viernes, 22 de octubre de 2010

Cuestión de ritmo


   El cursor titilaba impaciente mientras los dedos índices de Facundo subían y bajaban rápidamente sobre las teclas p y s. Retiro las manos del teclado y se inclino hacia atrás para hamacarse suavemente sobre las patas traseras de la silla. Minimizo el Word y volvió a chequear la bandeja de entrada, nada nuevo, nada que lo exonerara de tener que escribir ese mail. Entro al mail de ella y releyó rápidamente sus palabras deteniéndose en aquellas que lo habían hecho respirar profundo. Dejo que esas palabras hicieran eco en su cabeza. “¡Basta, no hay apuro” se dijo, se levanto de la silla y fue a la cocina. El departamento era pequeño pero aun así le comía el sueldo. La cocina era un pequeño cuadrado de baldosas grises con piedritas de varios colores, cuando uno entraba a ella delante quedaba la pileta, hacia la derecha estaba la heladera y hacia la izquierda el horno. Para Facundo el cocinar consistía en hacer un giro completo.  Prendió la hornalla mas chica del cuarteto, lleno la pava de agua y la dejo sobre el fuego manteniéndola agarrada. Tildado. Pensando en ella, en el por qué de su mail. Un clásico ruido lo saco de su letargo. Algunos departamentos tienen tuberías, canillas o calefones que hacen ruido . En el de Facundo, ciertas noches, últimamente  de molesta recurrencia, entre las diez y las doce empezaban a escucharse del departamento de arriba la discusión a gritos de una pareja. El martes se cumpliría el primer mes que Facundo vivía en aquel departamentito sobre la calle Bulnes por lo cual no conocía a ninguno de los dos. Como algún tipo de condicionamiento Pavloviano al tiempo de empezados los gritos se escuchaba un portazo. Ella se sentía particularmente enojada esa noche o con mas fuerzas para gritar. Además de la pequeña cocinita el departamento contaba con un living- comedor un dormitorio y el baño.  Tanto el living como el dormitorio  contaban con una ventana que daba al pulmón del edificio. Facundo cerró las ventanas , necesitaba pensar, volvió a la cocina y puso la yerba y azúcar dentro del mate. Otra posibilidad era no responder. Con Gaby habían vivido juntos por dos años y muchas veces ella había sido la que le había negado una respuesta a el. Volviendo a centrar su atención en los gritos, amortiguados gracias a las ventanas cerradas, se empezó a preguntar cual seria la razón de que a algunas relaciones las mate el silencio y a otras el ruido. Un chiflido agudo, el agua  se hervía. “Puta madre” mediante, le agregó un poco de agua fría, tomó el mate, la azucarera y volvió frente a la computadora. Pensó en contestar primero el “¿Cómo estas?”, volvió al Word e intento hacer una síntesis más o menos de lo que venía siendo la cotidianidad últimamente. Las cagadas a pedo del jefe, la mudanza, el departamento, los vecinos que en ese momento se peleaban, Lucas que se había puesto de novio, su familia que la extrañaba, si, había tema como para zafar uno o dos párrafos. Se sintió un ruido de algo de vidrio que se rompía contra una pared en el departamento de arriba. “Esta noche el portazo va a sacar a la puerta de sus goznes” pensó Facundo. Ahora llegaba el momento mas difícil, ella le estaba pidiendo que le devolviera el cd de Almendra, ese era el verdadero motivo del mail.  Ese cd que tenían en condominio desde una lejana tarde de épocas felices. En la mudanza el lo había tomado sin siquiera preguntar pero ahora se daba cuenta... Había hecho mal, ese cd era de los dos, ambos habían puesto plata para comprarlo. Para cualquier persona hubiera sido fácil rescindirlo, pero Facundo era un melómano resentido. Combinación que volvía difícil el tomar la decisión de que hacer. Se escuchó un golpe fuerte y seco del departamento de arriba pero Facundo ya no le prestaba atención. “Fines ruidosos” pensó…eso no era lo suyo, el idolatraba el ritmo, la combinación, los sonidos justos, los silencios oportunos. Los dedos volaron sobre el teclado, precisos “En cuanto al cd de Almendra, paso el viernes y te lo dejo, como me pediste” Y después silencio. Silencio en el mail. Silencio desde el pulmón. Silencio  

David Pérez


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