viernes, 29 de octubre de 2010

El retrato del músico (Consigna 6)

 por Katelyn Duncan

[Editado 01/12]

    Es una noche de martes en el Subte, su noche preferida de toda la semana. Cuando la artista está sentada en la clase estos últimos minutos frenéticos mientras la profesora explica la tarea, se siente cansada y piensa en el estrés de un día lleno de ir a varias clases en varias partes de la ciudad; pero el momento que entra en el tren casi vacío, todo el agotamiento desaparece. Hay algo tan pacífico, tan extraño sobre el Subte cuando no está ocupado. Alguna parte profunda de ella hace retratos de las escenas momentáneas que la rodean: el hombre que se inclina hacia la izquierda para tocar la mejilla pálida de su novia con los labios, la mujer de negocios que lee seriamente un libro de psicoanálisis, la extranjera – con piel tan blanca que no puede ser argentina – que hojea una colección de las ficciones de Borges. El varón al lado de ella tiene un cuaderno en las rodillas, y garabatea un poema, una red interminable de línea, palabras y manchas negras donde ha quitado y repuesto las cosas muchas veces.
    Piensa en la manera en que los niveles de pintura funcionan en el lienzo, y que cuando ella cambia su mente sobre una pincelada cualquiera puede poner otro color por encima del primero. Se pregunta qué dirían sus compañeros si hiciera una serie de retratos del Subte, se pregunta cuál combinación de pigmentos podría usar para capturar el tono exacto de plata y gris para las paredes, cuál rojo daría la textura correcta para representar los bancos suaves.
    Se abren las puertas en la próxima parada y entra un músico, violín y arco en la mano. La artista piensa que tal vez lo ha visto una vez antes; se acuerda del contraste del trapo azul que pone en el hombro cuando levanta el instrumento al cuello. Su boca se mueve con una sonrisa mientras dice algunas palabras introductorias al público – ella no escucha, sino mira, se queda fascinada con el juego de la luz artificial en la madera prístinamente lustrada del violín y con la ternura con la cual su dueño pone las manos en su puesto. Ella trata de no mirar fijamente, y se obliga a mirar por el rabillo del ojo mientras el músico roza el arco sobre las cuerdas para empezar la canción.
    Él dobla las rodillas para moverse con el tren y mantener el equilibrio mientras salen de la estación, los recién llegados toman su asiento, caminando con desinterés; parecen ignorantes del espectáculo tan cercano. Sus dedos saltan por las cuerdas, como flechas, y el arco da brincos en el aire. De vez en cuando, cuando llega a una nota larga, los dedos delgados y finos vibran contra el ébano en una manera que parece al mismo tiempo imposible y completamente natural. Hay algo encantador en todo eso, algo hace que ella quiera ser bailadora; la artista imagina que están en un lugar dentro del bosque, debajo de las estrellas y al lado de una fogata, libres de la ciudad.
    Pero cuando aparta la mirada del músico, ve que nadie lo está mirando, que las personas del otro lado del coche siguen leyendo los libros, que el varón de al lado sigue garabateando poesía y mordiendo el bolígrafo. Nadie mira hacia arriba, o si lo hacen, es para asegurarse en qué parada están, mirando detenidamente por las ventanas y agachándose para alcanzar a ver los carteles por encima de los pasajeros que esperan afuera.
    Nadie lo mira, y esta comprensión entristece el corazón de la artista. Terminada una canción, asombrada ella se da cuenta de que nadie aplaude (¡qué vergüenza! piensa mientras algunas adolescentes suben al tren con faldas muy cortas y copias del libro más reciente de Stephenie Meyer); empieza a aplaudir a solas, la gente a su alrededor la mira con una expresión de irritación y rareza, que ella devuelve con una mirada feroz, y el músico sonríe. La artista se pone colorada por la atención, pero corresponde la sonrisa, mirando abajo a su cartera en las rodillas cuando no puede soportar más la sensación de perderse en sus ojos.
    Trata de ser un poquito más sutil ahora, y lo mira sólo a veces. Ha visto suficiente para poder imaginar la maestría de sus manos y la expresión tranquila de su cara, y entonces deja que su mente rellene los espacios vacíos de su visión.
    Cuando el tren llega a la próxima estación, ella mira a la gente que sale y de repente reconoce alguna de las nuevas personas. – ¡Sofía! – exclama, y besa a su amiga en la mejilla. – ¿Estás de regreso del hospital?
    – Claro – dice la otra mujer, tomando un asiento al lado de ella. – Voy para mi casa. ¿Y vos?
    – Igualmente – dice la artista. Mira al músico, que está en medio de una canción alegre en la que su arco dibuja diseños elegantes en el aire. –¿Qué dicen los doctores? – pregunta a Sofía.
    – Nada nuevo, sólo más o menos las mismas cosas. Yo creo que me siento mejor, pero el doctor Gómez parece pensar que es sólo el efecto placebo. Es difícil saber. ¿Entregaste hoy el proyecto en el que estabas trabajando?
    Charlan del día por un rato, y la artista le hace un cumplido sobre la bufanda nueva, y entonces dejan que la conversación se desvanezca, y las dos miran el movimiento de la gente cercana.
    Sofía toca el hombro de la otra mujer cuando el tren empieza a reducir la velocidad. – Che, vamos, esta es nuestra parada, ¿no?
    – Un momento – dice la artista, y se da vuelta, camina rápidamente hacia el músico, y tira algunas monedas desde su cartera hacia el gorro que está bien equilibrado en el suelo del coche. Comparten una sonrisa prolongada más antes de que ella salga de prisa del tren.
    Sofía está de pie en el andén con una expresión extraña en el rostro, y al principio la artista piensa que tal vez su amiga se sienta mal. – ¿Estás bien?
    – ¿Qué hiciste? – Sofía pregunta como respuesta.
    – Nada, sólo di algunas monedas al violinista. Siempre me asombra que la gente puede tocar así con todas las distracciones y dificultades del Subte.
    Sofía toca el brazo de su amiga. – No había ningún músico en el tren, Isabela. – Otras personas en la estación, aquellas que hacen su rutina normal, las miran con fastidio.
    Confundida, Isabela empieza a caminar hacia la salida. – ¿Que decís? Lo vi... y lo he visto antes, Sofía, siempre cuando regreso de mi clase...
    – ¿Viste el mismo músico dos veces? – Sofía niega con la cabeza y entonces se ríe. – Tal vez sos vos que debe ir al doctor, nena loca. Si alucinás un músico en el Subte… un hombre elegante y romántico, ¿no es cierto? – Pone la mano en el hombro de la otra mujer mientras suben por la escalera mecánica. – Isabela, mi querida – dice honestamente – creo que debemos buscar un novio para vos. Preferentemente uno de carne y hueso.
    Isabela sonríe con esfuerzo, pero no logra reírse. Se siente que la sangre drena de su rostro, y cuando sale de la escalera casi tropieza.
    Por fortuna su amiga la ayuda. – Cuidado, ¿eh?
    La artista asiente con la cabeza. – Vamos, quiero regresar a mi casa.

    Cuando lo pinta esa noche en su departamento, la artista puede oír el eco de la canción del músico, que ahora la rodea con la dulzura de unas notas contaminadas por su miedo. Los dedos tiemblan cuando dibuja la curva del violín.
    Repentinamente siente un hormigueo y la sensación de que alguien la observa. Cuando se da vuelta, el sujeto de su retrato le devuelve la mirada fija.
    – Hola, Isabela.

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