La gente se vuelve loca cuando hace calor, imaginate que Papá Noel se abriga de rojo para viajar por todo el mundo muerto de calor, trepando los techos para repartir los regalos que los chicos le piden y sus ayudantes, los Papá Noeles truchos, lo copian con la misma cantidad de abrigo por las calles de Buenos Aires. Los que mamá llama truchos piden limosnas, “De algún lugar hay que reunir los fondos para tantos regalos", me explica.
La gente se pone nerviosa cuando hace calor y se enojan porque no nieva como en Nueva York, se pelean y compran compulsivamente como si el mundo se terminara el 25 de Diciembre.
Corrían los últimos días antes de Navidad y no teníamos los pasajes para ir a las Toninas donde nos esperaban como todos los años los Gomez para comer el cordero el 26 por la noche, asique mamá no me llevó al club sino que nos subimos al tren y al grito de nuestro vecino que decía “no vayas para capital, está por explotar todo” nos fuimos para Retiro. Me pareció un poco exagerado; hacía calor, más de 30° seguro, pero no iba a explotar nada, aunque claramente se estaría mejor nadando con la profe Sandra. Salimos del andén y no había casi gente. Los molinetes estaban liberados, no había un solo guardia y aunque mamá pasó directamente yo igual introduje el boleto, me encanta como la máquina lo chupa y lo escupe en cuestión de segundos, me altera y me emociona cuando sale abruptamente.
Caminamos por las calles que siempre están atiborradas de gente vendiendo chucherías, posters, carteras, chipás pero esta vez estaban desiertas, no había nadie ni siquiera esperando uno de los 5 millones de colectivos que pasan por ahí. Mi mamá me agarró fuerte la mano, la sentía nerviosa, sus manos transpiraban, agarraba fuerte su cartera y soplaba para correrse el flequillo de la cara, acto absurdo que repetía una y otra vez solo para no soltarme ni soltar la cartera y corrérselo con la mano.
Mamá tenía miedo, no sé si el calor la pone mal, no sé si tenía miedo de no conseguir pasajes para ir a las Toninas, yo trataba de explicarle que no pasaba nada, que si no llegábamos al mar este verano podíamos ir a la pileta con la profe Sandra, que Pocho iba a entender, que no se preocupe, que seguro podían invitar a alguien más para que se coma lo que sobrara del codero, a ella le molesta tanto tirar comida “Mueren tantos chicos de hambre por día, en un país tan fértil, en el granero del mundo muere gente de hambre, desnutridos” repite mi mamá indignada casi diariamente. Pero no me escuchaba, esta vez mis palabras no llegaban a enternecerla, no sentía mis mimos en la palma de su empapada mano, no se daba cuenta que mis pies casi no tocaban el suelo porque ella me estaba arrastrando y no podía seguirle el ritmo, estaba agitada y con calor y de mi espalda caían gotas y gotas.
Al fin llegamos a la estación de ómnibus. Me encanta ese lugar, sus pasillos largos, las ventanillas, los empleados sentados del otro lado del vidrio vendiendo vacaciones, la gente corriendo con sus valijas con rueditas, los cafés, el olor a café, las escaleras mecánicas, todo es mágico porque también hay aire acondicionado. Encontramos la ventanilla que mamá estaba buscando, esperamos que una señora termine de dictarle sus datos al empleado de la agencia de viajes y pasamos. Mi mamá fue rápida, precisa, dictó el eterno número de mi DNI y del suyo, le dio la plata que se sacó del corpiño sin siquiera sonrojarse frente al vendedor que miraba como quien mira algo que ya vio 100 veces, recibió los pasajes, se dio medio vuelta, volvió a tomarme de la mano muy fuerte y nos fuimos. Mamá iba callada, y eso me obligaba a estar callada a mi también y yo quería decirle tantas cosas, como que no entendía porqué no había gente en la calle, quería preguntarle acerca del temita ese de que este año Papá Noel no iba a dar regalos porque prefería regalarle comida a las familias, quería preguntarle si ese fondo de Papa Noel que reunían los Papá Noeles truchos por las calles tenía algo que ver con Fondo Monetario Internacional que los periodistas en la tele nombraban sin parar, quería pedirle si por favor podíamos ir a tomar un helado a Freddo, que era lo que hacíamos siempre que íbamos capital, pero algo me decía que hoy las cosas eran algo diferentes.
Cuando estábamos por entrar a la estación de tren, mamá se detuvo un instante, creo que se dio cuenta que yo tenía mucho calor y aunque ella nunca puede disimular cuando está preocupada por algo, igual me dijo “Hace mucho calor, vamos por el helado, después de todo en 5 días nos vamos a las Toninas, hay que festejar”. Subimos por la plaza que está llena de árboles, buscamos la sombra, llegamos a Santa Fe y caminamos pero cuando estábamos por cruzar 9 de Julio nos encontramos con toda la gente que no estaba en el resto de los lugares. Estaban todos juntos, se veían a los lejos derecho por 9 de Julio y cualquiera podía decir que estaban festejando que había llegado el verano, pero no… algo me decía que hoy las cosas eran algo diferentes. Había humo, se escuchaban gritos y disparos, habían tanques y más humos de colores… no había ganado River, no había un recital… “Esto es una protesta lau” me dijo mamá. Una protesta, esa palabra resonó en mi cabeza. Yo protestaba cuando Marcos se quedaba media hora bajo la ducha porque después a mi no me quedaba agua caliente entonces me tenía que bañar con agua fría, yo protestaba cuando tenía que levantar los platos de la mesa y los varones se quedaban sentados, yo protestaba cuando algo era injusto.
Mamá se quedó quieta en medio de la avenida mirando, petrificada como quien mira algo que recordará el resto de su vida. En medio de la quietud en la que estábamos nos sorprendió una molestia en la nariz, luego se nos cerró la garganta, como cuando mamá lustra los muebles de madera con ese producto que tanto mal me hace. Empezamos a toser las dos. Entonces comprendí que el helado ya era un imposible. Mamá giró en el mismo eje y me dijo que debíamos volver, que era peligroso estar ahí, que nunca se imaginó, que era una inconsciencia. Caminamos rápido sin mirar los semáforos porque realmente no pasaba ningún auto y llegamos en unos pocos minutos a Retiro nuevamente. El tren no venía. Salimos a la calle y mamá sentenció “Vamos a la casa de la abuela”, nunca visitábamos a la abuela, simplemente no la veíamos. No es mala persona, es siempre muy simpática y las veces que le pregunté a mamá porqué no almorzábamos con ella todas las semanas como hacían mis compañeras de colegio, por ejemplo, ella solo respondía “Vive en Recoleta”.
Caminamos mucho más rápido, volvimos a cruzar la plaza, cruzamos 9 de Julio nuevamente pero inevitablemente volvimos a quedarnos paradas mirando, observando el tumulto de gente protestando. Aunque no veíamos detalles, solo un bulto negro de gente, se sentía la violencia, la tensión. Realmente algo estaba a punto de estallar. Recordé a nuestro vecino. Yo podía sentir las suplicas internas de mi madre para que lo que fuera que vaya a explotar explote cuando ya estuviésemos a salvo en el departamento de Recoleta de la abuela.
Llegamos, 6to A, ascensor de grandes espejos que nos devolvían nuestra imagen multiplicada. Era un laberinto; nuestra imagen se repetía hasta el infinito, como si el tumulto de gente se hubiera mudado al ascensor y estuvieran todos protestando ahí adentro al lado nuestro y mi mamá quería escapar pero quería protestar, mi mamá quería gritar, mi mamá estaba enojada, a mi mamá no le gusta Recoleta, no le gustan los ascensores con tantos espejos que copian la misma imagen y la repiten hasta el cansancio, a mi mamá no le gusta comer y limpiarse la boca con servilletas bordadas.
Mi abuela abrió la puerta y con cara de reproche le dijo a mi mamá algo que ella no escucho o que hizo de cuenta que no había escuchado, pero se refería a la seguridad y a mi edad. Entramos y mi mamá prendió inmediatamente la tele. Mostraban al tumulto de gente, había policías, estaban los tanques, el humo que ahogaba a la gente y muchas armas. Arrastraban a un chico, el se resistía pero los policías insistían tanto que los pantalones se le bajaron y se le vio la misma raya que se le ve al mecánico que mensualmente arregla el auto que mamá no se resigna vender. Se escuchaban gritos, disparos, disparos y gritos y por encima la voz del periodista relator. Ya no se escucha cuando se está viendo a un policía golpear con su garrote a un hombre tirado en el piso. Mi tío siempre dice que para ser periodista deportivo no hace falta terminar el colegio, yo creo que los periodistas no saben mucho de nada, solo hablan de lo que se les ocurre mientras las imágenes nos dicen todo.
Las imágenes mostraban la misma calle en la que habíamos estado paradas hace unos minutos observando aquel bulto negro, pero se veían patrullas de policías, ambulancias y rostros enojados. No eran enojos como los de mi mamá que lo esconde detrás del flequillo o que sonríe cuando quiere gritar. Eran enojos golpeando vidrios, llorando a los gritos, enojos que corrían en tumultos de enojos más enojados porque estaban juntos porque la injustica los tocaba a todos, porque todos habían levantado la mesa para que algunos se queden repitiendo el plato incesantemente. Estaban enojados y rompían, golpeaban y gritaban. Era una protesta y mientras la veíamos sabíamos que la recordaríamos siempre.
A las 6 de la tarde, luego de que mi mamá y mi abuela tomaran 3 pavas de mate mi mamá decidió que era hora de irnos, mi abuela que no quería que nos vayamos porque no quería estar sola, porque ese departamento era enorme para ella, porque no nos ve nunca y le gustan los niños, quería que nos quedáramos. Ella solo decía que era peligroso, que solo por eso debíamos quedarnos. Mi mamá, que no se siente cómoda en Recoleta y que había discutido toda la tarde y ya no le quedaba aliento para seguir argumentando en contra del Fondo (nunca le gustó Papá Noel, es más… yo nunca lo vi, mamá nunca lo invitó a casa), agarró su cartera y luego de decir “En algún momento tenemos que irnos” me tomó la mano, otra vez muy fuerte, otra vez caminamos tan rápido que mis pies no tocaban el piso, otra vez el calor, otra vez las gotas en mi espalda, otra vez la locura de la gente porque sufre del calor, porque a nadie le gusta tener tanto calor.
En Retiro esta vez había gente; atendiendo en las ventanillas, esperando el tren, algunos señores de traje de esos que solo se ven en Capital porque en mi barrio nadie se viste con tanta ropa cuando hacen 30 grados. Esperamos bastante tiempo hasta que llegó nuestro tren, y a la media hora estábamos en casa nuevamente. Nuevamente la tele, nuevamente el bulto negro, el tumulto enojado, la protesta.
A las 8 la temperatura había bajado un poco, mamá y yo nos habíamos pegado una ducha y estábamos en nuestros pijamas de verano, con el pelo mojado, cerca del ventilador mirando la tele. Mamá se paró y fue a la cocina y yo deseé en voz baja que cocine las patitas de pollo que solo cocina cuando está cansada y quiere sacarse el trámite de la comida rápido de encima, pero en cambio volvió con una cacerola vacía y un cucharón de madera. La miré desconcertada, ¿qué estaba buscando?, ¿qué quería cocinar?, cuando salió al balcón pensé que iba en busca del perejil que tiene plantado en una maceta, pero no… empezó a golpear la cacerola rítmicamente con el cucharón de madera y entonces salí a acompañarla y escuché que muchas personas más hacían lo mismo. Subí la vista y observé el cielo, estaba estrellado, la luna brillaba como si estuviera observando los hechos, atenta y entretenida. Clik, clik, clik, clap, clap, clop era un concierto de cacerolas vacías, era una protesta, una pataleta de todo Buenos Aires. Nadie quería bañarse con agua fría.
Me subió un hormigueo por las piernas hasta llegar a mi estómago. Hacía calor pero yo tenía escalofríos por todo el cuerpo. Algo estaba pasando, algo grande estaba pasando, yo me daba cuenta. Mi mamá lloraba, pero no estaba triste, sino enojada. Por un momento detuvo el golpeo rítmico para acercarme a ella, yo me aferré a sus piernas y ella volvió a golpear la cacerola vacía, sin perejil. Éramos una sola persona en un balcón golpeando una cacerola, pero no estábamos solas porque ya éramos parte del bulto negro, del tumulto.
La televisión se mantuvo prendida los siguientes días y las imágenes eran siempre las mismas, la casa rosada, un helicóptero, protesta, calles, el bulto negro, señores golpeados, bancos con sus vidrios rotos. Efectivamente algo había explotado, algo debía apagarse, o pagarse nunca entendí muy bien. Lo que si sé es que nuestras vidas no volvieron a ser iguales luego de aquel día. Mi mamá y yo nos convertimos en una sola persona en ese balcón y aunque pasamos hambre muchas noches más aparte de esa, hoy sabemos que formamos parte de un tumulto, somos un pedacito más de aquel bulto negro que tanto interés nos causó aquel día en 9 de Julio.
Papá Noel no vino esa Navidad, pero en cambio todos entramos a las tiendas y tomamos lo que necesitábamos, cumplió su promesa de regalarle comida a las familias en vez de traer regalos. De esa manera las cacerolas estarían llenas y no harían tanto ruido el 25 de Diciembre.
Clara Mendez
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