Consigna: Cuento sobre un objeto que condense el sentido del relato
por Alejandro Zarlenga
El
señor Beltrán se despertó dolorido. Tomó la sábana de un extremo y, sin
levantar el cuerpo de la cama, la desenganchó y el colchón quedó al
descubierto. Debajo de la tela rota, había unos pequeños resortes oxidados,
alrededor de los cuales, la goma espuma color naranja estaba enmohecida en
algunas áreas.
Él
no sabía si el colchón fue siempre duro o lo notaba ahora que dormía sólo. Su
mujer, Desirée Díaz de Beltrán, había muerto de neumonía dos días atrás a los
56 años. Desde el día en que se conocieron ella le dijo que sus pulmones eran
débiles pero que cocinaba como una cocinera profesional. El plato preferido del
señor Beltrán era el mondongo. Desirée detestaba el mondongo pero lo cocinaba porque le gustaba mirar mientras su esposo devoraba la porción destinando
breves pausas a mojar el pan en el plato.
No
tuvieron hijos y, a los 60 años, el señor Beltrán tenía sólo un sobrino al que
no veía seguido. Lisandro vivía en Lomas de Zamora, era mucho viaje desde
Saavedra, así que resolvieron verse sólo en las celebraciones y en los
funerales. Cuando murió Desirée, Lisandro fue el primero en abrazarlo durante
el velatorio.
Llegó
la hora de la siesta y el señor Beltrán se acostó boca arriba sobre la cama.
Pensó que el colchón no era tan incómodo de día y miró el techo durante varios
minutos. Construyó distintos tipos de animales y plantas con la unión de las
manchas negras. Una luz tenue se filtraba entre las hendijas de la persiana que
da a un patio interno. Bajó la mirada y vio la imagen sobre la mesa de luz, quiso
evitarla pero le llamó la atención la fauna que adornaba el fondo. La
fotografía pertenecía a una de las vacaciones que el matrimonio pasó en la
costa. Desirée posaba sonriente mientras presentaba, con un gesto de sus manos,
el paisaje que la envolvía detrás. Él pensó que ese colchón le iba a arruinar
la espalda y decidió que compraría uno nuevo. Antes de incorporarse discó el
número de teléfono del trabajo.
— PrintPress Hermanos.
— Buenos días, soy César Beltrán, ¿me
comunicaría con el señor Rottstein por favor?
— César, ¿cómo le va?, lamento su
pérdida.
— Está bien querida, ¿se encuentra
Rottstein?
— Ya se lo paso.
Terminó
de incorporarse y enroscó el cable del teléfono con los dedos.
— César, ¡qué bueno escucharlo!
— Igualmente señor, quería avisarle
que mañana vuelvo a mi puesto.
— No se haga problema César, tómese
el tiempo que necesite.
— Le agradezco pero no creo que pueda
estar mucho sin trabajar.
— Imagino que no, pero ya sabe,
cuando pueda.
— Nos vemos mañana entonces, hasta
luego.
Al
día siguiente, el señor Beltrán salió a barrer la vereda. Por primera vez no
tenía ganas de ir a trabajar. Tampoco tenía ganas de avisar que finalmente no
iría. El sol estaba incrustado en el medio del cielo a las doce y sólo lo
detenían algunos árboles. Levantó el polvo de la vereda y descubrió que unas
pequeñas flores blancas se asomaban entre las divisiones de las baldosas. Oyó
un silbido desde la vereda de enfrente. Eran tres de los ocho hijos de la
señora Hernández. Ella era viuda y a penas tenían para comer, según se decía en
los almacenes del barrio. Los hermanos le silbaban a él.
— ¿Qúe quieren? preguntó
— Estamos paseando, ¿qué, no se
puede?
El
señor Beltrán bajó la cabeza y se dedicó a barrer. Manejaba la escoba con más
envión que antes de la aparición de los hermanos. Se fueron por el medio de la
calle y doblaron a la derecha en la primera calle que cruzaba a Manzanares.
Entró
en la casa y acomodó una fuente beige de porcelana que estaba en uno de los
estantes del zaguán. Cruzó por el pasillo de cuadros gigantes y, en la cocina,
prendió un cigarrillo que fumó con pitadas profundas. Detuvo su mirada. Los
hongos se unían y creaban una gran mancha negra con bordes verdes en la unión
del techo y la pared. Sonó el teléfono.
— Tío, ¿cómo andás?
— Lisandrito, ¿Qué contás?
— Bien, quería saber si necesitás
algo.
— Mirá querido, necesito dormir.
— ¿Pero no pudiste dormir ni unas
horas?
— Lo mesmo que nada querido.
— Necesitás tiempo.
— Es el colchón que está estropeado,
uno se levanta duro.
— Dejáme que yo me lo llevo y lo
remedio. Te acompaño a comprar otro si querés.
— No sé, mañana me doy una vuelta por
el local de almohadas y colchones.
— Está bien, avisáme si tenés algún
inconveniente.
— Claro, voy a cocinar algo, saludáme
a Noemí.
— Adiós.
Se
fue a dormir. Se despertó a las 6 de la mañana. Le dolía la espalda, el cuello
y las costillas. Cada vez que se daba vueltas en la cama se despertaba porque
su cuerpo tocaba con las maderas de la cama. Sus ojos estaban hundidos y le
dolían los huesos de la cara que apretujó con ayuda de los dientes durante la
noche. Fue hasta el baño, se echó agua en la cara. En su cuarto, miró el traje
que usaba para ir todos los días a la redacción, lo guardó y se puso una
camiseta blanca, sobre la cual se abotonó una camisa gris de tela fina para el
verano. Salió a la calle para ir al local de colchones. Encendió el Peugeout
404 y arrancó. Dobló a la derecha y vio la figura huesuda de la señora
Hernández que lo miraba mientras giraba el manubrio. Ella simplemente lo miró
pero no atinó siquiera a saludarlo. Él hizo un breve gesto que murió a mitad de
camino ya que intuyó que ella no iba a responder al mismo. Después de unas
cuantas cuadras, llegó al local. Uno de los vendedores se acercó al señor
Beltrán y charlaron durante varios minutos mientras miraban colchones. Volvió a
su casa. En cuanto entró, sonó el teléfono.
— Tío, ¿cómo andás?
— No bien llego y ya me estoy yendo
querido, ¿te puedo llamar más tarde?
— ¿A dónde vas?
— Voy a comprarme un colchón nuevo, vengo
de allí y el vendedor me dijo que hacen descuento si llevo mi colchón.
— Ah, ya me había ilusionado con
traérmelo yo.
— Es que así es más barato, dijo el
señor Beltrán con un tono amistoso.
— Te llamo más tarde entonces.
Salió
por segunda vez en el día a la calle. Eran las cuatro de la tarde y el barrio
todavía no salía de la siesta. Se sentó en el auto, el ruido del motor
repercutió en toda la cuadra, bajó la ventanilla y giró su cabeza a la
izquierda luego de que la señora Hernández le tocara el brazo. Se asustó pero
ocultó los nervios con una gran sonrisa. Ella mantuvo su mano sobre el brazo
del señor Beltrán.
— ¿De dónde sacó ese colchón don
Beltrán?
— Lo llevo a cambiarlo por uno nuevo,
así es más barato.
— ¿No quiere pensarlo? A mi me
vendría muy bien.
Él
sintió pena por ella. La señora tenía ojos marrones que, por momentos, parecían
amarillos. La piel de los brazos le colgaba de los huesos finos y los rulos se
aplastaban contra el techo del vehículo.
— Lo siento, tengo que arrancar.
— Vaya, vaya- dijo ella al tiempo que
movía la mandíbula hacia la derecha y seguía el recorrido del auto desde donde
quedó parada.
Llegó a la puerta del local y vio al vendedor desde
afuera. Estaba por salir del auto, pero decidió que podía mantener el colchón
por unos meses más. Se metió en el auto y arrancó rápido para no ser visto
por el vendedor.
El
señor Beltrán volvía angustiado y disfrutaba del sol que pegaba en el vidrio de
adelante y lo enceguecía. Pensó en volver al local y deshacerse del colchón. El
barrio estaba en pausa. Eligió doblar en una calle que nunca transitaba y el
sol desapareció. La pequeña calle estaba repleta de árboles de naranjos y él
redujo la velocidad. Al final de la calle aparecían las figuras escuálidas de
los hermanos. Tres de ellos se ayudaban para arrancar las naranjas del árbol de
la esquina. Otros tres se pararon en el medio de la calle y el señor Beltrán
frenó el coche. El mayor se acercó hasta la ventanilla, escupió el piso y
lo miró fijo sin decir nada. Sus ojos eran verdes y no llevaba camiseta. Le
corrían las gotas de sudor por la frente y cada vez metía la cabeza más adentro
del vehículo.
— ¿Qué pasa? Dijo el señor Beltrán
con la garganta seca
— Dénos el colchón.
—
No puedo, no puedo dormir en el piso.
Oyó
un ruido en la chapa del baúl y vio que uno de los hermanos arrojaba naranjas desde
un árbol al cual estaba trepado. El mayor comenzó a desenganchar el cordón que
mantenía el colchón sobre el techo. Inesperadamente el señor Beltrán le dio un
golpe en la panza al joven, sin salir del auto. Nunca había golpeado a nadie.
El joven abrió la puerta y lo tomó del brazo.
—
Afuera— dijo.
Le
apretujó el cuello y lo miraba con sus ojos verdes que se movían de un lado a
otro mientras apretaba los dientes. Las gotas de sudor aparecían más espesas en
su rostro y se mezclaban con las manchas de tierra que tenía en la cara. Lo
empujó y cayó al piso. Los hermanos se subieron al coche y arrancaron. El
colchón tambaleaba sobre el techo.
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