_Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas _ le dije despreocupado mientras Eloisa se iba en el auto con su papá. Se veían cansados, tristes. Eloisa ya no jugaba como antes, era bueno que se tomara unas vacaciones. Nos habíamos conocido ocho meses atrás, cuando empecé a tomar clases de español con la señorita Ana. Me fascinaba esa casa vecina de techos altos, con pisos de parquet bien lustrado y numerosos recovecos donde escabullirse a la hora de la siesta. Me quedaba ahí todas las tardes porque papá siempre tenía que trabajar.
Jugábamos desde que terminaba mis deberes hasta que la llamaban desde la extraña escalera caracol que iba para el sótano. A medida que Eloisa bajaba los escalones, con sus zapatitos de charol gastados, su cara se iba haciendo más opaca, hasta que desaparecía por completo. Entonces la señorita Ana cerraba la puerta rápido y la tapaba con un perchero de pie repleto de carteras y bufandas y tapados de piel. “es nuestro secreto ¿eh?”, me decía siempre.
En las tardes me pasaba horas pintando mapas del colegio. Líneas bien gruesas para separar los países y puntitos ordenados para separar los estados. “Que no se mezcle nada. Nada tiene que juntarse” cacareaba todos los días la maestra de geografía con su peinado tirante y la cola de caballo que le llegaba a la cintura. Eloisa no era buena pintando, lo que sí sabía era esconderse. Era una experta. Se escabullía por todas partes y hasta sabía aguantar la respiración para que nadie la encontrara. Nos divertíamos con la condición de no salir nunca y correr al ático si alguien entraba a la casa. El papá de Elo no salía mucho de su escondite y cuando lo hacía parecía invisible. Tenía aureolas azules alrededor de sus ojos y su piel era casi blanca, casi transparente. Nunca hablaba. Nunca se reía. En cambio papá era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y vivía de reunión en reunión. Me gustaba verlo descansar en su escritorio, leyendo el diario y fumando una pipa como la de Sherlock Holmes.
A veces lo llamaban y tenía que salir en estampida hacia lugares completamente desconocidos para mí. Me daba tanta rabia que no me prestara atención, que prefiriera andar con esos hombres verdes. Algunos eran tan altos como jirafas y caminaban como monos, pero sin la gracia que causan los monos. Cuando estaba aburrido los imaginaba peleándose por una banana y me divertía un poco. Otros tenían nariz de rinoceronte y cada vez que comían se les podía ver lo parecidos de sus dientes a los colmillos de las hienas del África. (¿Hay hienas en África o solo acá, en Alemania?) El peor de todos, el de ojos de serpiente, es el que se llevaba mi odio, porque era el que más tiempo pasaba con papá. Creo que yo no era el único en el barrio que lo odiaba. Una vez en el almacén una señora le susurró “salvaje” a sus espaldas. Pero el tonto ni se dio cuenta.
No sabía muy bien de que trabajaba papá. Escuché decir al abuelo que se dedicaban a cazar animales. Eso era muy peligroso, porque había muchas alimañas sueltas en esos días. El abuelo lo repetía todo el tiempo. Un día le conté a papá de mi nueva amiga para que reviente de los celos. Para que pase más tiempo conmigo. Creo que funcionó. Nunca antes me había escuchado de esa manera. Prestándome atención en cada detalle de lo que yo le decía y saboreando mis historias de mapas de colores y juegos de escondidas. Creo que papá estába celoso de Eloisa.
Ese mismo día a la tarde el hombre verde de ojos de serpiente agarró al papá de Elo por el hombro y la acompañó hasta el auto. Tal vez no era tan malo después de todo. Algunos vecinos, cabezas de jabalí, miraban intrigados, pero nadie se acercó a saludarlos. Yo esperaba que ella pudiera descansar. Sin embargo nunca más la volví a ver. Los días se acumularon, formaron meses, veranos, años. Creo que ella encontró con su papá el escondite perfecto.
_Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas _ le dije despreocupado mientras ella me miraba con sus ojos de globo terráqueo y subía al auto.
_Pobre animalito de dios_ dijo mamá llevándose su pañuelo de seda la boca.
_Animalito no ma, Eloisa.
Jugábamos desde que terminaba mis deberes hasta que la llamaban desde la extraña escalera caracol que iba para el sótano. A medida que Eloisa bajaba los escalones, con sus zapatitos de charol gastados, su cara se iba haciendo más opaca, hasta que desaparecía por completo. Entonces la señorita Ana cerraba la puerta rápido y la tapaba con un perchero de pie repleto de carteras y bufandas y tapados de piel. “es nuestro secreto ¿eh?”, me decía siempre.
En las tardes me pasaba horas pintando mapas del colegio. Líneas bien gruesas para separar los países y puntitos ordenados para separar los estados. “Que no se mezcle nada. Nada tiene que juntarse” cacareaba todos los días la maestra de geografía con su peinado tirante y la cola de caballo que le llegaba a la cintura. Eloisa no era buena pintando, lo que sí sabía era esconderse. Era una experta. Se escabullía por todas partes y hasta sabía aguantar la respiración para que nadie la encontrara. Nos divertíamos con la condición de no salir nunca y correr al ático si alguien entraba a la casa. El papá de Elo no salía mucho de su escondite y cuando lo hacía parecía invisible. Tenía aureolas azules alrededor de sus ojos y su piel era casi blanca, casi transparente. Nunca hablaba. Nunca se reía. En cambio papá era un hombre muy divertido, tenía muchos amigos y vivía de reunión en reunión. Me gustaba verlo descansar en su escritorio, leyendo el diario y fumando una pipa como la de Sherlock Holmes.
A veces lo llamaban y tenía que salir en estampida hacia lugares completamente desconocidos para mí. Me daba tanta rabia que no me prestara atención, que prefiriera andar con esos hombres verdes. Algunos eran tan altos como jirafas y caminaban como monos, pero sin la gracia que causan los monos. Cuando estaba aburrido los imaginaba peleándose por una banana y me divertía un poco. Otros tenían nariz de rinoceronte y cada vez que comían se les podía ver lo parecidos de sus dientes a los colmillos de las hienas del África. (¿Hay hienas en África o solo acá, en Alemania?) El peor de todos, el de ojos de serpiente, es el que se llevaba mi odio, porque era el que más tiempo pasaba con papá. Creo que yo no era el único en el barrio que lo odiaba. Una vez en el almacén una señora le susurró “salvaje” a sus espaldas. Pero el tonto ni se dio cuenta.
No sabía muy bien de que trabajaba papá. Escuché decir al abuelo que se dedicaban a cazar animales. Eso era muy peligroso, porque había muchas alimañas sueltas en esos días. El abuelo lo repetía todo el tiempo. Un día le conté a papá de mi nueva amiga para que reviente de los celos. Para que pase más tiempo conmigo. Creo que funcionó. Nunca antes me había escuchado de esa manera. Prestándome atención en cada detalle de lo que yo le decía y saboreando mis historias de mapas de colores y juegos de escondidas. Creo que papá estába celoso de Eloisa.
Ese mismo día a la tarde el hombre verde de ojos de serpiente agarró al papá de Elo por el hombro y la acompañó hasta el auto. Tal vez no era tan malo después de todo. Algunos vecinos, cabezas de jabalí, miraban intrigados, pero nadie se acercó a saludarlos. Yo esperaba que ella pudiera descansar. Sin embargo nunca más la volví a ver. Los días se acumularon, formaron meses, veranos, años. Creo que ella encontró con su papá el escondite perfecto.
_Mañana te paso a buscar para jugar a las escondidas _ le dije despreocupado mientras ella me miraba con sus ojos de globo terráqueo y subía al auto.
_Pobre animalito de dios_ dijo mamá llevándose su pañuelo de seda la boca.
_Animalito no ma, Eloisa.
Gisele Calvo
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