Mamá siempre la acompañaba a la cama. No importaba si tenía mucho sueño,
un programa para ver en la tele, o cosas que ordenar, siempre la acompañaba y
la arropaba. Cuando Mariana era más chiquita solía leerle cuentos; los que más
le gustaban eran las fábulas. Ahora que ella podía leer sola, mamá la arropaba
y le apagaba la luz al salir.
Ese día mientras la estaban acostando, el oso de peluche que papá le
había regalado hacía mucho tiempo se cayó al piso, y ella le pidió a su mamá
que se lo alcanzara. No podía dormir sin él.
A veces se despertaba en el medio de la noche y notaba que el oso no
estaba con ella. Entonces sacaba su mano por debajo de la sábana y el acolchado
rosado estampado con mariposas lilas, y tanteaba la alfombra color lila en
busca del bulto suave que la acompañaba cada noche. Si no lo encontraba
enseguida, se paraba, prendía la luz, se agachaba a mirar debajo de la cama.
Esa noche se durmió pensando que mañana su papá la pasaría a buscar por
la escuela para ir al parque. Decidió que le iba a pedir que la lleve a la
heladería.
Papá le había regalado el osito un día cualquiera, lo había traído a
casa y lo había dejado sobre la cama, apoyado sobre la almohada. Cuando Mariana
lo vio, pensó que parecía estar muy cómodo en ese lugar, y por eso decidió que
iba a ser su peluche ‘de habitación’, no como otros juguetes a los que llevaba
a la escuela y a jugar a las casas de sus amigas.
Al día siguiente no protestó mucho cuando su mamá vino, como todas las
mañanas, a despertarla al grito de ‘arriba arriba que se hace taaaardeee’, al
tiempo que levantaba la persiana y corría las cortinas lilas, que hacían juego
con la alfombra, para que la luz le hiciera cosquillas en los ojos y la
obligara a aceptar el comienzo de un nuevo día. Los abrió, miró el cielo azul
claro, se levantó y acomodó a su osito antes de ponerse las pantuflas y bajar a
desayunar.
La mesa la esperaba con el desayuno servido sobre el individual
floreado: té con leche en la taza rosa con la M grande, con galletitas
surtidas. Todas las rellenas para ella; mamá la dejaba elegir. Ella estaba
sentada en la banqueta, al lado de la barra, mirando el noticiero. Desde que
estaban ellas dos, nunca se sentaba a la mesa para desayunar. Cuando la vio,
cambió al canal de los dibujos.
Sus padres se habían separado hacía un tiempo, un poco después de que
papá trajera a casa el osito de peluche verde. Era verde, pero ella lo quería
igual. Dormía con él desde que había llegado a casa. Mamá la cargaba a veces,
le decía que estaba grande para seguir durmiendo con peluches en la cama. Pero
a ella no le importaba lo que mamá dijera, dormía con él igual.
Papá tenía una novia nueva, que a Mariana no le gustaba mucho, sobre
todo porque desde que la había conocido, las visitas diarias de su papá habían
comenzado a escasear. Además no le gustaba cómo Malvina la miraba, ni cómo
actuaba él cuando iban a pasear los tres, aunque eso no era muy seguido. A mamá
tampoco le gustaba Malvina, y por la mirada que dirigía a su papá cuando llegaba
acompañado a dejarla, menos le gustaba que anduvieran los tres juntos.
Por suerte solían pasear solos. Antes pasaban toda la tarde juntos en la
plaza, y en el camino de regreso pasaban por alguna heladería. Últimamente papá
tenía más obligaciones y menos tiempo, le había explicado, y por eso en muchas
ocasiones ella tenía que elegir entre ir a la plaza o a tomar un helado. Por
suerte, había dicho papá, ella estaba creciendo y ya podía entender ese tipo de
cuestiones.
Como ya no podía verla todos los días, papá la pasaba a buscar dos veces
por semana, martes y jueves. Por suerte hoy era jueves.
Mariana esperó ansiosa junto a sus amigas el timbre que anunciaría la
finalización de las actividades escolares del día, y en cuanto el esperado
sonido llegó a sus oídos, corrió hacia la puerta. Buscó la cara familiar entre
el montón de padres, abuelos y tutores amontonados en la puerta, sin éxito.
Caminó unos pasos y se sentó en el borde de un cantero. Levantó la mirada hacia
la esquina a la espera de la confirmación de que hoy era jueves. Vio que mamá
se acercaba a paso nervioso. ‘Papá no pudo venir, tuvo un inconveniente’, dijo,
mientras trataba de simular una sonrisa. ‘Prometió que la semana que viene no
te falla’.
Mariana se levantó con la mochila rosada a cuestas, de la que su mamá
enseguida se hizo cargo.
Fueron a visitar a la abuela.
Esa noche comieron helado de postre. Cuando Mariana se fue a acostar su
mamá la acompañó y se sentó en el borde de la cama. La arropó, le acarició el pelo
y le besó la frente. Cuando se levantó el oso verde cayó al piso. Mariana lo
miró y cerró los ojos.
Bárbara Bonfili
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