El cursor titilaba impaciente mientras los dedos índices de Facundo
subían y bajaban rápidamente sobre las teclas p y s. Retiro las manos del
teclado y se inclino hacia atrás para hamacarse suavemente sobre las patas
traseras de la silla. Minimizo el Word y volvió a chequear la bandeja de
entrada, nada nuevo, nada que lo exonerara de tener que escribir ese mail.
Entro al mail de ella y releyó rápidamente sus palabras deteniéndose en
aquellas que lo habían hecho respirar profundo. Dejo que esas palabras hicieran
eco en su cabeza. “¡Basta, no hay apuro” se dijo, se levanto de la silla y fue
a la cocina. El departamento era pequeño pero aun así le comía el sueldo. La
cocina era un pequeño cuadrado de baldosas grises con piedritas de varios
colores, cuando uno entraba a ella delante quedaba la pileta, hacia la derecha
estaba la heladera y hacia la izquierda el horno. Para Facundo el cocinar
consistía en hacer un giro completo. Prendió
la hornalla mas chica del cuarteto, lleno la pava de agua y la dejo sobre el
fuego manteniéndola agarrada. Tildado. Pensando en ella, en el por qué de su
mail. Un clásico ruido lo saco de su letargo. Algunos departamentos tienen
tuberías, canillas o calefones que hacen ruido . En el de Facundo, ciertas
noches, últimamente de molesta
recurrencia, entre las diez y las doce empezaban a escucharse del departamento
de arriba la discusión a gritos de una pareja. El martes se cumpliría el primer
mes que Facundo vivía en aquel departamentito sobre la calle Bulnes por lo cual
no conocía a ninguno de los dos. Como algún tipo de condicionamiento Pavloviano
al tiempo de empezados los gritos se escuchaba un portazo. Ella se sentía
particularmente enojada esa noche o con mas fuerzas para gritar. Además de la
pequeña cocinita el departamento contaba con un living- comedor un dormitorio y
el baño. Tanto el living como el
dormitorio contaban con una ventana que
daba al pulmón del edificio. Facundo cerró las ventanas , necesitaba pensar,
volvió a la cocina y puso la yerba y azúcar dentro del mate. Otra posibilidad
era no responder. Con Gaby habían vivido juntos por dos años y muchas veces
ella había sido la que le había negado una respuesta a el. Volviendo a centrar
su atención en los gritos, amortiguados gracias a las ventanas cerradas, se
empezó a preguntar cual seria la razón de que a algunas relaciones las mate el
silencio y a otras el ruido. Un chiflido agudo, el agua se hervía. “Puta madre” mediante, le agregó un
poco de agua fría, tomó el mate, la azucarera y volvió frente a la computadora.
Pensó en contestar primero el “¿Cómo estas?”, volvió al Word e intento hacer
una síntesis más o menos de lo que venía siendo la cotidianidad últimamente.
Las cagadas a pedo del jefe, la mudanza, el departamento, los vecinos que en
ese momento se peleaban, Lucas que se había puesto de novio, su familia que la
extrañaba, si, había tema como para zafar uno o dos párrafos. Se sintió un
ruido de algo de vidrio que se rompía contra una pared en el departamento de
arriba. “Esta noche el portazo va a sacar a la puerta de sus goznes” pensó
Facundo. Ahora llegaba el momento mas difícil, ella le estaba pidiendo que le
devolviera el cd de Almendra, ese era el verdadero motivo del mail. Ese cd que tenían en condominio desde una
lejana tarde de épocas felices. En la mudanza el lo había tomado sin siquiera preguntar
pero ahora se daba cuenta... Había hecho mal, ese cd era de los dos, ambos
habían puesto plata para comprarlo. Para cualquier persona hubiera sido fácil
rescindirlo, pero Facundo era un melómano resentido. Combinación que volvía
difícil el tomar la decisión de que hacer. Se escuchó un golpe fuerte y seco
del departamento de arriba pero Facundo ya no le prestaba atención. “Fines
ruidosos” pensó…eso no era lo suyo, el idolatraba el ritmo, la combinación, los
sonidos justos, los silencios oportunos. Los dedos volaron sobre el teclado, precisos
“En cuanto al cd de Almendra, paso el viernes y te lo dejo, como me pediste” Y
después silencio. Silencio en el mail. Silencio desde el pulmón. Silencio
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