viernes, 1 de octubre de 2010

Sonia dormía sola

Sonia dormía sola, fue uno de los cambios del nuevo proyecto, de la mudanza. Al fin tenía un cuarto para ella sola, tenía privacidad.
Puso el escritorio justo debajo de la ventana, para que le entre buena luz cuando estudiara y para poder mirar hacia el jardín en los momentos en que levantara la vista de los libros.
La mamá de Sonia era joven y aunque era una madre soltera con dos hijos, no le costó mucho encontrar alguien que la ame, la elija y que quiera comenzar un proyecto con ella y su prole.
La mudanza fue rápida. Un camión, unas maniobras complicadas para que el amado escritorio de Sonia entre por la puerta y ya estaban los 4 instalados.
Desde la primera noche Sonia se dio cuenta que Rogelio no podía dormir en la casa nueva. Pensó que debía ser amenazante pasar de dormir solo en un departamento a dormir en una casa con 3 personas más, pensó que tal vez no estaba acostumbrado a una casa con tantos ruidos, que como todo, sería cuestión de acostumbrarse.
Empezaron las clases y como la nueva casa era lejos del colegio, el despertador sonaba a las 6.30 de la mañana todas las mañanas. Sonia dormía con la puerta abierta, siempre durmieron todos con la puerta abierta. Rogelio, que definitivamente no dormía mucho, se encargaba de despertarlos a los tres para que tomaran el desayuno. Cuando se acercaba al cuarto de Sonia, Rogelio cerraba la puerta y desde afuera, una vez que estaba cerrada, golpeaba y con su voz ronca le decía que ya eran las 6.30. Sonia pensaba que era demasiado prudente con algunas cosas.
-¿Ustedes sienten el olor?- Preguntó Sonia mientras desayunaban en la cocina.- El olor como a humedad, a húmedo, no sé… es un olor espantoso, como ráfagas de olor.
Nadie sentía el olor. Sonia no sabía cómo explicarlo, era un olor horrible, a sucio, que sentía en su cuarto. Terminó la tostada de un solo bocado y, como llovía, Rogelio se ofreció a alcanzarlos al colegio. Salieron a la calle y los perros del vecino ladraban.
-¡Shhhh! ¡Chito la boca!- Gritó Rogelio, pero los perros seguían ladrando desesperados corriendo de un lado a otro detrás de las rejas. Sonia se detuvo un segundo y lo vio. Vio salir del jardín del vecino un gato negro, muy grande, tan grande que no parecía un gato sino un puma. El gato salió corriendo, cruzó la calle y Sonia se quedó quieta mirándolo, vio como se paraba en las tejas de la casa del otro vecino y le clavaba los ojos, sus ojos amarillos y penetrantes.
-Por eso ladraban- Dijo.
-Está lleno de gatos este barrio, mamá dice que es bueno porque se comen las ratas- Dijo Juan con voz de dormido y refregándose los ojos. Tenía el uniforme arrugado y pegado al cuerpo porque estaba experimentando dormir vestido así podía quedarse en la cama un ratito más después de que lo despertaran.
-¿Viste el tamaño que tenía ese gato?- Sonia seguía quieta, tenía los ojos bien abiertos clavados en el gato que la seguía mirando desde el techo, le asombraba que el gato siguiese mirándola. Era desafiante y atrevido. Le dio miedo y subió rápido al auto.
Los martes Sonia iba a clases de inglés después del colegio, así que llegaba justo para comer. Ahora que vivían con Rogelio comían en el comedor, conversaban mientras comían, ya no se usaban las bandejas ni se veía la novela de las 9. Sonia se sentía rara, no sabía cómo agarrar los cubiertos, hasta dónde acercar la silla a la mesa ni cuándo podía levantarse para ir a su cuarto, sola. Esperó que la madre terminara de lavar los platos, se despidió y se fue a dormir. Cuando entró a su cuarto vio que estaba la ventana abierta y las persianas también. Las cortinas flameaban como si fueran dos banderas blancas. Tembló, se sintió desnuda.
-Te dejé todo abierto para que se ventile, hay un olor horrible acá - Le dijo la madre que justo pasaba por la puerta.
-Debe ser por el gato que conocimos hoy en la calle- Agregó Rogelio que iba detrás de la madre, camino al cuarto.- Gato de  porquería altera a los perros y mea por todos lados.
A Sonia le dio un escalofrío por todo el cuerpo, el gato. El gato estaba cerca, el gato marcaba territorio, el gato estaba cerca y podía estar mirándola en ese mismo momento. Cerró la persiana rápido, se sentó en la cama y una náusea le invadió el cuerpo, el gato había estado dentro de su cuarto, podía olerlo. Se tapó la cara con las manos, cerró los ojos con fuerza, como queriendo hundírselos, para ya no ver pero no servía pues lo seguía viendo parado sobre las tejas mirándola, adivinándola en silencio.
A media cuadra de la casa nueva pasaba el 60, Sonia escuchaba los frenos de aire desde su cuarto, escuchaba cuando frenaba justo antes del pozo que hay en la esquina, escuchaba también la bocina del tren, la alarma de algún auto olvidado en el medio de la noche, escuchaba porque ya no podía dormir, escuchaba todos esos ruidos que tampoco dejaban dormir a Rogelio. Oyó ladrar a los perros, pensó en el gato. Sitió lo pasos del gato sobre el techo de su cuarto, alguien abría la heladera, alguien cerraba puertas, caminaba. Escuchó maullar al gato, muy fuerte. Escuchó cómo reñía  con otro gato justo debajo de su ventana en un barullo atroz que se confundía con el llanto de un bebé afiebrado. El gato estaba debajo de su ventana, en su jardín, el gato defendía su territorio, el gato meaba por todos lados para que ella lo huela y sepa que estaba ahí, rodeándola, mirándola con sus ojos amarillos aún detrás de la persiana herméticamente cerrada.
Sonia lo sentía, en el medio de la noche. El gato quería entrar, arañaba la persiana, el gato quería entrar. Quería rajuñarla, morderla, quería invadirla. Se hicieron las 6.30, otra vez Rogelio cerró la puerta y desde afuera la llamó para que se despertara.
Juan seguía teniendo mucho sueño todas las mañanas, no podía acostumbrarse a levantarse tan temprano. Sonia veía como todos de alguna manera estaban dormidos, sin despertar a la gran invasión de la que estaba siendo víctima, hasta que una tarde fue evidente la intromisión.
La madre estaba tomando un café con leche en la cocina, sola. Juan estaba durmiendo la siesta. Sonia se había recostado en la cama para descansar un rato antes de ponerse a estudiar. Lo sintió, abrió sus ojos y recorrió con la vista  su cuarto. Lo vió, estaba parado en el escritorio. Por unos segundos se quedó mirándolo, sus ojos eran imanes, eran volcanes amarillos, estallaban, la atraían de una manera repulsiva, le tenía miedo y asco pero no podía dejar de mirarlo. En medio de aquel baile inmaculado, en esa comunión espantosamente atractiva entró la madre y los encontró.
-¡Shhhhhh! ¡Huiiira!, gato de mierda, fuera de acá- gritó. El gato saltó en el lugar, subió al escritorio, ese escritorio amado por Sonia, que había puesto especialmente debajo de la ventana, ese escritorio que resultó ser la plataforma de entrada del gato, de la mugre, de todo lo espantoso que asustaba a Sonia. Se resbaló con una bolsa de plástico inoportunamente puesta ahí y volvió a caer al suelo, entonces corrió fuera del cuarto, por el pasillo y llegó al living. El gato estaba atrapado, quería escapar, estaba asustado, no conocía ese lugar, sus instintos no le servían en esa casa desconocida llena de desconocidos. Saltó para escapar por la ventana del living, pero la ventana tenía puesto el mosquitero y sus uñas quedaron atascadas. El gato parecía inmolado, maullaba rabioso, con espuma en la boca, tenía el pelaje erizado, gruñía y se tambaleaba con dos de sus patas atascadas. La madre quiso abrir el mosquitero para ayudarlo a salir pero el gato le gruñía con sus colmillos desafiantes y no se atrevió a acercarse. Sonia miraba desde el pasillo, pensaba que esas cosas pasaban todo el tiempo, dos personas quieren lo mismo pero como no se entienden, se lastiman, se asustan. El gato quería salir y la madre quería que salga, pero no se entendían. Pensó en las personas a las que les temía, que en realidad no entendía, entonces sintió pena por el gato, él también estaba asustado. Abrió la puerta de  calle y se quedó parada al lado del marco, esperó, como esperaba todas las noches con la puerta de su cuarto también abierta. El gato logró zafarse del mosquitero, volvió al piso, corrió y escapó a la calle. Sonia cerró la puerta y se quedó parada mirando la puerta cerrada, entendió.
 Sonia lo sentía, en el medio de la noche. El gato quería entrar, arañaba la persiana, el gato quería entrar. Oía el freno de aire de los colectivos que arrollaban el asfalto, la alarma de algún auto olvidado, sentía que Rogelio deambulaba por la casa, que abría la heladera… pero esta vez comprendió que al fin dormía sola, que su puerta estaba cerrada porque ella la había cerrado como le había cerrado la persiana al gato negro sin que pudiera invadirla y que detrás de esa puerta podía pasar lo que sea y eso no la perturbaría; porque ahora Sonia dormía sola como siempre había soñado y nadie podría invadirla.


Clara Mendez

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