lunes, 30 de agosto de 2010

Verano sin Club

 María Luján Tilli

Pelota, cancha, pasto, pileta… -Francisco, es tu vieja, vení a atender nene- me grita Hugo, el gordo que atiende el buffet del Club. “Tenés que venir a casa ya con tu hermana. Vienen en malón desde el fondo. Van a prender fuego el Club” dice mamá del otro lado del teléfono. -Virginia vení, mamá está loca, me habló a los gritos por teléfono recién. Habla de un malón- está sentada en el piso del otro lado de la cancha en pose con sus amigas, hablando con los tarados de básquet. -¿Qué malón?- contesta, -No se, vamos antes de que venga y se enoje.-
A mi hermana no le gusta que la manden, menos su hermano menor, menos delante de los tarados de básquet. Se levanta de golpe y me empuja a un costado. Yo camino apurado detrás de ella, “Virginia esperame, tengo la bici atada”. “Dejala, vamos a ver que quiere la vieja y volvemos”. Camino a casa mi hermana patea la tierra haciéndomela tragar, como siempre voy detrás de ella. Me duelen los brazos, la pileta me cansó. Las cuatro cuadras a casa parecen estirarse, tardamos años en llegar. Hace mucho calor, me siento incómodo, no hay nadie en la calle y pienso en el malón que nombró mamá. Virginia murmura insultos para la mami. ¿Quién podría querer incendiar el Club? Virginia mira la tierra, apreta los puños y la boca. Creo que la mami espiaba por la ventana cuando llegamos porque abrió la puerta ni bien pisamos la vereda de casa. La cocina está a oscuras. Toda la casa.

Tele prendida, humo. Humo, humo, gritos, cacerolas, gritos, calles cortadas. Humo, humo.

-¿Qué pasa?-

-Se fue todo a la mierda, ustedes dos no se mueven de acá, no se les ocurra salir ni a la esquina.-
Mi bici.

Las manos de mamá tiemblan, están coloradas de tanto apretar un paquete de cigarrillos. Virginia la mira con odio y desaparece pegando un portazo. Se encierra en el cuarto, no me deja entrar. Vuelvo a la cocina, la panza me hace ruido, tengo hambre. La mami no se da cuenta así que me preparo solo la leche. Tengo ganas de comer galletitas marmoladas pero prefiero no pedir permiso para ir a comprar. Mamá frente a la tele, grita, llora, se toma la cara con fuerza. La gente en la tele corre, grita, llora. Mamá se deja los dedos marcados en los pómulos blancos, ahora rojos. El cenicero es una montaña de colillas. No saca los ojos de la pantalla del televisor, no me contesta. Me canso, me aburro. Virginia por fin me deja entrar al cuarto a buscar mis juguetes. Habla por teléfono con sus amigas, se prueba la ropa nueva que recibió para su cumpleaños. Espera que mamá nos deje volver a salir pronto para estrenarla. Yo también quiero hablar con mis amigos. Quiero ir a rescatar mi bicicleta.

-¿Puedo ir al Club mamá?

-¿No entendés que es tierra de nadie? ¿No ves la televisión?

La gente se toma aviones en la tele, llora y se va. Acá afuera no pasa nada, está todo igual, yo lo sé, espié por la terraza. Mamá me fajó, me descubrió. Me dijo que estoy buscando que los saqueadores me peguen un tiro, que nos maten a los tres. Estoy casi seguro que en el supermercado de la otra cuadra miran el mismo canal que mamá. Están en el techo hace una semana, desde que volvimos del Club con Virginia y no volvimos a salir. Están ahí arriba día y noche, con armas largas. Pero no pasa nada. Mi bici, sigue en el Club. Por suerte tiene cadena.

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