

Cuando volví a casa, la Nena estaba consolando a Néstor. Nunca supe si ella era hombre o mujer, creo que en ese momento simplemente no me lo preguntaba. La Nena siempre tenía olor a alcohol, una vez me dio de probar licor de huevo. Llegaron Antonio y Eusebio y se enteraron de que a Néstor le había tocado número mediano. “Y esto no es nada vieja, el problema es que se vienen los ingleses ahora” dijo Antonio. “Andá a juntar uvas de la parra de al lado, que estas no están maduras” me dijo la vieja. A la semana siguiente, Néstor tenía hechas las valijas, nos dio un abrazo a cada uno y lo pasó a buscar un micro.

Pasaron varios meses porque vino el verano y después otra vez la escuela. A mí me raparon también para evitar los piojos. Sentí que se metían con mi cuerpo, el contagio estaba en los lugares públicos, decían. Cualquier lugar de reunión era peligroso porque ayudaba a la propagación. Me pelaron pero volví rascándome más que nunca, tomé la leche y me fui a jugar al patio, no había nadie en casa. Mientras pateaba la pelota, sentí el ruido de las rejas, llegaba mamá con Pilar, “pasarse por tonto no sirvió, problemas en las piernas no sirvió, pie plano no sirvió, lo tomaron igual” dijo mamá. “Carmen, calmáte” le dijo la gallega. Yo siempre le pegaba pelotazos en la medianera a la hora de la siesta.

Néstor pasaba por casa algunos fines de semana, lo ví varias veces arrodillado, rezando. El repetía todo el tiempo que la mayoría de sus compañeros viajaban al sur, que a todos los llevaban al sur, y a mí nunca me dejaban escuchar las conversaciones. A mí me separaban con mandados: manteca de la china, fiambre de lo de don Lilo, el kiosko de Margarita.

Un día Néstor contó en la cena que se le disparó una ametralladora accidentalmente en el cuartel, y le sellaron un papel que decía ITS, algo así como inútil para el servicio militar. Lo mandaron unos días para casa pero no pudo zafar, cuando necesitan más pibes en el sur, cualquiera es buen partido, lo importante era el número, siempre los números. Se fue. A partir de ese momento, la vieja ponía las radios, ya no se escuchaba tango. Papá llegaba de la fábrica y preguntaba si había alguna novedad. Antonio y Eusebio quemaban folletos, “se está poniendo cada vez más fea la cosa” decían. La Nena estaba más borracha que de costumbre y la vecina insistía en que había que irse a España. Yo siempre soñé con irme a las costas del Uruguay. A Néstor no lo vi nunca más.

Yo le sigo dando vueltas y vueltas a la plaza y siento cierto placer porque todavía me acurruco en los rincones de mi casa, nadie me hace problema y en última instancia dicen “dejálo, es chico”. Pero pude comprobar que hay un techo, que está ahí, inmóvil, nadie lo remueve. Yo me voy a topar con eso también, y al asomar el cogote me la van a dar. Pronto voy a tener que escuchar la radio con la vieja al lado amazándose la falda con las manos, pronto van a preguntar por mí y yo no sé donde voy a estar, no sé si voy a estar.



Alejandro Zarlenga

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