domingo, 24 de octubre de 2010

El podólogo


-Yo solo te digo que si vas a dormir con ella, tenés que hacer algo con esos pies.
Marta tenía puestos unos shorts azules con pequeñas manchas desteñidas por lavandina. Sus manos siempre olían a lavandina, se la pasaba diciendo que no importaba qué fuera lo que inventaran, nada iba a ser mejor que la lavandina para lavar y desinfectar. Juan odiaba el olor a lavandina, odiaba que ella se ponga esos shorts aunque sea para estar entre casa y sobre todo odiaba que tomara todo lo que él le contaba y lo usara en su contra. Inmediatamente luego de hacerle una confesión íntima, se arrepentía. Contarle que pasaría la noche con Laura fue claramente un error. Debería haber hecho como siempre, pensaba Juan, y mentirle, decirle que dormiría con algún amigo en capital y punto.
-Ma, ya me hice los baños con agua de alibur, como me dijiste. No pienso ponerme lavandina.
-No soy tan bruta Juan, dejá de atacarme. Tenés el número del podólogo pegado en la heladera hace semanas, es acá a la vuelta. Podrías ir, la vas a raspar toda a la pobre chica.
-Para un poco con ese tema, ¿querés?
-Te hacés el moderno y después te quejás cuando toco el tema- Dijo Marta por lo bajo mientras sintonizaba la radio. Se estaba preparando para tomar sol.
Era casi el medio día, la radio acababa de anunciar que hacían 28 grados. Marta no había dejado que los años ni los 3 hijos que había parido la hicieran engordar, siempre se había cuidado con la comida, con los dulces, nunca comía lo mismo que el resto de la familia cuando se sentaban a comer y ponía cierto gesto de asco arrugando la nariz y levantando el labio superior cuando Juan comía la piel del pollo, esa sustancia llena de grasa, tan sabrosa y tan nociva. El gesto era casi imperceptible pero Juan lo veía, hacía de cuenta que no, pero lo notaba.  Juan siempre pensó que era absurdo cuidarse tanto la silueta si se descuidaba tanto el resto de los aspectos estéticos como la vestimenta y el peinado o incluso la higiene. A veces le divertía pensar que su madre se vestía mal a propósito y que pasaba largos minutos frente al espejo probando las peores de las combinaciones antes de ir a preparar el adelgamate.
La casa era fresca, las persianas se mantenían bajas todo el día y se levantaban de noche, para ventilar. Las cortinas eran floreadas y largas hasta el piso y hacían que Juan se acuerde, cada vez que las miraba, del día que fueron a comprarlas. Habían pasado casi 15 años de aquel día en el shoping donde las vio por primera vez en el sector de ofertas y le parecieron espantosas. No se había cumplido la profecía de Marta de que con el tiempo se iban a acostumbrar a ellas. Eso no pasó. Eran feas, no había vueltas. A Juan le deprimía verlas, sentía que era domingo cada vez que las veía.
-Si, yo creo que puede hoy a las 3 de la tarde, es que no sabe lo que son esos pies… incluso tiene hongos, ¿eso no importa?- Marta entró al cuarto de Juan, tenía puesta una bikini atada con banditas elásticas. Hizo un gesto de interrogación. Juan no sabía de qué estaba hablando. --Juan- exclamó impaciente Marta.- ¿Podés ir hoy? Estoy hablando con el podólogo, para que vayas hoy. ¿Podés?- Tapaba con la mano derecha el micrófono del inalámbrico y hablaba levantando las cejas y el mentón.
-¿Qué?- Juan estaba escribiendo en la computadora con el ventilador apuntándole directo a la nuca.
- Tomá, hablá vos,  que sabés mejor tus horarios que yo- Marta le dió el teléfono inalámbrico y se fue al jardín para seguir tomando sol. Media hora de frente, 15 minutos de costado, media hora de espaldas, 15 minutos del otro costado que se acalambraba más rápido y todo se repetía otra vez.
Juan salió al jardín, el sol le molestaba en los ojos y le molestaba mucho ver a su mamá en esas poses raras para quemarse cada recoveco del cuerpo. Le parecía absurdo el esfuerzo porque nunca salía, nunca se vestía con escotes o lo que fuera que mostrara su bronceado, siempre estaba dentro de la casa, siempre estaba limpiando con lavandina, o matando las hormigas con ese producto que le cerraba la garganta y lo dejaba sin poder respirar con los ojos llenos de lágrimas por algunos minutos.
-Me voy.
- Para, para, no te vayas ¿Dónde vas? ¿Comés acá?
-Mamá son las 3 de la tarde, por suerte no sé si como acá.
-¿Dónde vas?
-Al podólogo mamá.
-Si… gracias, ¿no?
-¿Eh?- Juan se dio vuelta y la miró fijo.
-Si, que yo me encargué de llamar, de pedirte el turno, al final nunca me agradecés nada, sos piola vos.
-Chau ma.
Juan caminó por Roca, que era la calle donde estaba su casa, hizo 3 cuadras y llegó a la avenida principal. Tenía puestas las zapatillas de correr porque eran las únicas que no le hacían apretar los pies. Las durezas, los juanetes y todas las protuberancias que le habían salido hacían que su talle de calzado aumentara casi 2 números y le daba vergüenza usar ojotas.
Se escuchaba la cumbia que salía del parripollo que había justo en la esquina. La temperatura aumentó 6 grados cuando pasó por enfrente de esa ventana que despedía humo y olor a pollo, a grasa de pollo. Sintió como la remera que tenía puesta se le pegaba a la espalda, empapada de transpiración. Caminó 2 cuadras por la avenida principal, buscó la panadería porque en diagonal debía estar el local del podólogo. Juan pensó que no tenía nada de malo dar la dirección exacta del lugar, la persona que le había hablado se había resistido amablemente a darle el número y la calle, le dijo que era en diagonal a la panadería, asumiendo que Juan reconocería un despacho de podólogo inmediatamente lo viera. Encontró la panadería “La Europea” y pensó que debería estar, entonces, enfrente del podólogo. Se sintió en una absurda búsqueda del tesoro, y volvió a preguntarse por qué aquel hombre no le había dado la numeración. Giró en su eje y observó las vidrieras que tenía enfrente. Había una verdulería con canastos de tomate y moscas volando en derredor, una librería convertida en Maxikiosco que estaba cerrada porque era la hora de la siesta y una puerta de vidrio, con un toldo marrón. Le llamó la atención una de las esquinas del toldo. Estaba vencida, caída hacia abajo, tanto que molestaba el paso, había que moverse y esquivar en un gesto casi ridículo la esquina del toldo marrón para seguir caminando por la vereda. Juan pensó que necesariamente debía ser ese el lugar. Se acercó y leyó detrás de la puerta de vidrio un cartel escrito a mano que decía “Pedicura de escuela Scholl”. Miró para adentro, había una estantería de vidrio llena de adornos chicos y fotos y plantas que incluso viéndolas desde el otro lado de la puerta Juan podía distinguir falsas. A la derecha había una un cubículo con una cortina pero se podía ver que había alguien del otro lado sentado en una silla. Tocó la puerta de vidrio con las llaves que tenía en las manos. Inmediatamente se abrió la cortina y vió pararse al podólogo. Era un hombre de pelo cano y de poca estatura, tenía puestos unos jeans claros y una camisa de manga corta blanca, usaba anteojos. Pudo ver que estaba atendiendo a alguien, pudo ver solo los pies de esa persona. El podólogo abrió la puerta. Antes de que Juan cruce el umbral el podólogo le extendió la mano. Juan lo saludó, sintió su mano firme, el codo extendido y el brazo tenso.
-Tome asiento, en 5 minutos termino con un paciente y lo atiendo a Usted.
Juan pensó que la palabra paciente era inapropiada, pero tomó asiento en una de las dos sillas que había junto a la puerta frente a la estantería de vidrio. Sintió un olor muy fuerte, un olor que  lo obligó a llevarse la mano a la nariz. No entendía aquel olor, no entendía que pudiese ser tan invasivo. Agarró una revista pero no pudo leer nada, ni una palabra entera. El olor no lo dejaba concentrarse. No lo dejaba pensar. Pensó en salir, esperar fuera, pero adentro había aire acondicionado, la temperatura era agradable. Apoyó la cabeza en la pared, cerró los ojos e intentó dormitar unos segundos, o pensar en ella así el tiempo pasaba más rápido pero en lo único que pensaba era en aquel olor invadiéndole el cuerpo, entrando por sus fosas nasales, abrazando sus pulmones, se sentía ahogado porque le daba miedo respirar y que aquel olor infecte sus órganos, o sus ojos, sus retinas le ardían.
La cortina se abrió, el podólogo pasó por enfrente de Juan y se metió detrás de la estantería de vidrio. Juan pudo ver que había una pequeña mesa y que el podólogo escribió algo en un papel. Del cubículo que tapaba la cortina salió un señor grande, vestido de shorts y ojotas, que siguió al podólogo hasta detrás de la estantería, recibió el papel y le dio dinero. Luego le extendió la mano y se dirigió a la puerta. Esperó que el podólogo le abriera con la llave que estaba puesta y se fue caminando por la calle principal.
-Puede pasar Señor
Juan se sorprendió de que el podólogo no se tome unos minutos entre unos pies y los otros, que no se relaje un segundo. De todas formas pasó detrás de la cortina. Había una butaca de cuero color celeste con un apoya pies y una silla al frente. Se sentó en la butaca. Luego de unos segundos comprendió que debía sacarse las zapatillas y las medias. Se volvió a parar, riendo tímidamente se desató los cordones, se sacó lentamente las dos zapatillas y luego los zoquetes blancos, húmedos por la transpiración. Volvió a apoyar los pies en el apoya pies. El podólogo se sentó en la silla enfrente de la butaca y comenzó a arrancar pedacitos de algodón de un recipiente de acero inoxidable. Luego tomó un frasquito de plástico que llevaba un líquido transparente dentro, humedeció los algodones y comenzó a ponérselos entremedio de los dedos de los pies. Juan identificó aquel frasquito como la fuente del olor que tanto le había molestado cuando ingresó al local, ese olor que lo asfixiaba desde que llegó y que ahora no solo ingresaba a través de sus fosas nasales sino que penetraba por los poros de la piel de sus pies que el podólogo no cesaba de humedecer.
-Que olor tan fuerte- Dijo al fin Juan, arrugando la nariz y achinando los ojos, como quien expulsa algo que le molesta en el pecho.
El podólogo miraba hacia abajo, su vista se posaba en los pies de Juan, en el tachito transparente y luego en los pies de Juan otra vez. Sonrió, corrió suavemente el dedo chiquito del pie izquierdo hacia afuera, puso el último algodón húmedo, y miró a Juan.
-Con esto afloja todo- Volvió a bajar la vista y la dirigió a la mesita de madera que tenía a su derecha. Tomó un bisturí.
-Lo tiene que dejar un tiempo para que haga efecto, ¿no?
-Yo me tengo que cuidar también, ¿ves?- El podólogo sostenía el bisturí con la mano derecha, la mano le temblaba y Juan lo notó inmediatamente- Vos sabés que ya casi no hacen este producto, yo mismo le tuve que explicar al farmacéutico cómo prepararlo para poder comprarlo. Ahora todo lo que venden tiene olor a vainilla, coco, son re modernos y ricos pero no sirven nada y no te protegen, no desinfectan nada, y uno no se puede confiar. Menos tratándose de pies. ¿Sabés? Yo me preocupo más que nada por mí, es peligroso.
-Claro- Juan sentía como el pie se le movía al compás del pulso del podólogo, sus piernas estaban tensas, sus glúteos duros. El podólogo había comenzado a extraer las durezas de su talón derecho con el bisturí que no se veía cuando lo tomaba entre sus dedos pero que se abría paso entre las capas de piel muerta de su talón.
-Lo bueno es que el tipo se sienta y hace su laburo sin hablar, sin decir ni mu.-Había dicho la madre de Juan una de las tantas veces que le había recomendado ir. Pero no era el caso. Juan nunca se cruzaba con gente callada, o simplemente nadie era callado con él.
-Como puede ver tengo unos problemas importantes en los pies, creo que piso mal.- Juan sentía que debía excusarse- ¿Me recomendaría algún lugar donde pueda hacerme unas plantillas? Pienso que corrigiendo eso…
-Sinceramente no me atrevería a recomendarle ningún lugar.- El podólogo interrumpió su trabajo y miró a Juan a los ojos.- Lo cierto es que si, con una plantilla correctora, se mejora mucho pero hoy en día no hay ningún local serio ¿Sabés? Ahora solo les interesa vender.- El podólogo movía las manos mientras hablaba, hacía círculos en el aire con el bisturí.- Hace veinte años, yo le hacía las plantillas a mi hija, que como vos, pisaba pésimo, se le gastaban todos los zapatos en el talón, yo le preguntaba siempre en chiste, ¿Viste? Si andaba taconeando por todos lados. Yo se las hacía en la capital, la ortopedia alemana, ellos si que eran dedicados, pero se ve que vendieron el local y los nuevos dueños nunca le cambiaron el nombre ¿viste? Se aprovecharon de la fama que los alemanes tenían, eran gente seria, profesional.  Pero hoy en día cualquiera se pone un local y vende, porquerías.
-Claro, hazte la fama y vende la marca- Juan intentó hacer un chiste pero no logró abstraer al podólogo de su monólogo.
-Vos sabés que con mi mujer, los dos, ya éramos pedicuros cuando entramos a la escuela de Scholl pero igual así tuvimos que empezar el curso de cero, como si no supiésemos nada, ellos si que eran gente seria, profesional. Hoy en día cualquiera se pone un local y atiende, antes se certificaba. Yo tengo los diplomas ahí expuestos, pero nadie los mira, a nadie le importa.
-Si, la verdad que hay mucho chanta.- Juan se maldijo a sí mismo por haber comenzado la charla, el podólogo no tocaba sus pies desde que había comenzado a hablar.
-¿Sabés hace cuantos años que se fue Scholl de Argentina?- No esperó a que Juan responda- Quince años, quince años hace que se fueron, entonces yo me pregunto cómo puede ser que todavía haya gente que abre locales de pedicura Scholl. Son todos truchos, eso pasa en este país, todos son truchos y no importa porque si no lo sos, ni importa, nadie pregunta ni se fija. Desde Perón, ahí empezó todo…
Juan dejó de escuchar, recordó las técnicas de escucha activa que su madre aprendía en sus cursos de la biblioteca e hizo todo lo contrario. No miró a los ojos al podólogo, nos asintió con ningún sonido para demostrar interés y respondió solo con monólogos en los momentos en que le hizo una pregunta. Se sorprendió al ver que había funcionado, porque al cabo de unos minutos el podólogo volvió a su labor sin quitar la vista de los pies de Juan.
-Esto no se cura ¿No? Me va a volver a salir ¿No?- A Juan le preocupaba.
-Y… no se cura. Tenés que cuidarlos mucho.
-¿Me paso la piedras pómez en la ducha?
-Si, son paliativos. Ponete mucha crema.
Juan pagó y salió de aquel lugar. Cuando estaba en la calle se dio cuenta que había olvidado sus llaves. Volvió a tocar la puerta y el podólogo le abrió con sus llaves en la mano y se las entregó. Juan volvió a sentir la oleada de olor a desinfectante.
-Cabeza de novio.- Dijo y cerró rápido, para que no se pierda el frío del aire acondicionado.
Juan se preguntó si acaso su madre le había dicho que esa noche dormiría con Lau, si el podólogo también sabía eso, se preguntó porque no podía vivir aquel evento de forma natural. Pensó en ella. Ella lo desconcertaba, no entendía como podía estar interesada en él. Recordó su mano en su pierna, cómo ella lo miró a los ojos, puso la mano en su pierna, en un contacto que Juan sintió como electricidad y le dijo “Pero te quedás a dormir”. Juan sonrió, simulando seguridad y confianza.
-¿Qué pasó?- Dijo la madre de Juan cuando él cruzó la puerta de calle.
-¿Con qué?
-¿Cómo te fue?
-Bien, terminamos hablando hasta de política, no paraba de darle a la lata el tipo.
-Te sonó el teléfono, no me mires así, como sonó tantas veces atendí.
-¿Quién llamó? ¿Por qué atendiste?
-Era ella, me pareció que por ahí era urgente.
-¿Urgente?
-Dijo que la llames. Che, no se puede hacer nada acá que te enojás.
Juan cerró la puerta de su cuarto con un portazo. Buscó su teléfono. La llamó.
-Comisaría 32- Laura siempre le contestaba de esa manera, era una buena señal, su madre no la había incomodado, estaba siendo natural, lo podía sentir.
-Lau
-Soy La Agente Pérez, más respeto. Va a venir, porque debe cumplir con su labor, ¿sabe?
-¿A qué hora me solicita Agente?
-Venite ya si querés, me aburro mucho.
-Dale, no podemos permitir que eso pase.
-Macanuda tu vieja.
-Ah, cierto, perdón por eso.
-No te disculpes y venite. Traé helado.
-¿De que gustos?
-Los que quieras, no es para comerlo.
Cortó y sonrió. Era una chica simple, graciosa, linda y extremadamente sexy. Juan sabía que no importaba de qué hablaran ella siempre iba a poder darle un tono sexual a la charla. Ella tenía 3 hermanos, se había criado entre hombres y eso no le impedía ser femenina, porque lo era, era femenina, simplemente tenía esa chispa para el doble sentido que tanta gracia le hacía a Juan y que su madre nunca entendería. Como tampoco entendería el arito en el ombligo o que masticara constantemente chicle. Pero a Juan no le importaba, Lau era perfecta para él.
-Me voy.
-¿Ya te vas?
-Si, chau.
-Veni, dame un beso por lo menos.- Marta estaba planchando abajo del ventilador, seguía en bikini.- Pasala bien y acordate…
-Basta ma- Interrumpió Juan.
-Yo solo quiero que cuides tu corazón.
Juan salió y tomó el primer colectivo que pasó, Lau vivía cerca.
Tocó el timbre, 6to piso, departamento B.
-¿Quién es?
-Oficial Juan se reporta.
-Ahí bajo lindo.
Lau tenía un short turquesa y una camiseta con breteles muy finitos. Juan pudo adivinar que no llevaba corpiño. Subieron al ascensor y ella le dio un empujón suave contra el espejo, lo abrazó, le agarró la cara y le dió un beso largo. Juan no sabía cómo cerrar los ojos para besar. Le incomodaba que Lau se dé cuenta que los tenía abiertos, que piense que no le importaba, pero no podía cerrarlos.
Entraron al departamento.
-Traje helado.
-Estas muy vestido Juanchu.
-¿Dónde lo dejo?
-Frezzer o microondas, depende qué quieras hacer.
Juan fue hasta la cocina. Cuando estaba adentro escuchó que Lau lo llamaba desde el cuarto.
-Juanchu- Siempre le decía así, y para decirlo arrugaba los labios como haciendo trompita, sus labios eran lo mejor que tenía en la cara.
Juan fue hasta el cuarto y se encontró a Lau con el control del aire acondicionado. Lo miró, le sonrió y se acercó lentamente. Le rodeó el cuello con sus brazos. Empezó a darle besos por toda la cara, alrededor de la boca, en los ojos, en la frente. Juan sentía cosquillas. Lau le desabrochó la camisa, comenzó a desvestirlo. Juan se sentó en la cama y se desató las zapatillas. Ahí lo recordó, en ese preciso instante lo recordó porque lo sintió, lo olió. No podía pensar en otra cosa. Sus pies olían al líquido desinfectante del podólogo. No quiso sacarse los zoquetes. Estaba tenso. No podía cerrar los ojos. Lau lo besaba y él no podía cerrar los ojos, ni sacarse los zoquetes. La apartó suavemente, le puso un dedo entre sus labios como pidiéndole silencio.
-¿Qué pasa Juanchu? Relajate, estamos solos.- Lau se sacó la camiseta, Juan había adivinado, no llevaba corpiño.
Juan temblaba de los nervios, recordó el temblequeo de las manos del podólogo, no podía dejar de pensar en aquel hombre. Sentía aquel olor y pensaba que seguramente Lau también lo estaba oliendo, que podría estar imaginándose cualquier cosa. Debía salir de ahí, tal vez era una señal. La apartó nuevamente.
-No estás listo todavía.
-Perdón-Juan se puso las zapatillas, se ató los cordones y salió de aquel departamento lo más rápido que pudo. Llegó a su casa. Su madre estaba tomando adelgamate mientras veía el noticiero. No le molestaron tanto las manchitas de lavandina en el short, ni las cortinas. Se sintió cómodo, y por fin a salvo.
-¿Comés acá?- Preguntó Marta.

Clara Mendez


No hay comentarios: