martes, 31 de agosto de 2010

G1 TP3: Gigarrillos y una flor

Por Daniel Francisco

La estación Mitre del ramal Mitre – Retiro es cabecera y se encuentra en Olivos entre algunos edificios vistosos y casitas bajas con techos de tejas que decoran los primeros metros de vías rumbo a Capital Federal. Su andén está forjado por grandes placas de hormigón que se inclinan sobre sí mismas cuando los pasajeros circulan sobre ellas. Hay algunos árboles. Algunos asientos.
Sobre una escalera de seis escalones, que une el andén con una plaza, se halla una pareja que parece discutir entre murmullos y caras de amargura.
- Esa es mi realidad – decía ella con algo de resignación y continuaba-, durante estos meses quise plantear esto que me sucede, o nos sucede, pero me ganaba el miedo, me paralizaba la idea de perderlo todo.
- Debiste contármelo antes porque yo también tengo el derecho a elegir – sentenciaba él con algo de enojo en su mirada aunque la escondía entre algunos papeles que estaban abandonados en el piso de tierra de la plaza.

Previamente, María Laura y Gustavo habían tomado un café en el abandonado bar de la estación. Él había comido tres medialunas y ella apenas había bebido el café de a sorbos pequeños pero seguidos. Él había comenzado su lunes como todos los días de la semana: tomaba el tren en Retiro y durante algunas horas se paseaba por los vagones para ganarse la vida en base a dádivas, mientras tocaba alguna canción pegadiza y que apuntara a los sentimientos de los pasajeros. Tenía 36 años y pasaba sus días en la casa de sus padres, en el barrio de Glew, en la zona sur del conurbano bonaerense. Su trabajo era cantar en el tren entre las estaciones de Retiro y Mitre, durante gran parte del día, y pocas veces cambiaba de recorrido. Ese lunes había quedado en encontrarse con María Laura en Olivos a las 11 de la mañana.
Ella tenía 24 años, vivía en San Fernando y era estudiante de Bellas Artes. Esa mañana no había ido al trabajo para encontrarse con Gustavo. Su objetivo era contarle todo lo que a ella le afligía aunque eso trajera cambios en la vida de ambos, incluso de la relación. Era un todo o nada.

- No, no fui a trabajar porque no me sentía bien. Ahora estoy mejor; o no, no sé – eran las palabras que María Laura esgrimía con nerviosismo.
- Bueno, pero ¿qué pasa? Desde anoche que estás rara, que no hablás, que estás evadiendo no sé qué. Me citaste acá, bueno, contame qué pasa.

En ese momento, María Laura supo que iba a contarle lo que tan preocupada la tenía. Era un secreto que podría destrozar la relación o fortalecerla, aunque ella estaba convencida que esto último no ocurriría.
De golpe, y sin premeditarlo más, abrió su boca y no paró de hablar durante siete minutos. Gustavo se acercaba y luego se alejaba. Jugaba con el estuche de su guitarra y fumaba contagiosamente mientras se sentaba en la escalera de chapones verdes y se paraba para apoyarse en la baranda del mismo color. Esta vez a María Laura no le molestaba el humo del cigarrillo.

- Pero estoy bien – pareció culminar María Laura y siguió- me hice los estudios en su momento y ya pasaron tres años. Al principio fue muy difícil porque más allá de tantas pastillas, la cabeza estaba en cualquier lado y pensás lo peor.
- ¿Y por qué tardaste tanto tiempo en decírmelo? –preguntó Gustavo con algo de descuido.
- Porque me daba vergüenza, porque no encontraba el momento, porque mi sexualidad desde ese momento es distinta y vos ahora me pedís otro tipo de compromiso para el cual vos...- y fue interrumpida por Gustavo.
- Nada de compromisos; yo pensé que como somos una pareja constituida que pretende algo más que un simple noviazgo, estaría bueno disfrutar del sexo en todos sus aspectos.
- Por eso mismo es que yo ahora tengo la necesidad y obligación de contarte qué es lo que sucede en mi cuerpo. Si bien yo ya lo acepté, entiendo si vos no podés, si vos no querés.

Mientras ellos conversaban y evaluaban las posibilidades de ahí en mas, una docena de trenes llegaron a la estación, permanecieron un instante y volvieron a partir. Por la plaza caminaron niños con guardapolvos, madres cargando mochilas y varios jóvenes que aprovechaban algún rincón con sol para almorzar y regresar a sus trabajos.
            Luego de varios minutos de silencio, María Laura y Gustavo abandonaron la escalera y treparon al andén. Esperaron al tren mientras él fumaba el último cigarrillo de su atado –que solía durarle el día entero- y ella manoseaba una flor un tanto ajada. Cuando llegó el momento de partir, entraron al furgón, se acomodaron en un asiento un poco maltratado por los años y viajaron en silencio durante más de 20 minutos. Antes de descender del tren, Gustavo dijo:
- Tengo miedo.
- Yo también – acompañó María Laura junto con la mirada repleta de lágrimas.

1 comentario:

Seminario La Narrativa de Ficción dijo...

Daniel, me gusta cómo se arma la escena a partir de indicios y como, sin nombrr el problema, se puede "leer".