Lepra
La verdad, me muero de frío. Estamos acá desde las once de la mañana, y me pregunto si no podíamos verlo por la tele. Están todos los canales, acá. Seguro que está en todos los canales. Encima de que comí nomás un pebete de jamón y queso, me estoy pegando un embole terrible.
Me llega un mensajito de Cami, que está en el recreo y me pregunta dónde estoy yo. Y sí, ya son como las tres de la tarde y todavía encima no votó nadie. O uno, qué sé yo. Creo que votó uno que habló como tres horas. No sé, porque yo estaba escuchando música con el celu. Después mamá me hinchó las pelotas que dejara la música y levantara un cartel. Le respondo a Cami que estoy acá, en el Congreso, pegándome un embole porque mamá encima no me da pelota. Podría estar calentita en casa mirando tele. O en la escuela, aunque más no sea, en el recreo, jugando con Cami. Cami es mi mejor amiga desde primer grado. Siempre jugamos juntas en el recreo, o si viene a casa a estudiar ponemos un DVD. Nos gustan las de Disney, las pelis, pero más vemos High School Musical y todo eso. Nos encanta bailarlo y seguirle la letra, aunque está en inglés y mucho no entiendo, pero cantamos fuerte, y la última vez que se quedó a dormir, papá nos hacía callar y al final nos sacó el DVD. Igual nos quedamos hablando en la cama como hasta las dos de la mañana, hasta que nos quedamos dormidas.
Mamá me dijo que hoy no quería que fuera al cole, porque quién sabe qué pueden llegar a decir ahí, que por qué no me habrá mandado a una escuela católica. Yo no hubiera querido ir, porque no me gustan los uniformes, aunque algunos están buenos, como el que tenía Antonella en Patito Feo, pero porque ella le ponía accesorios, también, y se pintaba. Mamá no me quiere dejar usar esas cosas, dice que soy muy chica. Tengo agujeritos en las orejas, pero tengo los mismos aritos desde que nací. Mamá dice que cuando termine la primaria me los voy a poder sacar, antes no.
Tenemos prueba la semana que viene, de lengua, pero mamá dice que porque falte un día en sexto grado no me voy a morir. Yo soy buena en lengua, igual. Cami no. Ella es buena en matemática, que es lo que papá dice que sirve. Que lo importante es saber de números. Y últimamente dice que también le preste atención a ciencias naturales, para aprender que los machos no van con los machos ni las hembras con las hembras, que es antinatural. Mamá decía que estaba de acuerdo. Y es raro, porque no suelen estar de acuerdo en nada. No es que mamá le lleva la contra a papá, es que en general se calla la boca. Cuando papá habla no se discute.
Mah sí. Yo me vuelvo a poner los auriculares, ya no aguanto más los gritos y los cantitos. Ahí está. No sé si será la música, pero todos parecen más contentos ahora. Bah, no. Nosotros no. Los otros. Ellos, parece que fueran a una fiesta. Todos con la banderita esa del arco iris, cantando, saltando, bailando... Nosotros nada que ver. Algunos rezan, otros levantan los cartelitos del papá y la mamá. Pero los otros le ponen onda. Qué sé yo, se quieren casar y dicen que está bien. Yo no sé qué pienso de eso. Papá dice que no estoy en edad de pensar, sino de callarme la boca y aprender. Yo igual pienso, qué sé yo.
Qué linda canción, qué romántica. Es re vieja, pero me encanta… Juntabas margaritas del mantel…
Cami ayer me escribió una carta y todavía no le contesté. Tendrá que ser mañana, porque hoy, al final…
- ¡Mamá!
- ¿Te dije o no te dije que te sacaras esta porquería de las orejas? Escuchá esto, Sabrina. Es importante. Es el futuro de todos nosotros.
- Dame, mamá, dale… Me aburro…
- ¡Te voy a dar, aburrirte! ¡Esto me lo quedo yo!
¡Y se guardó todo en la cartera, nomás, con celular y todo!
- Abrí las orejas, y prestá atención –mamá me agarra la cara y me hace mirar alrededor-. Mirá esto, mirá estos depravados. ¡Mirá!
Y miro, prestando un poco de atención. La verdad que los homosexuales hacen más quilombo que nosotros. Nosotros más que nada rezamos. Bah, yo no…
- Rezá conmigo. – me dice mamá.
Entonces yo me agarro de las manos de otras señoras igual que en la misa y hago que rezo, así mamá no rompe. No sé para qué estoy acá, la verdad. Papá no quería que yo viniera, pero mamá insistió. “¡Sabrina tiene que entender la importancia de la familia cristiana –gritó a papá -, que un chico tenga un papá y una mamá!”. Se pusieron a discutir; creo que nunca los había visto discutir. O nunca había visto que mamá le gritara a papá. Papá no quería que yo viniera porque no quería que estuviera rodeada de gente así, desviada, pervertida. Dijo que era una enfermedad, una enfermedad contagiosa, como la lepra.
Me mandaron a mi cuarto y ellos se quedaron discutiendo en susurros. Yo prendí la tele, y puse Disney Channel. Justo estaban dando el final de La Bella y la Bestia. Es mi favorita. Y ahí, al final, cuando ellos se besan, yo me puse colorada y me quemaron las orejas, porque me acordé de mi primer beso. Mamá y papá no saben nada, si se llegan a enterar me matan. Pero yo me acuerdo y me pongo roja, y todavía no lo puedo creer. ¿Será esto amor? ¿Estaré enamorada? Pienso en eso todo el tiempo, me acuerdo, y me pongo a sonreír como una boba, y siento como que me burbujea el pecho. Y de pronto me acuerdo de que estoy en la ronda de oración, y me pongo seria, con cara de rezo, mientras miro alrededor a ver si alguien me vio sonreír así. Pero me acuerdo y me cuesta no hacerlo de nuevo. Y ahí estaba pensando justo en eso, en el final de La Bella y la Bestia, cuando mi papá me abrió la puerta del cuarto de golpe. Pegué un salto, y cuando lo vi me dio un poco de miedo. Pensé que se había enterado de algo, y me iba a dar una paliza. Estaba serio, casi enojado. No habría hablado con mamá más de cinco minutos, pero plantó los pies en la puerta. “Mañana vas a ir al Congreso con tu madre”, me dijo. Y se fue. Papá me recuerda mucho a la Bestia al principio de la película. La vez que se lo dije a mamá me dio un sopapo.
Ahora estoy pensando en todo lo que podría hacer en mi casa. Podría estar viendo la tele, o escribir un poema secreto. Hoy sería uno secreto, sí, y ya sé de qué se trataría... Escribo, en general. Escribo poemas todo el tiempo. Los que son más graciosos o en chiste se los regalo a Cami. Los otros no. Los otros me los guardo yo, porque son míos. Los guardo en una cajita adentro de un cajón debajo de la cama. Esos no los lee nadie. Me muero si los lee alguien.
De pronto se rompe el círculo de oración y miro alrededor. Se acercaron con una cámara de un canal y parece que se trenzaron a discutir dos tipos, delante. Uno está diciendo que los gays tienen derecho a casarse. El otro estaba recién rezando con nosotros. Lo está tratando al primero de inmoral. Le dice que cómo va a entender un chico si tiene dos padres hombres o dos madres, cómo va a saber quién es quién. Y eso es cierto, que en casa está muy en claro quién es quién. Papá es el que manda, mamá la que obedece.
Se insultan. Al otro que habla, que tiene voz así como de maricón, le gritan de todo. Puto, desviado, inmoral… Me parece que uno de atrás le gritó “Satanás”. Un poco exagerado, digo yo…
Y yo empiezo a pensar en cómo sería mi casamiento, y cómo sería mi vestido de novia. Acampanado y medio rosa, seguro, como el de La Sirenita. Y me pongo colorada pensando en ese beso secreto que tuve. Y me parece increíble que haya estado en mis labios unos segundos... Creo que incluso tocamos las lenguas un poquito. Pero nos dio vergüenza y lo dejamos ahí. Mamá y papá no saben nada. Solamente Cami sabe. Y yo.
Comienza a haber un tumulto enorme. Empieza a haber gritos, y gente preguntando. Los de la bandera del arco iris saltan y festejan. Un voto a favor de ellos. El grupo de oración se vuelve a juntar. Busco a mi mamá con la mirada. Está indignada, persignándose, mirando con odio el pito inflado que hay en un costado. Viene hacia donde estoy yo. Me corro, porque pienso que va a pasar, del envión que trae, pero no. Se pone atrás mío y me sujeta la cara, esta vez con mucha fuerza. Arriba, veo el globo que dice “Comunidad homosexual”.
- ¡Mamá!... –digo entre dientes, casi sin poder mover la mandíbula – ¡Me duele!
- Mirá, Sabrina, mirá alrededor.
Cierro los ojos, porque las manos de mamá me están haciendo mal.
- Me duele…
- ¡Mirá, Sabrina! –me grita, sacudiéndome. Con algo de miedo, miro alrededor. Nunca la vi a mamá tan sacada – Mirá eso, mirá esta… ¿gente? Animales, son. O ni siquiera. Los animales saben qué va dónde. ¡Mirá eso!
Me vuelve a sacudir la cabeza, y me la gira para un lado. Hay un travesti gordo transando, mal, con un tipo. Me quedo con la vista fija. Nunca vi una cosa así. Me da como impresión.
- Asqueroso, es. Antinatural. Eso es ser homosexual ¿Lo ves? ¡Es una enfermedad asquerosa!
Me suelta la cara bruscamente y señala. Hay muchas parejas besándose y festejando. Dos señoras agarradas de la mano, dos pibes jóvenes sonriéndose. Un grupo salta abrazado y otro hace flamear una bandera de colores inmensa.
- A esto vamos, Sabrina – me dice mamá, y me ya da miedo lo sacada que está -. A esto. A esta depravación. Mujeres con mujeres, hombres con hombres. Esto es una inmundicia, es pecado, es un insulto a Dios. Están enfermos, están todos enfermos.
Me pone un dedo en el pecho y empuja fuerte.
- ¡Rezá! ¡A todos estos se los va a llevar el Diablo, Sabrina! ¡Se los va a llevar al infierno! ¡Rezá, Sabrina! ¡Rezá por nuestras almas!
Mamá se persigna y yo también. Pero mientras ella reza yo miro alrededor. Y ahora sí que presto atención, y me da miedo. De pronto toda esta gente que festeja se me hace maligna. Empiezo a ver o que dice mamá, depravación en la cara de ellos. Veo al travesti gordo transando con el tipo. Veo las lenguas de ellos, afuera de las bocas, lamiendo. Y de pronto mi primer beso se me hace asqueroso. Y veo a dos mujeres abrazadas, un chico joven y un tipo grande chuponeándose. Me da náuseas, y miedo. “Rezá” escucho la voz de mamá en la cabeza “Se los va a llevar el Diablo, ¡rezá!”. Y empiezo a rezar, para adentro, un padrenuestro. Lo rezo mecánicamente, casi sin pensarlo. “Padrenuestro questás en loscielos, santificado sea tunombre. Ven ganosotros turreino”. Y de pronto empiezo a imaginarme la furia de Dios sobre nosotros. Sobre todos. Sobre ellos y sobre nosotros. Viene su reino. Empiezo a acordarme de catequesis, del diluvio, y de cómo la maestra nos dijo que había una ciudad llena de homosexuales que Dios había destruido. Y de pronto me marea el ruido, los gritos, los cantos, las cámaras, los rezos. ¿Y si Buenos Aires se llena de homosexuales? ¿Nos vamos a morir todos?
“Hagasé tu voluntad, asiénla Tierra comoenel Cielo” digo, pero me arrepiento apenas lo digo, y me da miedo de que se haga esa voluntad. La veo a mamá rezando frenéticamente, con los ojos cerrados, y balanceándose un poco. Me doy cuenta de lo cerca que están todos. El travesti, las mujeres de la mano, el chico y el viejo lamiéndose. Todos. “Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas…” me da terror de haber ofendido a Dios, del castigo. Terror de una ciudad homosexual, del rezo de mamá, los gritos y golpes de papá. “Líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal”. Cierro los ojos con fuerza y rezo con todo lo que puedo, tan fuerte como me sale, como recé cuando creí que me iban a cambiar de escuela y lloré por dos días seguidos. Creo que me balanceo, ya no siento el frío, uno las manos, rezo.
Líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del mal, líbranos del…
Me sobresalta una mano en el hombro, y abro los ojos de golpe.
- ¿Es tuyo?... Se te cayó, ¿no?
Y tengo delante mío a uno de ellos. Un hombre grande, con algunas canas. Tiene voz de afeminado y una bandera multicolor anudada al cuello. En la mano tiene mi bufanda, y la estira hacia mí. Lo miro con espanto. Está demasiado cerca, y siento el olor agrio de su aliento, y veo la depravación en su sonrisa, y me da miedo. Y está muy cerca, demasiado cerca…
- ¡Fuera! –le grito con terror, y lo empujo.
Veo que se tambalea, pero no se mueve, mirándome con sorpresa. Se queda donde está. Está demasiado cerca, me da miedo que Dios me confunda con uno de ellos.
- ¡Depravado! ¡Maricón! –lo empujo con fuerza, esta vez, y le pateo la pierna con furia.
Grita de dolor, se sujeta la pierna y me mira, incrédulo. Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… No puedo entender su mirada. Ya no entiendo eso, ni nada. Pero cuando el maricón se me acerca, mi mamá aparece a mi lado y me abraza, enfrentándose a él con la mirada. Se miran un rato, y al final el maricón se va. Me dice maleducada, tira mi bufanda al piso, y se va. Mamá y yo nos quedamos viéndolo irse. Cuando ya está lejos, mamá me abraza con fuerza. Me besa la frente y me abraza más fuerte. Yo todavía no puedo reaccionar.
Aún estoy agitada y asustada cuando se separa de mí y se agacha a recoger mi bufanda.
- ¡¡No la toques!! –le grito, y ella se detiene a mitad de camino. Me mira – Es contagioso. Como la lepra.
Mamá me mira unos segundos a los ojos. No entiendo su mirada, tampoco. Me acomoda el flequillo detrás de la oreja y me acaricia la mejilla.
Y me dice:
- Vamos a casa.
Mientras camino detrás de ella, con las manos en los bolsillos, intentando no tocarme con nadie, pienso en la carta de Camila. En la pregunta al final de la carta de Camila. La que no respondí.
Mañana voy a responderle que no. Y que ese beso fue un error.
Y que está enferma...
Y que no me hable nunca más.
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