Bárbara Bonfili
Fuimos a la 9 de julio por
Belgrano. Había mucha gente por todos lados. Muchos tenían banderitas
argentinas, yo quería una pero cuando llegamos ya no las repartían. Había mucha
gente y avanzábamos muy despacio. Mi mamá me agarraba la mano muy fuerte y yo trataba de seguirla esquivando a la
gente. Cuando llegamos al centro de la calle vi que había rejas, la 9 de julio
parecía un corralito muy largo. Todos se amontonaban contra las vallas, pero en
el medio no había nadie. La calle estaba llena de papelitos, como si hubieran
reventado una piñata gigante. En la escuela nos habían contado que era un día
muy especial porque era como el cumpleaños del país, y todos estábamos
invitados a la fiesta. Todos miraban en la dirección del Obelisco, pero yo no
veía nada interesante, hasta que a lo lejos aparecieron unas luces de colores.
Mi papá me sentó en sus hombros para que viera mejor a las carrozas que se
acercaban. Si miraba a los costados veía muchas cabezas que se iban haciendo
chiquitas. Cuando la primera carroza pasó frente a nosotros me asusté porque había
ángeles con alas muy grandes, y cabezas de animales. Una música rara sonaba muy
alto. A una chica de vestido blanco la paseaban por el aire, como si volara.
Después pasaron los
granaderos. Los reconocí porque estaban vestidos igual a mis compañeros en los
actos de la escuela. Nevaba y hacía frío. Atrás de ellos venían unos barquitos
blancos con gente vestida de anaranjado. Después pasaron unos camiones con
gente bailando arriba. Todos hacían palmas y sonreían.
Atrás venía un barco muy
grande y brillante, y los de arriba saludaban, vestidos con ropa rara. Mamá me
dijo que en un barco como ese habían venido mis tatarabuelos hacía mucho
tiempo, pero yo no le creí mucho.
Ahí llegaron muchos chinos
vestidos iguales con un dragón muy grande. Atrás de ellos venían unos señores
que se parecían a las fotos de hace mucho tiempo que salen en las revistas que
me compran mis papás. Y aparecieron un montón de taxis con hombres sentados arriba
tocando un instrumento raro, acordeón creo que se llama.
Después pasó mucha gente con
carteles como los que hay a veces en el Congreso, cuando la calle se llena de
gente y el colectivo no puede pasar.
En una carroza había un auto
colgando y algunos hombres corrían alrededor, como que volaban. Yo me hubiera
subido pero seguía en los hombros de papá. Igual nadie se subía. Al lado del
auto había muchas heladeras enormes, parecidas a la que hay en la casa de mi
abuelo, y unas personas vestidas de blanco subían y bajaban como si fueran
arañas. La gente se reía y aplaudía. Después pasó un libro colgado de una grúa.
En la carroza siguiente
llovía, y muchas mujeres caminaban por el borde, abajo de la lluvia. Tenían
pañuelos blancos brillantes en la cabeza, y eso me hizo acordar a los ángeles
que hay en el cuadro de la habitación de mi bisabuela. Ahí nadie se reía. En un
momento una señora frenó y miró a la gente, y estaba muy triste. Eso no parecía
una fiesta.
Los señores que venían atrás
estaban vestidos de negro y tenían cascos, pero no como los que usa mi tío para
andar en moto. Se escuchó una explosión, pero no sé qué pasó, porque el ruido
me asustó y cerré los ojos.
Los abrí cuando escuché música
alegre, y vi un montón de gente bailando vestida de todos colores.
En la otra carroza había
señores vestidos de traje tirando billetes. No sé por qué nadie se acercaba a
juntar algunos.
Después apareció la piñata y se llenó de papelitos
blancos y celestes, pero no la reventaron. Menos mal, porque era tan grande que
seguro el ruido me hubiera asustado.
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