sábado, 16 de octubre de 2010

Verde


Mamá siempre la acompañaba a la cama. No importaba si tenía mucho sueño, un programa para ver en la tele, o cosas que ordenar, siempre la acompañaba y la arropaba. Cuando Mariana era más chiquita solía leerle cuentos; los que más le gustaban eran las fábulas. Ahora que ella podía leer sola, mamá la arropaba y le apagaba la luz al salir.
Ese día mientras la estaban acostando, el oso de peluche que papá le había regalado hacía mucho tiempo se cayó al piso, y ella le pidió a su mamá que se lo alcanzara. No podía dormir sin él.
A veces se despertaba en el medio de la noche y notaba que el oso no estaba con ella. Entonces sacaba su mano por debajo de la sábana y el acolchado rosado estampado con mariposas lilas, y tanteaba la alfombra color lila en busca del bulto suave que la acompañaba cada noche. Si no lo encontraba enseguida, se paraba, prendía la luz, se agachaba a mirar debajo de la cama.
Esa noche se durmió pensando que mañana su papá la pasaría a buscar por la escuela para ir al parque. Decidió que le iba a pedir que la lleve a la heladería.
Papá le había regalado el osito un día cualquiera, lo había traído a casa y lo había dejado sobre la cama, apoyado sobre la almohada. Cuando Mariana lo vio, pensó que parecía estar muy cómodo en ese lugar, y por eso decidió que iba a ser su peluche ‘de habitación’, no como otros juguetes a los que llevaba a la escuela y a jugar a las casas de sus amigas.
Al día siguiente no protestó mucho cuando su mamá vino, como todas las mañanas, a despertarla al grito de ‘arriba arriba que se hace taaaardeee’, al tiempo que levantaba la persiana y corría las cortinas lilas, que hacían juego con la alfombra, para que la luz le hiciera cosquillas en los ojos y la obligara a aceptar el comienzo de un nuevo día. Los abrió, miró el cielo azul claro, se levantó y acomodó a su osito antes de ponerse las pantuflas y bajar a desayunar.
La mesa la esperaba con el desayuno servido sobre el individual floreado: té con leche en la taza rosa con la M grande, con galletitas surtidas. Todas las rellenas para ella; mamá la dejaba elegir. Ella estaba sentada en la banqueta, al lado de la barra, mirando el noticiero. Desde que estaban ellas dos, nunca se sentaba a la mesa para desayunar. Cuando la vio, cambió al canal de los dibujos.
Sus padres se habían separado hacía un tiempo, un poco después de que papá trajera a casa el osito de peluche verde. Era verde, pero ella lo quería igual. Dormía con él desde que había llegado a casa. Mamá la cargaba a veces, le decía que estaba grande para seguir durmiendo con peluches en la cama. Pero a ella no le importaba lo que mamá dijera, dormía con él igual. 
Papá tenía una novia nueva, que a Mariana no le gustaba mucho, sobre todo porque desde que la había conocido, las visitas diarias de su papá habían comenzado a escasear. Además no le gustaba cómo Malvina la miraba, ni cómo actuaba él cuando iban a pasear los tres, aunque eso no era muy seguido. A mamá tampoco le gustaba Malvina, y por la mirada que dirigía a su papá cuando llegaba acompañado a dejarla, menos le gustaba que anduvieran los tres juntos.
Por suerte solían pasear solos. Antes pasaban toda la tarde juntos en la plaza, y en el camino de regreso pasaban por alguna heladería. Últimamente papá tenía más obligaciones y menos tiempo, le había explicado, y por eso en muchas ocasiones ella tenía que elegir entre ir a la plaza o a tomar un helado. Por suerte, había dicho papá, ella estaba creciendo y ya podía entender ese tipo de cuestiones.
Como ya no podía verla todos los días, papá la pasaba a buscar dos veces por semana, martes y jueves. Por suerte hoy era jueves.
Mariana esperó ansiosa junto a sus amigas el timbre que anunciaría la finalización de las actividades escolares del día, y en cuanto el esperado sonido llegó a sus oídos, corrió hacia la puerta. Buscó la cara familiar entre el montón de padres, abuelos y tutores amontonados en la puerta, sin éxito. Caminó unos pasos y se sentó en el borde de un cantero. Levantó la mirada hacia la esquina a la espera de la confirmación de que hoy era jueves. Vio que mamá se acercaba a paso nervioso. ‘Papá no pudo venir, tuvo un inconveniente’, dijo, mientras trataba de simular una sonrisa. ‘Prometió que la semana que viene no te falla’.
Mariana se levantó con la mochila rosada a cuestas, de la que su mamá enseguida se hizo cargo.
Fueron a visitar a la abuela.
Esa noche comieron helado de postre. Cuando Mariana se fue a acostar su mamá la acompañó y se sentó en el borde de la cama. La arropó, le acarició el pelo y le besó la frente. Cuando se levantó el oso verde cayó al piso. Mariana lo miró y cerró los ojos. 


Bárbara Bonfili 

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