Tu alma es ahora mía, aseguraba el graffiti.
Frío abrasador en el colectivo, los pasamanos pegoteados de humedad maloliente se adhieren a las yemas moradas, heladas. Son las siete menos cuarto pero las luces callejeras ya están encendidas hace rato. Los autos dormitan inmóviles en la chillona avenida, una fila interminable serpentea el asfalto hasta el semáforo en rojo. Apoyo la cara sobre mi brazo que cuelga desde el pasamanos del techo. Mi cabeza es una caja de madera hueca. Entre sueño y sueño repaso lo pendiente para mañana. La charla con el imbécil de Víctor, las quejas por contestar de los clientes que se amontonan, se amontonan, se apilan, se acumulan. Como los autos, que dormitan esperando salir de la chillona avenida. Víctor es un idiota, repasé todas las quejas, no tengo como defenderlo, tampoco me preocupa, es un idiota. Mis ojos apenas asoman por el borde de la bufanda. La luz del semáforo en rojo, las gotas de lluvia comienzan a caer, va a cerrar el supermercado de los chinos, no tengo nada para cenar y Ofelia tampoco, va a maullar insoportablemente, ya la estoy escuchado. Los autos dormitan en la avenida brillante, roja, naranja, gris, negra. Las luces de los mercurios caen y se duermen en el asfalto. Se me acalambra el brazo que cuelga del pasamanos del techo, le pesa mi cabeza, las quejas de los clientes contra Víctor. Mis ojos apenas asoman por el borde de la bufanda, apenas se asoman, apenas. Fue suficiente para leer la sentencia en el paredón de la vereda de enfrente. Tu alma es ahora mía. La pintura brilla pegajosa, probablemente su autor recién terminó la obra o tal vez la bruma del asqueroso atardecer le otorga un marco particular.
La oscuridad y el aire adoquinado, cierran el paso a la vista, apenas se distinguen las figuras caminando por la vereda, las siluetas de los autos esperando la luz verde del semáforo. Los mercurios de la calle son un chasquido frío de electricidad en cada poste. Sin embargo, leo claramente, no hay otro destinatario, tu alma es ahora mía. A la derecha del paredón, una cuerpo plano, un recorte. Por la vereda angosta y vacía al final de la pared, se fuga una sombra negra, amorfa se aleja. Se detiene y gira. Fija sus ojos amarillos en los míos. Grito. Mis oídos son un manojo de moscas que zumban. Caigo de espaldas en el pasillo del colectivo pero los pasajeros me ignoran. Una nena vestida de rosa, sonríe, me ayuda a levantarme sin dejar de sonreír. El semáforo da luz verde, el colectivo no acelera.
Apenas veo sobre la bufanda. La frase brilla pegajosa pintada en el paredón, los ojos amarillos se clavan sobre mí, caigo de espaldas, la niña que sonríe vestida de rosa me levanta, ríe a carcajadas. La frase pegajosa se adhiere a mi cara, me tira contra el suelo en la vereda angosta, la niña de rosa ríe a carcajadas, salta sobre mí y me clava sus ojos amarillos. Los pasajeros me ignoran. La niña de rosa, amorfa, recorte de la noche, me mutila con sus ojos amarillos. Mi cara se desangra, mi epitafio dirá tu alma es ahora mía.
Dejarás en tu visita un ramo de fresias rosas, llevarás a casa un gatito negro con ojos amarillos que encontraste durmiendo sobre mi tumba.
María Luján Tilli
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