Terminaba el partido y nos íbamos. Por eso papá, apenas el árbitro de amarillo pensando que ya se había jugado lo suficiente hizo sonar su silbato, apagó rápido la tele y me dijo que me pusiera algún abrigo que íbamos a buscar las tarjetas. La verdad venía esperando bastante este día, pensaba que era un sábado de emociones. Primero el partido, después a la tarde ir a buscar las tarjetitas de cumpleaños. No eran grandes cosas pero eran pequeñas caricias que no se dan siempre y que, al fin de cuentas, terminan haciendo de un día algo especial, distinto a la mayoría. Sin embargo, ahora me encontraba algo decepcionado, lo cual era normal. Ya de a poco se iba acabando todo, había terminado el partido, en instantes tendríamos en nuestras manos las tarjetas y probablemente la alegría de que estuvieran conmigo duraría algunas horas más, hasta que se contagiaran la cotidianeidad de alguna mesa conocida o de algún viejo cajón. Por otro lado, todavía quedaban países por jugar, a unos miraría con algo más de interés que a otros pero, claro, no era lo mismo, al menos ahora.
Estoy seguro que papá pensaba lo mismo. Mientras caminábamos al local noté que tenía un andar poco enérgico, distinto al habitual que los años trabajando en el Centro le habían dado. También me di cuenta que la sonrisa que tenía a la mañana se le había desdibujado un poco y que su mirada no se despegaba del piso. Esto último me llamó menos la atención, supuse que se estaría cuidando de tropezar con algunas de las tantas baldosas rebeldes que últimamente obstaculizaban el paso. Tal vez debería haberle sugerido que levantara la vista. No para mirar hacia adelante, me parecía inapropiado, que no lo entendería por ahora. Además confiaba que yo, que estaba un poco mejor, por hoy podría guiarlo un poco. Más bien, debería haber levantado la vista hacia arriba, al cielo, que había tomado un color naranja hermoso, fuerte y furioso, pero no dejaba de ser un espectáculo increíble. Lamenté también que no hubiera nadie caminando por el barrio en ese momento para verlo. La avenida Rivadavia estaba completamente vacía. Que hubiera habido más negocios abiertos podría haber ayudado un poco, lo cierto es que ni siquiera pasaban autos a toda velocidad para ignorar el fenómeno, era como si toda la gente estuviese al tanto que enseguida íbamos a retirar las tarjetas y que con eso finalizaba definitivamente el sábado.
No tardamos mucho en llegar. El comercio estaba metido en una pequeña galería al aire libre, que a su vez se encontraba apretada entre grandes negocios techados, y cerrados por supuesto. Realmente era un respiro en aquella avenida en días agitados. Si uno se cansaba un poco de esquivar tanta gente, tranquilamente podía entrar en aquel lugar y sentarse un rato en los bancos que seguro un estratega había ubicado enfrente de sus locales. Usted descanse, pero, eso sí, no deje de mirar y comprar. El lugar de las tarjetas era el único que estaba abierto allí a esa hora. Seguramente el dueño no miraría fútbol, o no sería de acá. Cuando entramos, el vendedor, que se encontraba cantando alegre mientras, agachado, acomodaba algunos productos en su vidriera, se levantó casi de inmediato, sorprendido de tener clientes un día como hoy. No obstante, miró a mi papá y casi al instante recordó su cara, la que unos días antes se había acercado a pedir unas tarjetas personalizadas de cumpleaños. Obviamente no eran para él, las había pedido para mí. Estaba en una época en la que mis amigos hacían cumpleaños bastante seguido, entonces los regalos se multiplicaban y las tarjetas que patentaban que esos presentes eran míos, o de mis padres que los compraban y me cedían los reconocimientos, desaparecían. El comerciante no tardó mucho en encontrar las tarjetas, las tenía separadas a un lado de su mostrador. Cuando nos las dio, su rostro esbozó una mueca burlona. Y, sinceramente, no era para menos. Si era extranjero, era lógico que le causara risa que mis tarjetas tuvieran impresas inocentes pelotas de fútbol. Hoy estaban fuera de lugar. Por eso me apuré en quitárselas de las manos a mi papá. Le sonreí brevemente, como una muestra sincera y verdadera de que me gustaban pero, por sobre todas las cosas, de agradecimiento por habérmelas comprado y de haberlas venido a buscar después del partido, y las escondí en un bolsillo de mi campera.
Una vez que salimos, a partir de una propuesta de él, nos dirigimos al parque que estaba a unas seis cuadras de allí. Pensé en no aceptarle la oferta, en hacerle un favor, seguro que desde que salimos de casa estaría pensando en volver. Aunque también imaginaba que tal vez distraerse un poco afuera no le haría mal, y esto terminó por convencerme para ir. Llegamos y, luego de inspeccionar un poco el lugar, decidió sentarse sobre el pasto, desplomándose pesadamente, descubriendo manojos de bronca que hasta entonces había sabido controlar bastante bien. Yo, sin hacer comentarios, lo acompañé. Cerca de allí, había unos chicos que pateaban una pelota hacía varios minutos. Mi papá, seguro cansado de mirar tanto fútbol en el día, no los seguía, pero a mí me llamaban mucho la atención, no jugaban mal, y además había varios que tenían la camiseta de nuestra Selección, exactamente la misma que tenían los jugadores que habían perdido hace un rato. Y, de pronto, de tanto mirar, empecé a sentir unas ganas locas por jugar con ellos, de correr, patear la pelota, pasársela al resto. Sabía que quizás no debía, que era preferible acompañar a mi padre, pero era más fuerte que yo, tanto, que uno de los chicos advirtió mi concentración en lo que hacían, se acercó y me preguntó si tenía ganas de acompañarlos, que les faltaba un jugador para poder empezar un partido. Enseguida, lo miré a mi papá que, pese a su desencanto, en silencio, y probablemente habiendo advertido también como mi cuerpo se despegaba inquieto del suelo por atracción con la redonda, con un gesto de aprobación me liberó, demostrando, pensé, algo de lo que tanto me insistía cada vez que mirábamos juntos un partido, los códigos del fútbol. Mientras me alejaba con el chico, pude ver en un momento cómo mi papá desde abajo lo miraba atento, como si lo inquietara lo alto y rubio que se veía desde allí o el hecho que llevara puesto extrañamente un buzo de arquero, el de la Juventus italiana, el de Van der Sar, nombre que gigante y amarillo llevaba estampado en su espalda negra. Empezado el partido me encontré con bastante habilidad con la pelota, raro teniendo en cuenta que siempre me costaba bastante al principio ajustar los pases para que mis compañeros los recibieran con comodidad. De todas maneras, viendo cómo el cansancio con el correr de los minutos me alejaba de las jugadas, me alegré en confirmar que tenía compañeros que jugaban bastante mejor que yo, de esos que nunca necesitaban tener un buen día o rezar antes para jugar bien. De vez en cuando, aprovechaba para juntarme y tocar la pelota con uno de los de camiseta argentina, que tenía mucha técnica, para que papá mirara. Yo le dejaba la pelota, él se sacaba de encima uno o dos jugadores, con la elegancia con la que seguramente también evitaba estudiar para las pruebas y así pasar los ratos peloteando en el parque, y después me la devolvía, recién cuando, con lo que podía, me apuraba en llegar al área contraria de un pique, haciendo claramente la tarea más sencilla. No me lucía pero cumplía, siempre era así, y con eso me alcanzaba y me iba aplaudido. Por eso, luego de intentar hacerlo un par de veces, me encontré también con que eso había sido suficiente también para llamar la atención de mi papá, que ahora nos miraba analítico, como siempre lo había hecho. Pero, luego, con los chicos advertimos que, de a poco, no sólo era mi padre el que miraba, sino que una multitud vestida de celeste y blanco empezó a acercarse a los alrededores de la canchita improvisada y a murmurar, opinar sobre cómo jugábamos. Entonces, a partir de allí, las responsabilidades comenzaron a crecer. Todos empezamos a jugar más concentrados. Los pases se hacían arriesgando menos, para que no haya errores. Se tiraban empecinadamente más tiros al arco para mejorar el espectáculo. Se corría cada pelota que parecía inalcanzable con una voluntad gigantesca, como si por llegar a ella estuviéramos convencidos de poder cambiarles el resultado de aquel otro encuentro triste. Y las personas se daban cuenta y respondían en consecuencia. Si aparecían jugadas de riesgo se empezaba a escuchar el aliento entusiasmado de afuera. Y si, por ahí, el partido dejaba de ser vistoso, entonces se arrimaban tímidamente cánticos, que creí no se escucharían en días, para levantar el nivel. Ya para ese entonces, el cielo anaranjado había mutado transformándose en un azul profundo, con suaves brisas que nos renovaban el ánimo a todos y avisaban que la noche también quería ser parte de todo ello, en especial del gol. Y éste llegó en uno de los tantos pases seguidos que nos hicimos en continuado con mi socio, el habilidoso. En una de esas paredes, llegué al fondo del área rival por la derecha y, presuroso, toqué la pelota hacia el medio, logrando que esquivara al arquero y haciéndola rodar en forma paralela a la línea de gol, perfecta, igual que esa tarde naranja lindísima que mi papá y toda esta gente se había perdido por mi culpa, por lamentarse en sus casas conmigo el hecho de haber comprado aquellas tarjetas, para que apareciera el gambeteador de Argentina por el otro lado y la empujara con cariño al arco. Y el goleador gritó y fue el grito eufórico de todos en el parque. En ese momento, a nuestro alrededor, los celestes y blancos se fundían felices en abrazos conmovedores de distintos matices. La gente que se había asomado desde los balcones de los edificios cercanos también aplaudía agradecida, salvo aquellos pocos que miraban desde los viejos y lujosos rascacielos y, desentendidos, no comprendían que pasaba. Van der Sar, esta vez en el suelo, se lamentaba no haber podido tapar aquella pelota que le terminó costando el partido, y mi papá volvía a recuperar la sonrisa de la mañana, que yo esperaba le durase otros cuatro años.
Gonzalo Olaberría
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