jueves, 26 de agosto de 2010


Bárbara Bonfili

Fuimos a la 9 de julio por Belgrano. Había mucha gente por todos lados. Muchos tenían banderitas argentinas, yo quería una pero cuando llegamos ya no las repartían. Había mucha gente y avanzábamos muy despacio. Mi mamá me agarraba la mano muy fuerte  y yo trataba de seguirla esquivando a la gente. Cuando llegamos al centro de la calle vi que había rejas, la 9 de julio parecía un corralito muy largo. Todos se amontonaban contra las vallas, pero en el medio no había nadie. La calle estaba llena de papelitos, como si hubieran reventado una piñata gigante. En la escuela nos habían contado que era un día muy especial porque era como el cumpleaños del país, y todos estábamos invitados a la fiesta. Todos miraban en la dirección del Obelisco, pero yo no veía nada interesante, hasta que a lo lejos aparecieron unas luces de colores. Mi papá me sentó en sus hombros para que viera mejor a las carrozas que se acercaban. Si miraba a los costados veía muchas cabezas que se iban haciendo chiquitas. Cuando la primera carroza pasó frente a nosotros me asusté porque había ángeles con alas muy grandes, y cabezas de animales. Una música rara sonaba muy alto. A una chica de vestido blanco la paseaban por el aire, como si volara.
Después pasaron los granaderos. Los reconocí porque estaban vestidos igual a mis compañeros en los actos de la escuela. Nevaba y hacía frío. Atrás de ellos venían unos barquitos blancos con gente vestida de anaranjado. Después pasaron unos camiones con gente bailando arriba. Todos hacían palmas y sonreían.
Atrás venía un barco muy grande y brillante, y los de arriba saludaban, vestidos con ropa rara. Mamá me dijo que en un barco como ese habían venido mis tatarabuelos hacía mucho tiempo, pero yo no le creí mucho.
Ahí llegaron muchos chinos vestidos iguales con un dragón muy grande. Atrás de ellos venían unos señores que se parecían a las fotos de hace mucho tiempo que salen en las revistas que me compran mis papás. Y aparecieron un montón de taxis con hombres sentados arriba tocando un instrumento raro, acordeón creo que se llama.
Después pasó mucha gente con carteles como los que hay a veces en el Congreso, cuando la calle se llena de gente y el colectivo no puede pasar.
En una carroza había un auto colgando y algunos hombres corrían alrededor, como que volaban. Yo me hubiera subido pero seguía en los hombros de papá. Igual nadie se subía. Al lado del auto había muchas heladeras enormes, parecidas a la que hay en la casa de mi abuelo, y unas personas vestidas de blanco subían y bajaban como si fueran arañas. La gente se reía y aplaudía. Después pasó un libro colgado de una grúa.
En la carroza siguiente llovía, y muchas mujeres caminaban por el borde, abajo de la lluvia. Tenían pañuelos blancos brillantes en la cabeza, y eso me hizo acordar a los ángeles que hay en el cuadro de la habitación de mi bisabuela. Ahí nadie se reía. En un momento una señora frenó y miró a la gente, y estaba muy triste. Eso no parecía una fiesta.
Los señores que venían atrás estaban vestidos de negro y tenían cascos, pero no como los que usa mi tío para andar en moto. Se escuchó una explosión, pero no sé qué pasó, porque el ruido me asustó y cerré los ojos.
Los abrí cuando escuché música alegre, y vi un montón de gente bailando vestida de todos colores.
En la otra carroza había señores vestidos de traje tirando billetes. No sé por qué nadie se acercaba a juntar algunos.
Después apareció la piñata y se llenó de papelitos blancos y celestes, pero no la reventaron. Menos mal, porque era tan grande que seguro el ruido me hubiera asustado.

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