Por Nayla Simeone
Parecía un día como cualquier otro. Yo estaba con él mirando la televisión en el quiosco. Nos entreteníamos con Los Simpson mientras se hacía la hora de que yo volviera a mi casa. Nada rompía con la tranquilidad que nos contagiábamos mutuamente. Sólo nos reíamos de los chistes que hacían los muñecos amarillos.
Se hicieron las 6, y sola caminé hasta la parada. Había mucha gente y los autos tocaban bocina. Muchos autos, muchas bocinas. Me sentía un poco aturdida, aunque seguía tranquila, pero el calor de diciembre no ayudaba demasiado. Llegué a la parada, y me senté a esperar el micro Chevallier, que me llevaría a destino.
De repente, él vino corriendo. Hacía 10 minutos que nos habíamos despedido. Me pidió que no me fuera, que alguien quería hablar conmigo por teléfono. Volví al quiosco y tomé el tubo. Era mi hermano mayor: “tengo miedo”, me dijo. “Son miles, corren, gritan, y pasan con las cosas cargadas al hombro. Esto parece una guerra y tengo miedo de que entren en casa”, agregó. Mi hermano nunca miente. Quería estar ahí con él. No sé por qué estaba tan lejos.
Miré el televisor, y cambié de canal. La gente estaba desesperada. Todos gritaban al mismo tiempo con los ojos sacados. Todos acusaban tener hambre. Todos. Parecía como si se hubieran vuelto pobres de un segundo a otro. ¿Y yo? Estaba en el quiosco, rodeada de cosas que en un rato podían estar en manos de otros, y no a cambio de dinero. Quería un abrazo de mi hermano, y que todo se terminara ahí. No soportaba ser parte de eso, que ni siquiera entendía bien qué era. ¿Todos tenían hambre de repente? ¿Nadie tenía dinero?
Finalmente él decidió llevarme en auto. En la ruta nos frenaron y nos quería obligar a que los lleváramos a Campana. Pero él los supo esquivar. Sus rostros eran horribles. Algunos lo tenían tapado. El asfalto era un desierto, aunque cada tanto un grupo de hombres se nos acercaba nuevamente con intención de frenarnos, y nos miraban seriamente. Yo no emitía ni un sonido.
Después de un largo recorrido, llegamos y nos encontramos con el desastre. Cual hormigas, miles de personas corrían todas en la misma dirección. De aquel bonito lugar en el que mi mamá me hacía elegir siempre algún capricho, sólo quedaban las paredes, el techo, las puertas y algunas chapas. Era un malón corriendo con cajas y carritos llenos de cosas. ¿Eran pobres y tenían hambre? Mucha gente muere de hambre a diario, pero yo nunca había visto una cosa así.
En mi barrio los nenes no jugaban. Los padres pasaban por la puerta de mi casa con heladeras y lavarropas. ¿Eso también era porque tenían hambre? No entendía muy bien. Finalmente pude entrar a mi hogar. Él era una circunstancia, igual que todo lo que estaba sucediendo. Decidió regresar. Lo saludé y me bajé del auto.
Atravesé la puerta de entrada, y cuando entré a la cocina, todos estaban como hipnotizados frente al televisor. Nadie me explicó. Miré y vi autos prendiéndose fuego, gente con palos, caras tapadas, y un hombre ensangrentado que temblaba tirado arriba de una escalera y nadie lo ayudaba. Nadie. Me dolió la panza. La miré a mi mamá y supe que él me había preservado de todo aquello. Por eso no entendía nada. Tenía un nudo en la garganta. La abracé y sentí un gran alivio. Me puse a llorar, porque esa gente que veía lastimada podíamos ser yo, mi mamá, mi papá, mi hermano o él. Aunque no lo éramos me desesperaba no saber qué pasaría al día siguiente. No entendía por qué la gente tenía tanto enojo.
Sonó el teléfono y atendí. Era Don Alberto. Me dijo que le avisara a mi papá que si nos quedábamos sin comida, él tenía la puerta de atrás del almacén abierta, pero que no le avisáramos a nadie. Parecía que todos teníamos hambre al mismo tiempo. Y que por primera vez desde que yo existo, todos queríamos zacearla al unísono.
No hay comentarios:
Publicar un comentario