viernes, 27 de agosto de 2010

Desparramo los restos de la cena temprana. Tiro todas las miguitas del mantel. Rodeo la mesa con mi mano abierta. Nadie me escucha. Pregunto: ¿Me ves? afuera suenan unos cachos o cachas. Unos candombes o coros, canciones, versiones. En el balcón de casa están mamá, papá y la Gorda, cabeza afuera chusmeando todo ahí abajo. “El corralito” dicen: ¿Qué? ¿De dónde escaparon las ovejas?, ¿no pastaban en la calma Pampa? Es como los pastos cortos del patio del abuelo, o como los pollitos caídos dentro de la caja de cartón ahí olvidados. Casi me hago bolita y ruedo entre los chillidos de las cacerolas abiertas del rumor estrépito de la vereda repleta. Los hierros, los teflones, las pavas, una orquesta enorme gritando. Papá puteaba bajito mientras señalaba a mamá quiénes andaban ahí caceroleando. La Gorda y yo prendimos la tele: apareció Cavallo que decía que se iba, ¿adónde? Pensé en las ovejas de aquel corral, en el campo abierto, en las ganas de irme a la playa a jugar con las olas y el mar. “Entre las idas y las venidas parecía que estallaba el mundo” - eso le decía Susana a mamá cuando se cruzaron en el pasillo, justo el día después de las cacerolas y el corral. Afuera crisálida pálida la luz, los edificios la muerte, la huída la nube cruda. Era la niña que mora que espera. En la pantalla los saqueos, las caras del llanto, ¿qué era un país? ¿Qué era una Nación? Silencio. ¿Me ves? Ni madre ni padre me ven mientras lloro en la ventana los ojos del otro. Quiénes son ellos, cuáles sus amores, cuáles sus muertes, sus tiros, su sangre. Cuál su corral.


Natalia Romero

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