miércoles, 20 de octubre de 2010

La Búsqueda

Por María Luz Gianni Bosse

A rocío le gustaba jugar con su muñeca preferida, Rosita, todas las mañanas. Ella la bañaba, la vestía y le daba de comer. Siempre tenía que estar impecable, con una sonrisa, porque su papá así se lo decía y estos “consejos” los trasladaba a su juego continuamente.


-Es importante guardar las formas, ser correcto en los modales y en las acciones, Ro.

- ¿Qué es eso, pá?

-¿Qué es que?

- Lo que me decís, no te entiendo

-Lo que digo es que debes siempre mantener la sonrisa y hacer las cosas bien, si no queres que la gente hable.

- ¿Qué hablen de qué?

- Ya lo sabrás más adelante; ahora, anda a jugar.

Rocío se quedó pensando en aquellas palabras. Pero más tarde su mente se volvió a ocupar del juego.

Ella tenía una hermana mayor que trabajaba en una panadería y un hermano por terminar la secundaria. Su mamá había fallecido en el parto y ella no llegó a conocerla. Siempre jugaba sola, poco compartía con sus hermanos, no tenía amigos en el barrio, porque su papá decía que no eran buena gente, y en la escuela hablaba con muy pocos. Rocío había desarrollado una gran timidez a causa de la sobreprotección del padre. Él estaba todo el día en casa, ya no trabajaba y la cuidaba de cualquier daño posible, de todos. Buscaba controlar todo lo que hacía y sus pensamientos, y a veces lo lograba.

Una mañana de un día cualquiera, Rocío jugaba con Rosita una vez más cuando miró hacia la puerta de la habitación y allí se encontraba su hermana mirándola.

- ¿Qué ves?

- Nada sólo quería verte jugar. Hoy voy a regresar temprano del trabajo y pensaba si podríamos pasar algún tiempo juntas.

- ¿Cuál es el problema aquí? Preguntó su padre, acercándose rudamente.

- Nada pá- Contestó Daniela, la hermana. – Estaba mirando a Ro jugar

- Déjala tranquila, ella esta jugando, no busques siempre interrumpirla.

- No, no es eso…

-Vamos por favor. El padre cerró la puerta de la habitación y Rosita se quedó sola.

- Igual no podía Rosita, más tarde tengo que llevarte a tu clase de piano. Se convenció a sí misma.

Rocío se había acostumbrado a jugar sola. Sus hermanos pocas veces le prestaban atención y su padre muchas veces aparecía para interrumpir cualquier signo de afecto hacía ella.

Sin atención de sus hermanos, sin madre y con un padre poco afectivo y severo, Rosita tenía la curiosidad de saber más acerca de su familia. De aquellas cosas que poco se hablaban en su casa y ella sabía donde estaba toda la información: En el ático.

El ático de la casa era un lugar sagrado para el padre de Rocío. Ella nunca había podido entrar y aquello le generaba mucha intriga. Allí el padre tenía archivos de sus épocas de oficina, libros viejos, cajas de juguetes antigüos y más papeles. Eso es lo que su padre le decía. Estaba prohibido subir allí. Pero Rocío sabía que había más cosas que a ella, en particular, le interesaban. Alguna foto, carta u objeto que perteneciera a su mamá. Poco sabía de ella y su padre nunca quería hablar de ello. Cada vez que Rocío preguntaba, el padre sólo reafirmaba una y otra vez la misma historia: “Soledad murió cuando naciste”. Después se quebraba y no volvía a mencionar palabra del asunto. A pesar de aquello los años transcurrieron para la pequeña niña y su curiosidad se acrecentaba. Muchas veces le preguntaba a su hermana mayor, cuando ella, escondida, la miraba jugar. Pero tampoco obtenía respuesta alguna de Daniela. La tensión dentro de la niña crecía y explotaba con Rosita: La dejaba en penitencia, no la bañaba o no la llevaba a piano. A veces pasaban días sin hablarle, sin acariciarla.

Una mañana fría de septiembre Rocío espero que el padre, luego del desayuno, se dirigiera a la huerta que tenía al fondo de su casa como lo hacía habitualmente. Era la pasión de aquel hombre gastado por los años, y lo había concretado en su etapa de madurez. Ella sabía que tendría un buen rato para investigar. Entonces, corrió la silla, tomó a Rosita del brazo, corrió hacia el pasillo largo de las habitaciones y se paro en la mitad del corredor. Acto seguido se dijo a sí misma: uno, dos y… ¡tres! Salto todo cuanto su cuerpo le permitió y apenas, pudo rozar con su índice la piola que deslizaba la escalera del ático. Lo intentó una y otra vez. Hasta que por fin lo logró y la escalera se deslizó hacia abajo. Subió uno a uno los escalones con las piernas temblando y estrujando el brazo de Rosita. Sabía que estaba haciendo las cosas y que su padre se enojaría como nunca lo había hecho antes, pero siguió igual y se mantuvo firme en su decisión con los ojos a punto de salir de su órbita. Luego volvió a empujar la escalera para sí y se cerró. El lugar se encontraba apestado de polvo, hacía tiempo que nadie pasaba un plumero por las pilas de cajas abarrotadas. Rocío miró detenidamente los cuadros que había en un esquinero. Eran viejos y mostraban caras de personas grandes, con peinados y ropa rara. “¿Alguno será pariente nuestro?” pensó. Ella quería saberlo. Quería saber algo. Luego giró hacia el otro lado y se dirigió a las cajas. Se sentó en el suelo y dejó a Rosita a su lado. Muchas de ellas sólo contenían papeles viejos, amarillentos y llenos de polvo. Eran papeles de los tiempos de contador de su padre. Las dejó a un costado y siguió con otras. Llegó a una con unas pocas fotos, de apariencia familiar y al fondo de la caja, un cuaderno. Esos objetos también se encontraban en un estado añejo. Rocío ojeo una por una las fotos e intentó adivinar quien sería cada uno. Había una foto de su padre con una mujer al lado, abrazados en el jardín de su casa. Pensó que podía ser su madre y se la llevó al pecho apretándola contra él. Siguió en la búsqueda más fotos: una de sus hermanos cuando eran pequeños. Daniela parada al lado de la cuna con su hermano adentro de ella. Miró una más. Era Daniela parada en el jardín, delante de una planta enorme llamada Corona de Novia, con una sonrisa extraña, que mostraba alegría y pena al mismo tiempo. Estaba embarazada o eso parecía. Rocío miró extrañada la foto. Ella nunca supo que su hermana alguna vez había estado embarazada. “¿Donde estaba ese bebé ahora?” pensó, sin poder entender. Miró a Rosita. La muñeca la miraba con una sonrisa opaca, con un velo en sus ojos. La niña tomó a Rosita y comenzó a golpearla fuertemente, a arrancarle la tela y la guata que se encontraba en su interior. No habló. Sólo siguió golpe a golpe, hasta dejar a la muñeca tirada en el suelo de madera al lado de la foto y de ese cuaderno que nunca llegó a leer. Ahora Rosita pertenecía a ese mundo añejo que nunca volvió a recordar.



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