Sonia dormía sola, fue uno de los cambios
del nuevo proyecto, de la mudanza. Al fin tenía un cuarto para ella sola, tenía
privacidad.
Puso el escritorio justo debajo de la
ventana, para que le entre buena luz cuando estudiara y para poder mirar hacia
el jardín en los momentos en que levantara la vista de los libros.
La mamá de Sonia era joven y aunque era una
madre soltera con dos hijos, no le costó mucho encontrar alguien que la ame, la
elija y que quiera comenzar un proyecto con ella y su prole.
La mudanza fue rápida. Un camión, unas
maniobras complicadas para que el amado escritorio de Sonia entre por la puerta
y ya estaban los 4 instalados.
Desde la primera noche Sonia se dio cuenta
que Rogelio no podía dormir en la casa nueva. Pensó que debía ser amenazante
pasar de dormir solo en un departamento a dormir en una casa con 3 personas
más, pensó que tal vez no estaba acostumbrado a una casa con tantos ruidos, que
como todo, sería cuestión de acostumbrarse.
Empezaron las clases y como la nueva casa
era lejos del colegio, el despertador sonaba a las 6.30 de la mañana todas las
mañanas. Sonia dormía con la puerta abierta, siempre durmieron todos con la
puerta abierta. Rogelio, que definitivamente no dormía mucho, se encargaba de
despertarlos a los tres para que tomaran el desayuno. Cuando se acercaba al
cuarto de Sonia, Rogelio cerraba la puerta y desde afuera, una vez que estaba cerrada,
golpeaba y con su voz ronca le decía que ya eran las 6.30. Sonia pensaba que
era demasiado prudente con algunas cosas.
-¿Ustedes sienten el olor?- Preguntó Sonia
mientras desayunaban en la cocina.- El olor como a humedad, a húmedo, no sé… es
un olor espantoso, como ráfagas de olor.
Nadie sentía el olor. Sonia no sabía cómo explicarlo, era un olor horrible, a sucio, que sentía en su cuarto. Terminó la tostada de un solo bocado y, como llovía, Rogelio se ofreció a alcanzarlos al colegio. Salieron a la calle y los perros del vecino ladraban.
Nadie sentía el olor. Sonia no sabía cómo explicarlo, era un olor horrible, a sucio, que sentía en su cuarto. Terminó la tostada de un solo bocado y, como llovía, Rogelio se ofreció a alcanzarlos al colegio. Salieron a la calle y los perros del vecino ladraban.
-¡Shhhh! ¡Chito la boca!- Gritó Rogelio,
pero los perros seguían ladrando desesperados corriendo de un lado a otro
detrás de las rejas. Sonia se detuvo un segundo y lo vio. Vio salir del jardín
del vecino un gato negro, muy grande, tan grande que no parecía un gato sino un
puma. El gato salió corriendo, cruzó la calle y Sonia se quedó quieta
mirándolo, vio como se paraba en las tejas de la casa del otro vecino y le
clavaba los ojos, sus ojos amarillos y penetrantes.
-Por eso ladraban- Dijo.
-Está lleno de gatos este barrio, mamá dice
que es bueno porque se comen las ratas- Dijo Juan con voz de dormido y refregándose
los ojos. Tenía el uniforme arrugado y pegado al cuerpo porque estaba
experimentando dormir vestido así podía quedarse en la cama un ratito más
después de que lo despertaran.
-¿Viste el tamaño que tenía ese gato?-
Sonia seguía quieta, tenía los ojos bien abiertos clavados en el gato que la
seguía mirando desde el techo, le asombraba que el gato siguiese mirándola. Era
desafiante y atrevido. Le dio miedo y subió rápido al auto.
Los martes Sonia iba a clases de inglés
después del colegio, así que llegaba justo para comer. Ahora que vivían con
Rogelio comían en el comedor, conversaban mientras comían, ya no se usaban las
bandejas ni se veía la novela de las 9. Sonia se sentía rara, no sabía cómo
agarrar los cubiertos, hasta dónde acercar la silla a la mesa ni cuándo podía levantarse
para ir a su cuarto, sola. Esperó que la madre terminara de lavar los platos, se
despidió y se fue a dormir. Cuando entró a su cuarto vio que estaba la ventana
abierta y las persianas también. Las cortinas flameaban como si fueran dos
banderas blancas. Tembló, se sintió desnuda.
-Te dejé todo abierto para que se ventile, hay
un olor horrible acá - Le dijo la madre que justo pasaba por la puerta.
-Debe ser por el gato que conocimos hoy en
la calle- Agregó Rogelio que iba detrás de la madre, camino al cuarto.- Gato
de porquería altera a los perros y mea
por todos lados.
A Sonia le dio un escalofrío por todo el
cuerpo, el gato. El gato estaba cerca, el gato marcaba territorio, el gato
estaba cerca y podía estar mirándola en ese mismo momento. Cerró la persiana
rápido, se sentó en la cama y una náusea le invadió el cuerpo, el gato había
estado dentro de su cuarto, podía olerlo. Se tapó la cara con las manos, cerró
los ojos con fuerza, como queriendo hundírselos, para ya no ver pero no servía
pues lo seguía viendo parado sobre las tejas mirándola, adivinándola en
silencio.
A media cuadra de la casa nueva pasaba el
60, Sonia escuchaba los frenos de aire desde su cuarto, escuchaba cuando
frenaba justo antes del pozo que hay en la esquina, escuchaba también la bocina
del tren, la alarma de algún auto olvidado en el medio de la noche, escuchaba
porque ya no podía dormir, escuchaba todos esos ruidos que tampoco dejaban
dormir a Rogelio. Oyó ladrar a los perros, pensó en el gato. Sitió lo pasos del
gato sobre el techo de su cuarto, alguien abría la heladera, alguien cerraba
puertas, caminaba. Escuchó maullar al gato, muy fuerte. Escuchó cómo reñía con otro gato justo debajo de su ventana en
un barullo atroz que se confundía con el llanto de un bebé afiebrado. El gato
estaba debajo de su ventana, en su jardín, el gato defendía su territorio, el
gato meaba por todos lados para que ella lo huela y sepa que estaba ahí,
rodeándola, mirándola con sus ojos amarillos aún detrás de la persiana
herméticamente cerrada.
Sonia lo sentía, en el medio de la noche. El
gato quería entrar, arañaba la persiana, el gato quería entrar. Quería
rajuñarla, morderla, quería invadirla. Se hicieron las 6.30, otra vez Rogelio
cerró la puerta y desde afuera la llamó para que se despertara.
Juan seguía teniendo mucho sueño todas las
mañanas, no podía acostumbrarse a levantarse tan temprano. Sonia veía como todos
de alguna manera estaban dormidos, sin despertar a la gran invasión de la que
estaba siendo víctima, hasta que una tarde fue evidente la intromisión.
La madre estaba tomando un café con leche
en la cocina, sola. Juan estaba durmiendo la siesta. Sonia se había recostado
en la cama para descansar un rato antes de ponerse a estudiar. Lo sintió, abrió
sus ojos y recorrió con la vista su
cuarto. Lo vió, estaba parado en el escritorio. Por unos segundos se quedó
mirándolo, sus ojos eran imanes, eran volcanes amarillos, estallaban, la
atraían de una manera repulsiva, le tenía miedo y asco pero no podía dejar de
mirarlo. En medio de aquel baile inmaculado, en esa comunión espantosamente
atractiva entró la madre y los encontró.
-¡Shhhhhh! ¡Huiiira!, gato de mierda, fuera
de acá- gritó. El gato saltó en el lugar, subió al escritorio, ese escritorio
amado por Sonia, que había puesto especialmente debajo de la ventana, ese
escritorio que resultó ser la plataforma de entrada del gato, de la mugre, de
todo lo espantoso que asustaba a Sonia. Se resbaló con una bolsa de plástico
inoportunamente puesta ahí y volvió a caer al suelo, entonces corrió fuera del
cuarto, por el pasillo y llegó al living. El gato estaba atrapado, quería
escapar, estaba asustado, no conocía ese lugar, sus instintos no le servían en
esa casa desconocida llena de desconocidos. Saltó para escapar por la ventana
del living, pero la ventana tenía puesto el mosquitero y sus uñas quedaron atascadas.
El gato parecía inmolado, maullaba rabioso, con espuma en la boca, tenía el
pelaje erizado, gruñía y se tambaleaba con dos de sus patas atascadas. La madre
quiso abrir el mosquitero para ayudarlo a salir pero el gato le gruñía con sus
colmillos desafiantes y no se atrevió a acercarse. Sonia miraba desde el
pasillo, pensaba que esas cosas pasaban todo el tiempo, dos personas quieren lo
mismo pero como no se entienden, se lastiman, se asustan. El gato quería salir
y la madre quería que salga, pero no se entendían. Pensó en las personas a las
que les temía, que en realidad no entendía, entonces sintió pena por el gato,
él también estaba asustado. Abrió la puerta de
calle y se quedó parada al lado del marco, esperó, como esperaba todas
las noches con la puerta de su cuarto también abierta. El gato logró zafarse
del mosquitero, volvió al piso, corrió y escapó a la calle. Sonia cerró la
puerta y se quedó parada mirando la puerta cerrada, entendió.
Sonia
lo sentía, en el medio de la noche. El gato quería entrar, arañaba la persiana,
el gato quería entrar. Oía el freno de aire de los colectivos que arrollaban el
asfalto, la alarma de algún auto olvidado, sentía que Rogelio deambulaba por la
casa, que abría la heladera… pero esta vez comprendió que al fin dormía sola,
que su puerta estaba cerrada porque ella la había cerrado como le había cerrado
la persiana al gato negro sin que pudiera invadirla y que detrás de esa puerta
podía pasar lo que sea y eso no la perturbaría; porque ahora Sonia dormía sola como
siempre había soñado y nadie podría invadirla.
Clara Mendez
Clara Mendez
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