sábado, 21 de agosto de 2010

Grupo 2 Prof Irene Klein Ejercicio 1:

Ejercicio 1
Escribir un texto a partir de las siguientes afirmaciones:
La ficción es evasión.
La literatura es una pérdida de tiempo.
Para escribir es necesaria la inspiración.
La creación literaria es producto de la genialidad.

Agustín Saavedra

            Una silla, el murmullo de dos profesoras, alguien abre una botella de agua; afuera, alguien trabaja sobre una chapa. Una conversación telefónica, dos ventiladores, la luz metálica de una ventana.
            La literatura es observación. ¿La escritura es literatura? Sí, no, siempre, nunca. La genialidad está en el pasado, o en el futuro. Ahora no existe, ahora puro texto sin inspiración. Suelto el tambor de mi mano y aparecen los perros de la calle, qué productiva la pérdida de tiempo de los perros de la calle, y los viejos, que miran vidrieras, acaso una librería, libros, textos, genialidades inspiradas en el pasado.
            Cuento los bancos de este lugar. Me interrumpen el zumbido de un motor, un ruido afinado, y el cruce metálico de la luz que se achica. Aparece Silvina Ocampo en Villa Ocampo ¿San Isidro o Mar del Plata? La cultura es esto, la cultura esto no. 
            La creación literaria es producto de la genialidad de la calle, de la vida en la calle que el texto involucra, no evade, compromete: alguien se encierra en un texto mientras otro, afuera, golpea una chapa y acaso intuye que alguien escribe sobre él, o no, qué sé yo.
            El tambor de mi mano golpea algo que está en otro sitio. La literatura es atemporal y se compromete a raja tabla con el tiempo suyo, propio, así como cada tiza se compromete con su palabra, y no con otra, con una coma, algo tachado, el techo de una palabra que no llegó.
            El techo de este lugar se extiende en las telarañas, varía en las manchas blancas, amarillas, se deja escribir por la genialidad del caño que encierra el gas, por la inspiración de quien lo vea.
            Y entonces, qué es esto: ¿pura masturbación estética? ¿Sólo un goce verbal? Qué sé yo.


Alejandro Zarlenga

¿La ficción es sinónimo de evasión?

Podríamos pensar que la ficción consiste en esquivar el sendero de los hechos reales y adentrarse en un camino paralelo que no merecería ser incluido en la categoría de “lo real”. En este sentido, la autobiografía sería el género, por excelencia, de la no evasión. Sin embargo, podría utilizarse el género autobiográfico para relatar hechos que no sucedieron realmente o que no ocurrieron tal cual se los escribe. De esta forma, prefiero afirmar que la ficción puede utilizarse justamente para lo contrario, es decir, para hacer referencia a un hecho real presentándolo desde la mirada que es posible establecer a partir de los recursos que facilita el género.

Inmediatamente de las reflexiones anteriores, se desprende el tema de la  literatura como pérdida de tiempo. En este caso, podemos pensar que leer un diario es más útil que leer un libro de literatura. Quiero rescatar que el género literario y los géneros periodísticos se unen en varias oportunidades como sucede, por ejemplo, en la crónica.
Parece que es un síntoma de la modernidad y pos-modernidad tener que estar al tanto de todo lo que sucede, informados hasta el último minuto para no perdernos de nada, para no perder el tiempo. Cualquier otra tarea que no sea correr apurados para llegar al trabajo y obtener así el salario a fin de mes o educarse para obtener un título sería una pérdida de tiempo.

Sentarse a leer un libro sería ocupar un segmento de tiempo que nunca más será recuperado. De hecho, cursar un seminario sobre la narrativa de ficción hace ruido o genera intriga, es como un espacio abierto, diferente, en el medio de todo aquello que está señalado como símbolo de la utilización correcta del tiempo. Puede que estas cuestiones sean  las que subyacen a la clasificación de la literatura como pérdida de tiempo, habría que preguntarse qué es lo que creemos que nos perdemos cuando leemos literatura, y ahondar en aquello que este género permite expresar de un modo que otros géneros no permiten, ya que ese momento dedicado a la literatura seguramente echará raíces sobre esos otros momentos que hacen a nuestras vidas.

Por último, sostengo que para escribir es necesario tener algo que contar. Prefiero no indagar en un término como “inspiración”. Simplemente hay algo que uno quiere y necesita poner en palabras. Contárselo a uno mismo y a los demás. Dependiendo de cuán especializado en la escritura esté el autor, elegirá el género que considere apropiado o que necesite para encaminar el relato.

Clara Mendez

Acerca de si la ficción es evasión

Cuando empecé a leer, y cuando digo “empecé a leer” me refiero a agarrar un libro porque sí, yo sola y por mi cuenta, si lo hice para evadir la realidad. El primer libro que leí fue “Los puentes de Madison Country”, una historia bastante dramática para una chica de 11 años, pero yo cerraba los ojos y creía que era Richard y que sacaba fotos para la National Geographic . Si, efectivamente la ficción era evasión. Luego pasaron los años y leía para aprender y también para sentir. Creo que esa es la función del arte; hacernos sentir algo que antes no sentíamos, antes de chocarnos con la obra de arte, ya sea una pintura, una escultura, una película o literatura.

Por supuesto que al decir esto dejo en claro que no creo que la literatura sea una pérdida de tiempo. Escribir me enseñó a entenderme, me enseñó a ver el mundo con otros ojos y leer me enriquece diariamente. La ficción me enseña que las cosas pueden ser vistas de una manera diferente, leer sobre un tema conocido pero con un enfoque distinto me ayuda a salir del etoncentrismo de pensar que las cosas están bien de una (o de mí) manera.

Cortázar dijo que cuando nos regalan un reloj en realidad somos nosotros los obsequiados al reloj. Por supuesto que ficción pero da mucho que pensar, todo lo contrario a evadir.




 David Pérez

           Se podría pensar la ficción como evasión si uno creyera en la verdad. Si uno creyera que la realidad es una y está esperando ser captado con mayor o menor acierto. Sin embargo la ficción es compromiso. Es el compromiso de enfrentar nuestra verdad, diferente a la verdad. Decir mundo, no callarlo. Porque no hay duda de que cuando uno crea ficción no hace más que plasmar lo que la mente filtra de lo que nos rodea. Aquello que no podemos dejar ir sin más. Aquello que significa. No lo evadimos, nos atrevemos a decirlo. Los instrumentos pueden ser lugares no registrados en ningún mapa. Personas que no figuran en la guía telefónica. Hechos sin testigos. Pero todos cantan a unisonó que algo debía ser contado. Que el tiempo seguirá fluyendo pero que se ha realizado un recorte que no erosionara fácilmente. Porque algo debió ser contado, porque no evadimos, porque lo contamos y el acto mismo de hacerlo es compromiso.




Elena Hasapov Aragonés

            “La ficción es evasión” repetía cada clase la profesora alemana de biología que venía preparada a develar en el microscopio cada microorganismo. A ella, en cambio, le gustaba garabatear en los márgenes frases que se le ocurrían. Las fórmulas biológicas quedaban en su hoja sin resolver, pero los márgenes se llenaban y crecían con palabras creativas, ficcionales, inventadas.
            Por otro lado, la profesora de literatura siempre enfatizaba a los alumnos que para escribir es necesaria la inspiración. Pero, para ella, no era así. Sólo ponía su mente en blanco, se zambullía en sí misma y escribía. Generalmente en las horas de biología. Quizás la inspiración provenía de esas mismas clases. Para ella era una necesidad no escuchar a esa docente con acento alemán y una bendición clausurarla en su mente a través de su garabateo ficcional.
            Después, en su casa, tomaba esas pequeñas escrituras marginales sin sentido hechas en hora de clase y las contextualizaba dentro de un cuento cuyo género dependía generalmente del humor de su semana entera, que a su vez dependía de las peleas familiares y de las pruebas del colegio. El género frecuentemente variaba entre cuentos de terror y de ciencia ficción.
            Ella creaba mundos ficcionales y sabía que no era ninguna genia, por eso siempre ponía en duda esa frase que escuchaba en los colectivos, en la televisión y en la calle que insistía en que “la creación literaria es producto de la genialidad.”


Lucía Grasso
La Mano que Mece la Vida.

Siempre desconfié de las frases que afirmaban la verdad acerca de algo. Me inclino a pensar que todo es relativo y que cada oración depende de las circunstancias en las que se pronuncia. Para aquellos que consideran que la ficción es evasión, cabria preguntarles: ¿Evasión de qué? ¿De la realidad? ¿Existe la realidad? Siempre hay una realidad, pero para un alguien, quien la vive, la narra, y la padece. Es común que un escritor, por ejemplo, se largue a escribir de una, como escupiendo las palabras sin pensar, sin buscar una inspiración previa. Quizás esas personas hayan perdido en algún punto su capacidad de crear, de cuestionar de revertir lo ya dicho. O quizás no.
 Escribir, es un arte que surge a partir de nuestras vivencias cotidianas, sería muy triste considerar que solo hay algunos, muy pocos, que son los elegidos, encargados de crear, de imponer, de transmitir la “Verdad”. De esta manera sería inútil la existencia del resto de los seres, quienes olvidados, ya no verían necesaria su permanencia en este mundo. Robando palabras de Sartre, creo que  la literatura es una parte fundamental del hombre, es la cualidad diferencial por la cual cierto mamífero superior se convierte en ser humano. Entonces podríamos pensar que al igual que la imaginación, el poder que poseemos de plasmar en palabras sobre un papel aquello que pasa por nuestras mentes es aquello que nos diferencia del resto de los mortales. Lejos de considerar que la  literatura permite distraernos, entretenernos y huir de la realidad, me atengo a pensar que el verdadero poder que permite la lectura es ayudar a tolerar la vida y soportar la realidad. Como una niñera acunando al bebe, y una vez dormido permaneciendo en vigila a modo  de protectora de sus sueños.


María Luján Tilli
La literatura es una pérdida de tiempo
Días sin tiempo, en pausa. Una rajadura en el reloj. La escritura provoca una suspensión inevitable. Lo cotidiano se aleja y cae en un lugar absurdo. Luego, la literatura empuja y estalla, no sin dolor, pero en silencio. Aparece en la rutina sin escándalos, en el tiempo que transcurre como si nada. La hecha a perder, lo estropea todo.
La literatura es una reflexión necesaria, una producción que ocurre permanentemente. Desborda. A los ojos de la rutina, es producción en pasado. Es objeto determinado, las tapas de un libro, la hoja impresa. Algo de otro tiempo que está ahí, como un ataúd de letras. Es pérdida. Lo reflexivo atenta contra la agenda, el cronograma, el segundero, la costumbre. Invade lugares comunes buscando desalojar la pereza, la desidia, la negligencia. Lo reflexivo es indeterminación.
Dedicarse a la literatura implica destinarse de antemano al fracaso. El mundo reclamará incansablemente una respuesta, una solución sobre alguna cosa. Exigirá palpar, medir, poseer. Observará el trabajo literario a contraluz, verá un contorno negro y dirá: “eso no sirve, no es, no existe”.


Nahuel Robledo



La idea de que la ficción es evasión está tan cerca de la mirada que sobre ella tendría una institutriz severa y conservadora, como de aquella suposición de que lo evocado por la ficción no existe.

¿Cuánto de lo que es ficción uno podría decir a ciencia cierta que nunca pasó, o que a lo largo de toda la historia de la humanidad, alguien no vivió o experimentó como muy real algo que puede contar sólo una imaginación encerrada en un libro?

Creo que todo depende de cómo se mira la ficción.

Si se la lee en clave cartesiana, a lo mejor no se encuentre en ella más que una articulación coherente del lenguaje. Pero si se consideran las sensaciones y emociones que ella puede originar o evocar, lo que cambia un poco es la idea de realidad.



Natalia Romero



            Si la ficción es evasión había que preguntarse evasión de qué. Qué sería eso que la ficción evade, deja de lado, costea. Y además, quién pretende tal determinismo. Para empezar digo: la ficción no evade, construye. En todo caso rodea, esquiva, moldea, rearma. La ficción toma el mundo y hace de él lo que la convocatoria requiera. Con esto quiero decir que justamente la evasión resulta casi un antónimo de la ficción misma. Esta retoma un mundo conocido y palpado, nunca evadido. Y a partir de esta aprehensión, es que se levanta la construcción de todos los mundos posibles.
            Y si la literatura es pérdida de tiempo, habría que preguntarse cuál es ese tiempo que se pierde, o que se da por perdido. Qué es este tiempo del cuál tanto nos hablan y de qué se trata esta pérdida. ¿Cuál es la medición? Si la literatura es pérdida de tiempo, ese es el tiempo otro, es aquel del cuál no escapamos sólo si nos animamos a perderlo. Dejar perdido ese tiempo impuesto entonces, es dar paso a lo nuevo, a la percepción corrida, que parte de las pérdidas gozosas, viscosas y fructíferas de una vida.



Nayla Simeone

La literatura es una pérdida de tiempo… una idea que en algún momento de lo que va de mi vida he pensado, precisamente por estar preocupada por hacer de mi tiempo algo productivo en términos económicos.
Mucho ha pasado en estos últimos años de mi vida, y cuánto tuvo que ver la literatura… y no necesariamente la grandes genialidades, que las hay y no es discutible.
Siempre dejé la literatura  para los ratos libres, para cuando tenía tiempo que no servía para otra cosa. Sin embargo, y a fuerza de ser cabeza dura, aprendí que el tiempo nunca se pierde, y mucho menos cuando se entra en contacto con mundos y experiencias relatadas por otros. Entendí que de compartir se trata, de intercambiar esas ideas plasmadas en letras que son diferentes con cada nueva lectura, que me llenan y me vacían de acuerdo a cada momento de mi historia.
Hoy no dejo de tener mi vida productiva en términos económicos, porque también de eso se trata. No me encierro porque me rodeo de la gente que adoro, y es una necesidad emocional para mantener mis equilibrios, mantengo todas mis actividades, o trato de hacerlo… pero la literatura acompaña todo esto. Tiene un lugar de enriquecimiento imposible de comparar con cualquier otra actividad o cosa… porque ese es mi momento. Cuando leo, me voy un rato de paseo hacia otro lugar. Pierdo noción del tiempo y del espacio. Por eso ya no creo que sea una pérdida, porque no lo contemplo o al menos, trato de esforzarme por no hacerlo. Disfruto de esa conexión con otro mundo… que en algún aspecto tiene que ver con el mío, y en otros no… y aprendo.


Paula Schrott


Ve los pies descalzos y siente frío. Se acuerda cuando su hermana se los tapaba con arena.
Después saca la arena,  borra todo y piensa.
Quiere armar algo que no le parezca una estupidez e intenta ser en eso que escribe. Ni sabe lo que quiere decir tal  afirmación, pero le sale pensarlo.
Espera una imagen que le dispare una idea, o sentirse triste. Cree que no tiene inspiración y en realidad, lo que le falta es constancia: construir, sacar, poner, volver a intentar.
No tiene idea hace cuanto esta sentada en la hoja: quizá hace un almuerzo familiar, un baño o un capítulo de libro, quizá más. Tiempo kairótico.
Va a la ventana.
Observa al hombre que pasa y le pone dos moños más de los que tiene en la camisa, pero le deja el sombrero por que le gusta como le queda y se pone a escribir sobre él: en lo que ve con los ojos y sin los ojos. Sabe que va le va a poner algo de lo que conoció y recuerda, y también lo que ya no sabe recordar, alguna que otra palabra que no tuvo momento en su boca, y las que no podría sino expresar.
Cree que por eso escribe.



Pini Criscuolo


Muchos habrán escuchado decir por ahí que la ficción es evasión. Mi experiencia con ese maravilloso género me ha demostrado una y otra vez que tal afirmación es más que errónea. El contacto con un cuento o una novela posibilita el acceso a universos desconocidos, asociados a la mente del escritor y su entorno, la obra de un autor es la ventana a su ser, a su esencia. Las palabras no son meros caracteres que llenan una hoja en blanco, son experiencias, historia, vida.
La ficción nutre el espíritu, abre caminos, es un abanico de posibilidades que despierta al intelecto, que activa y potencia nuevos mecanismos reflexivos, a veces conscientes, y la mayoría de ellas no.
            En algún otro lugar he oído decir que para escribir es necesaria la inspiración. En primer lugar vale aclarar que la inspiración es considerada muchas veces como algo súbito, una especie de iluminación repentina. Siguiendo tal acepción, la literatura poco tiene que ver con eso. El contacto con las experiencias propias y ajenas es esencial para contar una historia, la sensibilidad en la observación, la búsqueda incansable de nuevos argumentos, personajes, lugares, temáticas.
La escritura es sobre todo perseverancia, labor, reescritura y pasión.


Rafael Blanco

En particular, no tengo una buena relación con las máximas: las máximas bíblicas, las cantidades o dosis máximas, las notas máximas, me –obviamente- superan. Me cuesta recordarlas, les desconfío pero las colecciono en objetos: sobres de azúcar, boletos de colectivo de provincia, mensajes de mi madre en el contestador, que correo maratones contra el minuto que dura el tiempo máximo en el que me deja las máximas: si estás enfermo, el agua de mar todo lo cura/ No trabajes tanto, que al fin de cuentas- Fin del tiempo de mensaje. Las anoto mal, las odio, pero trato –en el tiempo mínimo que dura mi fascinación- de retenerlas. Hoy, recién, hace máximo diez minutos, anoté: para inspirar es necesario el tiempo, la creación literaria es producto de la evasión; para evadirse, es necesaria la literatura.

 

La literatura es una pérdida de tiempo

“La literatura es una pérdida de tiempo, sin duda”. Eso pensaba mientras repartía su tiempo acomodándose indefinidamente en la cama y, cuando no lo hacía, mirando de reojo la televisión. “Por eso no escribo, son mis ideas, son cosas que rara vez me abandonan, para qué las voy a escribir, no cambia nada”. A cada frase que se amoldaba en su cabeza, le seguía casi inconcientemente un apretón al control remoto para cambiar de canal, cada vez con más fuerza, y el intento violento de concentrar su mirada en la pantalla. Enseguida, comenzó a pensar que si no quitaba la vista del aparato podría quedar ciego, que primero comenzaría por nublársele la vista hasta finalmente ver todo blanco. Así, como creyó haber reflexionado otras veces, estuvo un par de minutos haciendo cálculos sobre la numerosa gente a la que posiblemente le hubiese pasado eso y sobre cómo sería la vida en un mundo de ciegos. Para despejarse un poco de todo ello, decidió abandonar su habitación y apurarse en hacerse un café. “Además, son estupideces, son ideas vagas que no tendrían que interesarle a nadie. Contar lo que pienso, por favor…”. Pero era volver a insistir con el tema y que sus manos nuevamente decidieran solas derramar café sobre la mesada de la cocina, permitiendo, cuando inclinaba la taza, que se asomara desde las profundidades la borra de café que comenzaba a formarse. Entonces, de pronto, mirando la parte de aquella silueta, comenzó a pensar que le hubiese gustado mucho saber leer la borra del café, que todavía tenía tiempo para hacerlo, y el olor que en oleadas le acariciaba seductora la nariz le hizo recordar miles de relojes que marcaban las 3, las Ritas que habían pasado por su vida y una alegre melodía rioplatense, que no pudo dejar de tararear hasta que se vio sentado en su escritorio, con sus manos desplazándose con destreza sobre las primeros renglones de una hoja que, de a poco, empezaba a llenarse de historias.

Gonzalo Olaberría






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