jueves, 28 de octubre de 2010

G1 TP6: Los días de Federico

Por Daniel Francisco

Esta es la historia de un hombre común; un hombre que no tenía sueños, que su vida era un ida y vuelta inquebrantable entre la sencillez de la rutina y la comodidad que implica vivir en lo justo, ni más ni menos.

Federico González se había recibido de ingeniero electrónico. Toda su carrera universitaria la transitó en el ostracismo más duro para llegar a sus 24 años con el título que lo habilitó para comenzar a trabajar al momento en la misma empresa donde hoy permanece. Durante todo este tiempo, Federico viajó desde Avellaneda hasta San Isidro y religiosamente siempre llegó a horario a la oficina; excepto por esa vez que, víctima de una fuerte gripe, pasó toda la mañana en una clínica y no fue a trabajar por tres días.
Al principio, cuando su economía no era la mejor, se trasladaba en trenes que combinaba en Retiro y lo hacían atravesar la capital dos veces durante cada día de la semana. Con el paso de los años, Federico logró comprarse un auto que ahora lo sacude por las autopistas de la ciudad, por los parques de la zona norte y entre las fábricas del sur. El auto es color celeste; tiene un parabrisas quebrado pero que, según Federico, puede aguantar un tiempo más; las gomas están gastadas y por dentro el tapizado, sin embargo, parece nuevo. Una cuerina que resplandece al sol o ante cualquier vestigio de luz que se avecine por sus ventanas con vidrios sin polarizar.

Todas las mañanas ocurre lo mismo. Federico bien lo sabe. A las 6.41 suena su celular alarmando con que es la hora de despertarse y comenzar la jornada laboral, la misma desde hace nueve años. Antes su día empezaba a las 6.40 pero tras varios años de hacer siempre lo mismo, pensó que sería bueno ir regalándose poco a poco un minuto de sueño. Luego, sigue un baño de cinco minutos donde intercala contagiosamente chorros de agua caliente y fría con el objetivo de despertarse bien. Mientras se viste –camisa blanca o celeste y pantalón siempre azul-, desayuna unas tostadas de gluten, un té con canela y leche para salir siempre a las corridas rumbo al auto que a unos metros de la puerta del edificio donde vive, está siempre estacionado. Los vecinos lo conocen, no ocupan ese espacio con otros coches.

Entretanto viaja, va enumerando las cuadras para salir de la zona fabril del sur de Buenos Aires y, aunque no prefiere tampoco el hormiguero que simboliza el centro de la ciudad, reconoce en todo momento que su humor se renueva cuando intempestivamente entra a Vicente López por Avenida Del Libertador y el olor de los azares se irrumpe en el auto y lo hace sonreír. Todos los días.
También siente esa felicidad, que se vislumbra en sus ojos y en la forma en que agarra el volante, cuando ve las calles invadidas de calma y a las casas pequeñas con tejados rojizos escondidas entre grandes árboles.
El camino a su puesto de trabajo tiene esas cosas, esos matices que lo transportan desde el desprecio hasta la comodidad; pero cuando regresa a su casa, siempre comprende por que aún no se ha mudado de Avellaneda: es el barrio que lo vio nacer, donde sus padres vivieron y donde sus amigos aún están cerca para hacerle compañía cuando es necesario.

En los pocos ratos de ocio o incluso cuando fantasea con unas merecidas y no tanto vacaciones, imagina como sería meter sus pies en las aguas costeras de Uruguay. Nunca ostentó con un viaje lejano y conocer culturas diferentes a la suya, pero sí sabe con certeza que Nueva York no le interesa. Tampoco aquellas ciudades de Europa y toda su historia. Anhela conocer Uruguay, perderse entre las playas, caminar en silencio por las callecitas de Montevideo y echarse al sol en alguna plaza mientras lee alguna de esas novelas que siempre recibe de regalo y nunca encontró el momento para plasmar la lectura de sus hojas, que aún huelen a nuevo.

Él es Federico. Ya no tiene familia. Tiene unos pocos amigos y nunca estuvo en pareja. No conoce el amor y nunca sufrió por la pérdida del mismo. Es un hombre muy blanco, casi pálido. Su altura es promedio y todas las pilchas las usa en talle médium. El número de su calzado es 42 y cuando le hacen las típicas preguntas de pseudo test psicológico el responde: el azul es mi color favorito; me gusta el jazmín y alguna que otra flor amarilla sin perfume; amo las milanesas pero no me quedan bien; no fumo y cada tanto puedo tomar un vaso con vino pero blanco.
Federico sabe que no lo tiene todo pero lo que posee es parte de su mundo y eso le alcanza. Ama el color de su Avellaneda y los olores de la zona norte de Buenos Aires. No toma casi nunca mate, pero cuando lo hace disfruta del sabor de alguna yerba saborizada con cola de caballo. No usa crema de enguaje porque le da caspa. Su trabajo es lo mejor que le pasó en la vida y aspira a un gran puesto en un futuro no tan lejano.

Una de las tantas noches de su vida, llegó a su hogar. Tras cerrar la puerta, apoyó lentamente el juego de llaves de la casa y las del auto en una mesita de madera muy precaria que tiene en un pasillo. Con un poco de cansancio se dirigió a la cocina; mientras calentaba en el microondas un plato con pollo hervido y algunas verduras, se lavó la cara en la pileta y con un repasador se la secó. Minutos después estaba sentado cenando en una pequeña mesa redonda y con mantel a cuadros que se ubica en el ambiente inmediato y donde también está la cama. Esa noche, luego de probar sólo unos pocos bocados, Federico pasó por el baño, hizo algunas muecas frente al espejo mientras buscaba caries en sus dientes y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, Federico no despertó. Su respiración estaba completamente apagada y su piel mantenía un color rosado. Tampoco amaneció la alama de su teléfono celular.
Esa noche, Federico había decidido cambiar esa opaca vida que mantenía hasta el momento, eran los tiempos de dejar su Avellaneda, cruzar el río y leer alguna novela en los pastos bien cortados de una plaza. Eran tiempos de soñar.

Debo reformular algunas cuestiones: Esta fue la historia de un hombre común; un hombre lleno de sueños, que su vida era un ida y vuelta inquebrantable y que había logrado vivir con lo justo para morir y tener todo lo que le faltaba.

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