Al sol, como
su madre había estado cuando era niña, dormían los mellizos de Eva Cabral. El
berrido de uno hubiera alertado al otro, pero la mañana que rezumaba en su
sueño era sólo cálida y silenciosa, domaba sus cuerpos imprevisibles y el de
todos los que aún babeaban las sábanas más el de los vagos y los dormilones. Eso
se lo debían a la mansedumbre de las aguas que sin otro motivo que la excepcional
compasión del río corrían lentas y bajas y permitían las cosechas y esperaban
la próxima simiente. El patio daba a la plaza. La plaza no era el centro de El
Arrojadizo sino uno de sus vértices. Que no hubiera nadie a la vista era un mal
signo; allí nunca faltó el trabajo, justamente porque se lo promovía desde
todos sus ángulos y a toda hora. Máximo Cabral echó su enorme cuerpo al patio, se
juntó a sus mellizos, les acarició la cabeza como a dos pequeños lobeznos y
reprimió un saludo. No había ni un perro; sólo un alma cruzaba la plaza. Y ya se
iba a lo de Oblatter, pensó.
Además, era
una mañana transparente. De una mirada se llegaba hasta Aldea California, aunque
era mejor no mirar en ese sentido. Afilados e invasivos, güiros de cumbias venían
desde la whiskería, abierta el día entero para que los californianos no salieran
del trabajo sin dejar de entrar a lo de Oblatter, el encargado, a enfriarse tomando
porrones y a pelearse por nada, y de allí al puesto de CD’s truchos, a la
financiera o a Le Galerie, donde nunca faltaban de iniciados a reconocidos
expositores que bailaban en lo de Oblatter, precisamente, mientras algún otro cuidaba
sus obras para las que Yon Azario, con total normalidad, había emitido
préstamos por quinientos mil albures en lo que iba de la Bonanza; buenas pinturas
de Don Bonfi, pero carísimas. No gastaban todos sus ahorros en la muestra de
máscaras minimalistas, cuyo autor, Emilio Azario, hijo del financista, adornaba
con cutículas que rebanaba de su propio rostro y justo el día de la exposición,
un éxito en ventas, moría en el dispensario por la infección de una picadura de
mosquito en la viva piel, ¡porque no conocían de qué se trataba eso del ahorro! ¡Bah! Máximo y sus vecinos se agarraban la cabeza; eran así de
absurdos. Gritos irracionales, como aullidos, desgarraban la plácida mañana,
quebraban su perfil estático. También provenían de allí. Pero ahora, al menos,
estaban de su lado. Hubo un tiempo, antes de la Bonanza, en que, empujados
por la creciente, arrojadizos y californianos convivieron, ora en el pueblo de
uno, ora en el del otro, dependiendo de si el arroyo Arrojadizo desbordaba o crecía
la laguna Setúbal. Franquedos y mecidos por sus cauces, los habitantes vivían
tiempos de Bonanza o migraciones debido a las inundaciones. Pero como si los
rigiera una especie de ley elástica, una enemistad más vieja y flexible que el
sauce, nunca dejaban de volver a sus
casas, barbadas de camalotes, lamidas por el río y alfombradas con cieno
marrón. Ya no había llantos. Eso ayudaba enormemente; y la cantina de Oblatter,
claro. O las misas para los arrojadizos.
Por el mismo
motivo, no había un límite exacto entre los pueblos. Esto, igual que la
aparición de pequeños pero significativos excesos, como en las horas de sueño,
no había sido nunca problemático porque los separaba la Hondonada. Esto
era una depresión del terreno, imperceptible si uno paraba en ella, de
trescientos metros de ancho, no más. Se inundaba si crecía la Setúbal, si no, se
poblaba. Una continuidad vinculaba, entonces, ambos poblados y esto no podía
seguir así. Como la iniciativa de marcar un límite claro y preciso fue de
Máximo, suya fue también la responsabilidad de trazar la frontera. La ley matemática
del punto medio resolvió en breve el asunto. De paso se acordó un código de
migración y de vagabundeo: quedaron dos cabos sueltos: los perros de la calle y
Vili, el vagabundo que vivía unas veces en El Arrojadizo y otras en Aldea
California, según lo llevara o lo trajera el vino.
Sesudas tardes
envolvieron a Máximo hasta que dio con el plan. Llevó a Vili a vivir a su casa
y al tercer día de ascetismo le habló. Vili, temblando en una cama, apenas lo
oía. Se ganaría cien albures, de la billetera de Máximo, si se deshacía de
todos los perros callejeros de la zona. Hasta no conseguirlo, tenía cortado el
fiado en lo de Oblatter y sus ostias serían sólo rodajas de pan duro en cambio
de bocaditos humedecidos en torrontés de guarda. Los vientos desérticos que le
raspaban la garganta le movieron el sí.
Máximo sabía que era una empresa delicada, los arrojadizos eran sensibles y una
serie de disparos hubiera causado una revuelta capaz de destronarlo. La tarea,
que desplazó como un mazazo en Vili, era llevar a los perros, cuando todos
durmieran o bebieran en lo de Oblatter, al galpón del ferrocarril, atarlos afuera
y entrarlos para matarlos a palazos. Nunca nadie supo lo que esa noche Vili
sudó.
Antes de salir
de lo de Cabral, Eva le llevó un jarrito. Era agua. Ella lo miró fija y dulcemente,
hasta que el berrido de uno de los mellizos, y luego el del otro, la llamaron. Dijo
“suerte”… ¡con aliento a cerveza! ¡Mil arañazos le surcaron el cuerpo! Caminó,
como tísico, por las calles de El Arrojadizo sin rumbo y atenazado por la
presión; y acosado por los labios húmedos de Eva. Anochecía; sin darse cuenta
del cambio de color en el follaje de los arbustos ni del encuentro de vahos costeros
con la humedad de una madreselva, un perro, mezcla de ovejero con cóquer,
dormía en la plaza. Daban a la calle principal la carnicería del “Filo” Solari,
el locutorio de Mabel y la Imprenta
Comunista del pueblo. En todos esos lugares había trabajado
un poco o mendigado, conocía sus pisos y sótanos, recordaba el olor de los
baños y la grasa de las cocinas; tenía para ellos sólo sentimientos de
gratitud; con el Filo, después de cierta carneada (sus manos eran blancas y
certeras), habían tomado sangre porcina con gin e invocado espíritus. Pero eso
era antes de la Bonanza. Sentía
las piernas débiles, temblequeba. Dos perros se turnaban en montar una pointer
de manto blanco manchado, hermosa, que vivía con Mabel, y lo hacían respetando
el tiempo de cada cual, sin mezquindades. Derivó por una diagonal dejando
atrás, por el momento, al trío que se abría a los aportes de otros canes;
llegaban y se abrazaban entre gruñidos y lengüetazos y la infinita alegría que
había en ellos le daba latigazos. ¡Si él mismo, al despertarse de una
borrachera, había tenido un acercamiento con la terrier Rita!; pronto no pudo ni
siquiera recordar, lo enceguecía la ansiedad de un vaso. La diagonal lo llevaba
hacia Aldea California. Se detuvo en una bocacalle, casi sin aire, y sintió que
dos bloques de densa oscuridad se desplazaban uno contra el otro, estrujándolo,
haciéndolo arenilla. Derribado en la calle de tierra, con alguna esperanza, lamió
el jugo estancado de un hoyuelo.
En lo de
Oblatter lo vieron entrar y salir, sin consumir nada, como si al llegar le
hubiese quemado la cumbia, los güiros, los grupos de mujeres mezclados con
hombres, el vino y el pasamanos de miradas que esperaban verlo en la punta de
la barra o mangueando. Una soga de tender sirvió para hacer varios lazos. La
amistad que le tenían, su olor, que ahora aparecía lejano pero no dejaba de
identificarlo los llevó confiadamente a su lado; le jugaron, le rondaron, le
montaron la pierna; todos ofrecieron su cuello para que los guiara. Ninguno
mereció más caricias ni atenciones que otro. Dos lebreles hermanos, en la
cercanía de un cuzquito debilucho y desconfiado, comenzaron a gruñir, le
ladraron molestos por sus gestos de temor; el cuzquito marrón, de pelo cortado
por la sarna y barbita, se alejaba todo lo que podía de los hermanos; un fuerte
sacudón del manojo de sogas calmó la jauría. No era el mismo Vili que se había
arrastrado por la calle en la tarde, era evidente. Caminaba con decisión,
quebraba ramitas y éstas crujían como cruje el fuego que debía apagar a pisotones
para no ceder al incendio, para soportar la aspereza de las tenues brisas de la
noche que sentía, otra vez, como si lo desmenuzaran, como si le hollaran la
piel, como si las manos blancas del Filo estuvieran cambiándole el pellejo en
el camino. Circundado por la jauría iba enhiesto hacia los galpones; ni se
retorcía ni perdía de vista que era un traidor. En la zurda llevaba un garrote.
Con la punta le empujó el culo al cuzquito de barbita; el perrito giró y lo
miró e inmediatamente corrió hacia atrás, en pánico, donde uno de los lebreles le
mordió el rabo que no obstante recuperó entero pero molido en la punta, el
barbincho chilló y huyó hacia un costado, refugiándose contra un perro
regordete de pelo graso, enrulado y gris, indiferente de la pelea, un paseante.
Éste fue el primero en cobrar.
Cortaban el
aire ráfagas calientes que de haber sido violetas hubieran fileteado la mañana con
símbolos extraños. Sin embargo la calle principal salía de la plaza, cruzaba el
pueblo y llegaba a Aldea California sin novedades y donde, igual a una mañana
cualquiera, aún se bailaba en lo de Oblatter como en el último día, Yon Azario
se reunía con sus bravos cobradores, Don Bonfi, desdeñoso de sus deudas, dormía
junto a tres mujeres, una de las cuales era la amante de Azario, y nadie tenía
seguro un albur más que Oblatter, pero él era sólo un fiel encargado, lo
suficientemente cuidadoso, sobrio y vulgar para oponer apenas una mínima
resistencia a los impulsivos californianos que de estar muy ansiosos también
contaban con fiado, salvo Vili, claro; una mañana más y recién pintada, con el
óleo aún húmedo, blando, de olor agrio y profundo como el sexo de Eva, tufiento
y profundo como el cuello de Rita o como las habitaciones enlodadas luego de
que la creciente lo hubiese mezclado todo y fuera necesario agarrar un cuchillo
y empezar a desprender el barro de los muebles y de las paredes, quitando, si
es que saltaba, la pintura, abriendo las ventanas.
Un alma, pues,
cruzó la plaza y era la de Vili. Pasaron dos horas de silencio en las que se
puso de manifiesto la mala influencia en los arrojadizos. Luego se oyó un
aullido, lloró un niño, siguió un ladrido aflautado, y chilló el otro mellizo.
De alguna parte provenían alaridos, llantos y gemidos. Máximo se arrimó preocupado
al patio, calmó a los niños; otros vecinos salieron a la puerta, todos con la
misma pregunta en la mano. De pronto entraron en la plaza casi muertos,
heridos, agonizantes, sangrientos animales; perros con un solo ojo, arrastraban
piernas quebradas, pedían auxilio sin aliento y horrorizaban al barrio hasta lo
indecible. En general la golpiza, antes de matarlos, los había desmayado. Se
armó una gran movilización en socorro de los perros callejeros que llegaban
como zombis. Entre ellos estaba la pointer de Mabel, y ésta, que también se
había asomado por el bochinche y había dormido poco o mal, algo extrañada por
la ausencia de su perra, había enmudecido o entrado en shock: y la pointer la
miraba de lejos.
Máximo enfiló
a lo de Oblatter. Al llegar ya tenía el puño caliente. En su lugar de la barra,
Vili estaba casi dormido, en una ebriedad redentora, inimputable, se había
tomado dos botellas de ginebra y naufragaba entre los bajos y la dulce voz de
Gilda. No sirvieron los apretones en el cuello (que era el de una gallina) ni
los bifes ni los gritos; Vili se quejaba un poco, pero en general lo dejaba
hacer. Cuando vio sangre en la nariz de Vili, Oblatter pidió a Máximo que se
fuera, y como éste le respondió a puteadas, el cantinero sacó una vieja Colt,
le repitió el consejo y acudiendo a una frase prestada, apuntándole a la cabeza,
dijo que dentro de la whiskería, tanto él como Vili, eran lo mismo. El vago
siguió durmiendo. Pensaba que tenía cumplida la tarea, que había recuperado su
lugar en la barra, que había vuelto del infierno.
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