sábado, 28 de agosto de 2010

El Paseo


El olor a tostadas y café que venían de la cocina me despertaron de repente y lo primero que vino a mi mente fue un deseo casi desesperanzado de que sea un día de sol. Pero mis cachetes y mi nariz estaban demasiados fríos como para que se cumpla mi anhelo y al mirar hacia la ventana confirmé mi temor: estaba el cielo todo gris, lleno de nubes negras y la gente en la calle estaba muy abrigada con gorros, tapados y bufandas. ¡Cómo odiaba que los domingos amanezca así!, justo el día que más me gustaba de la semana, pero claro, los días de sol siempre se reservaban para aparecer los lunes, los malditos lunes en los que debía ir al colegio. Todos eran iguales, me levantaba después del tercero o cuarto grito de mi mamà, me cepillaba los dientes me vestía, y bajaba a la cocina. Papá siempre estaba sentado en la punta de la mesa, leyendo el diario y protestando, mamà, escuchaba la radio y me servía las tostadas con dulce de ciruela mientras Nenè me repasaba el guardapolvo, porque al colegio había que ir siempre impecables, me decía mamà. Después me acompañaba Nenè, mi escuela estaba a dos cuadras de casa, pero yo las caminaba despacito esperando que algún meteorito o con menos suerte un perro me mordiera y me haga volver a casa y mamà no pueda decir ni A. Nunca pasaba eso.

En cambio los domingos siempre lluvia, siempre frío, el día que venía la tía Pina y me llevaba a pasear por lugares imprevistos, pero eso no me importaba, yo sacaba mi pilotìn, mi paraguas y la esperaba en el porche.

Ya eran las once de la mañana y la tía nunca llegaba tarde, siempre estaba a las diez menos cuarto con su tapado de piel, con una bolsa de medias horas y dejando un rastro de colonia Henno de Pravia por donde caminara. “No va a venir hoy Clara, entrà que hace frío y vas a resfriarte”, me decía mamà desde la puerta. Pero yo sabía que no me iba a fallar, quizás se había quedado dormida, o alguna vecina se le había puesto a dar charla en el camino, o capaz que un meteorito… “No no basta de pensar tonterías, ya va a llegar” repetía en mi cabeza.

A las doce menos cuarto vì de lejos el caminar apurado de un tapado rojo y sentí que mi corazón se agitaba y me corría la sangre por todo el cuerpo. ¡Tía Pina viniste! Grité y la abracé. Estaba como preocupada, y no quería que mamà sepa que había venido, entonces siguiendo sus órdenes tomè el paraguas del porche y nos fuimos rápido a la parada del colectivo. ¡Cómo tardaba en llegar! La tìa me dijo algo de que el país entero estaba parado, pero no me importaba a mí. Yo solo quería aprovechar mi día de paseo, y cada vez perdía más tiempo. Casi no había gente en la calle, pensé que era raro, porque a todos les gusta salir los domingos y disfrutar del fin de semana. Pasaron dos señoras vestidas de negro casi rozándome mi vestido y me diò mucho miedo, podían haber sido brujas y haberme hecho algún maleficio.

Después de caminar como una hora, ya podía sentir ampollas en los pies, porque las botitas me apretaban bastante, mamà insistía en que ese era mi número de calzado, y que una niñita debía tener pies pequeños pero los míos ya no entraban bien allì.

A medida que llegábamos al centro pude observar que las personas que caminaban por ahì miraban mal a mi tìa y de pronto una mujer, también vestida toda de negro le murmuró “desalmada” al pasarle por el costado. Yo le pregunté porque habían dicho eso, pero ella empezó a hablarme de animales, de perros muertos que se les había acabado la rabia, y yo pensé ojala que no sea Ronnie el perro del abuelo.

Parecía que la gente se había vuelto loca, aparte no entendía porquè copiaban esas modas de las revistas que leía mamà, y me di cuenta que ahora se usaba la ropa toda negra, en hombres y mujeres, y yo sentí mucho miedo porque todos parecían como personas muertas, tristes caminando por la calle, no les quedaba para nada bien copiar las revistas, pensé. Cuando pasamos el edifico enorme de columnas grises, que tenía el techo de forma redonda, y estaba siempre lleno de palomas, llegamos a nuestro lugar preferido: la confitería del Molino. Allí había comido las mejores tortas de milhojas de toda mi vida y los submarinos eran con mucho más chocolate que los que hacía Nenè, ella le ponía poca azúcar y siempre le quedaba nata en la tasa, a mi la nata no me gustaba nada, me daba asco. Pero cuando quisimos entrar salió un mozo de adentro de la confitería y nos dijo que estaba cerrado, que no sabían cuando iban a poder volver a abrir. Y claro, pensé se habían vuelto pobres y tuvieron que cerrar, como dice papá en este país los que se habían esforzado y tenían un buen pasar debían perder todo para entregárselo a los vagos y atorrantes que no quería trabajar. La tía Pina se enojó muchísimo, me apretó fuerte la mano y me dijo que volveríamos para casa, que ya no se podía vivir más acá que todos debían pagar las decisiones de unos pocos. No podía creer que se había terminado mi paseo, pero de pronto cuando cruzábamos la calle volviendo para el edificio vì que se estaba llenando de capas negras, de gamulanes, de flores blancas, muchas y por todos lados, en formas de círculos gigantes y había mucho olor a cumpleaños, a cuando soplas la velita de las tortas. Yo no veía nada eran todos altos y las mujeres lloraban muy tristes, yo estaba realmente asustada, parecía una invasión de muertos vivos que nos iba a atrapar a mi tía y a mí. Nuevamente me amarró fuerte del brazo y empezamos a caminar rápido, alejándonos de la muchedumbre, caminamos, caminamos y caminamos hasta que me largué a llorar porque me dolían mucho los pies. Igual ya estábamos cerca de mi casa, habíamos llegado a la pared alta de ladrillos, al lugar donde dormían las personas que ya no se volverían a despertar, así que me tranquilicé. Cuando me volví a calzar los zapatos porque ya sentía mucho frío y en cualquier momento se iba a largar a llover, levanté mi cabeza y vì letras escritas. Como la señorita Ana me había enseñado a leer estaba contenta de que iba a poder entender lo que decía en el paredón del cementerio: V de vaca, vii v de vaca de nuevo, viva el ca casa nn cer, viva el cáncer. ¡Qué cosas raras que escribía la gente! Cuando busqué a mi tía para preguntarle que querían decir esas palabras ella ya estaba al final de la cuadra y me apuré porque no quería quedarme sola, quien sabe lo que podía pasarle a uno, podían venir brujas de negro, perros con ganas de morderme, o se me podía caer un meteorito encima y no contaba el cuento.

Lucía Grasso

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