jueves, 7 de octubre de 2010

El tiempo no espera a nadie

Sambayòn y chocolate eran los gustos preferidos del abuelo de Darío, todos los sábados por la tarde durante los meses de verano, iban hasta La Venezia y tomaban un helado sentados bajo la sombra de la pérgola. Era la heladería mas concurrida de Villa Pueyrredón, y Darío disfrutaba saborear la vainilla despacio, como si nunca se fuera a acabar. Cuando comenzaban las clases y los días de calor se iban marchando era también su abuelo el que lo llevaba y pasaba a buscar por el colegio Nuestra Señora del Huerto. Todas las tardes, a la hora de la salida, los niños formaban una fila pegados al paredón del colegio esperando que llegara algún familiar a buscarlos. Don Joaquín, un español alto, canoso y temperamental pasaba por lo que había sido alguna vez su panadería y compraba media docena de churros con chocolate rellenos de dulce de leche, la merienda preferida de Darìo.


El reloj de pie resaltaba en el oscuro comedor, oscuro porque raramente Don Joaquín levantaba las persianas. Desde que había fallecido su esposa la casa carecía de luz, los ambientes se habían llenado de telarañas y nunca más había abierto la ventana del comedor. El reloj, que siempre llamaba la atención de Darío, era una especie de cù-cù de pared pero con un imponente pie de madera, en el interior poseía una maquinaria de cuarzo suiza de alta precisión. Además ostentaba un sistema de sonido de aviso de cambio de cuartos y horas y un dial de fantástico diseño clásico inglés. Esta antigüedad había sido una oferta de cincuenta pesos en una subasta, el bisabuelo de Darío lo compró el mismo día que nació Don Joaquín, porque confiaba que desde ese momento en adelante les esperarían tiempos de cambios y de paz.

Una de las tantas tardes Don Joaquín en el camino hacia el colegio de su nieto decidió que ese día harían algo distinto. Cuando Darío salió de la escuela su abuelo le comentó que irían a la estación de Villa Pueyrredón a ver pasar el tren. Y así fue, se fueron alejando del tumulto y de los ruidos de los niños excitados por salir del colegio, tomaron un pasaje, cruzaron la plaza y llegaron a la estación. Allí se sentaron en un banco verde de madera, Darío podía percibir el estimulante olor a pintura fresca. De pronto escucharon el silbido a lo lejos de una fulgurante locomotora, que largaba un humo negro y enceguecedor. Paró en la estación. Luego de unos minutos subieron nuevos pasajeros y bajaron otros. Darío contaba el ritmo que tenían las ruedas a medida que volvían a arrancar, primero era un un-dos pausado, luego un un dos un dos un dos cada vez con mayor frecuencia hasta que abandonó la estación. Los ojos del niño habían quedado como sonámbulos mirando los vagones desplazarse sobre las vías. Cuando llegaron a la casa del abuelo Darío se le ocurrió que después de merendar y su madre pasara por él, utilizaría la hendidura de detrás del reloj para jugar a las escondidas, tomaría las llaves de la puerta y las introduciría por el agujero. De esa manera su abuelo no podría abrir la puerta cuando su madre tocara el timbre. Varias veces ya lo había hecho, pero sin lograrlo, aunque después de un largo llanto su madre desistía y lo dejaba quedarse a dormir allí. Las veces que permanecía en lo de Don Joaquín, el niño dormía en la habitación que había pertenecido a su madre, leía una revista antes de apagar la luz, y se quedaba escuchando el tic-tac hasta que el sueño lo vencía.

A la mañana siguiente el abuelo despertó al chico y le propuso ir juntos a hacer el reparto de canastos de mimbre a las panaderías. Don Joaquín había sido panadero toda su vida, pero el dolor de sus manos ya no le permitían amasar, entonces consiguió una changa manejando el camión de reparto. Darío saltó de la cama sin pensarlo, se vistió, subió a la parte de atrás del camión, y se metió en un canasto. Durante el viaje jugaba a rebotar de canasto en canasto. En lo mejor de su juego el camión recibió un golpe brusco, repentino y comenzó a rodar. Las puertas traseras se abrieron y Darío, que estaba acurrucado en una canasta, salió disparado para la calle. Sintió como su brazo se raspaba hasta sangrar en los adoquines. El niño quedó cubierto por el canasto y no se animó a levantarlo. Le dolía mucho una pierna, cuando se armó de valor y quiso erguirse se diò cuenta que no podía hacerlo, que su pierna no le respondía. Comenzó a escuchar gritos de personas, varias mujeres se acercaron al camión, una de ellas lo alzó en sus brazos. Darío lloraba y gritaba por su abuelo pero la mujer lo alejó y juntos se sentaron en el cordón de la vereda. El chico se secó las lágrimas, levantó la cara y notó que desde allí podía ver el reloj de la estación que marcaba las doce del mediodía, de pronto se sintió contento porque había podido adivinar la hora, lo primero que le vino a la mente fue el deseo de decírselo a su abuelo para que él lo felicite, pero en seguida se acordó de lo que había sucedido y comenzó a llorar nuevamente. No entendía del todo qué estaba sucediendo, pero sabía que nada estaba bien.

La familia de Darío decidió que se haría el velatorio en la casa de Don Joaquín, en el mismo lugar donde habían sido velados los restos de su mujer unos años atrás. Durante la noche y la madrugada muchos de los vecinos del barrio pasaron, en algunos casos a llorarlo, en otros solo para matar la curiosidad. El niño estaba sentado en el sillón del living comedor, y con sus manos se tapaba la cara. Una tristeza inmensa inundaba su corazón. De pronto levantó su cabeza miró al reloj de pie, y notó que las agujas ya no giraban, estaban quietas, estáticas dando las doce del mediodía.

Lucìa Grasso.













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