De golpe
entendí lo que pasó. Francis ya no estaba en el living leyendo el diario, ni
recostado durmiendo su siesta de media hora, ni revolviendo los libros de la
biblioteca del living leyéndome citas que le habían gustado. Ya no estaba. Se
había ido para siempre. Empecé a darme cuenta de su ausencia cuando me
encontraba extrañando detalles cotidianos, rituales del día, situaciones
triviales que sólo compartía con él y con nadie más. Luego de unas semanas, me
dispuse a abrir la caja fuerte que me había dejado. Era difícil. Abrir eso, que
jamás había abierto era confirmar su muerte, y yo no lo quería muerto, lo
quería conmigo.
Una tarde de
otoño, en la que el viento agolpaba las hojas secas y amarillas en la puerta de
entrada, me decidí por fin a abrir la caja. No me imaginaba con qué me podía
encontrar, quizás por eso sentía miedo. Porque si alguien guarda algo en una
caja bajo llave, es por algo.
Cuando la abrí
me encontré con cartas. Muchas y amarillas. En un segundo pasó por mi mente que
eran cartas de amor que me había escrito Francis ni bien empezamos a estar
juntos y que por vergüenza no me las había dado en su momento. Ese sueño de
cristal se rompió en mil pedazos cuando vi el remitente: Carolina Dubois.
Siempre supe que no fui su único amor, que tuvo muchas amantes antes de mí,
pero nunca pensé –o quise pensar- que mientras estuvo conmigo, estaba, también,
con otra. Pero ese temor ahora se concretizaba en un nombre propio: Carolina.
Las fechas confirmaban que habíamos compartido al mismo hombre durante el mismo
tiempo. Sólo leí una, y no pude más. Ella lo quería, era imposible no quererlo,
tenía una chispa diferente al resto del mundo ordinario circundante. Siempre
cuando entraba a una reunión, o hasta cuando iba a la verdulería entablaba una
relación de calidez y todos lo querían instantáneamente. Además, era muy
inteligente, podía relacionarse con todo tipo de gente y con todos encontraba
algún lenguaje en común. Podía hablar naturalmente hasta con el Presidente,
como si lo hiciera todos los días, o con el mendigo de la calle Rodríguez Peña
como si se conocieran de toda la vida. Siempre me dijo que no quería morir de
viejo, no quería habitar un cuerpo anciano, él quería ser joven toda la vida.
Morir a los 56 años pudo haber sido un deseo cumplido.
Pero morir
joven implicaba dejarme, no tenerme en cuenta hasta cierto punto. Para mi,
amar, implicaba no dejar al otro, pero nuestras concepciones chocaban. Una vez
me dijo: “No te necesito para amarte.” Siempre producía en mi sensaciones de
amor y de angustia, era un amor angustiante. Lo amaba y él me amaba a su
manera, pero yo no lo poseía. El amor suele manifestarse o entenderse como una
adquisición y posesión, y yo, aunque quisiera que así fuese, no podía poseerlo.
Él era libre, pero yo estaba atada a él. Siempre lo estuve.
Cuando vi esas
cartas, primero la odié a Carolina por existir y por haber nacido. Luego, sólo
la odié por haberse cruzado con Francis en tiempo y espacio. ¿Por qué las
personas se entrelazan? ¿Si no era Carolina, había podido ser otra? ¿Por qué yo
no le basté? Siempre tuvo una vida social activa, salía con amigos y viajaba
cuando podía. Además, le gustaba cambiar de trabajo seguido. Porque sino “se
volvía un vegetal en vida”, como decía él. Una noche volvió tarde y yo me hice
la dormida. Cuando se acostó al lado mío me abrazó y me besó la frente y en ese
momento pude oler un perfume de mujer, ese perfume dulce que él me había
mostrado en una perfumería de Roma, ese perfume que era su preferido. Quizás,
siempre tuve pruebas delante de mis narices de que no era su única fuente de
amor. Pero, como es sabido, frecuentemente uno no quiere abrir los ojos a
situaciones que pueden producir dolor.
Tuvimos un
hijo, y ese día, cuando lo tuve entre mis brazos por primera vez, me sentí
completa. Toda la incondicionalidad que le pedía a Francis me la terminó dando
nuestro hijo. Fuimos padres jóvenes, y él era un buen padre, aunque el suyo
propio haya sido un ejemplo paterno un poco inquietante.
Una noche los
encontré dormidos y abrazados en la cama de Iván. Iván era chiquito, habrá
tenido unos tres años por aquella época y Francis había ido a su cuarto a
contarle una historia que no hacía falta que invente porque antes de que nos
casáramos se había recorrido casi el mundo entero y no tenía que inventar
historias, sólo hacer un poco de retrospección de su propia vida. En ese
momento, sentí tanto amor por ambos y pensé que podía dar mi vida, sin dudarlo
ni un segundo, por aquellos dos seres que parecían tan frágiles en ese momento
de sueño. Esa imagen mental nunca me la voy a olvidar, la veo a veces cuando me
acuesto de forma mucho más nítida que una foto, porque, además, hasta me
acuerdo de aromas de ese día. Yo había hecho pan casero y se olía la levadura
invadiendo la casa, hacía calor y la atmósfera estaba pesada como si se largara
a llover en cualquier momento. El olor a lluvia predecía el inminente acontecimiento
y justo cuando los estaba mirando acostados y abrazados, empezó a tronar y una
lluvia torrencial rompió el silencio e Iván se despertó. Yo bajé a cerrar las
ventanas y Francis acostó a Iván. Y después nos quedamos horas charlando en la
cocina y comiendo pan hasta la madrugada. Nunca tuvimos silencios incómodos, y
si había silencios no eran para nada incómodos.
Ahora la casa
nos queda grande, y cada hueco habitado me produce dolor. Cada rincón que miro
me remite a un recuerdo vivido junto a él, algo que hicimos, algo que quisimos
juntos. La casa respira a pasado.
Hace unos días
decidí irme. Me llevo lo justo y necesario. Siempre quise vivir ligera de cosas,
como lo hizo él en su época viajera. Iván me espera en Francia.
Elena Hasapov Aragonés
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