lunes, 4 de octubre de 2010

El otro pozo

     El tren silbó, campaneaba la barrera, y aún nadie dejaba la sombra. Un caballo esquelético tiraba de su carro y resollaba al cruzar las vías; Farías reforzó el llamado y se arrimaron los primeros pasajeros, ninguno turista; pitó de nuevo y un latigazo fustigó los cuartos del animal que, penosamente, entró al basurero. Dorocce, el inspector, salió de su casilla y habló a Farías desde el andén opuesto.
– ¿Qué hacés esta noche? ¿Vas al Bar? – dijo Dorocce mientras llegaba el tren.
– No. Tengo que trabajar esta noche.
– ¿Salís de acá y te vas a laburar?
– Estoy en el terreno, haciendo el pozo.
– ¿Sólo?
– Si. Aunque hoy mi hermano me pasa los baldes –el otro, achinándose en un gesto afirmativo, se palpó la nariz.
– Los hermanos sean unidos, ¿no? –Farías tocó el silbato por última vez y luego lo dejó en el bolsillo delantero de su uniforme– Hay que meterse ahí… –continuó Dorocce, condoliente. La locomotora se interpuso y ya no se vieron.

Al sur de las vías, en los primeros metros respirables desde el basural, Farías había delimitado un sector de tierra dura y seca en el que pensaba, de a poco, construir la casa propia. El terreno se lo había señalado un conocido de Enrique, su hermano mayor. Lo cierto era que Enrique, como uno de los hoyos de las mesas del Bar en los que podía caer una changa, esperaba de todo esfuerzo o deber la flaqueza del mal jugador, o del ventajista; por eso había cedido el dato a su hermano. Nadie, curiosamente, pidió nada a cambio. El guarda de la estación creyó que no era preciso encarar, de antemano, acciones de defensa; lo aceptó como un favor y se alegró. De modo que, cada tarde, una vez que dejaba la estación y se demoraba en el cuarto del Hotel no más de lo que el tren se detenía en Aldea California, llegaba al terreno y trabajaba con la seguridad de quien ve en el paso siguiente una extensión de su propio dominio. Hacía un mes que se pasaba las noches allí, como un sereno, o un ciruja aquerenciado, apenas con una linterna. Había empezado por desmontar y limpiar la zona; entre las bolsas de basura y los altos pastizales había huesos de animales; últimamente se amanecía cavando el pozo.
Al notar que nadie lo interrumpía (ni lo ayudaba), lleno de confianza, especuló una serie de etapas para su proyecto y trazó un mapa en el que intervino, por ser diestra para la planificación y el dibujo, Estela, su mujer. Juntos decidieron que la primera etapa había sido la limpieza y que el siguiente eslabón, para sortear la ausencia de cloacas en el sur de Aldea California, debía ser el pozo negro para el baño. Las tres primeras noches había cavado solo; así consiguió un metro sesenta de profundidad. Para la cuarta noche tuvo que pedir ayuda a Enrique.
Los hermanos se reunieron alrededor del pozo, en una noche oscura, con nubarrones, comentaron algo del día y luego se ubicaron uno arriba y el otro un metro sesenta abajo. Enrique vestía una camisa y tenía el pelo engominado y húmedo. El interior del pozo era frío, negro, el diámetro era la distancia máxima entre sus manos, si se cansaba apoyaba la espalda contra las paredes frescas, o bien se sentaba en el fondo, entonces presentía la profundidad del mundo y se adormecía, sin soltar, nunca, la pala.   
– ¿Cuánto tenemos con esto?
– Espero que hoy lo terminemos.
– Hay para rato acá…
– De acá a unas horas, nomás.
– ¿Y para la casa?
– Hicimos un plano con Raquel, está en la mochila; vamos a tener para rato con la casa.
– Suerte que no vinieron de la Municipalidad.
– Por ahora no pasó nada…
– No están jodiendo; me crucé a Dorocce, me dijo que están tranquilos.
– Ya tenemos el plano, eso es algo.
– Más que el plano, la escritura del terreno es el problema.
Su hermano tenía razón. Farías le había dado vueltas al problema cada noche, y finalmente se había detenido en la idea de que, primero, allí había un basural, y nadie puede reclamar un terreno en un basural; era preciso avanzar algunas etapas, desmontar una zona con límites precisos, alisar la tierra, sembrar arbustos y plantas (iba transplantar dos naranjos medianos que estaban fuera de su perímetro), poner un cartel en el se leyera FAMILIA FARIAS, construir una pequeña ermita para dar a entender que se trataba de cristianos, ¡qué importaba si lo eran!, había que mostrar que ese terreno ya tenía un dueño.
– Hablá con Dorocce y decile lo de la escritura –le recomendó Enrique­–. ¿Y la estación? ¿Deja algo?
– Algo deja.
– Vos sos bueno para el trabajo –dijo Enrique y mostró los dientes, arqueó la sejas y se rascó la nariz–. Yo no manejo bien la paleta, pero cuando tengas que levantar acá te podemos dar una mano con los muchachos.
– Falta rato para eso.
– Digo, nomás.
Si al principio hubo que penetrar veinte centímetros escabrosos, de cascotes y escombros, ahora la humedad facilitaba la entrada de la pala en la tierra; Farías la empujaba con el pie y palanqueaba del mango; quiso calcular la profundidad final pero se perdió en digresiones; pensó cómo llenarían el pozo él, Estela y acaso algún hijo; hasta pudo verse en su propio baño. Tres metros, arriesgó, bastarían. No habían pasado dos horas cuando Enrique volvió a preguntar cuánto faltaba, y si le prestaba diez pesos para comprar cigarrillos y alguna bebida. Farías había dejado la billetera en el Hotel, no salía con plata, pero le lanzó un paquete de Viceroy lleno. Un silencio le hizo saber que no se trataba ni de puchos ni de vino. Se dejó llevar, casi hambriento, y volvió a clavar la pala como si fuese su propia mano la que, ciegamente, hurgaba en la inmensidad oceánica de la tierra. Tenía el balde levantado cuando su hermano, en huelga, exigió un dinero.
– ¿No te doy de comer siempre que estás en casa? –recordó el menor, en un alto, luego resopló y continuó con el pozo. Nadie más que Farías oyó los insultos y las amenazas de Enrique. El cuarto que alquilaban en el Hotel familiar tenía una cama matrimonial y un catre; cuando su hermano se alejó Farías supo que no pasarían más de tres noches hasta que el catre volviera a ocuparse. Continuó solo. Al rato empezó a garuar, de modo que salió del pozo y camino al Hotel se preguntó cuáles eran sus posibilidades de ahorro. No tuvo claridad en sus ideas ya que lo movía el magnetismo de esas tres horitas de sueño que lo esperaban, y que lo eran todo. Llovió durante la madrugada. Enseguida se inundó la zona del terreno y fueron a caer al pozo bolsas de basura que flotaban, botellas de plástico, cáscaras de fruta y papeles que las ráfagas de viento habían alejado del basural; no había digestión posible para todas las porquerías del lugar que rodaban hasta el pozo; cayó, además, un cuerpo.
La reclusión de Dorocce a su casilla, casi su ausencia en los andenes, regaló a Farías un día de trabajo perfecto. El calor se había aplacado, no le pesaba el uniforme, hasta usó la vieja campera, con su bordado deshilachado Línea General Peñaloza, mientras cruzaba una ventisca fría que empujó las últimas nubes. A las ocho ya entraba de nuevo en el terreno guiándose con la linterna, pensando en que ese día terminaría, cualquiera fuese la profundidad que alcanzara el pozo negro. Confiaba en ella porque lo acompañaba en los circuitos nocturnos de las horas extra, de modo que su reacción, al principio, no fue diferente de la noche en que descubrió un ciruja muerto junto a las vías; la revelación que hizo su linterna fue una fuerte de evocación, pero atropelladamente se trocó en epifanía: tuvo la certeza de haber sido traicionado, de que su proyecto se había truncado; que fuera su hermano el que lo desterraba de su propio destino era, apenas, el carácter personal del asunto. No sintió más remordimientos que al encontrar aquél hombre pudriéndose en los durmientes; en cambio, advirtió que ese cuerpo en su pozo le exigía tomar una decisión que no tenía prevista, con parámetros en los que aún no creía. Si denunciaba en la policía la muerte de su hermano, los culpables, entre los que, de cualquier modo, contaba a Dorocce, lo perseguirían a él y a Estela. Si no hablaba y por el contrario terminaba el trabajo que, según entendía, le sugerían los mismos asesinos que hiciera, tenía garantizada la escritura de la casa, su empleo y la seguridad de su familia. Apenas sobresalía el hombro izquierdo, la camisa embarrada y parte de su perfil que se hundía en el agua. Apagó la linterna, un concierto de grillos cantaba bajo la cruz del sur; se preguntó dónde estarían las nubes de la tarde y creyó que, de treparse a uno de esos eucaliptos y mirar al este, las vería, y que si desde esa altura giraba hacia el norte vería, además, el pueblo iluminado; pero un asunto lo retenía allí, en su pozo; oyó el silbido del tren y reconoció el servicio de las doce. Empujó, con la punta del pie, un cascote.
En alguna parte de la mochila debía tener el plano; lo encontró y lo estudió ansiosamente con la linterna. Era un rectángulo divido por líneas de punto en tres tercios; por sugerencia de Estela habían decidido reservar una parte para Enrique, por si llegara regenerase y quisiera levantar su propio hogar; un círculo simbolizaba el grupo de eucaliptos que estaba dentro de los dos tercios que correspondían a la pareja; recordó las dudas y las discusiones que, en el afán de ser rigurosos, había provocado el dibujo del plano; en fin, no habría diferencia si corría el pozo dos metros más hacia el sur. Dejó la mochila y tomó la pala. Sintió una tropilla de corceles lanzarse desde su pecho hasta las uñas; tiró la pala a un costado, se arrodilló y entró a empujar los acopios a la vera del hoyo con las manos y las piernas hasta que debió aferrarse de los yuyos cuando, en el fervor del trabajo, por poco se cae.
El sistema de cloacas no era lo único que faltaba en esa parte maltratada de Aldea California. Tampoco había casas económicas para comprar o alquilar, ni cementerio. Al sur se extendía una planicie que terminaba en la laguna Setúbal, y si bien las periódicas inundaciones eran las encargadas de limpiar la zona, los últimos años secos ponían de manifiesto miserias y necesidades que oscurecían el pueblo y ahuyentaban los turistas. Una vez que hubo tapado el viejo pozo, tomó el plano y volvió a orientarse –al mismo tiempo, azorado por las exigencias del mapa y encendido, afiebrado, frente a la extensión de su terreno–; empezó a cavar alrededor de un espinillo con el brazo de un buscador de oro, y la cara empalidecida. Aún cuando se hubiera desviado sólo dos metros del plano –Estela lo desaprobará, pensó, y procuró olvidar el viejo pozo– no lograba verse consagrado en el nuevo baño.

Javier Yanantuoni

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