por Katelyn Duncan
(Nueva versión 01/12)
“La mancha sobre el piso”
Todo acabó en un solo instante. Todavía resonaba en el aire el sonido de la vieja puerta de madera temblando, y casi podía oler el persistente aroma del perfume de la novia: flores de cerezo con apenas un toque de vainilla. Con movimientos lentos y espasmódicos entré en la cocina, tomé un vaso del armario, me serví el whisky. El alcohol quemaba mi garganta cuando tragué. Esta vez, pensé vanamente, sentía como si fuera la última. Habíamos peleado muchas veces antes, siempre sobre cosas insignificantes; esta lucha no parecía muy diferente, salvo la sensación misteriosa de irrevocabilidad.
Mujeres, pensé a mí mismo, y puse el vaso – ahora vacío – en la mesa con demasiado fuerza. Estaba harto de aguantarla a aquella mujer. Andrea podría guardarse las quejas necias y peculiaridades de comportamiento.
Regresé al living, otro vaso de whisky en la mano, y me senté en mi silla favorita – la que, me recordé a mí mismo con no poca satisfacción, ella desde siempre había querido tirar a la basura. El armazón ruinoso crujió. Cómodo ahora, cerré los ojos. Ella se había ido. La tranquilidad del cuarto debería ser un cambio estimulante. Controlé mis pensamientos, permitiendo solo aquellos positivos. Ahora era libre. Tomé otro sorbo largo de alcohol.
Yo, solo.
Mis manos temblaban y las miré con sorpresa, sin saber por qué. La oscuridad del cuarto de repente me molestó y estiré el brazo hacia la mesita para encender la lámpara. Mientras la luz difusa empezaba a diseminarse por la sala, le eché un vistazo al marco vacío en la pared. Cuatro meses antes un dibujo maravilloso había estado allí, un retrato en carboncillo de la mujer de mis sueños, la que en ese momento ya no tenía el nombre de Andrea. Durante los cuatros meses después de conocerla a ella en los bosques de Palermo, la imagen perfecta de la cara que veía cada noche cuando me ponía a dormir, mi deseo de dibujar se había ido completamente. Pensé un momento, y giré otra vez hacia la mesita, abriendo el cajón debajo de la superficie. Revolví varias cosas (una vieja revista pornográfica, los recibos de una cena con los padres, notas adhesivas en diversos colores con bosquejitos de caras y ojos) hasta encontrar el cuaderno de bocetos y uno de mis carboncillos antiguos.
Los tomé en la mano y empecé a acomodarme en la silla otra vez, poniendo el cuaderno sobre mis rodillas. Mientras buscaba alrededor de mí mismo una fuente para inspirarme y ajustaba el lápiz entre los dedos, mis ojos se pararon repentinamente y miré fijamente el suelo del living. Ese lugar era donde Andrea había estado de pie hacía no muchos minutos, donde yo había sentido las curvas suaves y cálidas del cuerpo de la mujer contra el mío antes de perderlo todo en un momento, antes de que el caos hubiera destruido el cuento de hadas y ella me hubiera rechazado (¿o era mía la culpa? ¿Había sido yo quien la rechacé? Era difícil recordar ahora, en la soledad o libertad de la casa vacía). Pude ver el perfil tan familiar de su figura en la sombra que ella había dejado: allí el rizo de pelo que siempre caía en frente de la cara, el vestigio perfectamente formado de la mano, la silueta revoloteando del vestido que llevaba. La negritud profunda de la sombra se derramaba por el suelo de madera, y sus pies se atrevían a tocar la alfombrilla debajo de la mesa ratona. Extendí el pie descalzo sigilosamente hacia el suyo, y la sombra fue subiendo poco a poco a mis dedos de pie, y podría haber jurado que había algo cálido en ella.
¡Cómo se atrevía! Retiré el pie como si hubiera sido quemado y la curiosidad pasiva de mi mente cansada cedió a la furia. Ella no tenía ningún derecho de dejar a una invasora, una espía, una parte de sí misma, una... me levanté sin preocuparme por el cuaderno y el carboncillo que se cayeron al suelo, empujé la mesa ratona fuera de su lugar y arrojé la alfombrilla fuera del alcance de ella, lanzándola por el cuarto; golpeó las estanterías y se deslizó hacia el suelo. – ¡Dejame en paz! – grité mientras miraba la cara ausente de la sombra. Empujé los demás muebles para alejarlos de ella, pensando que en cualquier momento quizás iba a extenderse una mano y tomarlo todo. Nos quedamos así bastante tiempo, mirándonos el uno al otro. Regresé a la silla, cuidadosamente – sin volverle la espalda por miedo de lo que haría.
Tomé el cuaderno y el carboncillo otra vez e intenté pensar en una cosa para bosquejar, pero no llegó a mi cabeza nada que no fuera la sombra negra y odiosa que me miraba. Después de un rato apagué la lámpara y me quedé en la oscuridad, preguntándome a mí mismo qué hora era y si la sombra dormía o no.
“Cómo borrar la sombra”
Encendí la luz otra vez más y hurgué en la mesita hasta encontrar el teléfono.
Un timbrazo, dos timbrazos, y el sonido de una voz masculina bien conocida que decía “Hola”.
– Tenés que venir acá – dije. Trataba de no mirar la cosa, pero era difícil de resistir. Por fin cerré los ojos para no ceder a la tentación.
– ¿Álex? Che, ¿qué te pasa? Sonás alterado.
– Andrea y yo nos peleamos, pero está bien, no me importa. Hay sólo un problema: la bruja dejó su sombra.
– ¡No me digas! Las mujeres, por cierto, tienen todo tipo de hechicerías en su poder... ¿querés salir, tal vez a tomar algo?
– Quiero borrarla – dije sin alterar la voz, con los párpados juntados con fuerza. – Tiene que existir alguna manera de hacerlo. Mi amigo vaciló. – Sí, claro, supongo que podemos probar, por lo menos. Puedo hablar con los otros, a ver si quieren ayudar también.
– Claro.
– Bueno. Llamaré a todos. ¿Seguro que estás bien?
– No te preocupes – insistí, y colgué el teléfono.
Juan fue el primero en llegar, y cuando le mostré la mancha de la sombra mi amigo burlón no tuvo nada que decir excepto una exclamación de sorpresa y compasión. Otros cinco muchachos llegaron, todos tomaron alcohol y se sentaron en el living para mirar la sombra.
– Tengo que decirte, Álex, nunca supuse que nos llamarías para salvarte de una sombra.
– ¡Pero por favor! – exclamé. No quería tomar más a causa de mi desesperación, y mirando a mis amigos más cercanos beber y charlar sin ninguna preocupación me inspiró no poca ira. – ¿Alguien tiene una idea?
– Diría que debemos lavar el piso, pero eso es trabajo de mujeres, no de nosotros – dijo uno de los amigos con una fuerte carcajada.
No sonreí. – No estoy para bromas. En serio, chicos, traten de imaginar cómo sería tener la sombra de una ex-novia en su piso.
Por un momento hubo silencio. – ¿Ya has apagado la luz?
– Sí, pero todavía vuelve cuando la enciendo.
– Podés llamar a Andrea…
– ¡No! – exclamé.
– Trabajo de mujeres o no, creo que debemos tratar de limpiar el piso – sugirió otro. Pero aunque fregaron con el trapo, la mancha se quedó.
– ¿Hay una manera de encenderla? – preguntó Juan. Todos lo miraron con sorpresa. – En serio. Sin destruir la madera, supongo, pero si se prende fuego seguramente se va, ¿no?
– No sé – respondí. – No tengo idea de cómo hacerlo sin quemar toda mi casa.
– Yo creo – dijo Marco, el más viejo de los amigos –, que deberías descansar y dejarnos pensar en una solución. Pero por ahora, no hay nada que hacer.
– De acuerdo. No podemos ayudarte, amigo, pero vamos a ver, ¿eh?
– Es mejor si duermes un poco.
Lentamente mis amigos salieron, y otra vez estaba solo en la casa. Yo y la sombra.
“Fortuna fue que fuera imposible mi insensato intento de borrar esa sombra”
No podía dormir. Cuando cerré los ojos ella siempre estaba allí: una imagen de sus ojos celestes brillando cuando se echaba el pelo para atrás y se reía, o el sentido recordado de los brazos delicados rodeando mi cuello cuando me besaba. A veces no estaba seguro si era un recuerdo verdadero o solo otro sueño, una nueva adición a la serie de sueños que había tenido desde hace un año y que se habían parado sin explicación cuando conocí a Andrea. Eventualmente dejé de intentarlo y deseché las sábanas. Me puse de pie y fui al baño mientras pensaba en la sombra que vivía en el piso de mi living. Me lavé las manos y me pregunté qué debía hacer. ¿Cuál era la regla a seguir en ese tipo de situación? No sabía si la sombra requería comida o si necesitaba algo más para sobrevivir. Y bueno, no estaba seguro si yo quería darle alimento o quemarla, quemar todo, pulverizar la memoria y las sombras del pasado.
Caminé por el pasillo hacia el living y regresé a mi puesto en mi silla preferida. La sombra parecía sonreír como saludando en la oscuridad, y los latidos de mi corazón se aceleraban. El odio y el enojo lentamente desaparecieron mientras miraba esta sonrisa pequeña, mientras pensaba en toda la historia de amor que habíamos escrito juntos. Tomé el cuaderno y empecé a dibujar otra vez su cara, tratando de capturar en el papel la curva elegante de los labios suaves. Me seducía una vez más la perfección que representaba su figura y su rostro y cada parte de ella, y si nuestra relación no había sido el ideal, pensé mientras mis dedos trazaban la línea de su cuello en la hoja de papel, sí era la culpa mía. No podía echarle la culpa a esta mujer tan maravillosa.
Terminado el bosquejo, inmediatamente di vuelta la página y comencé con otro. Esta vez dibujé su cuerpo entero. Ella estaba sola en medio de una vereda, llevaba su vestido favorito, tenía una flor grande encima de su pelo. Lo hice rápidamente, sin pararme ni un solo momento, y cuando lo concluí tenía la sensación de que algo estaba equivocado.
Después de pensarlo un tiempo me di cuenta: aunque el sombreado de la calle y de los edificios indicaba que el sol debía estar en frente de ella, mi mujer ideal no tenía una sombra.
Miré de nuevo la sonrisa de la sombra en mi living.
– ¿Por qué estás aquí? – le pregunté, pero no recibí una respuesta. – Creo que te extraño un poquito ya, – seguí sin pensarlo demasiado, – no puedo dejar de pensar en vos. Teníamos muchos momentos dulces, muchas experiencias que no quiero olvidar ni borrar. Tal vez no te quiero borrar tampoco.
– Por lo menos ahora no estoy solo. – Cerré el cuaderno y lo puse en la mesita. – ¿Te molesta si me quedo acá por un rato?
Imaginaba o soñaba oír un “no, no me molesta para nada” que venía desde el suelo.
“El retrato cuadrado”
Cuando me desperté, ya era mañana y la luz del sol se infiltraba en el living por las ventanas de mi departamento. Abrí los ojos sin prisa, y disfruté por fin de la sensación de estar verdaderamente despierto y listo para el día.
La sombra me sonrió y yo respondí de la misma manera. – Buen día – dije.
La mañana era tranquila y calma, decidí prender la televisión para romper el silencio. Pero cuando estaba por tomar el control remoto, de pronto miré la pared del cuarto y vi que durante la noche había aparecido de nuevo mi obra maestra dentro de su marco.
Vi el retrato cuadrado de Andrea, de mi musa, de la mujer ideal, vi las líneas delicadas y finas en las que había trabajado tantas horas. Vi los trazos fuertes que representaban sus ojos grandes. Pensé en esa época de mi vida, cuando fingía ser artista y trabajaba todo el día para llenar solo un pedacito del papel. Pensé en los días tormentosos cuando pasaba toda la tarde intentando capturar precisamente la imagen que había visto dentro de mis sueños. Todo esto, con el resultado de estar sentado perezosamente en el living de mi departamento sin amigos, sin una vida normal, sin nada salvo esta obra en la pared y la criatura de oscuridad en el piso.
De repente vino a mi mente la sugerencia de mi amigo Juan. Y pensé en lo que había dicho a Marco, cuando llamé a Andrea “la bruja”. Seguramente me había encantado, me había robado el retrato y las ganas de dibujar durante nuestra relación y ahora esto era el castigo, una manera de vengarse. Temblaba y casi no podía respirar, y la ira subía dentro de mi cuerpo. Fui a la cocina con una prisa inesperada y empecé a tomar cosas del armario frenéticamente, tirándolas en la mesada al azar. Por fin encontré lo que buscaba y caminé con cierto peso solemne de regreso hacia la sala donde la sombra dormía.
Raspé el fósforo contra el lado apropiado de la caja. No encendió. Tiré el primer fósforo al suelo y tomé otro, rascándolo contra la superficie rugosa. Esta vez el fuego nació, y puse la pequeña luz junto al margen del retrato. Di un paso hacia atrás y miré con placer mientras las llamas comenzaban a extenderse por el papel.
Me puse en mi silla preferida una vez más, satisfecho y calmado, para mirar como si fuera una obra de teatro la pared que se quemaba, sonreí a la sombra, y escuché el eco de su grito que salía desde el piso de mi departamento.
Sentía un gran cansancio y cerré mis ojos, respiré el humo y me fui tranquilamente hacia el mundo de los sueños.
“La Ella-sin-sombra”
Mientras ella camina por las calles al mediodía la gente gira la cabeza para mirarla: algunos no saben precisamente por qué la miran, pero saben que hay algo extraño en la mujer que lleva el vestido negro y sencillo; otros, más observadores o con mentes más abiertas, ven lo que a ella le falta y se hacen la señal de la cruz cuando la pasan. Ella no los mira a la cara, tiene su mirada fija hacía adelante con una confianza que hace que su vaivén incesante por la ciudad parezca aun más siniestro. De vez en cuando sonríe mientras piensa en la parte de ella que ha dejado atrás.
Fue una decisión consciente para torturarlo, para alimentar una obsesión, para garantizar que se enamorará de ella otra vez más.
Algún día, se dice a sí misma, su sombra y el amor de él serán suyos nuevamente.
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