lunes, 25 de octubre de 2010

Problemas limítrofes, Javier Yanantuoni

Al sol, como su madre había estado cuando era niña, dormían los mellizos de Eva Cabral. El berrido de uno hubiera alertado al otro, pero la mañana que rezumaba en su sueño era sólo cálida y silenciosa, domaba sus cuerpos imprevisibles y el de todos los que aún babeaban las sábanas más el de los vagos y los dormilones. Eso se lo debían a la mansedumbre de las aguas que sin otro motivo que la excepcional compasión del río corrían lentas y bajas y permitían las cosechas y esperaban la próxima simiente. El patio daba a la plaza. La plaza no era el centro de El Arrojadizo sino uno de sus vértices. Que no hubiera nadie a la vista era un mal signo; allí nunca faltó el trabajo, justamente porque se lo promovía desde todos sus ángulos y a toda hora. Máximo Cabral echó su enorme cuerpo al patio, se juntó a sus mellizos, les acarició la cabeza como a dos pequeños lobeznos y reprimió un saludo. No había ni un perro; sólo un alma cruzaba la plaza. Y ya se iba a lo de Oblatter, pensó.
Además, era una mañana transparente. De una mirada se llegaba hasta Aldea California, aunque era mejor no mirar en ese sentido. Afilados e invasivos, güiros de cumbias venían desde la whiskería, abierta el día entero para que los californianos no salieran del trabajo sin dejar de entrar a lo de Oblatter, el encargado, a enfriarse tomando porrones y a pelearse por nada, y de allí al puesto de CD’s truchos, a la financiera o a Le Galerie, donde nunca faltaban de iniciados a reconocidos expositores que bailaban en lo de Oblatter, precisamente, mientras algún otro cuidaba sus obras para las que Yon Azario, con total normalidad, había emitido préstamos por quinientos mil albures en lo que iba de la Bonanza; buenas pinturas de Don Bonfi, pero carísimas. No gastaban todos sus ahorros en la muestra de máscaras minimalistas, cuyo autor, Emilio Azario, hijo del financista, adornaba con cutículas que rebanaba de su propio rostro y justo el día de la exposición, un éxito en ventas, moría en el dispensario por la infección de una picadura de mosquito en la viva piel, ¡porque no conocían de qué se trataba eso del ahorro! ¡Bah! Máximo y sus vecinos se agarraban la cabeza; eran así de absurdos. Gritos irracionales, como aullidos, desgarraban la plácida mañana, quebraban su perfil estático. También provenían de allí. Pero ahora, al menos, estaban de su lado. Hubo un tiempo, antes de la Bonanza, en que, empujados por la creciente, arrojadizos y californianos convivieron, ora en el pueblo de uno, ora en el del otro, dependiendo de si el arroyo Arrojadizo desbordaba o crecía la laguna Setúbal. Franquedos y mecidos por sus cauces, los habitantes vivían tiempos de Bonanza o migraciones debido a las inundaciones. Pero como si los rigiera una especie de ley elástica, una enemistad más vieja y flexible que el sauce,  nunca dejaban de volver a sus casas, barbadas de camalotes, lamidas por el río y alfombradas con cieno marrón. Ya no había llantos. Eso ayudaba enormemente; y la cantina de Oblatter, claro. O las misas para los arrojadizos.
Por el mismo motivo, no había un límite exacto entre los pueblos. Esto, igual que la aparición de pequeños pero significativos excesos, como en las horas de sueño, no había sido nunca problemático porque los separaba la Hondonada. Esto era una depresión del terreno, imperceptible si uno paraba en ella, de trescientos metros de ancho, no más. Se inundaba si crecía la Setúbal, si no, se poblaba. Una continuidad vinculaba, entonces, ambos poblados y esto no podía seguir así. Como la iniciativa de marcar un límite claro y preciso fue de Máximo, suya fue también la responsabilidad de trazar la frontera. La ley matemática del punto medio resolvió en breve el asunto. De paso se acordó un código de migración y de vagabundeo: quedaron dos cabos sueltos: los perros de la calle y Vili, el vagabundo que vivía unas veces en El Arrojadizo y otras en Aldea California, según lo llevara o lo trajera el vino.
Sesudas tardes envolvieron a Máximo hasta que dio con el plan. Llevó a Vili a vivir a su casa y al tercer día de ascetismo le habló. Vili, temblando en una cama, apenas lo oía. Se ganaría cien albures, de la billetera de Máximo, si se deshacía de todos los perros callejeros de la zona. Hasta no conseguirlo, tenía cortado el fiado en lo de Oblatter y sus ostias serían sólo rodajas de pan duro en cambio de bocaditos humedecidos en torrontés de guarda. Los vientos desérticos que le raspaban la garganta le movieron el . Máximo sabía que era una empresa delicada, los arrojadizos eran sensibles y una serie de disparos hubiera causado una revuelta capaz de destronarlo. La tarea, que desplazó como un mazazo en Vili, era llevar a los perros, cuando todos durmieran o bebieran en lo de Oblatter, al galpón del ferrocarril, atarlos afuera y entrarlos para matarlos a palazos. Nunca nadie supo lo que esa noche Vili sudó.
Antes de salir de lo de Cabral, Eva le llevó un jarrito. Era agua. Ella lo miró fija y dulcemente, hasta que el berrido de uno de los mellizos, y luego el del otro, la llamaron. Dijo “suerte”… ¡con aliento a cerveza! ¡Mil arañazos le surcaron el cuerpo! Caminó, como tísico, por las calles de El Arrojadizo sin rumbo y atenazado por la presión; y acosado por los labios húmedos de Eva. Anochecía; sin darse cuenta del cambio de color en el follaje de los arbustos ni del encuentro de vahos costeros con la humedad de una madreselva, un perro, mezcla de ovejero con cóquer, dormía en la plaza. Daban a la calle principal la carnicería del “Filo” Solari, el locutorio de Mabel y la Imprenta Comunista del pueblo. En todos esos lugares había trabajado un poco o mendigado, conocía sus pisos y sótanos, recordaba el olor de los baños y la grasa de las cocinas; tenía para ellos sólo sentimientos de gratitud; con el Filo, después de cierta carneada (sus manos eran blancas y certeras), habían tomado sangre porcina con gin e invocado espíritus. Pero eso era antes de la Bonanza. Sentía las piernas débiles, temblequeba. Dos perros se turnaban en montar una pointer de manto blanco manchado, hermosa, que vivía con Mabel, y lo hacían respetando el tiempo de cada cual, sin mezquindades. Derivó por una diagonal dejando atrás, por el momento, al trío que se abría a los aportes de otros canes; llegaban y se abrazaban entre gruñidos y lengüetazos y la infinita alegría que había en ellos le daba latigazos. ¡Si él mismo, al despertarse de una borrachera, había tenido un acercamiento con la terrier Rita!; pronto no pudo ni siquiera recordar, lo enceguecía la ansiedad de un vaso. La diagonal lo llevaba hacia Aldea California. Se detuvo en una bocacalle, casi sin aire, y sintió que dos bloques de densa oscuridad se desplazaban uno contra el otro, estrujándolo, haciéndolo arenilla. Derribado en la calle de tierra, con alguna esperanza, lamió el jugo estancado de un hoyuelo. 
En lo de Oblatter lo vieron entrar y salir, sin consumir nada, como si al llegar le hubiese quemado la cumbia, los güiros, los grupos de mujeres mezclados con hombres, el vino y el pasamanos de miradas que esperaban verlo en la punta de la barra o mangueando. Una soga de tender sirvió para hacer varios lazos. La amistad que le tenían, su olor, que ahora aparecía lejano pero no dejaba de identificarlo los llevó confiadamente a su lado; le jugaron, le rondaron, le montaron la pierna; todos ofrecieron su cuello para que los guiara. Ninguno mereció más caricias ni atenciones que otro. Dos lebreles hermanos, en la cercanía de un cuzquito debilucho y desconfiado, comenzaron a gruñir, le ladraron molestos por sus gestos de temor; el cuzquito marrón, de pelo cortado por la sarna y barbita, se alejaba todo lo que podía de los hermanos; un fuerte sacudón del manojo de sogas calmó la jauría. No era el mismo Vili que se había arrastrado por la calle en la tarde, era evidente. Caminaba con decisión, quebraba ramitas y éstas crujían como cruje el fuego que debía apagar a pisotones para no ceder al incendio, para soportar la aspereza de las tenues brisas de la noche que sentía, otra vez, como si lo desmenuzaran, como si le hollaran la piel, como si las manos blancas del Filo estuvieran cambiándole el pellejo en el camino. Circundado por la jauría iba enhiesto hacia los galpones; ni se retorcía ni perdía de vista que era un traidor. En la zurda llevaba un garrote. Con la punta le empujó el culo al cuzquito de barbita; el perrito giró y lo miró e inmediatamente corrió hacia atrás, en pánico, donde uno de los lebreles le mordió el rabo que no obstante recuperó entero pero molido en la punta, el barbincho chilló y huyó hacia un costado, refugiándose contra un perro regordete de pelo graso, enrulado y gris, indiferente de la pelea, un paseante. Éste fue el primero en cobrar.
Cortaban el aire ráfagas calientes que de haber sido violetas hubieran fileteado la mañana con símbolos extraños. Sin embargo la calle principal salía de la plaza, cruzaba el pueblo y llegaba a Aldea California sin novedades y donde, igual a una mañana cualquiera, aún se bailaba en lo de Oblatter como en el último día, Yon Azario se reunía con sus bravos cobradores, Don Bonfi, desdeñoso de sus deudas, dormía junto a tres mujeres, una de las cuales era la amante de Azario, y nadie tenía seguro un albur más que Oblatter, pero él era sólo un fiel encargado, lo suficientemente cuidadoso, sobrio y vulgar para oponer apenas una mínima resistencia a los impulsivos californianos que de estar muy ansiosos también contaban con fiado, salvo Vili, claro; una mañana más y recién pintada, con el óleo aún húmedo, blando, de olor agrio y profundo como el sexo de Eva, tufiento y profundo como el cuello de Rita o como las habitaciones enlodadas luego de que la creciente lo hubiese mezclado todo y fuera necesario agarrar un cuchillo y empezar a desprender el barro de los muebles y de las paredes, quitando, si es que saltaba, la pintura, abriendo las ventanas.
Un alma, pues, cruzó la plaza y era la de Vili. Pasaron dos horas de silencio en las que se puso de manifiesto la mala influencia en los arrojadizos. Luego se oyó un aullido, lloró un niño, siguió un ladrido aflautado, y chilló el otro mellizo. De alguna parte provenían alaridos, llantos y gemidos. Máximo se arrimó preocupado al patio, calmó a los niños; otros vecinos salieron a la puerta, todos con la misma pregunta en la mano. De pronto entraron en la plaza casi muertos, heridos, agonizantes, sangrientos animales; perros con un solo ojo, arrastraban piernas quebradas, pedían auxilio sin aliento y horrorizaban al barrio hasta lo indecible. En general la golpiza, antes de matarlos, los había desmayado. Se armó una gran movilización en socorro de los perros callejeros que llegaban como zombis. Entre ellos estaba la pointer de Mabel, y ésta, que también se había asomado por el bochinche y había dormido poco o mal, algo extrañada por la ausencia de su perra, había enmudecido o entrado en shock: y la pointer la miraba de lejos.
Máximo enfiló a lo de Oblatter. Al llegar ya tenía el puño caliente. En su lugar de la barra, Vili estaba casi dormido, en una ebriedad redentora, inimputable, se había tomado dos botellas de ginebra y naufragaba entre los bajos y la dulce voz de Gilda. No sirvieron los apretones en el cuello (que era el de una gallina) ni los bifes ni los gritos; Vili se quejaba un poco, pero en general lo dejaba hacer. Cuando vio sangre en la nariz de Vili, Oblatter pidió a Máximo que se fuera, y como éste le respondió a puteadas, el cantinero sacó una vieja Colt, le repitió el consejo y acudiendo a una frase prestada, apuntándole a la cabeza, dijo que dentro de la whiskería, tanto él como Vili, eran lo mismo. El vago siguió durmiendo. Pensaba que tenía cumplida la tarea, que había recuperado su lugar en la barra, que había vuelto del infierno.

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