miércoles, 27 de octubre de 2010

Grupo 1 (Laura),consigna 6. Manuela Iaciofani Saiz

El gallo del ocaso

-¡No te preocupes nena!...pero por favor, si ayer fui sola también y no me pasó nada. Mejor quedate a descansar y recuperate que el mes que viene tenemos el viaje…un beso grande- dijo Mirta y cortó el teléfono. Acto seguido, se miró en el espejo, se acomodó el peinado y salió disimulando el apuro (aunque nadie la veía).


Caminó unos metros por Avenida de Mayo hasta llegar al café de la esquina, eligió una de las mesas con vista a la plaza Congreso. El mozo le hizo el gesto de “espéreme un minutito” y le regalo una sonrisa. Mirta se sentó y colgó la cartera en la mesa, con ese gancho en forma de flor que le regaló una de sus nietas; le había costado entender el mecanismo, el temblor de sus manos hacía más difícil la tarea, pero como todo era cuestión de práctica, se había encargado de practicar bastante en la casa antes de usarlo en público. Hoy prestaba el doble de atención porque además de colgar la cartera no quería quitar los ojos de la plaza.

-¡Buen día doña! Aquí tiene su café con leche con tres medialunas; le dejo también el Clarín, sé que la que lo lee siempre es la señora Antonia, pero como hoy vino sola de nuevo por lo menos se puede entretener leyendo.

-Gracias querido, oíme…vas a decir que soy una vieja loca, pero sabes que ayer vi un gallo en la plaza…justo ahí donde esta ese árbol enorme con las raíces que sobresalen de la tierra. Me pareció raro, además estaba ahí solito, nadie le prestaba atención. Y ¿podés creer que no se fue a pesar de que por las rejas le sobra espacio?- Dijo Mirta.

-Jamás pensaría mal de usted aunque debo reconocer que en mis veinte años acá he visto de todo en esa plaza pero creo que nunca vi un gallo. Vaya uno a saber, capaz que fue un guisito para los muchachos que viven ahí vió- respondió el mozo siempre amable.

-En el campo teníamos un gallo hace muchos años, era la mascota de mi marido, Mateo…tenía nombre y todo, yo al principio lo rechazaba y me quejaba pero le terminé tomando cariño...- Comenzó a decir la mujer con la mirada fija en aquél árbol.

El mozo notó que venía para largo el cuento, y aprovechó el momento en el que hizo una pausa para decirle que se iba porque el jefe lo estaba mirando con cara mala.

-Perdonáme querido, te entretuve con mis historias- contestó sonriendo, tenia los dientes manchados con lápiz labial bordó; Mirta que era tan coqueta parecía olvidar siempre el mismo detalle- Te pagó ahora así no me olvido, quedate con el vuelto.

Con la lengua se mojaba la yema del dedo y pasaba las hojas del diario. Subía y bajaba la cabeza mirando una página, el árbol, otra página, el árbol, el árbol. Ni siquiera tenía los lentes de lectura puestos, pero no le importaba. No dejaba de gesticular, de vez en cuando decía alguna palabra, es que no podía dejar de pensar en ese gallo. Cómo la había hecho rezongar Mateo, recordaba Mirta con una sonrisa más de tristeza que de alegría. Y toda la culpa se la echaba al marido por haberlo llevado a la casa; “¿sabrán los chicos de Mateo?” se preguntó. Cómo lo extrañaba, a su esposo más que a Mateo. Ella nunca les decía a los chicos, no porque no quisiera, sino porque creía que los aburría, se conformaba con usar desde siempre la alianza y decir que hacía tanto que la tenía puesta que ya no le salía. Igual los chicos nunca preguntaban.

De repente…vio que algo sobresalía a los pies del árbol, se dio cuenta que era el gallo porque de lejos no veía tan mal y porque entre las palomas era evidente que era un cuerpo mas grande. Se apuró a tomar el último trago de café (que ya estaba más que frío) y dejó la silla con decisión. Cruzó la angosta calle y se dirigió directamente a las rejas, comenzó a bordearla a paso firme, agarrándose de los barrotes y buscando con movimientos de cabeza. Dio más de una vuelta, al cuadrado que rodeaba ese árbol enorme y solitario. Ya caminaba con apuro, buscando mas algo perdido el animal en sí. Piso los tres colchones que vivían junto a la reja. Mirta jamás se había acercado ahí, pero ahora, no le hubiera importado que haya alguien durmiendo en los colchones. Hasta que con alivio lo encontró, saltando de raíz en raíz, de modo tranquilo, estaba aquél gallito de patas flacas. Con colores que iban desde el marrón al verde tornasolado y una cresta indudablemente roja, se quedó quieto y silencioso.

-Mateo, mateo...- Mirta se fue acercando hasta perderse entre las raíces, pero como a aquél gallo, nadie la vió.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Todo el tiempo sentí que estaba ahí en mismo bar que la viejita, queriendo ver lo que ella veía...esta historia me atrapó! Me la imagino vagando con el gallo en un mundo subterráneo...
Me quedo pensando en el gallo que por lo general anuncia amaneceres y las raíces que me significan un arraigo...gran historia!!...Paola.B