– ¿Qué hacés
esta noche? ¿Vas al Bar? – dijo Dorocce mientras llegaba el tren.
– No. Tengo
que trabajar esta noche.
– ¿Salís de
acá y te vas a laburar?
– Estoy en el
terreno, haciendo el pozo.
– ¿Sólo?
– Si. Aunque
hoy mi hermano me pasa los baldes –el otro, achinándose en un gesto afirmativo,
se palpó la nariz.
– Los hermanos
sean unidos, ¿no? –Farías tocó el silbato por última vez y luego lo dejó en el
bolsillo delantero de su uniforme– Hay que meterse ahí… –continuó Dorocce,
condoliente. La locomotora se interpuso y ya no se vieron.
Al sur de las
vías, en los primeros metros respirables desde el basural, Farías había
delimitado un sector de tierra dura y seca en el que pensaba, de a poco,
construir la casa propia. El terreno se lo había señalado un conocido de
Enrique, su hermano mayor. Lo cierto era que Enrique, como uno de los hoyos de
las mesas del Bar en los que podía caer una changa, esperaba de todo esfuerzo o
deber la flaqueza del mal jugador, o del ventajista; por eso había cedido el
dato a su hermano. Nadie, curiosamente, pidió nada a cambio. El guarda de la
estación creyó que no era preciso encarar, de antemano, acciones de defensa; lo
aceptó como un favor y se alegró. De modo que, cada tarde, una vez que dejaba la estación y
se demoraba en el cuarto del Hotel no más de lo que el tren se detenía en Aldea
California, llegaba al terreno y trabajaba con la seguridad de quien ve en el
paso siguiente una extensión de su propio dominio. Hacía un mes que se pasaba
las noches allí, como un sereno, o un ciruja aquerenciado, apenas con una
linterna. Había empezado por desmontar y limpiar la zona; entre las bolsas de
basura y los altos pastizales había huesos de animales; últimamente se amanecía
cavando el pozo.
Al notar que
nadie lo interrumpía (ni lo ayudaba), lleno de confianza, especuló una serie de
etapas para su proyecto y trazó un mapa en el que intervino, por ser diestra
para la planificación y el dibujo, Estela, su mujer. Juntos decidieron que la
primera etapa había sido la limpieza y que el siguiente eslabón, para sortear
la ausencia de cloacas en el sur de Aldea California, debía ser el pozo negro
para el baño. Las tres primeras noches había cavado solo; así consiguió un
metro sesenta de profundidad. Para la cuarta noche tuvo que pedir ayuda a Enrique.
Los hermanos
se reunieron alrededor del pozo, en una noche oscura, con nubarrones,
comentaron algo del día y luego se ubicaron uno arriba y el otro un metro sesenta
abajo. Enrique vestía una camisa y tenía el pelo engominado y húmedo. El
interior del pozo era frío, negro, el diámetro era la distancia máxima entre
sus manos, si se cansaba apoyaba la espalda contra las paredes frescas, o bien
se sentaba en el fondo, entonces presentía la profundidad del mundo y se
adormecía, sin soltar, nunca, la pala.
– ¿Cuánto
tenemos con esto?
– Espero que
hoy lo terminemos.
– Hay para
rato acá…
– De acá a
unas horas, nomás.
– ¿Y para la
casa?
– Hicimos un
plano con Raquel, está en la mochila; vamos a tener para rato con la casa.
– Suerte que
no vinieron de la
Municipalidad.
– Por ahora no
pasó nada…
– No están
jodiendo; me crucé a Dorocce, me dijo que están tranquilos.
– Ya tenemos
el plano, eso es algo.
– Más que el
plano, la escritura del terreno es el problema.
Su hermano
tenía razón. Farías le había dado vueltas al problema cada noche, y finalmente
se había detenido en la idea de que, primero, allí había un basural, y nadie
puede reclamar un terreno en un basural; era preciso avanzar algunas etapas,
desmontar una zona con límites precisos, alisar la tierra, sembrar arbustos y
plantas (iba transplantar dos naranjos medianos que estaban fuera de su
perímetro), poner un cartel en el se leyera FAMILIA FARIAS, construir una
pequeña ermita para dar a entender que se trataba de cristianos, ¡qué importaba
si lo eran!, había que mostrar que ese terreno ya tenía un dueño.
– Hablá con
Dorocce y decile lo de la escritura –le recomendó Enrique–. ¿Y la estación?
¿Deja algo?
– Algo deja.
– Vos sos
bueno para el trabajo –dijo Enrique y mostró los dientes, arqueó la sejas y se
rascó la nariz–. Yo no manejo bien la paleta, pero cuando tengas que levantar acá
te podemos dar una mano con los muchachos.
– Falta rato
para eso.
– Digo, nomás.
Si al
principio hubo que penetrar veinte centímetros escabrosos, de cascotes y
escombros, ahora la humedad facilitaba la entrada de la pala en la tierra;
Farías la empujaba con el pie y palanqueaba del mango; quiso calcular la
profundidad final pero se perdió en digresiones; pensó cómo llenarían el pozo
él, Estela y acaso algún hijo; hasta pudo verse en su propio baño. Tres metros,
arriesgó, bastarían. No habían pasado dos horas cuando Enrique volvió a preguntar
cuánto faltaba, y si le prestaba diez pesos para comprar cigarrillos y alguna
bebida. Farías había dejado la billetera en el Hotel, no salía con plata, pero le
lanzó un paquete de Viceroy lleno. Un silencio le hizo saber que no se trataba
ni de puchos ni de vino. Se dejó llevar, casi hambriento, y volvió a clavar la
pala como si fuese su propia mano la que, ciegamente, hurgaba en la inmensidad
oceánica de la tierra. Tenía el balde levantado cuando su hermano, en huelga,
exigió un dinero.
– ¿No te doy
de comer siempre que estás en casa? –recordó el menor, en un alto, luego
resopló y continuó con el pozo. Nadie más que Farías oyó los insultos y las
amenazas de Enrique. El cuarto que alquilaban en el Hotel familiar tenía una
cama matrimonial y un catre; cuando su hermano se alejó Farías supo que no
pasarían más de tres noches hasta que el catre volviera a ocuparse. Continuó
solo. Al rato empezó a garuar, de modo que salió del pozo y camino al Hotel se
preguntó cuáles eran sus posibilidades de ahorro. No tuvo claridad en sus ideas
ya que lo movía el magnetismo de esas tres horitas de sueño que lo esperaban, y
que lo eran todo. Llovió durante la madrugada. Enseguida se inundó la zona del
terreno y fueron a caer al pozo bolsas de basura que flotaban, botellas de
plástico, cáscaras de fruta y papeles que las ráfagas de viento habían alejado
del basural; no había digestión posible para todas las porquerías del lugar que
rodaban hasta el pozo; cayó, además, un cuerpo.
La reclusión
de Dorocce a su casilla, casi su ausencia en los andenes, regaló a Farías un
día de trabajo perfecto. El calor se había aplacado, no le pesaba el uniforme,
hasta usó la vieja campera, con su bordado deshilachado Línea General Peñaloza,
mientras cruzaba una ventisca fría que empujó las últimas nubes. A las ocho ya
entraba de nuevo en el terreno guiándose con la linterna, pensando en que ese
día terminaría, cualquiera fuese la profundidad que alcanzara el pozo negro.
Confiaba en ella porque lo acompañaba en los circuitos nocturnos de las horas
extra, de modo que su reacción, al principio, no fue diferente de la noche en
que descubrió un ciruja muerto junto a las vías; la revelación que hizo su
linterna fue una fuerte de evocación, pero atropelladamente se trocó en epifanía:
tuvo la certeza de haber sido traicionado, de que su proyecto se había
truncado; que fuera su hermano el que lo desterraba de su propio destino era,
apenas, el carácter personal del asunto. No sintió más remordimientos que al
encontrar aquél hombre pudriéndose en los durmientes; en cambio, advirtió que
ese cuerpo en su pozo le exigía tomar una decisión que no tenía prevista, con parámetros
en los que aún no creía. Si denunciaba en la policía la muerte de su hermano,
los culpables, entre los que, de cualquier modo, contaba a Dorocce, lo
perseguirían a él y a Estela. Si no hablaba y por el contrario terminaba el
trabajo que, según entendía, le sugerían los mismos asesinos que hiciera, tenía
garantizada la escritura de la casa, su empleo y la seguridad de su familia. Apenas
sobresalía el hombro izquierdo, la camisa embarrada y parte de su perfil que se
hundía en el agua. Apagó la linterna, un concierto de grillos cantaba bajo la
cruz del sur; se preguntó dónde estarían las nubes de la tarde y creyó que, de treparse
a uno de esos eucaliptos y mirar al este, las vería, y que si desde esa altura giraba
hacia el norte vería, además, el pueblo iluminado; pero un asunto lo retenía
allí, en su pozo; oyó el silbido del tren y reconoció el servicio de las doce. Empujó,
con la punta del pie, un cascote.
En alguna
parte de la mochila debía tener el plano; lo encontró y lo estudió ansiosamente
con la linterna. Era un rectángulo divido por líneas de punto en tres tercios; por
sugerencia de Estela habían decidido reservar una parte para Enrique, por si llegara
regenerase y quisiera levantar su propio hogar; un círculo simbolizaba el grupo
de eucaliptos que estaba dentro de los dos tercios que correspondían a la
pareja; recordó las dudas y las discusiones que, en el afán de ser rigurosos,
había provocado el dibujo del plano; en fin, no habría diferencia si corría el
pozo dos metros más hacia el sur. Dejó la mochila y tomó la pala. Sintió una
tropilla de corceles lanzarse desde su pecho hasta las uñas; tiró la pala a un
costado, se arrodilló y entró a empujar los acopios a la vera del hoyo con las
manos y las piernas hasta que debió aferrarse de los yuyos cuando, en el fervor
del trabajo, por poco se cae.
El sistema de cloacas no era lo único que faltaba en esa parte maltratada
de Aldea California. Tampoco había casas económicas para comprar o alquilar, ni
cementerio. Al sur se extendía una planicie que terminaba en la laguna Setúbal,
y si bien las periódicas inundaciones eran las encargadas de limpiar la zona,
los últimos años secos ponían de manifiesto miserias y necesidades que
oscurecían el pueblo y ahuyentaban los turistas. Una vez que hubo tapado el
viejo pozo, tomó el plano y volvió a orientarse –al mismo tiempo, azorado por
las exigencias del mapa y encendido, afiebrado, frente a la extensión de su
terreno–; empezó a cavar alrededor de un espinillo con el brazo de un buscador
de oro, y la cara empalidecida. Aún cuando se hubiera desviado sólo dos metros
del plano –Estela lo desaprobará, pensó, y procuró olvidar el viejo pozo– no
lograba verse consagrado en el nuevo baño.Javier Yanantuoni
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