martes, 31 de agosto de 2010

Grupo 1 - TP 3_ Diálogo - Nora Zicovich Wilson, Antes del tren

  Antes del tren
     
     
      Están en silencio, hace rato que no se miran a los ojos. Juan golpea rítmicamente la cucharita contra la taza. El ruido es molesto, pero Julia no quiere hablar. Ausente en su mundo de luces, colores y sombras de las molduras del techo en la Estación Constitución, no quiere saber nada con hablar, con volver a poner los pies en la tierra, y hacerse cargo de que quizás todo termine. Mira la gente que pasa, apurada, de un lado a otro, en una masa amorfa y sin cara, supone que probablemente ella tampoco tenga cara para todos ellos, y se pregunta cómo no se da cuenta todo el mundo de cómo le pesa el pecho, de lo difícil que le es respirar, del terror que se le acumula en la garganta y le estrangula la voz.
      La cucharita comienza a golpear con más fuerza todavía. Esto no hace nada bueno por sus nervios. El sonido la irrita y la llena de ansiedad.
      Julia pone una mano sobre la de Juan para detenerlo. Lo mira a los ojos. Juan desvía la mirada de inmediato. Algo en los ojos de ella le hace sospechar que pueda ser verdad lo que se teme. Algo en su manera de mirar. Algo en sus orejas. Deja la cucharita y se mira las manos. Algo en ellas también le hace sospechar. Todo le hace sospechar. El ruido y la cantidad de gente lo ponen nervioso. Quiere estar ya en el interior del tren, avanzando, yendo a alguna parte, porque nada es más angustiante que esos larguísimos minutos de hacer tiempo. Deja vagar la mirada por las tazas acomodadas detrás de la barra, escucha las voces y las transforma en música en su cabeza. “Oda a la ansiedad”, se llamaría. El humor que siempre había acompañado su sempiterna melancolía ahora ya no es gracioso. Suspira y piensa. Mira a Julia, pero no hasta los ojos. Le habla al cuello de Julia.

- ¿Qué pasa si dice que sí?

    El cuello de Julia se comprime nerviosamente. Oye su voz.

- ¿Y qué? ¿Si dice que sí, qué?

    La mano de Julia acaricia su vientre, que todavía no creció. No falta mucho para que empiece a notarse el embarazo. Julia se pregunta qué sentirá cuando llegue la primera patada, quién será ella cuando llegue la primera patada. Y los ojos se le llenan de lágrimas y vuelve a mirar la masa amorfa de personas que van y vienen, y que no notan que sus ojos acaban de llenarse de lágrimas, ni les importa.

- Yo te amo.
- Por favor, Julia…
- Yo te amo igual. No me importa.

    Juan comienza a golpear rítmicamente la cucharita de nuevo, Julia resopla y él se detiene. Apoya la cucharita. Se rasca la cabeza. Piensa en su carrera de músico, en el escándalo si sus sospechas fueran ciertas y saliera a la luz.

- A mí me importa.

    Se miran a los ojos unos instantes, y Juan baja la mirada.

- Bueno –dice finalmente -, no pensemos en el tema por un rato…
- ¿No querías hablar?
- No quiero pensar.

    Ella lo mira a los ojos, que ya no la miran. Sonríe con tristeza y se deja llevar por sus pensamientos lejos de esta estación, lejos de esta situación incómoda. Se va lejos, en el espacio y en el tiempo. Y sonríe.

- ¿Te acordás de cuando éramos chicos?... Bueno, yo era chica.

    Juan sonríe un poco, también, deseoso de olvidarse por un momento de sus sospechas fundadas, del embarazo, de las dudas. Deseoso de volver a mirar a Julia como antes.

- Sí, claro que me acuerdo. Eras una nena muy bonita, ya.
- Yo me acuerdo -se ríe – de que me agarraba a la cerca y te espiaba con tus amigos. Eras el gran misterio, para mí, el chico grande…
- Y vos la vecinita molesta.
- No es cierto, me querías…

    La mira con ternura melancólica.

- Sí, te quería.
- Y me comprabas golosinas.
- A veces.
- Yo ya estaba enamorada de vos… -dice Julia, y mira a Juan a los ojos. – Cuando te fuiste, pensé que me moría.
- ¡Qué melodramática! –se ríe -Tenías ¿cuánto? ¿Seis años?
- Sí, pero es cierto. Nunca me olvidé de vos –le toma la mano a Juan y se miran, sonriendo -. Hasta que me vine yo también a Capital y de pronto, en una fiesta de la galería, allí estabas. Mirándome fijo detrás de tu violín.

    Juan se ríe, y acaricia la mano a que agarra la suya.

- No te reconocí.
- Yo a vos sí. De inmediato.
- Y no me dijiste nada.
- No quería que me vieras como aquella vecinita molesta.

      Se ríen y se miran, y por un segundo cálido vuelven a ser uno. Pero entonces él retira la mano y el aire se enfría.

- Ojalá me lo hubieras dicho ese día.

    Ella lo mira.

- ¿Y entonces qué hubiera pasado?
- No sé…

    Julia se acaricia la panza, sintiendo que se le cierra la garganta. Dándose cuenta de que no van a poder volver el tiempo atrás.

- Juan… Padre no es el que pone un espermatozoide.
- Para mí sí. O por lo menos, de quién es ese espermatozoide importa. Mucho…
- A mí no me importa.
- ¿No importa? ¿Ser o no el padre de alguien no importa? ¿De quién es hijo un hijo no importa?
- ¡Me importa tres carajos la biología y el padre biológico, Juan! ¡Y otros tres carajos el pasado! Solamente me importa una cosa: ¿me amás? Eso es nuestro futuro, ¿me amás?

    Juan mira un segundo a los ojos de ella, pero inmediatamente fija la mirada en la taza de café.

- No puedo contestarte eso, todavía…

    Julia cierra los ojos, traga con dificultad, y mira al costado, con el llanto ardiendo en su nariz. Se acaricia la panza.

- Sí me amás. Me lo dijiste mil veces antes… sos un cobarde.
- Quizás sea un cobarde, pero tengo moral.

    Julia le clava la mirada, incrédula.

- ¿Me estás llamando inmoral?
- No… - duda – Bueno… Tu moral es un poco más relajada que la mía, la verdad.
- ¿Mi moral es más relajada?
- Te la das de artista, y se supone que está todo bien, y que las reglas del mundo no se aplican a vos.
- Mi moral es más relajada… ¿Querés hablar de Magalí, Juan?
- No, no quiero hablar de Magalí.
- Si vamos a hablar de moral…
- No quiero hablar de eso, Julia, es agua bajo el puente
- Ah, claro, cuando es tu moral, es agua bajo el puente…
- ¡Julia, no te estoy hablando de eso, vamos!
- Yo te hablo de amor, no de moral. Yo te amo. Pese a todo. Y sí, no me importa la moral.
- Bueno, yo no soy tan liberal.- dice, secamente.

    Julia lo siente como una bofetada.

- Juan… No es que esto realmente no me importe… Pero creo que no tendría que separarnos… Como no nos separaron tantas otras cosas. Estoy embarazada, y es tu bebé. ¿Qué más importa?
- Ya sé que es mi bebé. Eso nunca estuvo en duda. Y yo me voy a hacer cargo…
- ¡No me interesa que te hagas cargo, la puta madre! ¡Quiero que estés conmigo! ¡Si no vas a estar conmigo, no te hagas cargo!

    Juan se frota los ojos, sobrepasado. Mira el reloj.

- Julia, si resulta que sí… que es verdad… ¿cómo va a salir este bebé?...
- Nuestro, va a salir. Y si le pasa algo, lo vamos a querer porque es nuestro. Tampoco es justo para mí. Pero yo no tengo miedo de decir “te amo”. Yo me la banco. Y eso para mí es moral. Si él dice que sí, que es verdad, que sos…
- Callate, Julia.
- Da igual si lo digo o no. Te amo igual, ¿entendés? Y sigo con vos. No cambia nada.
- ¡Sí, cambia todo!

    Julia ve en sus ojos que es cierto, que no puede ocultárselo más a sí misma. Si les confirman sus sospechas, cambia todo. Si la respuesta es “sí”, cambia todo. Porque cambia todo para él.

- ¿Me vas a dejar?
- Por favor… ¿Cómo vamos a ser una pareja normal, en estas condiciones?
- ¡No me interesa ser normal! ¿De qué tenés miedo? ¿Del bebé? ¿De que tu mami no me quiera?
- Mi vieja te odia, desde que naciste.
-  No me odia.
-  Sí te odia, y esa es la mejor prueba.
- ¿Prueba de qué? No prueba nada.
- Mínimamente da para sospechar, ¿no?
- No, no da para sospechar. Cortala.
- Tus viejos pasan diez años buscando un bebé…
- Cortala, Juan.
- Y de pronto, tu vieja queda embarazada, y te tiene a vos.
- Basta. A mí no me importa eso…
- Y salís rubia, y mi mamá te odia… ¿No te hace sospechar?
- Basta.
- Tus orejas, ¿no? ¿nada?
- Basta, Juan …
- Que los dos seamos tan artistas, igual que mi viejo…
- ¡Basta! ¡Cortala!
- Y que el tuyo haya dejado a tu mamá…
- Por favor, Juan… -las lágrimas comienzan a resbalar por sus mejillas – Callate…

    Se quedan en silencio. Juan la mira llorar. Quiere consolarla, pero no puede. Quizás no la ama tanto como le había prometido. Quizás es tan malo como su padre. Mira el reloj. Mira a Julia y desvía la mirada. Suspira.

- Vamos, Julia, ya es la hora.

    Sin mirarla, deja una propina sobre la mesa y se pone de pie. Julia lo sigue a través de la estación, sometiendo los deseos de sus manos de tocarlo. Los deseos de sus brazos de envolverlo, de su boca de besarlo.
      No, nunca más, si él no quiere. Nunca más.
      Entonces se decide.
    Se detiene, justo debajo de uno de los rosetones del techo, del más alto, en el cenit del arco abovedado. Juan camina unos pasos más antes de notarlo. Finalmente, se da vuelta y la mira.

- Yo no voy. –dice Julia.

    Juan se acerca a ella resoplando, y la agarra de la muñeca.

- Dale, Julia, dejate de joder. Vamos.

    Ella niega con la cabeza, lentamente. Entonces Juan la mira con atención, y le sorprende ver en sus ojos una expresión totalmente serena.

- No voy a ir... –sonríe con tristeza - Vos andá, Juan, enterate. Tomá tu decisión… Si no volvés conmigo, yo ya voy a saber. Lo voy a entender, no te preocupes. Y voy a respetarlo. Pero no puedo tomar esa decisión con vos; no puedo estar charlando seis horas con vos por qué tenés que dejarme aunque no quieras. Yo nunca voy a estar de acuerdo…

    Se miran a los ojos unos segundos que parecen eternos. Juan busca desesperadamente en los de ella un asomo de duda, un indicio de miedo. Pero no lo encuentra. Están tranquilos, seguros y en paz. Julia baja la mirada y se da media vuelta. Echa a andar con paso tranquilo.

- ¡Julia!

    Se detiene y da media vuelta. Juan la mira unos instantes y camina hacia ella. Se detiene frente a ella, la observa, se muerde el labio, duda, se debate contra su fuerza de voluntad, contra sus principios, contra su moral… Y finalmente la abraza. La aprieta contra sí, le besa la cabeza, le huele el pelo... Ese olor tan conocido de manzanilla, óleo y Julia, le llena la nariz. Le da una paz que no siente dentro suyo, y que ya nunca más va a sentir. Al hablar, se le quiebra la voz.

- Vamos a casa.

1 comentario:

Seminario La Narrativa de Ficción dijo...

Nora, es muy bueno el modo en que se propone el tema el conflicto,cuando uno está por pensar que el problema es de quién es el embarazo , aparece el incesto escondido en el pocillo de café.
El comienzo, haciendo eje en un objeto, la cucharita, o en la sinécdoque del cuello , de da un tono cinematográfico muy interesante.